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32

Cuando Paul Féval entraba en un café, había algo glorioso en el chirrido de la puerta, y parecía que un clamor de trompetas lo acompañaba. El último romántico en llegar, era el rey del folletín y del bulevar, y debía su éxito a sus Misterios de Londres.

– ¡Paul, Paul, Paul!

Lo reclamaban en todas las mesas. Cuántas sonrisas, bocas abiertas, gargantas ofrecidas y llamadas prometedoras… Pero en la sala llena de humo también se veían muecas, miradas de odio y de celos. Se guarda para sus amigos sus secretos de novelista: para el príncipe de la comedia y del vodevil, Eugène Scribe; para los escritores Petrus Borel d'Hauterive, Auguste Barbier, Théophile Gautier y Henri Monnier, y para Helena Petrovna Blavatski, que, desde hacía cinco meses, mantenía en vilo a los parisinos por sus revelaciones.

Dio docenas de apretones de manos, pero besó las de Helena.

– ¡Ah! ¡Nuestro ángel guardián! -exclamó-. Me hace muy feliz que nos acompañes esta noche, Helena. ¿Qué seríamos nosotros sin ti?

– Celebridades, Paul, ni más ni menos.

– ¿Qué ves? -preguntó Petrus.

– ¿Alguno de ellos entrará en la Academia francesa? -prosiguió Auguste Barbier.

Helena observó que todos los rostros se inclinaban atentos sobre ella. ¿Qué más querían saber? ¿No tenían bastante? La fuerza de su imaginación maravillaba a miles de personas, así como la complejidad de sus intrigas y la vivacidad de sus diálogos. Esperaban demasiado de ella. Sus peticiones le resultaban un poco violentas.

– Éste no es momento ni lugar -respondió con tranquilidad.

– ¿No le da vergüenza? -exclamó Paul Féval-. ¿No se da cuenta de que está sufriendo? ¿Quiere convertirla en un fenómeno de feria? ¿Una máquina para fabricar horóscopos? Sometiéndola a semejantes interrogatorios, la están vaciando. Ya da bastante de sí misma en las reuniones organizadas por Alcide Rebaud. Entre nosotros, a ese Alcide le dan completamente igual los talentos de nuestra Helena; sólo actúa por interés.

Helena se sonrojó. Paul estaba en lo cierto. Alcide Rebaud, al que había conocido a su llegada a París, la explotaba sin escrúpulos.

Como buen hipnotizador y fino psicólogo, Alcide había visto inmediatamente el provecho que podía sacarle a la joven rusa. Había sabido encandilarla, la había tentado con la gloria y con el dinero que podría conseguir de una clientela rica. No obstante, ella seguía obteniendo sustanciosos dividendos, después de haberle entregado el sesenta por ciento de comisión a ese curioso agente.

Paul continuó con su verborrea habitual:

– ¿Quieren conocer su destino, señores? Entonces, pregúntense qué los empuja a escribir, pregúntense por los miedos que les persiguen desde la infancia. Nunca se sentirán en paz, ni vencedores de una batalla ni mártires. Porque para morir cubierto de gloria, no basta con que las musas y los críticos lo hayan perseguido a uno. También es necesaria la fe que nos falta a todos. Un día, dentro de mil o diez mil años, sus obras acabarán en la basura… Ven, Helena -dijo sin aliento-, dejémoslos para que sigan soñando con su futuro mausoleo de mármol.

Helena se dejó llevar. Féval, fogoso, se abrió camino a golpes de bastón.

– ¡Paso! ¡Paso! ¡Abran paso a la princesa Helena Petrovna Blavatski!

Todavía no era medianoche. Las calles del barrio de Saint-Michel, completamente iluminadas, bullían de animación. En medio de los trajes negros, las rameras vestidas con ropas chillonas esperaban con aspecto resignado. Otras adoptaban posturas provocadoras, se apretaban los pechos y enseñaban los muslos. Impregnadas de absenta, pisaban su parte de la acera en el frío y sonreían a los hombres que pasaban.

Su mirada se iluminaba cuando uno de ellos hacía crujir los billetes; el elegido podía entonces palpar la mercancía. Y la pareja desaparecía por un pasillo sórdido.

Esas mujeres forzadas a vender su cuerpo, su miseria, sublevaban a Helena. De repente, se dio cuenta de algo: «¡Yo también vendo mi espíritu!». Presa del horror, apretó con fuerza el brazo de Paul.

– ¿Qué ocurre, princesa?

– ¡Tienes razón, debo alejarme de Alcide lo antes posible!

– ¡A buenas horas! Por fin lo has comprendido. Ese bufón no le llega ni a la suela de los zapatos a Hippolyte-Léon Denizart Rivail [5], con quien deberías haberte asociado. Es un don nadie que sólo es capaz de hacer mezquindades; tú estás ayudando a que su zafiedad triunfe. ¡Vales mil veces más que eso!

– Sufro, Paul. Sufro continuamente. Posee mi espíritu, ha invadido mi alma. Pertenezco a su mirada, a su discurso. Me domina mediante el verbo y me fuerza a ponerme en contacto con entidades que aborrezco, a buscar almas malvadas, a aproximarme a espectros, espíritus pérfidos, inmundos e impuros. Odio a Alcide y a todos los espíritus que conciben sólo el lado más sórdido de la mente. Esas personas son vampiros que buscan sólo lo sensacional. Las sesiones me agotan. Si esto continúa así, acabaré perdiendo la razón.

– Ven a vivir a mi casa.

Paul la tomó entre sus brazos y la besó en la frente.

Helena se sintió turbada.

– Eso es imposible -le susurró ella al oído.

– ¿Por qué?

– Te haría infeliz.

– Entonces, ¿no me quieres?

– No puedo darte lo que necesitas. Mi querido Paul, sigamos siendo amigos.

Paul se sintió extremadamente triste. Helena era sincera…, ocupaba un lugar muy especial en su corazón, y se parecía mucho a las heroínas apasionadas de las novelas. Se sentía el único hombre capaz de quererla sin medida.

Ante el hotel en el que ella se alojaba, intentó una vez más robarle un beso, pero ella se apartó.

Esa noche, Helena juró que la sesión de espiritismo del día siguiente sería la última.

Un criado taciturno la recibió en la casa del barón de Goustine. Helena avanzó sola bajo los artesonados dorados y cruzó la puerta del salón chino, y después la del salón egipcio. El barón, gran viajero y esteta, miembro de la sociedad secreta del Priorato de Sión, había transformado el edificio en un museo. En las vitrinas o colgados de las paredes se exponían mil objetos extraños, como monedas de plata chinas antiguas con gatos embalsamados.

Un espejo de pie le devolvió su imagen: estaba pálida, con su vestido negro de satén. Sus largos cabellos rizados permanecían ocultos por un velo oscuro. Una sola joya brillaba sobre su pecho: un broche con esmeraldas y diamantes engarzados que pertenecía a su abuela. Su padre le había hecho llegar una carta en la que le suplicaba que volviera. Al ver la joya, había pensado en los suyos. Ella le había respondido que volvería cuando fuera viuda.

Había escrito otra carta dirigida a la atención de Alcide Rebaud. Su asociado la esperaba en la cueva espiritista. Cuando abriera otra puerta, estaría en su presencia. Sentiría inmediatamente sus ojillos redondos sobre ella, en ella. Oiría cómo la alababa, con su voz de falsete, ante los asistentes; después le pondría encima una mano seca y dura y la guiaría hasta el sillón para que iniciara la sesión.

«Esta vez no me tendrás», se dijo cuando empujó la puerta.

Un resplandor amarillento iluminaba parcamente la habitación, que estaba invadida por el olor de perfumes fuertes e indefinibles. En el centro del salón oscuro habían instalado una minúscula mesa cuadrada cubierta con un mantel de damas rojo. Alcide estaba a un lado, de pie y sonriente.

– La estábamos esperando -le dijo, y se acercó a ella apresuradamente.

Su pecho se contrajo cuando él la cogió por el codo y la presentó a los personajes sentados en la oscuridad. Descubrió, uno a uno, a esos adoradores de la muerte, discípulos de Eleusis, enamorados de los aparecidos. Estaban allí el futuro Kardec, distante y secreto; el fervoroso Désiré Laverdant, que tenía como proyecto socializar a los católicos; el viejo barón de Pontet, fundador del Journal du magnétisme; Chevénard y Ménart, los aspirantes a magos; Louis de Tourreil, el inventor del culto de Mapah; Joséphine Coler, ardiente discípula de la señora Krüdener, el hada de las nieves, que había pedido la salvación a Satán; el pobre Auguste Comte, devastado por la muerte de su amante Clotilde; la condesa de Brinville, rota por la desaparición de su hija; y su única amiga, la condesa de Ségur, Sophie Rostopchine.

La presencia de Sophie la tranquilizó. Helena ocupó su sitio en el sillón colocado bajo la llama de un siniestro candelabro negro. Mientras, Alcide alababa los beneficios del espiritismo y recordaba las diez leyes fundamentales que regían su movimiento.

– Los espíritus se manifiestan a los hombres para instruirlos. Hemos descubierto un medio para comunicarnos con los muertos y para recibir una nueva revelación llamada a reformar todas las certezas metafísicas. Dios quiso el cosmos. Mucho antes de que la Tierra apareciera, los hombres preexistían, virtualidades en estado latente, análogas y diferentes a la vez. Después, aparecieron tallos de diversas razas humanas. ¡Amigos míos! Muertos, sobreviviremos, vagaremos, algunos de nosotros se reencarnarán y alcanzarán el conocimiento y la pureza…

Helena se asombró. Ya no soportaba más ni esa voz ni el discurso que había oído cien veces. No creía que los muertos pudieran hacer revelaciones a los vivos. Estaba segura de que el don de la videncia era propio del que lo poseía, de que la precognición era innata, de que algunos seres eran receptáculos de fuerzas que rigen el universo y que podían actuar de manera inexplicada sobre su ambiente. Ella era uno de esos seres.

– Vamos a empezar -dijo Alcide sacando del bolsillo de su chaqueta un péndulo dorado.

Se puso delante de Helena. Ése era el momento que más temía. Jamás había podido resistir la hipnosis. El péndulo oscilaba al final de la cadena. Se acercaba a sus ojos.

¿En qué momento había empezado? La sensación de caída, no, no exactamente de caída, sino de hundirse, de un completo derrumbe de la conciencia, de sumirse irremisiblemente en la nada. Helena ya no era nada, ya no sentía nada. Se encontraba en un lugar sin horizonte, sin altos ni bajos, sin color, sin olor, sin ruido.

Alrededor de ella, los espectadores habían formado un círculo y se agarraban de las manos. No movían un músculo de la cara, apenas respiraban. Al menor crujido del parqué, sus pechos se levantaban y sus ojos se dilataban. Los espíritus invisibles merodeaban por allí: los buenos, los malvados, los superiores, los inferiores y los de sus seres cercanos.

Joséphine Coler, con un nudo en la garganta, creía que iba a desfallecer. Tras leer los rostros de los asistentes, Alcide consideró que había llegado el momento:

– Madame Blavatski está ahora en estado de trance. Su envoltorio carnal está listo para recibir a un espíritu. ¿Alguno de ustedes quiere formular un deseo?

Tenían la esperanza vana de ser testigos de una aparición. Tardaba en producirse, pero siempre ocurría. La espera se volvía intolerable.

– Señora Krüdener…, espíritu de Krüdener -dijo torpemente Joséphine Coler, que notó que el sudor le perlaba la frente-. Te ruego que te manifiestes.

Los espectadores se estremecieron. Helena empezó a moverse hacia delante y hacia atrás. El parqué crujió como bajo el efecto de una fuerte presión. La médium entraba en la fase activa. Todos contuvieron el aliento y se preguntaron en qué mundo se movía ahora la joven rusa.

Un hilillo blancuzco cayó de los labios de Helena y flotó en el vacío. Se estiró, se condensó, después tomó la forma de una vaga silueta.

Joséphine estaba al borde de la histeria. Esa cosa que salía de la boca de la médium era un fantasma que fue tomando forma.

Corrientes de aire que venían del otro mundo dieron forma a los ojos, a una nariz aquilina, a una boca grande, a un moño, a un busto y a unas caderas de matrona. Una mujer sin gracia se mantuvo al lado de Helena, ligada a ella por un minúsculo cordón.

– Señora Krüdener -susurró Joséphine.

Ante esta afirmación, la voz ronca de Helena respondió:

– Soy yo, Joséphine.

– ¿De dónde vienes, espíritu de Krüdener? -preguntó Alcide.

– De un espacio sin límite en el que no existen ni alegrías ni penas.

La aparición se deslizó hacia Joséphine, que se puso a gritar.

– ¡No, no! ¡No quiero que me toque!

Enseguida, la materialización se contrajo, perdió volumen y se volvió a convertir en un hilo que Helena se tragó.

La decepción fue general, las manos se soltaron y se rompió el hechizo del círculo. Muy contrariado, Alcide procedió a despertar a su vidente.

Helena parpadeó y observó inmediatamente el disgusto de Alcide.

– ¿Un fracaso?

– En absoluto. Se ha materializado un espíritu.

– Estoy harta de sus espíritus -dijo ella alzando la voz.

– ¡Helena!

– ¡No soy una simple intermediaria de sus muertos! No tengo problemas de nervios. Sé que ustedes piensan lo contrario. Les han dicho que tengo un don y que soy débil, y que esa debilidad atrae a los espíritus ocultos en lo invisible, que su sed de vida sólo puede calmarse con una persona que les ofrezca poca resistencia. Eso es falso, mis queridos amigos: ¡tengo un poder inmenso! ¡Un poder único! Un don que no le debe nada a la multitud de larvas y parásitos que bullen en el plano astral, sino que he obtenido de las fuerzas que rigen el universo. No soy la vela de un navío hinchada por el viento, ¡soy el viento! Mi pensamiento es libre para correr sobre los ejes del tiempo, y nada ni nadie puede dominarlo… ¡Y todavía menos comprarlo!

– Helena, ¡ya basta!

Ella lo empujó con tanta fuerza que perdió el equilibrio y se derrumbó sobre la mesa. Helena comprobó cuán débil era Alcide, y sus admiradores mucho más todavía.

– ¡Mírense! -continuó con más vehemencia-. Se han convertido en esclavos de mesas que giran, de veladores parlantes y de oráculos de tazas de café. Adoran a lápices que escriben solos, a manos luminosas y a todo tipo de apariciones más o menos espectaculares. Esos fenómenos no son más que manifestaciones de sus deseos y artificios desplegados por los videntes. Se puede hacer de todo con la voluntad. ¿Quieren una prueba?

Una sonrisa cruel se dibujó en sus labios. Era un desafío a Alcide, que le parecía malvado. Él no sabía cómo cerrarle la boca a esa adolescente retrasada. Esa demostración era estúpida y enojosa.

– ¡No la escuchen! No está en su estado normal -dijo él.

– ¡Ah, sí, sí que lo estoy!

Tras estas palabras, se concentró. De repente, se oyeron unos cuantos golpes sordos. Venían del suelo, de los muros. Se alejaron y volvieron a un galope desenfrenado que puso a prueba los nervios de los participantes.

Alguien gritó. El tumulto cesó bruscamente.

– ¡Aquí tienen mi mensaje! -dijo Helena.

Los hombres y las mujeres se observaron los unos a los otros, en el más absoluto mutismo. Alrededor de ellos sólo había silencio. Ya no existía nada más que los ecos de ese guirigay que retumbaba en sus cráneos.

– ¡No quiero volver a verte! -gruñó Alcide.

– Ésa es mi intención. No quiero servir a las ambiciones de un estafador.

– ¡Voy con usted!

La condesa de Ségur la atrapó en el salón chino y salió con una risa alegre.

– ¡Qué salida, querida mía!

– Estoy harta de sus métodos.

La condesa le lanzó una mirada astuta. Sus delicados rasgos de muñeca eslava se tornaron más serios.

– He llegado a creer que el edificio se iba a derrumbar. ¿Cómo ha conseguido hacer un truco así?

– No lo sé, ha ocurrido sin más. Notaba que podía actuar sobre la materia.

– Nunca le perdonarán haber sembrado la duda en su espíritu. Aman a sus muertos y querrán vengarlos. Tiene usted que protegerse.

– ¿Y qué quiere que haga?

– Nada, sólo poner cierta distancia entre ellos y usted.

– ¿Adónde podría ir?

– A casa de nuestra amiga común, en Londres, la condesa Bagration. Estará encantada de recibirla, estoy segura de ello.

– ¿Por qué no lo había pensado antes? Gracias, Sophie, ha sido usted muy buena conmigo desde que llegué a París. Sin usted y sin Paul, estaría echando las cartas en los cafés de Montparnasse.

– Venga, déjese de falsa modestia, Helena, usted es capaz de salir indemne de cualquier situación. La he ayudado por solidaridad. No se olvide de que yo misma soy una exiliada que no puede volver a Rusia. Nadie podrá decir que una Rostopchine ha faltado a su sentido del deber y del honor. La he tratado como una madre a una hija.

Las dos mujeres se abrazaron calurosamente. Una vez más, Helena dejaba atrás a sus seres queridos.


  1. <a l:href="#_ftnref5">[5]</a> El futuro Allan Kardec.