38096.fb2 En busca de Buda - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 39

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Los hombres del Mistawac y del Wannagasik se habían reunido en la casa del consejo. Medían sus palabras y hacían esfuerzos para involucrar a Helena en sus discusiones.

Aquélla era una concesión extraña y difícil. Las palabras de Lobo Solitario, su hombre medicina, no les habían sacado de la duda.

Helena observaba cómo los rostros se volvían herméticos y expresaban su disgusto y contrariedad. Aunque estaba sentada frente a Oso Sentado, cuya mandíbula deformada por una caída del caballo no dejaba de moverse, no comprendía lo que murmuraba a sus vecinos, Bisonte que Canta y Roca Amarilla, dos guerreros con los rasgos surcados por arrugas y mirada huidiza. Tan sólo Águila de la Mañana, un robusto y joven cazador, le sonreía. No podía adivinar lo que el resto de los hombres, alineados a lo largo de los tabiques de corteza, pensaban. Sus rostros de ancianos seguían siendo de piedra.

Cerca de ella, el brujo Lobo Solitario preparaba el kinikinik, una mezcla de tabaco y de serrín de sauce destinado al calumet. Previamente, se había purificado el rostro con agua lustral y se había frotado el cuerpo con ramas de abeto.

Helena había podido verlo sin sus pieles de lobo y sin sombrero. Tenía la frente baja y chata, cubierta de pelos, el cuerpo enclenque y consumido. Una espuma blanca le había caído de su mentón puntiagudo sobre el torso cubierto de cicatrices al llevar a cabo sus hechizos. El calumet, de un metro de longitud, reposaba sobre dos trípodes. No debía tocar el suelo. Helena nunca había visto una pipa tan grande. La cazoleta era de un rojo oscuro. El caño, decorado con pinchos, plumas y pinturas, reunía los cuatro colores simbólicos. Se disponía a vivir un momento importante. En Ville-Marie le habían dicho que el calumet era un instrumento sacerdotal. Unía a los seres en la vida y en la paz. Con gestos delicados, Lobo Solitario llenó la cazoleta. Con cada pellizco de kinikinik, evocaba un elemento de la creación; presentó a la tierra, al cielo y a los cuatro puntos cardinales.

Por fin, lo encendió con un tizón que había cogido de un fuego del consejo.

Sentada a su izquierda, Helena fue la primera en fumar. Lobo Solitario le tendió el objeto sagrado:

– Fuma, mujer de Nanabozho. El soplo es el espíritu que se alía con el fuego divino, el humo que se eleva es la plegaria -dijo.

Recogió el calumet con temor. Era como un ser vivo entre sus manos; así era como lo consideraban los indios, con una cabeza, un cuerpo, una boca, un corazón, un aliento y un alma.

Ella no sabía que la cazoleta, que notaba muy caliente en la palma de su mano, era el elemento macho llamado «paternidad de la naturaleza», y que la caña por la que aspiraba era el elemento femenino, la «maternidad de la naturaleza».

El humo áspero bajó por su garganta y llegó a sus pulmones. Estaba a punto de llorar, pero consiguió evitarlo para no mostrar su debilidad. Oso Sentado tenía la potestad de echarla del círculo si resultaba no ser la enviada de Nanabozho. Ella soltó el humo y pasó el calumet a su vecino. Ahora pertenecía realmente a su tribu.

La pipa sagrada unió a todos los miembros del consejo. Una vez acabado el ceremonial, las lenguas se soltaron. Hablaron de caza, de castores que habían visto en el curso de una orilla a tres días de canoa remontando el Harricana, unos crees que habían robado caballos a una tribu algonquina vecina, blancos a los que habían prohibido la entrada en su territorio…

Esta última aseveración la hizo el jefe. Oso Sentado explicó la llegada de Helena. Los dos guerreros que la rodeaban asintieron.

– Cada vez construyen más pueblos -continuó con vehemencia-. ¡Se quedan con nuestros mejores pastos y nuestros ríos! ¡Muy pronto, no tendremos nada con lo que alimentarnos! En otra época, la caza era abundante. Hoy nuestros compañeros deben perseguir al caribú hasta más allá del Matagami.

Los guerreros asintieron con la cabeza. A pesar de la barrera de la lengua, Helena consiguió entender el significado del discurso de Oso Sentado. Las miradas de disgusto que le lanzaba bastaron para explicárselo. No hacía ni veinticuatro horas que estaba entre los algonquinos, y ya tenía un enemigo. Enfrentarse a él no iba a ser fácil. Belicoso, colérico, dispuesto a mostrar el puño. Se parecía en muchos aspectos a cierto tipo de terrateniente ruso. De repente, la conversación volvió a cambiar:

– Hay osos en nuestras montañas, y son peligrosos -dijo a sus hermanos.

La reacción de los indios no se hizo esperar.

– ¿Quién teme a los osos?

– ¿No es mejor comer carne de oso que de perro?

– ¡La carne de oso te vuelve fuerte! ¡Matemos al oso!

– ¡Sí, matemos al oso!

– ¡Tú! -dijo de repente en inglés, señalando a Helena-. La protegida de Nanabozho, el Liebre, vas a venir con nosotros, para alejar con tu presencia a los windigos antes de que vayamos a cazar el oso.

Esas palabras, pronunciadas con fuerza, desafiaban la autoridad del hechicero, que ni siquiera se inmutó.

– Alejaré a los gigantes y cazaré al oso.

– Tú eres una mujer. No debes matar osos.

– Soy la hija de un gran guerrero. He atravesado países inmensos, ríos impetuosos, he cruzado montañas y desiertos, he tenido como compañeros al águila y al lobo, he visto la muerte como tú nunca lo harás, he visto a pueblos enteros morir, he visto a dioses terribles, y los osos de mi Rusia natal no tienen nada que envidiar a los tuyos.

– ¡Hum! -respondió Oso Sentado, visiblemente molesto.

Nunca había oído hablar de los osos de Rusia, pero conocía bien las bestias que habitaban su territorio: los grizzlis, monstruos de tres metros y medio de altura y que pesaban una tonelada.

– Voy a beber -dijo Lobo Solitario, que sacó un recipiente de madera de entre las pieles.

Los miembros del consejo se encogieron. Helena distinguió una brizna de miedo en los rostros tallados por los vientos y las tormentas de nieve. El brujo se llevó el recipiente a los labios. Un líquido negro y pegajoso cayó lentamente en su lengua. Era la «bebida negra». Al tragarla, podía entrar en el otro mundo, ver el pasado o el futuro. La bebida negra separaba el alma del cuerpo. El aterrador viaje empezaba una hora después de haber bebido.

Un sabor nauseabundo inundaba su rostro, torcido en una mueca. Cogió un tambor que tenía tras él, lo golpeó, primero lentamente y después cada vez más rápido, a medida que el tiempo corría. La bebida negra lo conducía ineluctablemente hacia lo invisible. El tambor cavernoso: «Estoy sentado y toco el tambor, y con su voz llama a las bestias de las montañas. La tormenta y el trueno responden a su voz. El gran remolino deja de mugir para escuchar los sonidos de mi tambor. Incluso el gran pájaro del viento deja de batir las alas para escuchar su voz. Y el hombre negro sube desde el fondo de las aguas para escuchar».

Helena sentía un nudo en la garganta. Ese canto y ese tambor llevaron al brujo lejos del mundo real. Sin embargo, ella no podía ver las landas, ni los valles, ni las marismas ni los precipicios sobrevolados por el Lobo Solitario, que era el señor de las fuerzas invisibles. Entró en trance. La droga lo transportó a través de espesas tinieblas. A su alrededor, los indios bajaban la cabeza, siempre temerosos. Sólo la crueldad de sus apagadas pupilas recordaba en todo momento que la pantera de agua que habitaba en cada uno de ellos podía despertarse de un momento a otro.

Helena vigiló el regreso del Lobo Solitario al lugar de los vivos. Atraído por cordeles invisibles, el hombre medicina se balanceaba por sacudidas.

De sus labios lívidos caía una baba espumosa. El regreso fue suave. Poco a poco, su torso se estabilizó sobre su eje, sus miembros recuperaron su movilidad, sus párpados, al abrirse, mostraron el blanco de sus ojos, su voz recuperó su timbre normal.

– Oso Sentado, cinco guerreros y la Mujer Liebre partirán hacia el oeste con la próxima luna -dijo, y se levantó.

El consejo se había acabado. Sin pronunciar una palabra, los algonquinos abandonaron el círculo. En el momento en que Helena se disponía a salir, Lobo Solitario la cogió por el brazo y le dijo en voz baja:

– Desconfía de Oso Sentado más que del grizzli. Tus poderes son grandes, pero no bastan para detener el tomahawk de un hombre rencoroso. Toma esto, Sedmitchka: cuando hayáis matado al grizzli, lo enterrarás en el lugar en el que Oso Sentado haya despedazado al animal.

Le entregó un minúsculo saquito de cuero atado con una cinta roja y negra. Antes incluso de poder pedir explicaciones, el hombre medicina la apartó con su bastón.

Oso Sentado estaba delante del wigwam. Con los brazos cruzados y mirada severa, observaba a las mujeres que realizaban sus tareas domésticas.

Helena apretó el saquito en su mano. Su primer gesto fue deslizarlo dentro del hueco de la silla, cerca de la entrada, donde habían colocado y ordenado todas sus cosas. Después, se reunió con Agua Risueña y Luna Dorada, que lanzaban el arroz a la brisa ligera y volvían a cogerlo en sus bandejas. Al cabo de unos pocos minutos, Helena aprendió a crinar. Sus hombros oscilaron con gracia. Su trenza se levantó. Sus caderas describieron círculos bajo la piel de ciervo. Ella reía. Y cuanto más se reía ella, más ganas de ver levantarse la luna nueva tenía Oso Sentado, que seguía inmóvil ante el wigwam.

Una hora más tarde, mezclado con el azúcar de arce, el arroz se cocía a fuego lento junto a la carne. A Helena se le hacía la boca agua con ese olor. Por fin, podría comer otra cosa que no fuera harina de trigo y buey seco. No apartaba los ojos de la marmita panzuda lamida por las llamas. El humo ya no le molestaba. La rivalidad con Oso Sentado continuaba. Cuando las esposas no lo aturdían con peticiones, el jefe contemplaba a Helena sin pestañear. Para poner fin a esa investigación silenciosa, Helena le dirigió la palabra:

– ¿Dónde están tus hijos?

Esa pregunta lo desconcertó. Oso Sentado parpadeó. Su gran nuez de Adán subió y bajó varias veces.

– Todavía no tenemos papoose -dijo Nutria Maliciosa en un tono irónico.

Su comentario pareció inoportuno. Oso Sentado estaba furioso y lo demostró dirigiendo a la impúdica esposa un aluvión de palabras malintencionadas. En el momento en que levantó la mano para abofetearla, Agua Risueña y Luna Dorada intervinieron y unieron sus voces a la de Nutria Maliciosa. Ante la oleada de injurias y chillidos desgarradores, el guerrero retrocedió. Luna Dorada, la primera esposa, cogió la cuna que su madre le había dado el día de su matrimonio y amenazó con lanzarla al fuego. Las tres jóvenes estaban furiosas y se lanzaban sobre el esposo al que tachaban de impotente, de degenerado, de serpiente cornuda y de otros nombres de animales dañinos.

Oso Sentado estaba harto de que lo insultaran así. Tras apoderarse de una antorcha, se enfrentó con ella a Luna Dorada y le quemó la frente. La joven vaciló por el dolor de la quemadura.

– ¡Basta! -gritó Helena.

Oso Sentado gruñó y volvió a su sitio.

– No es nada, la curaré con hierbas -dijo Nutria Maliciosa.

Minutos más tarde, Luna Dorada, con la frente decorada con un emplasto verduzco, se arrodillaba cerca de Oso Sentado. Como una esposa sumisa, le acercó su recipiente. La comida se desarrolló en calma. Moldeaban con los dedos el arroz de la olla. Los dientes desgarraban la carne tierna. El jefe parecía satisfecho. Asentía con la cabeza después de cada mordisco. Tranquilas, las mujeres volvieron a hablar de pescados que ahumar, pieles que había que teñir, de hacer la colada, de la nueva canoa… En honor de la invitada, los recipientes no se vaciaron y un segundo trozo de carne que chorreaba jugo azucarado le tocó por derecho a Helena.

– ¡Resulta verdaderamente suculento! -dijo ella mordiendo la carne que se deshacía.

– Nos hace felices que te guste -respondió Nutria Maliciosa-. La hemos preparado mientras estabas en el consejo. Era nuestro perro más gordo.

A Helena, de repente, le costó tragar. Se esforzó por sonreír y se dijo que, después de todo, el perro de los indios no era tan diferente del foie-gras y de las ranas de los franceses.

– No está tan bueno como el ciervo o el oso -continuó Nutria Maliciosa-, pero es más fácil de cocinar.

Helena no lo dudó. Se preguntó, no obstante, si sería igual de fácil de digerir, pues presentía que su estómago lo iba a rechazar.