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No eran los rugidos de su vientre lo que le impedía dormir, sino los tiernos murmullos y susurros que provenían de los lechos vecinos. Le resultaba imposible cerrar los ojos. Con el débil resplandor de las brasas, había visto saltar a Oso Sentado sobre las pieles. Se había metido en la cama de Agua Risueña y se había echado sobre ella.
Ahora empezaba a empujar entre las piernas con las que la chica se agarraba a su cintura, resoplaba, se arqueaba y volvía a resoplar. A los ruidos de fragua de su pecho respondía con dulces gemidos.
Testigo pasivo de esta unión, Helena notaba que un oscuro deseo crecía en ella. Si Oso Sentado decidía tomarla allí inmediatamente, ¿qué podría hacer? Tras aguantar la respiración, agarró el cuchillo de caza que había escondido bajo la cubierta. Su deseo se diluyó en el temor.
Oso Sentado había vuelto a la caza. Lo vio levantarse, completamente desnudo, el sexo erecto como un cuerno. Estaba listo para volver a empezar. Su elección estaba hecha. Nutria Maliciosa fue la afortunada. Diez minutos más tarde, sus ronquidos sonoros hacían vibrar el wigwam.
Durante los cincos días anteriores a la luna nueva, Helena se había acercado a Lobo Solitario. De aquel hombre de piel más dura que la del bisonte, aprendió los secretos de la botánica, la preparación de la poción contra las fiebres de los pantanos, la dosis de veneno que cura las enfermedades. Sobre todo, había estudiado la manera de interpretar los sueños, que condicionaban los actos diarios. Sin sueños, no habría expediciones de guerra o de caza, curaciones, esperanza ni contacto con los dioses. Sin ellos, el futuro no existiría y la existencia de los pieles rojas se acabaría. Helena había escuchado a los soñadores de la tribu. Durante sus largas excursiones por el bosque, Lobo Solitario podía detenerse para ponerse a soñar. Entonces, ella entraba también en el sueño y consultaba a los oráculos del mundo invisible.
La víspera de la luna nueva, Helena lo encontró en esta actitud mientras recogía plantas acuáticas en la orilla del lago. Ella lo llamó. No respondió. Parecía una estatua, tenía la mirada perdida en los abismos del lago.
Volvió en sí al cabo de un largo momento de peregrinaciones, y su rostro se iluminó con una sonrisa:
– Te he visto en un mar de arena, con dos guerreros. Llevabas un sombrero de pelo, un cuchillo muy largo y cabalgabas sobre un monstruo con dos jorobas. ¡Eso no puede existir!
¡Un camello! ¡La había visto en un camello! ¿De qué desierto se trataba? Helena ardía en deseos de saber más, pero Lobo Solitario se mostraba reticente a hacer precisiones cuando se trataba de los sueños sobre la Mujer Liebre. Le resultaba más fácil interpretar los sueños que afectaban a sus hermanos.
– Tienes razón -dijo ella con un suspiro-, eso no puede existir.
Helena nunca soñaba bajo el wigwam. Pasaba sus noches vigilando los movimientos de Oso Sentado. Pensaba en huir cuando retozaba con sus esposas, y se estremecía bajo su cubierta mientras agarraba el mango de su cuchillo. No obstante, tomaba a Nutria Maliciosa bajo su protección cuando la joven india lo rechazaba. Él merodeaba como un animal alrededor de la fogata y después acababa saliendo.
– ¿Cuándo podré tener mi propio wigwam? -le preguntó a Lobo Solitario cuando llegaron al pueblo.
– Tras la caza. Éste será para ti -le dijo señalando un habitáculo un poco alejado de los demás.
¡Su wigwam estaba en la orilla del lago! Era un poco más pequeño que los otros, pero no deseaba nada más. Su casa… Cerró los ojos y saboreó el momento… Guardaría su canoa cerca de la entrada y su reserva de madera, entre las dos rocas que había a la derecha. Necesitaría muchas pieles. Sí, una enorme cantidad de pieles en las que se cobijaría cuando llegara el invierno.
– ¡Mi wigwam! -exclamó ella dirigiéndose hacia el cono de cortezas.
– ¡No puedes entrar! -gritó Lobo Solitario.
– ¿Por qué?
Sin esperar a la respuesta del hechicero, Helena se acercó a «su wigwam».
– ¡Te prohíbo que entres en esa casa! Si lo haces, grandes desgracias caerán sobre ti.
Se detuvo. Varias mujeres y niños, atraídos por la voz del hombre medicina, se habían amontonado y la contemplaban con ansiedad.
– ¿Por qué me miran así? -preguntó ella.
– Tienen miedo de que infrinjas nuestras leyes. Ese wigwam es tabú. Pero dejará de serlo cuando vuelvas de la caza. No habrías podido cruzar el umbral. Compruébalo por ti misma.
Una mujer muy anciana, alerta y nudosa, apartó la piel de bisonte que ocultaba la abertura, con un rompecabezas en la mano. Demostrando su autoridad, se plantó ante Helena. Su rostro arrugado tenía la pátina de un bronce antiguo. Lo más sorprendente era el color de su cabellera: era rubia. Una lejana filiación con los vikingos la había convertido en un ser extraño. Sus trenzas eran dos llamas que caían sobre su pecho, prolongadas por unas plumas blancas y verdes.
– Es la más sabia de nuestras mujeres -dijo Lobo Solitario.
Helena la contempló. ¿Esa mujer era la encarnación de la sabiduría? Ella había abandonado un mundo en el que los sabios debían probar su abstinencia y su virtud, en el que la lisura de su alma debía leerse en sus rostros inexpresivos.
Sin embargo, entre sus amigos pieles rojas las cosas no eran así. Obtenían su sabiduría de la fuerza de los vientos, del rugido del trueno, de la forma de las nubes, del humus de la tierra, del mordisco del lince, de la imponderabilidad del sueño y de la risa. Se dio cuenta de lo difícil que le iba a resultar remontar el sendero que la conduciría a Manitú. Su alma seguía siendo rusa.
– ¿Qué oculta en ese wigwam? -le preguntó a la mujer amenazante.
– No entiende lo que dices. Te va a romper el cráneo, como rompería el mío si intentara pasar.
– ¿Me vas a explicar qué hay dentro?
– Hablar no es bueno.
– ¿No soy la enviada del Liebre, el que enseña y aprende? Tú mismo me has dicho que no se puede ocultar nada a Nanabozho y a sus servidores.
Lobo Solitario parecía enfadado. Resolvió su dilema esparciendo por el suelo sus amuletos. Después de dar unos cuantos golpes de bastón a los guijarros mágicos, le desveló el secreto del wigwam:
– Prado Tranquilo, a la que ves ahí, tiene a Pequeña Cierva bajo su vigilancia. Pequeña Cierva va a perder su primera sangre. Su infancia se acaba. Entre nosotros, las que se vuelven mujeres tienen, durante un corto período, verdaderos poderes. Son capaces de engendrar catástrofes contra las que los hombres medicina no pueden hacer nada. Por tanto, las aislamos en un wigwam apartado, bajo la custodia de una squaw experimentada. Prado Tranquilo enseña las virtudes esenciales de nuestro pueblo. Prepara a Pequeña Cierva para su papel de esposa y madre. ¡Su deber! Ella le enseña los ritos de purificación. Nada debe perturbar su formación. ¡Nada! ¡Ni siquiera los animales! Muchos de nosotros morirían si una squaw o un hombre posaran su mirada en Pequeña Cierva.
– Pero ¡eso no es ningún secreto!
– ¡Desde luego que sí! Todos lo saben y todos se callan. Todos temen perder su lengua. Debes respetar nuestras costumbres si quieres convertirte en una de los nuestros. Durante el tiempo que permanezcas aquí -precisó él.
– ¿No moriré aquí?
– No, sopla demasiado viento en tu cabeza. Mientras tanto, respeta los ciclos y las estaciones. Respeta los árboles y las cascadas. Respeta el viento y la lluvia. Respeta al indio y al castor. Respeta el polvo bajo tus pies, y aprenderás a respetarte. Mañana, llegará la luna nueva; hay que protegerte, Sedmitchka. Tengo para ti una bolsa medicina. Ven a mi casa, esperaremos a la próxima visión.