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¡Huellas de oso!

Helena se acercó a Roca Amarilla. Estaba agachado; en su rostro bronceado se reflejaba la concentración. Las plumas flotaban sobre el cañón de su fusil. El indio se llevó un puñado de musgo a la nariz.

– Oso pasar por aquí hace seis horas. ¡Oso muy fuerte! Grizzli macho. Él dirigir a cascada del Ciervo.

Roca Amarilla se levantó y soltó un largo grito. Helena se preguntó dónde estaban los demás. Habían desaparecido hacía ya bastantes horas.

El primero en aparecer fue Águila de la Mañana. Guiaba hábilmente a su caballo por la parte abrupta y sombría de la montaña. Poco después, Oso Sentado y otro guerrero descendieron por el lado soleado de la pendiente. Ellos también habían encontrado huellas de oso, pero tenían ya tres días. Oso Sentado olisqueó también el musgo y dio muestras de una gran excitación:

– ¡Es nuestro!

– Viejo oso astuto -dijo Roca Amarilla, guiñando los ojos como para intentar vislumbrar a la bestia sobre las crestas boscosas.

– ¡Es nuestro! -repitió Oso Sentado, que volvió a montar a caballo para lanzarse hacia el oeste.

– Tú, cargar fusil -le dijo Águila de la Mañana a Helena-. Grasa del grizzli gruesa. Tú disparar ojo de grizzli.

¿Que disparara al ojo del grizzli? ¿Qué quería decir con eso? En Rusia, se apuntaba al corazón de la bestia. ¿Intentaba hacerle creer que el animal era tan grande como un elefante? Helena llegó a la conclusión de que esa exageración era algo propio de la imaginación india.

Acamparon en el fondo de un pequeño valle. Prudente, Helena durmió cerca del único guerrero en el que confiaba, Águila de la Mañana. Fue una noche dura: primero los lobos estuvieron merodeando y después se puso a llover. Era imposible pegar ojo.

A pesar de los galopes y de las hazañas de los dos primeros días, el grizzli se seguía escabullendo. Siempre pisándole los talones, los llevó hacia el oeste.

Atravesaron paisajes que no les resultaban familiares y siguieron un camino utilizado por hombres blancos. Tras revisar los restos de un campamento, Roca Amarilla anunció que pertenecían a dos tramperos con cinco caballos. El oso también los seguía. A Roca Amarilla no le gustaba esa bestia salvaje. Por eso, echaba pie a tierra regularmente para examinar el suelo encharcado.

Según se le antojara al viento, la lluvia cambiaba de dirección, los cogía por la retaguardia, los atacaba furiosamente de cara antes de azotarlos, de nuevo, por detrás. Suponía un problema, pues estaba helada y caía sin interrupción. Incluso en las horas centrales del día, el cielo estaba encapotado y caía agua en grandes cantidades. Empapaba la ropa, humedecía el polvo y encharcaba los mocasines. Roca Amarilla no conseguía identificar las señales, y su mirada se perdía en las nubes que rodeaban los montes de los alrededores.

– Oso observar nosotros -decía él.

El séptimo día por la mañana, paró de llover. Descubrieron una cadena rocosa, cerros pelados, llanuras erosionadas en las que un océano de piedras cortantes había ocupado el lugar de los abetos. En algunas partes, se elevaban formidables murallas de granito, picos retorcidos como dedos de hechicera, bloques y más bloques que había que rodear sin cesar.

Roca Amarilla, con la mirada puesta en el cielo, seguía el movimiento de las aves. Las águilas expulsaban a sus congéneres cuervos.

– Muchos pájaros negros. No bueno.

– Grizzli no lejos -le dijo Águila de la Mañana a Helena-. Tú ven conmigo.

Sin ponerse de acuerdo, los indios se separaron en tres grupos de dos. Águila de la Mañana le hizo una señal a Helena para que bajara del caballo. Había sacado su fusil de la funda de cibelina. Helena le imitó. Dieron un gran rodeo para tener el viento de cara. No muy lejos, delante de ellos, las grajillas y chovas piquirrojas daban vueltas.

Helena calcaba los gestos de Águila de la Mañana: se encorvaba, se agachaba, aguzaba el oído. Su tensión muscular aumentaba, su instinto lo advertía de un peligro. Vio fugazmente una cosa enorme desplazándose por las acebedas. Agarró la culata de su colt y apuntó hacia el lugar en que graznaban los cuervos. Las alas negras batían por encima de un esqueleto de caballo. Las entrañas esparcidas, la putrefacción, la cabeza medio seccionada… Los rastros oscuros de sangre permitían ver que al animal lo habían arrastrado varias decenas de metros.

– Grizzli -dijo simplemente Águila de la Mañana, mojando sus dedos en la sangre del caballo.

Los ojos opacos del indio pasaron por encima de ella. Ya no tenían nada de humano. Águila de la Mañana se desplazó como un felino evaluando el peligro.

– Demasiado peligroso para ti -continuó él-. Sube al peñasco. Grizzli no te alcanzará.

Después, tuvo otra visión de la cosa a cuatro pasos, bajo un abeto inclinado. Estaba muy cerca.

– ¡Voy! -dijo ella.

El indio olisqueó el aire, le sonrió y después desapareció entre la maleza. Sola, Helena utilizó su don. El grizzli era un asesino. Siguió el hilo que la ligaba a él, subiendo la pendiente pronunciada, con el fusil en bandolera. Sus pies resbalaban sobre los esquistos, se hundían en la tierra gris. Le costaba e intentaba no perder el espíritu del grizzli, que debía verla como un insecto debatiéndose entre los pedregales de la montaña.

Llegó, por fin, a una parte un poco más llana y se sentó sobre un promontorio. Se sintió embelesada. Al otro lado de la montaña, el bosque había reclamado sus derechos. La pendiente de un centenar de metros era suave y florida. Dando la espalda a los cuervos, al aire cargado de miasmas de podredumbre y muerte, al paisaje desértico en el que los guerreros perseguían al animal asesino, Helena ofreció su rostro a la caricia de la brisa y respiró con felicidad los perfumes primaverales y sutiles.

Había cortado el vínculo entre ella y el grizzli.

De repente, un ruido sordo que parecía provenir de debajo de la tierra hizo temblar el suelo. Helena miró a su alrededor y vio que una roca se tambaleaba sobre su base y rodaba. Cayó cuatro metros. Una excavación marcaba su antiguo emplazamiento. Una segunda roca dejó su ganga, topó con la primera y rodó hasta el umbral del bosque, desenraizando un abeto que estaba en su camino.

Al cabo de pocos segundos, se hundió en un miedo visceral. Se quedó petrificada. Lo que se movía tan rápido no podía ser un oso.

«Es imposible… ¡No es real! ¡No es real!»

Sin embargo, el monstruo gruñía y era muy real. Y su gruñido se extendía leguas a la redonda. Ese grito de rabia sonaba en parte como un mugido y en parte como el rugido de la tormenta.

Cayeron otras rocas. En medio de unos remolinos de polvo gris, la enorme masa avanzaba.

El suelo se estremeció, las ramas se quebraban como huesos de vidrio, las piedras volaron en todas las direcciones, proyectadas por la inmensa montaña de piel y garras.

– Grizzli… -balbució Helena, que retrocedió lentamente.

Las patas gigantescas cortaron el aire delante del morro terrible. El animal parecía haber salido de un cuadro del Bosco. A esa distancia, los ojos del oso se parecían a dos minúsculas cabezas de alfiler. Notó que estaban clavadas en ella y que evaluaba cuál era su peso justo de carne y miedo.

Helena siguió retrocediendo. Una piedra la hizo tropezar. ¿Adónde podía huir? Estaba prisionera en ese promontorio sin salida. Y estaba segura de que el monstruo la alcanzaría si intentaba volver a bajar por donde había subido.

El grizzli se irguió para olerla mejor, y supo, por el olor, que el ser humano, su peor enemigo, estaba indefenso. Con la sensación de que el aire se había vuelto espeso, Helena había preparado su arma, con el dedo en el gatillo y el ojo en el visor.

Ahora los separaban unos quince metros.

El grizzli abrió sus fauces. Soltó toda su rabia entre los colmillos. Su cólera explotó y, como una onda, barrió toda la montaña.

El arma chasqueó una primera vez. El oso agitó sus patas para evitar la avispa que acababa de picarle. Helena disparó de nuevo. Tuvo la impresión de que ningún proyectil había alcanzado a la presa. Echó mano, entonces, de su colt y disparó seis veces, pero los cartuchos parecían vacíos.

Helena ya no tenía más margen de maniobra. El grizzli volvía a la carga.

Esperó el golpe de garra que la iba a cortar en dos. Ni siquiera oyó las otras detonaciones ni el grito estridente de guerra que acompañaron a la carrera de Águila de la Mañana.

El indio saltó a la espalda del animal y se agarró. Pasó el brazo izquierdo alrededor de su grueso cuello y con las piernas se enganchó a los flancos, que no dejaban de temblar. En la mano derecha, destellaba un cuchillo que buscaba el corazón del oso.

El grizzli rugía, intentaba en vano librarse del piel roja. Otro guerrero acudía ya blandiendo una lanza. Roca Amarilla soltó también su grito de guerra. Le clavó la lanza en el vientre. Empujó con todas sus fuerzas el palo, después retrocedió, rápido como un lince.

El grizzli todavía resistía, pero a su espalda, Águila de la Mañana abría nuevas brechas con su arma. Tras un último gruñido, el monstruo perdió fuerza y se quedó inmóvil. Los indios levantaron los brazos al cielo y dieron las gracias a Manitú. En ese instante, el aliento del Gran Espíritu habitaba en ellos, y Helena lo notaba. Era la vida y la muerte. Era la resurrección. Perdonaba la violencia de los guerreros y se llevaba el alma del grizzli. Él era el Espléndido, el Incomprensible, el Increado, «cuyo origen sólo está en sí mismo». Él era su Guitchi Manitú, igual que era el Orenda de los iroqueses, el Wakantanda de los sioux, el Nilchi de los navajos, el Tirawa de los pawnees, el Pokunt de los shoshonis: la fuerza primordial a la que todos los seres humanos se unirían después de su muerte.

– Tú recibir tu parte -le dijo Águila de la Mañana a Helena-. Tú luchar bien contra grizzli. Venir con nosotros a río para purificación.

– ¡Ella no tendrá ninguna parte! Ha sido cobarde -dijo Oso Sentado, que apareció fresco y dispuesto.

– ¿Qué sabes tú? -respondió Helena-. ¿Estabas aquí? ¿Acaso no te has limitado a observar de lejos, en lugar de venir a ayudar a tus hermanos? ¿O esperabas que el grizzli me matara?

Oso Sentado se ensombreció. Su mirada no dejaba duda alguna sobre sus intenciones. Se inclinó sobre el cadáver del oso y contó los impactos de balas.

Como para alejar la mala suerte, Helena tocó el saquito de medicina que llevaba en el cinturón. Lobo Solitario le había dicho que era la garantía de su permanencia en este mundo. Lo era doblemente, porque había ocultado el saquito mágico. Todos los guerreros se habían reunido en torno al trofeo. Parecían tristes. Acababa de morir un rey. Esperaban el veredicto de su jefe.

Oso Sentado miraba nervioso la tierra manchada de sangre; a continuación, tras desenvainar su cuchillo, señaló el cadáver del animal.

– ¡Tendrás lo que te corresponde! -dijo con sorna, y sin ocultar el doble sentido de sus palabras.