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Decidieron viajar de noche para evitar que la carne, que iban a ahumar, se pudriera. Los caballos no podían con la carga solos, así que habían tenido que construir un trineo para transportar los cuartos deshuesados, así como los hallazgos de Roca Amarilla: alforjas, objetos diversos y un centenar de pieles de castor que habían pertenecido a los dos tramperos cuyo rastro habían seguido. Los blancos habían sido presa del grizzli, y después de los buitres: sus restos esparcidos se confundirían muy pronto con raíces y piedras.
Helena, que no tenía ninguna intención de acabar como ellos, había enterrado el saquito después de despedazar al grizzli, exactamente en el lugar en el que había estado Oso Sentado. Ahora, el mal estaba hecho. La magia obraría su efecto en el momento oportuno.
En los días siguientes, Oso Sentado sintió que le fallaban las fuerzas, aunque su odio hacia la Mujer Liebre no disminuía. Soñaba con matarla. Con gusto habría acabado con ella de un hachazo o clavándole una lanza. Las ocasiones no le habían faltado, pero cada vez que lo intentaba la fiebre que lo minaba podía con él. Le temblaba la mano como a una vieja squaw, y se sentía tan débil e indefenso como un papoose nacido antes de tiempo.
Al llegar al pueblo y en el momento del reencuentro, sólo era la sombra de sí mismo. Tenía los ojos hundidos en sus órbitas por la fiebre, sus ojos ya no se iluminaban cuando sus esposas correteaban a su alrededor. De sus labios, sometidos a un temblor continuo, ya no salían órdenes.
Sólo Lobo Solitario podía salvarlo.
– No volverá a intentar hacerte daño -le dijo el brujo a Helena, al ver a Oso Sentado avanzar hacia ellos con paso vacilante-. Voy a curarlo. Vete a tomar posesión de tu wigwam. Pequeña Cierva ya no es tabú, ha vuelto con los suyos. Construiremos otro refugio para las jóvenes núbiles. Prado Tranquilo quiere que esté lejos del lago, donde el bosque sea espeso. Nutria Maliciosa te ayudará a preparar tu nuevo hogar. La puedes tener contigo durante dos lunas. Oso Sentado podrá pasar sin ella. Lo que necesita no son caricias, sino plantas amargas y descanso. Recuperará su vigor de macho dentro de tres lunas. No antes.
Pasaron tres, cuatro, cinco lunas. Helena se había convertido en una verdadera squaw: había aprendido a coser pieles, a ablandar los pinchos de puercoespín, a reconocer las bayas y plantas aromáticas.
Nutria Maliciosa era una profesora emérita cuyos conocimientos eran casi tan extensos como los de Lobo Solitario.
Al cabo de los días, se había convertido también en la confidente de Helena y en su amiga. Helena, no obstante, se aburría. Su nueva vida como algonquina no bastaba para satisfacerla.
«Tengo veinte años -se decía-. Tal vez veinte años y un día, o veinte años y dos días, ¿qué importancia tiene eso?»
Helena no se parecía en nada a Agua Risueña, Luna Dorada o Nutria Maliciosa, que se pasaban el tiempo soñando. Helena sentía que crecía en ella la sed de aventuras. El mundo era grande, estaba lleno de cosas inesperadas, de misterios y de bellezas. Comprendió que el primer movimiento musical de su vida se acababa. El día en el que debería abandonar a sus amigos indios se acercaba.
Unos gritos la sacaron de su ensimismamiento. Momentos después, tenía a Nutria Maliciosa entre sus brazos.
– Me ha vuelto a pegar -dijo ella, enjugándose las lágrimas.
– Quédate conmigo esta noche.
– Dice que tú tienes la culpa de que yo lo rechace.
– Ahora ya no puede hacerte nada.
– ¡Quédate conmigo para siempre!
Helena no respondió; se sentía oprimida por ese aliento tibio que le calentaba el rostro. Apretó contra ella a la india palpitante y la meció con dulzura. No dejó de hacerlo cuando los pasos pesados de Oso Sentado rompieron el silencio. Jadeando, el jefe daba vueltas alrededor de las dos mujeres como un perro hambriento.
– ¡Devuélvemela! -gritó él de repente.
– ¡Has vuelto a beber el agua de fuego de los blancos! -constató Helena al verlo inclinarse sobre una canoa y vomitar.
– El agua de fuego te vuelve fuerte -dijo él entre hipidos.
– Os destruirá tanto a ti como a tu pueblo.
Helena se sentía triste. El alcohol causaba terribles estragos entre los indios, aunque Lobo Solitario y Helena habían intentado combatirlo en la comunidad.
– No tengas miedo -le dijo a Nutria Maliciosa, que estaba acurrucada contra ella y volvía a llorar-. Ese cerdo no volverá a levantarte la mano.
– ¡Ella es mía! -le espetó él avanzando dos o tres pasos.
– Ella es libre -respondió Helena, que sacó de repente su colt.
Oso Sentado estaba atónito. La Mujer Liebre era intocable. Eso lo había entendido al volver de cazar el oso, hacía muchas lunas. Sus labios se fruncieron con malevolencia, después farfulló una imprecación antes de cruzar el pueblo zigzagueando; allí, otros hermanos silenciosos titubeaban bajo la pálida luz de la luna creciente que había aparecido encima del bosque.
– Se ha ido.
– Sedmitchka…
– No digas nada, Nutria, escucha los latidos de mi corazón.
Estaba dispuesta a entregarle su corazón a esa mujer. Helena se puso a cantar un aria de su Rusia perdida, de las ninfas del Dniéper. Se la cantó a esa india del Nuevo Mundo. Se le empañaron los ojos. Su voz cálida y grave iba al encuentro de la luna.
– Es hora de volver -murmuró Nutria Maliciosa.
La india había roto el hechizo. Helena la contempló con tristeza.
– Debe de estar esperándome… Soy su esposa… No me lo reproches.
Helena no se lo reprochaba. Acababa de cortarse el último lazo. Su lugar ya no estaba allí. Al día siguiente, retomaría su camino hacia el sur.