38096.fb2 En busca de Buda - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 43

En busca de Buda - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 43

42

En Montreal, Helena había recibido la sorpresa de encontrarse con una buena suma de dinero y una carta de su padre en la que le suplicaba que volviera, pero no estaba dispuesta a restablecer tan rápido los lazos con su terrible pasado.

«Volveré cuando me anuncies la muerte de mi querido esposo -le había respondido-. Mientras espero a que llegue el feliz día, tengo la intención de continuar mis viajes e irme a California o a México, no lo sé todavía…»

En Buffalo, había asistido al ahorcamiento de un renegado. En Fort Wayne, se había jugado a cara o cruz la elección del camino que debía tomar en una encrucijada. Uno partía hacia el sur, a través del territorio de los potowatomis, de los neutrales y por el dominio de la tribu conocida como la nación del gato. El otro se adentraba de pleno en el oeste, en el territorio de los miamis, los sioux, los crows y los bannocks. La suerte decidió que cogería el segundo camino, el que llevaba a las montañas Rocosas: el California-Oregon Trail, que recorrían miles de carros. Un verdadero vía crucis.

Centenares de inmigrantes se dejaban allí la piel. En ese bulevar de polvo que llevaba a Council Bluffs, caravanas, jinetes y peatones iban a la misma velocidad que los bueyes. Helena caminaba en medio de esos colonos que no se quejaban ante los obstáculos. Familias enteras se amontonaban en sus carretas conestoga. Helena descubrió esas «goletas de plegarias», rodeadas de tela, flanqueadas por toneles, repletas de instrumentos de labranza y tiradas por seis mulas y un par de bueyes. Avanzaban en medio de un estruendo de cacerolas, perseguidas por bandadas de niños, de perros, de corderos y de cerdos.

Council Bluffs, en el margen del río Misuri, era la joya de la civilización occidental, construida deprisa y corriendo, y el punto de encuentro de los pioneros. Los peores crápulas se mezclaban con santos. Al ver a esos miles de personas errantes, Helena no pudo evitar pensar en el Éxodo. ¿Qué hacía ella allí? ¿Qué fuerza la había empujado hacia ese río? ¿Qué había más allá que mereciera vivirse? Unos hombres fervorosos pasaron por delante de ella. Eran mineros. Sus mulas sufrían bajo el peso de los picos, las lonas y los víveres. Tenían la cabeza llena de pepitas. Un número de ocho cifras parpadeaba ante sus miradas: 41.273.106. Ésa era la cantidad de oro, en dólares, que se había generado el año anterior. ¡Cuatro veces más que en 1849!

«Persiguen un fin», se dijo Helena viéndolos alejarse por el campamento que se extendía por la orilla derecha del Misuri. Abandonó los accesos al puente y se coló entre las carretas que se habían reagrupado esperando una hipotética salida. De repente, una voz atrajo su atención. Un hombre encaramado a una silla arengaba a un grupo de personas vestidas con trajes negros: mormones.

Ya se había cruzado con alguno. Atraída por el magnetismo del predicador, se acercó.

El hombre, alto y mayor, parecía no tener ni carne ni músculos. Sin embargo, ese esqueleto recubierto de piel daba la impresión de poseer una fuerza invencible. Helena notó en él una formidable energía contenida. Era como la flecha de una ballesta dispuesta a volar tras el objetivo.

– ¡Hermanos míos, hermanas mías! -clamó el hombre al tiempo que señalaba con su dedo índice a los fieles que lo escuchaban con respeto-. ¡Recordad las palabras de nuestro añorado Joseph Smith! ¡Coged el libro y leedlo!

En su mano izquierda blandía el Libro del Mormón, escrito en 1830 a partir de un largo texto grabado en placas de oro que Joseph Smith encontró en 1827. No fue un hallazgo casual: un ángel le reveló a Joseph la ubicación del libro sagrado del rey mormón. Ése es el origen de la nación mormona, y el pequeño campesino de Manchester cambió el nombre de Smith por el título de profeta.

Gracias a la adoración de sus miles de discípulos, reinó sin rival y promulgó la poligamia, medida que causó su perdición, porque, desde entonces, los gentiles lo persiguieron hasta que lo asesinaron en la prisión de Cartago, en Illinois, en 1848.

Helena admiraba la ley y la tenacidad de esos mormones perseguidos, que no tenían otra opción que la de lanzarse a la conquista del oeste tras el fracaso de su comunidad en Nauvoc, su capital, en aquel momento destruida por católicos y protestantes. Pero no podía dar su apoyo a ese movimiento.

– El Señor me ha dicho -continuó el hombre de negro-: «Aunque no tengan caridad, no importa, has sido fiel. Por eso tu ropa será purificada. Y, como has visto tu debilidad, te volverás fuerte, incluso hasta llegar a sentarte en el lugar que he preparado en la morada de mi Padre. Y ahora yo, Moroni [7], digo adiós a los gentiles, sí, y también a los hermanos que amo, hasta que nos reencontremos en el Juicio de Cristo, donde todos los hombres sabrán que en mis ropas no hay ni una gota de vuestra sangre…».

Helena se acercó más al orador. Con cierta inquietud, los mormones se apartaban a su paso. Esa aventurera de ojos claros les recordaba a las mujeres desatadas de los colonos que habían atacado sus casas blandiendo horcas y antorchas.

Helena no percibía tal miedo. El predicador acaparaba toda su atención. Aquel viejo inquietante tenía algo de Metamon. Su rostro no pertenecía a este mundo. Tenía el cabello blanco peinado hacia atrás, con lo que quedaba al descubierto su frente alta y abombada. Si no hubiera sido por su delgadez, habría tenido una cara bonita. Una barba cuadrada y blanca enmarcaba sus rasgos armoniosos. Sus ojos verde claro vieron llegar a Helena, y de su boca pequeña salieron palabras dirigidas a ella:

– …Y, entonces, sabrán que he visto a Jesús y que Él me ha hablado cara a cara, que Él me ha hablado con total humildad, como un hombre habla a otro hombre, en mi propia lengua. Por mi debilidad he escrito muy poca cosa. Y ahora, querría recomendaros que busquéis a ese Jesús, del que los profetas y apóstoles os han hablado tan bien, para que la gracia de Dios Padre y también del Señor Jesucristo, y del Espíritu Santo, que da testimonio de Ellos, viva en vosotros para siempre. Amén.

El hombre hablaba bien, pero sus afirmaciones eran idénticas a las de los popes y los jesuitas a los que ella detestaba.

– Bienvenida, hermana -dijo él, tras saltar de su pedestal-; aceptamos a todos los gentiles que respetan nuestras reglas.

Gentiles, ése era el nombre que daban a todos los que no pertenecían a su clan, a esa Iglesia mormona a la que llamaban pomposamente «Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días». A ella no le gustaba ese término, «gentil». Y odiaba el nombre de «santo».

– Sólo pasaba por aquí -respondió ella.

– ¿No quieres caminar junto a los santos? El camino que lleva a las Rocosas es peligroso y difícil. No creo que puedas conseguirlo sola. ¿Por qué no te unes a nosotros?

– ¿Y por qué no? -sonrió ella, y le tendió la mano.

Sospechaba que quería convertirla. Como mínimo, el hombre tenía la ventaja de ser sincero, y eso la seducía.

– David William Bancroft.

– Helena Petrovna Blavatski.

– ¿Rusa?

– No tengo patria.

– Bueno, pues nosotros te ofrecemos una. Nos dirigimos a las orillas del lago Salado. Muchos de los nuestros se han instalado allí con nuestro presidente del Consejo de los Doce Apóstoles, Brigham Young, que es también nuestro segundo profeta. Muy pronto, cuando nuestra nación se haya reunido, llevará el título de presidente de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Entonces, ¡empezará una nueva era!

– Ya lo veremos -dijo Helena.


  1. <a l:href="#_ftnref7">[7]</a> El nombre del ángel que se le apareció a Joseph Smith.