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A la mañana siguiente, al alba, las treinta y cuatro carretas conestoga, los caballeros y los rebaños se estremecieron. Junto a los remolinos de polvo, se elevaron los cantos a la gloria de Cristo redentor. Como un cónsul a la cabeza de una legión, Bancroft trotaba a la cabeza del grupo.
Helena se tomó su tiempo. Esperó a que la caravana se extendiera de este a oeste antes de montarse a horcajadas sobre su caballo. Durante la noche, había tenido un mal sueño: caminaba por encima de sangre.
La llanura, la inmensa llanura, estaba limitada por un cielo con abundantes nubes. El camino, el camino infinito, estaba sembrado de tumbas, de carcasas putrefactas, de utensilios oxidados y cenicientos. A su alrededor se extendía la tierra cubierta de hierba bendita, repleta del zumbido de los insectos, recorrida por los bisontes y los sioux.
Detrás de la grupa de los bueyes y de los ejes chirriantes, Helena tragaba polvo seco. Proveniente de la cabeza de la columna, un muchacho de unos diez años se unió a ella, pero se mantuvo a una distancia de cuatro pasos. Enseguida llegaron un segundo, un tercero y todo un grupo de chicos de ambos sexos. Se convirtieron en su escolta, al tiempo que la observaban y la juzgaban. La condenaron sin juicio. Ellos eran santos, mientras que ella era gentil. Ellos eran víctimas, y ella, el verdugo.
– ¡Has venido para matarnos! -le espetó el que parecía más espabilado.
– Por supuesto que no; el señor Bancroft me ha invitado a unirme a vosotros.
– Mientes. Padre no nos ha dicho nada.
– ¿No queréis gentiles con vosotros?
– Padre dice que los gentiles quieren exterminarnos.
¿Padre? Helena se fijó con detalle en los niños y, en efecto, les encontró numerosos puntos en común: la misma nariz aquilina, la misma cabellera abundante y tupida, y casi todos tenían los ojos verdes. ¡Eran unos treinta! ¿Podía ser que Bancroft fuera el padre de todos ellos?
– ¿Sois todos Bancroft? -preguntó Helena.
– ¡Sí!
Tras esa afirmación, que la dejó anonadada, volvieron a irse corriendo hacia los carromatos.
Helena quiso asegurarse. Se dirigió a la cabeza de la fila y llegó a la altura de las carretas conestoga cubiertas de lonas de Bancroft. Del interior de los vehículos salían cantos triunfales, siempre los mismos, hacia los cielos.
– ¡La extranjera nos ha seguido! -gritó uno de los niños.
Enseguida aparecieron unos rostros por la parte trasera de ambas carretas. Eran diez mujeres, de edades comprendidas entre los veinte y los cincuenta años. Eran más bien guapas. Su aspecto reservado y triste, ese ambiente de iglesia que se desprendía de su actitud, era prueba sobrada del puño de hierro que las doblegaba. Había algo de David William Bancroft en cada una de sus arrugas.
Miraban insistentemente a esa aventurera que un ángel malvado había echado sobre su luminoso camino. De sus labios no se escapó ni una palabra, sus manos reposaban en el regazo de sus faldas grises.
Con el corazón encogido por la compasión y el pecho hinchado de cólera, Helena reprimió los deseos de mostrar su agresividad, de zarandearlas y de subir a su caballo a la más joven de ellas para proporcionarle alegrías galopando hacia el horizonte y rivalizar con el viento y los bisontes en rapidez…
– ¿Tal vez son ustedes las esposas del señor Bancroft?
Como toda respuesta obtuvo una sacudida de cabeza. Su reacción fue inmediata. Se alejó al galope. Aislado, como iluminador de su pueblo en el camino hacia la salvación, Bancroft abría la marcha cerca de un kilómetro por delante del convoy. Su hopalanda de cuello plano ondeaba con la brisa. Parecía un cuervo a punto de emprender el vuelo.
No consideró oportuno volverse al oír el galope ni saludar a Helena cuando ésta se situó a su altura. Su mirada estática le recordó la imagen de esos santos que, para resistir a la tentación, se forzaban a ser ascetas para satisfacer su fe intransigente.
– Acabo de conocer a sus esposas.
– ¿Te han hablado?
– No.
– ¿No te parecen encantadoras? -le preguntó él.
– Desde luego, pero…
– Te sorprende que un hombre de mi edad tenga diez esposas, ¿no?
– En efecto, me parece sorprendente.
– ¿Tal vez, incluso, te inspira un poco de asco? Te preguntas cómo puede ser que seres que consideran pecados capitales el consumo de alcohol y de tabaco, así como el juego, se nieguen a condenar los actos de la carne, pues los multiplican tomando un número considerable de esposas, ¿cierto?
– ¡Ésa no es la cuestión! No importa cuántas sean, ni su capacidad de satisfacerlas: usted no tiene derecho a convertirlas en sus esclavas. Es cierto que no me han hablado, pero he tenido tiempo de leer la angustia en su mirada.
Las palabras salían de su boca como bolas de cañón. Bancroft, estupefacto, la devoraba con los ojos, y le resultó evidente hasta qué punto creía ella en lo que acababa de afirmar. Consideró oportuno explicarle ciertas reglas de los mormones.
– Practicamos el matrimonio plural, lo que los gentiles llamáis poligamia, con total buena fe. De este modo, seguimos una tradición bíblica. Dios, que permitió esta práctica a los patriarcas, nos animó a tomar varias esposas. Nuestras mujeres no son esclavas. Aceptan el matrimonio. Pueden recibir o no a las futuras esposas. Tienen derecho a veto cuando deseamos aumentar la familia. Casarse implica juramentos y sacrificios. No es un acto que los mormones tomen a la ligera. Cuando nos casamos, nos unimos con un vínculo eterno, no hasta que la muerte nos separe, sino para siempre.
Casados para la eternidad. Helena imaginó con horror a un Nicéphore esperándola en el otro mundo. Se imaginó también a Bancroft, con su harén, en un rincón del Paraíso. El viejo sátiro se preparaba unos días felices. ¿Llorarían sus mujeres el día de su muerte? ¿Esperaban ellas con una alegría pérfida el día fatal que se acercaba a ritmo cruel y silencioso? ¿Contarían las noches pasadas a su lado y, cada mañana, las nuevas arrugas que les habían salido alrededor de sus ojos cerrados? Era poco probable.
– Nuestro jefe, Brigham Young, tiene quince esposas -añadió él como justificándose.
– Me parece que sólo es un medio de asegurar su poder. ¡Yo me desesperaría si estuviera casada con un hombre como usted, David William Bancroft! Muchos hombres, mediocres e intolerantes, con una apariencia bonachona, actúan como verdaderos dictadores en el seno de su hogar. Su primera mujer debe de sentirse amargada: quedar relegada poco a poco tras las recién llegadas debe de ser un suplicio. ¡Que tu esposo destruya una a una tus opciones de ser feliz y saberte sacrificada para la eternidad no es digno de un pueblo que se proclama el elegido de Dios! Sí, hay que ser una santa para soportar el matrimonio plural. Señor Bancroft, usted obtiene su pequeño poder de una comunidad de débiles. No veo nada bíblico en su empresa.
Bancroft palideció. Lamentó haberle propuesto que se uniera a ellos. Si en el más allá de los mormones hubiera infierno, aquella Blavatski iría derecha a él. Lamentablemente, sólo existían diversos grados de salvación repartidos entre varios niveles de gloria: gloria superior, gloria celestial y gloria terrestre. Ni rastro de Satán ni de diablo cornudo alguno, ningún fuego en el que quemar el alma de esa impía. Se preguntó si no habría que revisar los textos sagrados para introducir alguna noción de infierno. Esa mujer sería la primera en sufrir un castigo. Ella lo retaba con la mirada. Esa actitud le resultaba insoportable. Estaba acostumbrado a tratar con mujeres temblorosas y sumisas. Fomentaba la delación y el miedo en el seno de su pequeño harén.
– Que Dios me vea -empezó él con voz solemne, desplegando su frase lentamente-, y que Él sea testigo de que la indignación que siento ante tu iniquidad no es diferente de la que Él mismo sintió ante los mercaderes del templo. Mujer, rezaremos para que tu alma inmortal no acabe errando a través de los siglos en un universo sin estrellas, como la de Judas Iscariote. Rezaremos para salvarte de la soledad y, si lo hacemos arduamente, conocerás el reino celeste tras tu muerte.
– ¡Bella diatriba, señor apóstol! Pero no funciona conmigo. Mi alma elegirá su reino cuando llegue el momento, ¡y dudo mucho de que se decante por el suyo!
Helena soltó un grito para animar a su caballo a avanzar. Ahora sólo tenía un deseo: fundirse con la línea pura y verde del horizonte.
Ante la imposibilidad de ser Judas, sería la primera exploradora del convoy.
– ¡Ya te convenceré! -gritó Bancroft cuando ella no era más que un punto lejano en el camino.