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Al oeste, y de nuevo al oeste… Hacía un mes que habían salido de Council Bluffs. Día tras día, recorrían la monótona llanura. En ocasiones, se encontraban con otros mormones establecidos en puntos estratégicos, que la comunidad de los santos explotaba. Los mormones controlaban los puentes y los barcos, así que hacían que los gentiles pagaran por cruzar los ríos. Ya los llamaban «los judíos de las Grandes Llanuras». Tenían el monopolio del Kaw, del South Platte, del North Platte y del Green River, importantes ríos hacia los que afluían los convoyes.
Esos impuestos añadidos para franquear los obstáculos no afectaban a Bancroft y a su clan. Los hermanos se ayudaban, se apoyaban y causaban la admiración de Helena. Su fe les permitía unir sus fuerzas para vencer los torrentes tumultuosos. Las efusiones entre miembros de las diferentes congregaciones, reunidas por azar en esas tierras hospitalarias, eran sinceras.
Helena había asistido al bautizo por inmersión de Jeremie Lead, un muchachito de ocho años. Ésa era la edad en la que los mormones consideraban que los niños ya tenían uso de razón. A los doce años, se convertían en diáconos, instructores o sacerdotes. A los diecinueve, llevaban el título de ancianos y entraban en el oscuro mundo de los adultos. Helena esperaba que no siguieran el modelo de Bancroft, cuyos deseos y bajos instintos adivinaba un poco mejor con cada etapa de su viaje.
– ¡Alto! -gritó el patriarca.
El convoy se detuvo. El ruido de cascos y de ruedas así como los silbidos y los chasquidos de fusta se acallaron. Ahora, se oía la fricción de las lonas por el viento y los ladridos de los perros. Bajarse del caballo, preparar su rincón para pasar la noche, cuidar a los caballos, esconder su oro en sus botas: Helena había repetido esos gestos centenares de veces. Había adquirido la costumbre de guardar su barda bajo la carreta conestoga de la familia Mitchell.
Los Mitchell eran gente honrada. Compartía el pan con ellos, las judías, a veces la carne salada y seca que repartía el santo encargado de la intendencia. El padre Mitchell era carpintero. Con cuarenta años, sólo tenía una esposa, Jane, que le había dado tres hijos: Duncan, Joseph y Betsy. No quería tener otra y compadecía a los que tenían varias.
Jane se ocupaba de todo: las tareas domésticas, el cuidado de los bebés, la educación de los niños, la elección de las plegarias y la limpieza de las armas.
– ¿Le parece un buen sitio? -le preguntó Jane a Helena.
Helena contempló el ocaso del día en el oeste. Aquí y allá, se adivinaban surcos oscuros en la llanura. Macizos rocosos de tormentoso relieve se alzaban sobre la alta hierba. Su espíritu intentó desvelar algún pensamiento belicoso. Captó algunas almas en pena que no se habían decidido a abandonar este mundo.
– Aquí deberíamos estar bien -respondió ella, sin estar totalmente convencida.
– ¿Cree que los indios podrían atacarnos?
– No lo creo… El peligro no proviene de los indios.
– ¿Qué quiere decir?
– Me temo lo peor… Pensaba en el cólera que devastó a más de cinco mil prisioneros el año pasado.
Estaba mintiendo. Jane era demasiado aguda como para dejarse engañar: no había habido ninguna epidemia de cólera desde enero. Se plantó ante Helena esperando otra respuesta. Bajo el gorrito de delicada puntilla, su rostro franco y enérgico exigía la verdad.
Helena volvió entonces su mirada hacia el fuego que acababan de encender y ante el cual Bancroft se paseaba de un lado a otro, mientras meditaba un sermón. Jane siguió esa mirada.
– Que Dios nos guarde de los errores de ese sacerdote -dijo reprimiendo un escalofrío.
Jane desconfiaba de él y lo temía desde que le había echado el ojo a Cathy Powers, una belleza de dieciséis años a la que pretendía tomar como esposa. Cathy era la prometida de su hijo Duncan. Cathy y Duncan se amaban. Su querido Duncan… Jane rezaba para que no le pasara nada. Conocía muy bien la justicia expeditiva de David William Bancroft, que, para conseguir el título de obispo, no dudaba en enviar a sus detractores al mundo celeste. Helena no decía nada. Se iba a derramar sangre. Ésta manchaba demasiado a menudo sus visiones. No obstante, no había visto el drama con precisión.
– Usted tiene el don de la videncia, ¿no? -preguntó Jane con dulzura.
– Así es.
– ¿Qué sabe?
– Que no cruzaré las montañas Rocosas…, al menos, no en esta ocasión.
– ¿Por qué? ¿Vamos a morir?
– No, yo seré la única que dará media vuelta. Estoy segura. Es la primera vez que me ocurre esto. Antes no veía nada sobre mí. Una especie de barrera invisible se interpone en mi camino, una barrera nacida de la sangre derramada en un tocón.
Se calló y se perdió en sus pensamientos. Entonces, Jane se puso a rezar con todo su corazón para alejar el mal presagio.
Más tarde, cuando los centinelas envueltos en sus mantas dormitaban y los coyotes lanzaban sus lúgubres aullidos, Helena, que no podía conciliar el sueño, distinguió una silueta recortada en la noche. Era la de una persona alta y encorvada: Bancroft. Caminaba sigiloso hacia el recinto de los caballos; pasó de largo y se perdió en la noche.
Ella se levantó y lo siguió. Parecía un chacal aproximándose a su presa, dando un rodeo. Iba de roca en roca. Lo oía hablar con alguien. Los algonquinos le habían enseñado a desplazarse como la pantera de agua. A menos de cinco metros del lugar en el que ella se había ocultado, Bancroft y la joven Cathy hablaban cara a cara.
– Tendrás que olvidar a Duncan -dijo él-. Tu padre me ha concedido tu mano.
– Sé que le ha dado dinero a mi padre para obtener su consentimiento. Pero debe saber que, pase lo que pase, siempre amaré a Duncan. Tendrá mi cuerpo, pero nunca mi corazón ni mi alma.
– Entonces, ¿por qué has venido esta noche?
– Porque padre me lo ha ordenado.
– Eres una buena hija. También serás una buena esposa.
– ¿Por qué me ha hecho venir aquí?
– Para conocerte mejor.
– ¿No me ve ya todos los días?
– Claro…, claro.
Bancroft se quedó mirando a la joven con avidez.
– ¡Siéntate!
Cathy se sentó en la hierba. Con la punta de su bota, él le levantó el bajo del vestido y le dio a entender que debía mostrarle un poco más. Ella se tapó los ojos con las manos. Se sentía avergonzada. Le habían inculcado el sentido de la virtud y del pudor. Las Santas Escrituras promulgaban la castidad. Y ahora, ese hombre, su guía, su líder espiritual, le pedía que se comportara como las mujeres de mala vida que se vendían a los gentiles.
– Venga, Cathy. Ahora eres mía. Dentro de dos días nos casaremos. ¿Qué puedes ocultar que yo no haya visto ya? Tengo diez esposas y no eres diferente de ellas en absoluto. Enséñame lo que Dios ha hecho para la dicha de los ojos.
Bancroft utilizó todo su magnetismo y Helena comprendió por qué era el señor incontestable del clan. Su voz era el instrumento mágico con el que era capaz de domar la más rebelde de las voluntades. Y Cathy no era capaz de resistirse. Como en estado de trance, se retiró las manos de la cara, empezó a subirse las enaguas y dejó al descubierto la parte superior de los muslos. Al verla someterse así, Bancroft comprendió que, una vez que la tuviera en su cama, la podría modelar a su antojo. Se deleitó con esa carne virgen y trémula. Sintió ganas de tomarla de inmediato.
Helena, por su parte, sentía ganas de meterle una bala en la nuca.
Bancroft dudó. Le goteaba saliva de la comisura de los labios. Esa Cathy lo volvía loco. Ahora tenía las piernas abiertas de par en par y se había abandonado a esa mirada viciosa, mientras enrojecía.
– Dentro de dos noches, serás mía -acabó por decir con voz ronca, sofocando el fuego voraz de su deseo.
Volvió corriendo al campamento. En ese instante, Helena vio una segunda silueta. Era Duncan Mitchell, que acudía al encuentro de Cathy.
– Si intenta mancillarte, ¡lo mato!
– Duncan… Duncan, ¡abrázame fuerte! ¡Más fuerte!
– Huyamos, Cathy…
– Sabes muy bien que es imposible. ¿Dónde iríamos? ¿Al territorio de los indios? ¿Con los gentiles? Somos mormones, Duncan. Nuestro lugar está en la comunidad de los santos.
– No quiero que pertenezcas a Bancroft.
– Hay una forma de evitarlo.
– ¿Cuál?
– Ven, mi amor… Ven.