38096.fb2 En busca de Buda - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 46

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45

Bancroft se había casado. Bancroft había ofrecido el banquete. Bancroft se había llevado a Cathy a la carreta canestoga engalanada.

Era el alba, la hora de la primera plegaria. Aturdidos por el frío, los mormones miraban, emocionados, la cruz que el patriarca había ofrecido, mientras Helena se calentaba el café. A pesar de las reprimendas de los santos, nunca había dejado de consumir esa bebida prohibida por su religión. Beber café le provocaba un sentimiento de libertad, sobre todo por la mañana, cuando los fieles arrodillados ante Bancroft tiritaban, devotos, con las manos unidas. Con el recipiente de hierro caliente contra su pecho, escuchaba los humildes murmullos que se llevaba el viento. Esperaba pacientemente el desgarrador homenaje que se le rendía a Cristo.

Los presentes levantaron la cabeza. Su guía espiritual debía tomar la palabra como todas las mañanas. Pero esa mañana, Bancroft permanecía en silencio. Helena descubrió tensión en su rostro. Sus ojos estaban quietos y brillantes. Apretó los puños cuando Cathy se santiguó. Su nueva esposa no lo admiraba ni lo amaba. Lo había traicionado mofándose del sacramento del matrimonio.

– ¿No va a rezar esta mañana?

Bancroft contempló a la mujer que acababa de dirigirle la palabra y no pareció verla.

– Padre -insistió ella.

– No, estoy cansado -acabó respondiendo él.

Se dibujaron unas cuantas sonrisas. La noche debía de haber sido agotadora para el viejo David. No se tomaba impunemente por esposa a una chica de dieciséis años. Con esa idea pícara y reconfortante, el grupo se dispersó, y cada uno empezó a prepararse para la partida.

– ¡Jane!

La voz de Bancroft paralizó a los Mitchell. Jane y su marido se interrogaron con la mirada. El patriarca los separó con un gesto brusco.

– Quiero hablar a solas con tu esposa. Ve a enganchar las mulas. Nos pondremos en camino dentro de media hora. ¡Venga! Es una orden.

Con los hombros bajos, Mitchell se alejó de su esposa. Confiaba en Jane. Podía plantarle cara a Bancroft sola. Desde su rincón, Helena no perdía detalle de la escena que tenía lugar a veinte pasos de ella. Bancroft le puso fin con un gesto colérico.

Jane quería sermonear a Duncan, pero su hijo ya se había ido. Bancroft lo había designado como explorador. «Estoy segura de que intenta que lo maten los indios… Señor, protege a mi pequeño Duncan.» Miró compungida a su marido, que aceptaba la situación con fatalismo. Ella le recriminaba su cobardía. Aparte de manejar el cepillo y la garlopa, sólo era bueno para guiar las mulas mientras recitaba salmos. Si tuviera el valor suficiente para ello, actuaría como esa mujer libre que no rendía cuentas a nadie.

Contempló a Helena con envidia. Ésta le sonrió. Empujada por un deseo irresistible de confesarse a la aventurera, Jane abandonó el banco del carromato.

– ¿Adónde vas? -preguntó su esposo dejando ondear las riendas.

Con una única y dura mirada, ella lo relegó al papel de cochero y después se dirigió hacia su amiga.

Helena se bajó enseguida de la silla.

– No, se lo ruego, no eche pie a tierra por mí -dijo Jane.

– Caminaremos juntas por el polvo, porque creo que lo que tiene usted que decirme no puede oírse desde lo alto del caballo. ¿Me equivoco?

Jane ocultaba mal sus preocupaciones. Dijo que no con la cabeza y lanzó una rápida mirada a su alrededor antes de examinar el rostro franco y abierto de Helena. Supo que podía dar rienda suelta a su pensamiento.

– Duncan y Cathy… -empezó ella con dificultad, mientras se retorcía los dedos.

– …son amantes. Ya lo sé, Jane.

La mormona se estremeció ligeramente por la sorpresa, pero no intentó averiguar cómo se había enterado.

– ¡Ese hombre no los va a perdonar!

La expresión «ese hombre», que pronunció en un tono turbado, designaba por supuesto a Bancroft, pero habría podido referirse a cualquiera de los miembros del clan. Los santos no perdonaban a los jóvenes que no respetaban la ley. Jane esperaba que aquella amazona providencial obrara un milagro.

– Usted es la única que puede enfrentarse al «presbítero omnipotente». Él la teme.

Jane se había referido al título de Bancroft con terror. Era la primera vez que Helena escuchaba tal denominación: presbítero omnipotente. ¡Así que ésa era la verdadera función del patriarca! Sonaba como el nombre de un poder caído de los Cielos; sonaba mejor que «Gran Inquisidor». Esa carga espiritual le pegaba bien a la personalidad de Bancroft.

– No soy mormona. ¡Mi voz no cuenta!

– Ayúdeme, por piedad, antes de que todo el mundo se entere de esta relación. Después será demasiado tarde.

¡Demasiado tarde! ¿Y no lo era ya? Helena oía las grandes ruedas del destino triturando las vidas de Duncan y de Cathy. Unas nubes oscurecían su futuro.

¿Qué podía hacer contra una comunidad que se consideraría mancillada por la castidad perdida de una joven? ¿Cómo luchar contra las palabras amargas de Bancroft y de sus discípulos, contra los tabúes instaurados por iluminados que se conmocionaban al ver a alguien tomando una taza de té o fumando?

– ¿A qué se arriesgan Duncan y Cathy?

– A que les impongan la pena máxima. En cuanto tenga pruebas de su culpabilidad, David les podrá hacer lo que le parezca.

– Son pruebas difíciles de conseguir sin perder la honra.

– ¿Cree usted que a Bancroft le preocupa su honor? Sólo le importa una cosa: el poder que ejerce sobre nosotros para asegurarse su ascenso en nuestra Iglesia. Hará todo lo necesario para conseguir su objetivo, aunque eso le cueste la vida a nuestros queridos hijos. Todo es culpa mía, Helena… He sido una mala madre. Hay demasiada pasión dentro de mí. Duncan es como yo.

Jane se mordió los labios. La revelación de la relación carnal de Duncan y de Cathy le había causado una gran impresión. Conocía muy bien a su hijo. No se detendría, seguiría viendo a Cathy, y eso sería su pérdida. ¿Cómo detener a Duncan? ¿Cómo hacerle entrar en razón?

Jane lanzó una mirada cargada de angustia a su confidente.

– Intentaré protegerlos -dijo Helena.

Jane le arrancó esas palabras con su angustia e intentó besarle la mano. Helena escapó de esa prueba de confianza volviendo a subirse rápidamente a la silla. Se fue en busca de Duncan. Como mínimo, lo protegería de los indios.

El sábado era el día de descanso, lo que suponía una gran alegría para los pioneros, devastados por la fatiga. La mañana transcurría entre plegarias. Por la tarde, se hacían reparaciones, se lavaba, se hacían curas, se cazaba. En ocasiones, bailaban. Bancroft abría el baile con este aforismo del Libro del Mormón: «Adán cayó para que los hombres existieran, y los hombres existen para sentir alegría».

Ese día, la alegría no había acudido a la cita. Los violines seguían en sus estuches. La armónica de Kisley el Cojo no marcaba el tiempo. Se notaba la tensión en el campamento. Habían visto a muchos indios la víspera. Por tanto, habían cargado las armas y las habían repartido. Al abrigo de sus carros, los mormones esperaban a un enemigo invisible. Tras ellos, el río Platte era un remanso de paz para las mujeres que lavaban y golpeaban la ropa. En el agua, los niños levantaban presas. La escena era casi idílica.

En su puesto de vigía, sobre una roca plana, al borde de las aguas tranquilas, Helena observaba aquellas manos con articulaciones envejecidas que escurrían calzoncillos, pantalones y enaguas, el balanceo de los cuerpos arrodillados o agachados sobre las piedras, el destello de los cabellos liberados de sus gorritos.

«Harán lo mismo semana tras semana, durante toda su vida. Es un castigo perpetuo», pensó Helena agarrando su fusil.

Ninguna de esas setenta mujeres se le parecía. Ni una sola habría robado un caballo para escapar de una vida sin ilusión, ni siquiera la valiente Jane, o Cathy la rebelde.

Helena se sintió de repente angustiada al verlas vestidas de negro. Fue peor cuando notó que Cathy ya no estaba en su lugar.

Su cesta y su pala reposaban bajo un matorral, lejos de la camarilla de cotorras de las santas.

Helena sólo tenía una idea: encontrarla antes de que alguien más se percatara de su ausencia.

Helena abandonó discretamente el lugar. Las huellas de la joven, fáciles de seguir, la condujeron a un bosquecillo. Su temor estaba justificado. Descubrió a Duncan y a Cathy enlazados contra un tronco.

– ¡Malditos!

Al oír jurar a Bancroft, Helena palideció. El patriarca se le había adelantado. Desde su alta estatura, controlaba a los amantes.

– ¡Déjala, perro!

Duncan empujó a Bancroft e intentó huir, pero un latigazo le azotó la espalda. El ardor aumentó su odio, así que se volvió para enfrentarse a su rival. Agachándose, cogió una piedra y echó el brazo hacia atrás para lanzársela a Bancroft a la cara.

La correa silbante se abatió sobre su cuello. Se tambaleó y se dio cuenta de que el patriarca no había acudido solo. Otros hombres lo rodeaban. Se echaron todos al mismo tiempo sobre él y le ataron por las muñecas con unas cuerdas.

– Sabía que cometerías un error -dijo Bancroft-. Sois todos testigos, hermanos míos, de que esta mujer y este hombre son culpables de adulterio.

– ¡Eso es falso!

Helena apareció delante de Bancroft, que acababa de coger a Cathy de la cabellera.

– ¿Qué quieres, mujer perdida? -gruñó Bancroft.

– ¡Suéltela, maldito bruto!

– ¡No te metas en esto, extranjera! -dijo un hombre-. Es asunto nuestro.

Los santos adoptaron una actitud amenazante. Esperaban una orden de su presbítero omnipotente para acabar con Helena. Bancroft desplegó una sonrisa demoniaca y dio un fuerte tirón a la cabellera de su prisionera.

– ¡Dile tú que eres culpable!

Cathy le escupió a la cara.

Acababa de dictarse sentencia. La madre de Cathy Powers se esfumó, Jane ahogó un gemido, los dos esposos se santiguaron. Helena, mantenida bajo custodia, gritó:

– ¡No tiene derecho! ¡Es usted un monstruo, Bancroft! Y vosotros, mormones, sois sus cómplices. ¡Cobardes! ¡Asesinos! ¡Lo único que os espera es el infierno de los gentiles! Os lo exijo, liberad a esos niños y dejadlos partir conmigo… ¡Bancroft, por piedad y por el amor de vuestro Señor!

Intentó liberarse, pero unas fuertes manos la obligaron a mirar a la cara a Bancroft, ahora convertido en verdugo. El patriarca se apoderó del cuchillo que le entregó un diácono.

– Dios es testigo de que no actuamos por simple odio -dijo él mostrándole la hoja al clan. Después se dirigió a Duncan y a Cathy, repitiendo las palabras de san Juan-: «Os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre del Padre Eterno son mis pruebas, pero no me creéis, porque no sois mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, las conozco y me siguen. Yo les doy la vida eterna, nunca morirán, y nadie las arrancará de mi mano…».

Ese hombre estaba loco. Paralizada por el horror, Helena intentaba cerrar los ojos para no asistir al desarrollo del suplicio, pero no lo conseguía.

A Duncan lo habían lanzado sobre un tocón. Cinco hombres lo tenían inmovilizado. Un sexto le quitó el cinturón del pantalón, después lo desnudó hasta los muslos. Duncan no pudo gritar, una mano le amordazaba los labios. Vio a Bancroft agacharse ante él y sintió sus dedos en su sexo. Su cuerpo se arqueó. Perdió el conocimiento en el momento en que el verdugo lo castró, pero un lamento se elevó, agudo, desgarrador, un interminable grito desesperado que heló a los mormones.

Era Cathy, Cathy a la que no conseguían hacer callar, Cathy a la que azotaban de camino al tocón. La obligaron a arrodillarse y la ataron. Ayudándose con una plancha, dos hombres se apoyaron con todo su peso sobre su nuca. Todas las miradas cayeron sobre el cuello blanco rodeado de vello y de finos cabellos rubios.

Helena se crispó cuando Bancroft levantó su hacha por encima de la cabeza de la joven mormona…

No podía alejar de su mente la imagen del suplicio. Una pesadilla. Una semana de viaje la separaba del odioso clan de Bancroft. Estaba de camino hacia el sureste. No se tomaba ni un momento de descanso porque quería poner la mayor distancia posible entre ella y los mormones.

Su mirada se perdía en la lejanía, pero seguía viendo únicamente los cuerpos de Cathy y de Duncan atados al tocón. Sufrían espasmos y la sangre se derramaba a sacudidas. Galopaba para no oír el ruido del hacha cayendo sobre la nuca.