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Los cañones atronaban desde hacía horas. Los artilleros del zar bombardeaban concienzudamente sus objetivos. En el horizonte, ardían dos pueblos. Una fortaleza de madera en la que los disparos habían hecho mella soportaba los repetidos asaltos del régimen de Karanov. Había ya doscientos muertos en el bando ruso, en ese lugar descollado y sacudido por el cierzo. Y no era más que el principio. El asalto de esa fortificación era crucial para ganar la batalla. No obstante, el desenlace del combate tendría lugar en la llanura a la que acudían sin cesar los temibles kalmuks.
«¡Qué carnicería!», pensó el coronel Von Hahn al ver cargar a los terribles guerreros azuzados por sus jefes.
Los enemigos caían a decenas abatidos por la metralla, pero otros ocupaban su lugar, levantaban las banderas, corrían hacia las filas rusas y acababan también muriendo. Los batallones de Su Majestad disparaban a bocajarro sin poder ralentizar el asalto. El aire vibró con un gran grito: «¡Por Dios y por el zar!», pero no consiguió que los kalmuks recularan. El clarín lanzó cuatro notas claras desde el bando del Estado Mayor, para dar inicio a la tercera fase de la batalla. Von Hahn lanzó a sus tropas.
– ¡Adelante!
Sus capitanes repitieron la orden. Los caballos resoplaron como en los desfiles de las bellas avenidas de San Petersburgo, caminando solemnemente con paso firme hacia la muerte.
La víspera, los kalmuks habían vencido a un regimiento de élite moscovita. Von Hahn intentaba evaluar la amplitud de la masacre. Por todas partes había hombres ensartados, eviscerados, luchando por una parcela de tierra, un pedazo de bandera o por el honor de acabar con un oficial.
– ¡Cargad! -gritó de repente Von Hahn.
Un proyectil agujereó la fila de hombres que había ante él y explotó esparciendo un ramillete de carne y de uniformes. Se acostó sobre el lomo de su alazán. Un kalmuk apuntó con su lanza hacia él. Von Hahn hizo que su caballo se desviara. La lanza tocó su pierna mientras él azotaba el aire con su sable antes de cortarle el cuello a su adversario. No tuvo tiempo de verlo caer. Una hoja apareció y se le clavó en el hombro. Desconcertado, Von Hahn soltó las riendas y cayó hacia atrás. Sintió el frío de la nieve y el calor de la herida, vio a un coloso de grueso bigote erigirse sobre él con un hacha de doble hoja entre las manos.
«¡Levántate! ¡Levántate!»
Era la voz de su querida Helena, que le ordenaba reaccionar. No le pareció extraño. Sabía que los moribundos disfrutaban del privilegio de oír a sus seres cercanos, de entrar en contacto con ellos justo antes del final. El kalmuk levantó el hacha por encima de su cabeza.
«¡Padre! ¡Acéptame en ti!»
Algo ocurrió. Lleno de una nueva fuerza, sintió que tenía que rodar sobre un lado y apoderarse de su sable. El hacha se hundió en la nieve. Von Hahn se volvió a poner de pie. No comprendía a qué se debía esa nueva y repentina fuerza. ¡Su hija estaba en él! Su brazo ya no le pertenecía. Helena luchaba en su lugar. El sable cortó el pecho del adversario, y después la cadera. Von Hahn se había salvado.
– ¡Helena, mi querida hija! ¿Dónde estás? -exclamó en medio de la batalla, en la que los rusos estaban tomando ventaja.
Helena oyó la voz de su padre, tan lejos, su querido padre, al que acababa de salvar. La joven se pasó los dedos por los rizos enredados y cayó en su cama, empapada en sudor, asustada por la experiencia que no había provocado. Desde que había vuelto a Inglaterra, sus poderes habían aumentado, pero no podía controlarlos. Se echó a llorar.
«Papá, papá, te echo de menos.»
Se secó sus grandes ojos grises. Tenía que encontrar a su padre lo antes posible. «Antes de primavera», se dijo… Sí, antes de la renovación de la tierra.
La niebla cubría la ciudad desde hacía varios días. Londres estaba triste y gris. La oscuridad revestía los edificios, el frío imponía el silencio. Nadie caminaba por la calle. Abrazados, Helena y su padre contemplaban el Crystal Palace, la joya de la Exposición Universal de 1851, que ahora estaba desierta.
Recuperado de sus terribles heridas de guerra, el coronel Von Hahn disfrutaba de Londres con su hija. ¡Qué feliz se sentía Helena por poder ver a su tan amado padre! Superados los nervios iniciales, ambos vivían una inmensa celebración. Se sentían muy felices por reencontrarse.
Von Hahn agarraba firmemente a su hija de la mano, como si temiera que se la tragaran la escarcha y las sombras que se deslizaban a su alrededor. Londres no era una ciudad segura, en ella se cometían crímenes abominables. No debería haberse sentido inquieto. Helena sabía defenderse. Había vivido aventuras; conocía su coraje y madurez a través de sus escasas cartas. Había visto cómo su escritura perdía los trazos redondeados y caracoleados y las fiorituras de la infancia. Había pasado de una caligrafía torpe y aplicada a correr por las páginas, con unos trazos inclinados e imbuidos de una fuerza excepcional. Su hijita de cabellos rubios se había convertido en una joven esbelta que caminaba a paso seguro. Sus ojos de un gris profundo le devolvían siempre una mirada insondable y enigmática, inquietante en ocasiones.
Helena había entrado de nuevo en su vida; parecía que sólo se había marchado de su lado una hora antes. El día en que se habían vuelto a ver no llevaba ni sombrero ni guantes, sólo un simple abrigo de gruesa lana oscura. Nadie habría dicho que había recorrido la mitad del mundo. Esa sencillez había tranquilizado a Von Hahn. En un arrebato caluroso, la había besado, la había levantado del suelo, la había abrazado. Era su hija, su niña, su amor. Helena se sentía protegida, y después, la locura de su padre se había apoderado de ella también. La recepción había estado a la altura de su sinrazón. Más de cuatrocientos invitados se habían apresurado a reunirse en torno a la aventurera con la complicidad del embajador. La policía del zar seguía buscando a Helena, y su esposo, el general Nicéphore Blavatski, ofrecía recompensas cada vez más elevadas a los que se la devolvieran.
No se había preocupado de la voluntad imperial ni de las vivas reivindicaciones del marido herido en su orgullo. Helena había tenido en vilo al espléndido auditorio formado por nobles ingleses y rusos mientras explicaba su extraordinario periplo por América. Más tarde, en los apartamentos privados del embajador, se había confiado a los íntimos del presidente, hablándoles de la miseria humana que había visto y de los sufrimientos que le había supuesto su evasión. Tuvo la sensación de que toda esa gente la amaba y la respaldaba. Había vuelto a ver a Jezabel, que se había casado y esperaba su primer hijo. Helena le dijo que siempre la querría como a una hermana, pero lo cierto es que el vasto mundo las alejaba.
Sin embargo, Helena soñaba con un nuevo viaje. Mientras esperaba que concluyeran sus maletas, leía y paseaba, vagabundeando por la ciudad, sin utilizar sus poderes paranormales. Eso era muy difícil. Era demasiado sensible al más allá, y su imaginación exacerbada mantenía vivo el fuego de sus dones. Erraba a paso lento por las plazas y los palacios velados por la bruma, vigilando por el rabillo del ojo las estatuas, que parecían a punto de cobrar vida. A veces, sus pasos la conducían hasta la residencia de Windsor, ante la cual no podía evitar pensar en la joven reina Victoria. Entonces, la embargaba la tristeza y se sentía helada ante la idea de la extrema soledad de la soberana. A pesar de su amor por Alberto, a pesar de los honores, la riqueza, los cortejos gloriosos, la devoción de sus damas de honor, lady Douro y miss Dawson, Victoria no tenía derecho a la felicidad.
Era el precio que había que pagar cuando se estaba a la cabeza de un país. Una sola vez, Helena la había visto en su carroza, con el rostro pálido sobre un fondo de terciopelo rojo. En esa ocasión, sintió todo el peso de la fatalidad engendrada por el poder.
El mismo poder desesperadamente frío se desprendía del Crystal Palace.
– Vámonos, padre. Este edificio me pone de mal humor.
– ¿No te parece maravilloso?
– Refleja demasiado el alma de la reina Victoria.
– Simboliza el triunfo de Inglaterra y la joya del nuevo reino. Te aconsejo que te muerdas la lengua si no quieres provocar un incidente diplomático. Para nuestro zar, Victoria es sagrada. Haz tuyos los versos de Tennyson, y ganaremos en tranquilidad:
Su corazón era puro, su vida serena,
Dios le había dado la paz, su país descansaba.
En ella se encontraban mil razones
para reverenciarla como madre, esposa y reina.
– Oírte decir semejantes tonterías me deja desolada, padre. Toda Europa sabe que la pobre Victoria está harta de que el insípido de su marido Alberto la deje embarazada. ¡Con treinta y dos años, tiene ya siete hijos! Padece crisis de histeria y trastornos nerviosos. Respecto a la paz, dudo de que Gran Bretaña la respete si tu Nicolás, movido por su Estado Mayor de viejos idiotas, entre los que se cuenta mi marido, sigue mirando de reojo la costa de Crimea.
– ¡Señor! ¡Hablar así de nuestro bienamado zar Nicolás! ¿Quieres que nos tengamos que exiliar a Siberia?
– Más vale exiliarse que vivir con deshonor.
Él le tapó la boca con la mano y la apretó contra él.
– Cállate, hijita… Tienes toda la razón, pero, por piedad, no proclames a voz en grito la verdad.
– Me pides demasiado…
– Sólo el tiempo justo para poder oír latir tu corazón, por favor.
– Padre…
– Por favor.
Helena se calló. Von Hahn cerró los ojos y respiró el delicado perfume de los cabellos de su hija rebelde. Se acordó de los tiempos felices en Yekaterinoslav, los momentos que había vivido junto a su esposa, que murió demasiado pronto, la familia reunida y feliz ante la chimenea o en los campos en flor. Le habría gustado tener el poder para volver el tiempo atrás. El rugido lejano de los engranajes de la gran rueda del destino que provocaría un día su destrucción había turbado la felicidad de estar con su hija. La apretó todavía más fuerte contra él para escapar de ese oscuro pensamiento. Recordaba las epidemias que habían golpeado al pueblo ruso, el infierno de las batallas, a los turcos y a los kalmuks muertos a miles, los pueblos devastados, las cosechas quemadas. Él había estado a punto de morir varias veces en la conquista de algunas hectáreas de colina y de partes del río, en sus cargas imprudentes de caballería, en el asalto de reductos y de fuertes sin nombre. Sus pensamientos acababan volviendo siempre a Helena, en busca de una dulce y benévola protección. Algunas veces, tenía la impresión de que cabalgaba a su lado, envueltos ambos en un aura luminosa. Entonces, él se volvía invencible.
Ella también había estado a punto de morir cien veces, pero era ahora cuando tomaba conciencia de los peligros que había corrido y que había afrontado con coraje.
– Helena, prométeme que no volverás a arriesgar tu vida.
No le respondió. No podía cumplir esa promesa. Su padre lo entendió. Le levantó el mentón y se perdió en el lago de plata de su mirada. La vida no tenía precio. En ese momento, el amor estaba en todas partes, y sobre todo en el corazón de su hija, cuyos latidos estaba oyendo.
– Prométemelo -insistió él.
– He oído algo -dijo ella, apartándose.
– ¿El qué?
– Parecía un grito en el Crystal Palace.
– ¿Un grito?
Helena se concentró, pero no captó nada más. Ignoraba que había tenido una premonición. Ese grito era el de la primera víctima del fuego que iba a devastar el Palace algunos años después. Von Hahn creyó que se lo había inventado, pero tampoco se lo reprochó. No obstante, era tenaz y quería preservarla a cualquier precio de la violencia del mundo.
– Helena, vuelve con nosotros. Arreglaré tu situación.
Ella suspiró. Él le hablaría de su hermana, de sus tías y de sus primos, de los lazos que unían a las familias, de la tierra querida de los ancestros. No deseaba oír esas cosas.
– No estoy preparada para volver. Me perdería para siempre si volviera. No estoy hecha para ser esposa o madre.
– Pero tendrás que volver a casarte algún día con un hombre más joven para fundar tu propia familia.
– ¡Jamás!
– Helena, me haces daño.
– Padre, ¡he cambiado mucho! Veo la vida de otro modo. Ya no soy una niña, y todavía menos una futura viuda a la que casar. Sí, he cambiado por completo. Tengo más capacidad de videncia, estoy más segura de mí misma, veo profundamente en las almas de los demás, y me asustan. Tal vez nací para ayudar a mi manera, aunque todavía no sé cuál es el camino que me llevará a conseguir ese ideal. Sí, lo sé, puede parecer tan infantil como las historias que escribía mamá, pero lo creo sinceramente. Al inicio de mi viaje, cuando desembarqué en Estambul, no pensaba huir. Después, tuve una revelación en Egipto, experiencias espirituales en Francia y en Inglaterra, viví con los indios. He vivido horrores y alegrías, he perfeccionado mis poderes ante los peligros… Mis poderes, padre… Los que tanto asustaban a nuestros criados y que asombraban a mis amigas. Quiero seguir por esta vía sin tener que cargar con un esposo o envejecer en el seno de nuestra familia. ¿Quieres verme marchitar?
– ¿Qué piensas hacer?
– Todavía no lo sé…, pero ha llegado el momento. Alguien me enseñará el camino.
– ¿Qué quieres decir?
– No puedo darte ninguna explicación racional. Tengo que ir a buscar a Dick.
¡Dick! ¿Qué demonios pintaba ese Dick en aquella historia? Pero Dick no era una persona, sino un perro salvaje. Von Hahn suspiró.
Sin ninguna duda, su hija acababa de tener una de sus malditas premoniciones que, en otro tiempo, la hacían incontrolable. Ese abominable perro negro debía de tener alguna relación con el futuro de Helena.
La vio alejarse en la niebla sin ni siquiera intentar alcanzarla.
– No has cambiado, digas lo que digas -murmuró-. Sigues siendo la Sedmitchka.