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Los seis meses habían empezado. Helena se había pasado treinta y ocho días en el mar. Treinta y ocho días y treinta y ocho noches en los que había entendido por qué seguía errando, a pesar de las revelaciones de Kut Humi Lal Sing. Había trazado sus planes para el futuro en un continente del que no sabía nada.
Al cabo de ese largo viaje por mar, había admitido que sólo era un instrumento al servicio de una fuerza superior. Pero no era Dios quien la usaba, de eso estaba segura. En secreto, deseaba el final de las grandes religiones monoteístas inventadas, como decía ella, por los hombres para esclavizarse unos a otros. No había compartido sus puntos de vista con sus dos compañeros de fortuna, los aventureros William Brown, filósofo en Liverpool, e Indranath Sagori, un hindú apasionado por la magia y el ocultismo.
– ¡Bombay!
El grito entusiasmado de William la sacudió. Para ser filósofo, y además inglés, el señor Brown era excesivamente extrovertido. Helena no había visto aparecer la costa.
– ¡Deje de soñar, Helena! Ya tendrá tiempo para eso. Mire esta maravilla que se ofrece a nuestros ojos. La capital del Maharashtra es una perla colocada entre siete islas. No tendrá ocasión de descubrirla bajo un sol igual que éste. ¡Gracias a Dios, la época del monzón ya se ha acabado! No tendremos que soportar las inundaciones. ¿Ve usted como tenía razón cuando retrasé nuestra partida una semana? Sabía que llegaríamos con un tiempo ideal… ¡Mire a los parsis en la grava!
William cogió a Helena del brazo. La apresuró y la exasperó. Debería haber ignorado a «ese amigo» que la había convencido de unirse a él. Ahora dudaba de que pudiera mantener la sangre fría ante el peligro. Podía sentirlo. Poco a poco había desvelado los secretos de su personalidad.
A pesar de tener la corpulencia de un luchador de feria y una voz estentórea, William era un gran paquidermo febril y cobarde. El quinto día de su travesía, durante un golpe de viento que había sacudido el barco, lo había visto hundirse miserablemente en el puente, y rogar e implorar el auxilio de Dios. Era completamente opuesto a Indranath, en cuya frialdad había algo inquietante. Helena desconfiaba de él.
– Aquí fue encerrada la Trimurti -dijo Indranath con voz tranquila.
El hindú se había acercado a ella hasta rozarle el lóbulo de la oreja con sus labios carnosos. Helena retrocedió violentamente. A menudo, aquel hombre tenía gestos y actitudes que inducían a error. Siempre la miraba por encima del hombro, con los párpados entreabiertos. Esa mirada se filtraba a través de las largas pestañas sedosas y la incomodaba. Sabía que ese hombre falsamente devoto la codiciaba como a una chica de burdel. Como la mayoría de los hindúes, no tenía a las mujeres en muy alta estima.
– ¿Qué es la Trimurti? -preguntó ella cuando se repuso.
– Shiva, bajo sus tres formas. Una cabeza enorme con tres caras que representan al dios trascendente, al destructor Bhairava y a la fuerza creadora Shakti. Ya aprenderá a conocer a Shiva en sus diferentes aspectos. Él la ayudará. Su cólera cósmica destruye a los demonios, y también es el portador del amor.
Helena se volvió. Ya había oído bastante. No deseaba oír un discurso cuyo único fin era seducirla. Indranath ya le había hablado de amor y de erotismo.
Ahora ya sabía algo sobre Shiva. Indranath se había divertido describiéndole el lingam y el yoni, el órgano sexual en erección que penetraba el sexo de la mujer elegida. Ese hindú era perverso. Sintió de nuevo su aliento en el cuello. Seguía a su lado.
– Deje de intentar seducirme o de despertar deseo alguno mediante sus retorcidas palabras -dijo ella-. Conozco un poco sus costumbres y su extraña religión. No soy una bailarina impúdica del monte Kailasa. Nunca seré Tripurasundari, la diosa del erotismo, ni Cauri, la blanca enamorada, y todavía menos Parvati, la esposa de Shiva. En lugar de eso, más bien debería temer que me convirtiera en Ghandi, la Cruel, o en Kali, la Negra, si usted no me respeta como Durga que soy.
Esa larga réplica sorprendió a Indranath. No pensaba que tuviera tantos conocimientos. ¿Dónde había aprendido esos nombres? ¿Cómo había podido recordarlos, cuando la mayoría de los europeos eran incapaces de citar ni uno solo? Ella le había mentido. Sabía lo mismo que él sobre Shiva y Trimurti. Cuanto más la miraba, tanto más le parecía esa Durga detrás de la que se escudaba: Durga, la Casta; Durga, la Inaccesible; Durga y su tigre, enviados a la Tierra para combatir el mal.
Se separó de repente de ella, como si sintiera los efectos de haberse acercado demasiado al fuego, y la mujer se volvió hacia la proa del navío bajo la mirada perpleja de William.
– ¿Qué le ha dicho? Parecía vejado.
– Le he preguntado cuál era la longitud real del lingam de Shiva -mintió ella.
– ¡Señor!… ¿Cómo se ha atrevido? ¿Se da cuenta de la afrenta que le ha hecho ironizando sobre el sexo de ese gran dios?
– ¡Oh! Sí.
– Es un chela, Helena, sigue unas enseñanzas religiosas.
– Lo sé: el culto del yoni.
– No, no… Se equivoca, no es yogui, no practica el yoga.
– No he dicho yogui, sino yoni, con una «n» en lugar de «g»: el sexo femenino. ¿Quiere usted más detalles, querido?
William enrojeció y bajó torpemente la mirada hacia el vientre de Helena.
– Eso mismo, veo que por fin lo ha entendido. Su lingam en mi yoni -añadió ella en tono burlón.
– ¡Me decepciona usted! -dijo y se fue también hacia la proa.
Helena estaba, por fin, sola. Podía contemplar tranquilamente el puerto, el inimaginable amontonamiento de palacios, templos, de tinglados y tugurios, la maraña de mármol y fango que se superponía de la isla de Mambai a la colina de Malabar. Bombay le hablaba de Ptolomeo, del rajá Bimba, de las hordas de Gujarat, de sultanes, de portugueses e ingleses. Ya le gustaba el jaleo de la ciudad, sus calles amarillas y polvorientas, los miles de velas triangulares que chasqueaban al viento, las barracas carcomidas de los pescadores, los humanos arracimados en los muelles, los dioses acariciados por millones de manos.
Encantada por esa visión, respiró profundamente, y su inspiración coincidió con la del mar que levantaba el barco. Durante un breve instante, tuvo la impresión de que esta conjugación del movimiento del océano y de su respiración iba a llevársela mucho más allá de las siete islas, al oscuro país de los lamas, donde los seres silenciosos y velados esperaban su llegada.
– ¡Echad el ancla!
La cadena luchó en la gatera. Un chorro de espuma salpicó el fino estrave del barco. Esa emanación de agua era la señal que esperaba una jauría de embarcaciones con velas y remos. Enseguida rodearon y abordaron el buque de la East India Company. Desde el fondo de las naves repletas de miseria llegaban llamadas lanzadas en todas las lenguas del continente indio (hindi, oriya, telugu, marathi, gondi, badaga, perji) y a veces algunas palabras en inglés. Unos brazos delgados y oscuros agarraron los cabos lanzados por los marineros.
Helena sintió el corazón en un puño. El casco del barco se había llenado de hombres en harapos o medio desnudos. Uno de ellos, ágil y esquelético, se puso de pie cerca de ella y le dirigió una cándida sonrisa. En la tinta de sus ojos dulces, leyó hambre, esperanza y fe… Él la saludó en bagri, un dialecto indoeuropeo hablado sobre todo en el Punjab, y después chapurreó en inglés:
– Bagages, lady…, bagages…
– ¿No pensará confiar en un bagri? -dijo William.
El dúo insoportable había vuelto. William e Indranath, a los que los marineros de proa habían echado para realizar la maniobra, miraban con desprecio al desgraciado.
– Son ladrones -añadió William-. ¿No es cierto, querido Sagori?
Escarmentado por su anterior conversación con Helena, Indranath siguió siendo prudente.
– Los bagris son descendientes de ladrones que vienen del desierto de Thar.
– Sería mejor que esperara al transbordador -le aconsejó William.
– Voy a confiarle mis maletas -respondió ella-. ¿Vienen ustedes o debo entender que nuestra asociación se acaba aquí?
– Vamos.
– Tenemos el deber de protegerla. Vamos en la misma dirección. Sin nosotros, no podría usted llegar a la frontera nepalí -dijo orgullosamente William.
Esa réplica hizo sonreír a Helena.
– No esperaba menos de ustedes, señores. Hacen honor a su sexo. Hagan entender a este porteador que lo contratamos y denle el doble de lo que pida.
– Si empieza a gastar su dinero de ese modo, no llegará lejos -observó Indranath-. Estamos en la India, rodeados de millones de necesitados, y no dispone usted de la fortuna de la reina de Inglaterra.
– He dicho el doble -replicó ella-. Digamos que será mi buena acción del día.
Indranath se dirigió al bagri en hindi. El rostro del hombre se iluminó de dicha. Le mostró su agradecimiento a Helena uniendo las manos. Quiso postrarse, pero William se lo impidió de un empujón.
– ¡Síguenos!
– ¡William! -intervino Helena-. Recuerde las bellas palabras que les decía a los allegados de la condesa Bagration: «El hombre no debe envilecerse hasta la esclavitud en este mundo, debe ser elevado hasta la dignidad en la vía de Dios».
– Eso era en Londres, no en Bombay. Me dirigía a un auditorio civilizado, no a la escoria de una casta inferior.
– ¡Tenga cuidado, William, no me provoque! Le recomiendo que a partir de ahora no trate con desprecio a los indios. Al menos, mientras viajemos juntos. Ese bagri es como nosotros. Tal vez mañana, usted mismo sea un bagri. Hay pocas diferencias entre usted y él, sólo unas cuantas libras esterlinas y la seda de su camisa. Todos pertenecemos a un gran todo. Hemos salido del mismo pensamiento creador en el origen de los tiempos. Ese miserable, según usted, cuya primera preocupación es comer y la segunda es rezar a Kalki, el último avatara de Vishnu, es nuestro hermano.
William abrió los ojos de par en par. Esa Blavatski quería darle lecciones. La vio serena frente a ese continente rico en prodigios y milagros, versado en la meditación y la violencia. Ignoraba que Helena, alentada por Kut Humi, sentía la presencia de un nuevo maestro.
Alguien la esperaba en las nieves eternas del Himalaya. Estaba en un estado de gracia y permaneció así hasta el momento del desembarco. El tumulto de la marea humana la arrancó a disgusto de su felicidad. Un mercader parsi, con el sombrero lacado negro, parecía el solista de todos esos coros que gritaban y clamaban su pertenencia a una casta, tribu, etnia o religión. En la cima de una pirámide de cajas, supervisaba la descarga de productos manufacturados en Inglaterra.
– ¡Señor Brown, señor Brown! -gritó gesticulando.
William le hizo una señal. El mercader se bajó de su observatorio y cayó en medio de inquietantes devotos vadagaleses, marcados con el tridente de Vishnu entre las cejas. Empujó a un imponente guerrero de la casta de los Kshatriyas y evitó con horror a los piojosos mendigos chandalas. Completamente turbado, abordó a Brown y a sus amigos.
– ¿Ha visto usted, ha visto? «Comedores de perros», aquí, ¡voy a hacer que los echen!
– ¿Qué ocurre? -preguntó Helena.
William eludió la pregunta de Helena haciendo las presentaciones.
– Señor Jijibhoy Tata, señora Helena Petrovna Blavatski.
Pero Tata, el rey del comercio, el condenado amo de los ingleses, apenas se fijó en ella. Toda su atención la acaparaban esos «comedores de perros» que con su sola presencia incomodaban a las personas de las castas altas.
– Malditos sean los chandalas -dijo Indranath-. Esos gusanos no deberían estar en la ciudad. No tienen ningún derecho aquí, ni siquiera pueden beber el agua de los pozos.
– Los compadezco -dijo Helena, que avanzó hacia el asustadizo grupo de hombres, mujeres y niños.
– ¿Qué hace? -dijo inquieto Tata, el parsi.
– Me temo lo peor -dijo William con un suspiro.
– ¡Deténganla! -gritó Tata-. Son intocables.
– Detener a Helena Blavatski, ¿está usted de broma? Ni diez thugs lo conseguirían.
El rico y gordo mercader mostró su desprecio retorciéndose las manos. Debían invitar a esa mujer a su casa. Debían purificarla, aislarla. Hizo el esfuerzo de preguntar si traían noticias del Imperio, para no mirar lo que estaba haciendo con esos excrementos de la humanidad.
Helena había sacado una moneda de plata de su bolsa y se la dio a una madre desnuda que llevaba colgado un antiguo amuleto de cobre grabado con símbolos brahmis: un círculo era el sonido tha; un anzuelo, el pa, y tres puntos en un triángulo significaban i. Esa mujer, venida de otra época, estaba cegada por unas cataratas, pero con la precisión de sus movimientos dejaba a las claras la conciencia que tenía del mundo que la rodeaba. Todo su cuerpo se estremeció al contacto con la plata.
Una fortuna.
Más de lo que había acumulado durante los diez años anteriores. No era una rupia, sino que, al menos, valía veinte annas… Todos los chandalas se pusieron a comentar el acontecimiento. Bendijeron a la extranjera y después se sintieron obligados a retirarse.
Helena percibió su miedo. Se volvió y se dio de bruces contra un oficial inglés, rodeado por cuatro cipayos armados con bastones.
– La señora Helena Petrovna Blavatski, supongo.
– Exacto, capitán.
El joven desvergonzado, convencido de su poder, parecía un soldadito de plomo. Su casco de tela, muy echado hacia delante, endurecía sus rasgos y ocultaba su frente y sus pensamientos. A Helena no le impresionaba ni el rojo del uniforme ni el sable adornado con los escudos de armas de una vieja familia, ni siquiera la cruz de plata que había ganado contra los sijs; tampoco las botas lustradas ni la varilla que sujetaba en su mano enguantada de blanco.
– Los servicios de Su Majestad nos habían avisado de su llegada. ¿Quiere usted provocar un alboroto?
– Tan sólo auxilio a los desfavorecidos.
– Si corre el rumor de que derrocha usted el dinero, serán miles los que vengan a abordarla, y habrá numerosos muertos. ¿Adónde piensa ir?
– ¿Y eso qué le puede importar?
– Soy yo quien hace las preguntas, señora. Soy el responsable de la seguridad del territorio de Bombay, y hasta nueva orden, es mi deber velar para que los agitadores, los espías y los aventureros no vengan a perturbar la paz pública.
– ¿Y en qué categoría me han clasificado los servicios secretos de Su Graciosa Majestad? -replicó ella.
– Usted es ciudadana rusa. Nuestros dos países codician ciertas regiones en el noroeste de la India. Eso basta para convertirla en sospechosa.
– ¿Debo recordarle mis títulos para obligarle a comportarse con más tacto conmigo?
El representante del señor de las Indias, lord Dalhousie, se sonrojó. Dos parpadeos delataron su confusión. Volvió a verse leyendo el informe del Ministerio de la Guerra a la luz de la vela. En la página tres, en el párrafo de las observaciones particulares, el título de «princesa», asociado a la poderosa familia de los Dolgoruki, tomó de repente proporciones gigantescas y desbordó el formato de octavilla del papel amarillento reglamentario.
– Capitán Percy Burke…
Helena no le permitió continuar, decidida a mantener su ventaja.
– ¿Es usted pariente del escritor Edmund Burke, que nos regaló el excelente ensayo sobre la Revolución francesa?
– Somos del mismo linaje.
– Leo mucho, ¿sabe usted? Mi madre escribía novelas. Yo misma tengo intención de escribir. Por esa razón hago este viaje. Mi libro tratará de los usos y costumbres de los pueblos del norte de la India. Y si mis fuerzas me permiten avanzar más en este largo periplo, iré hasta Sikkim y Bután.
Helena empezaba a engatusar al capitán Burke. No obstante, éste se tiró del bajo de su chaqueta y recuperó su aire marcial. Le preocupaba sobre todo la consideración de sus cipayos y su reputación: debía actuar con seguridad.
– ¡Echad a estos intocables! -ordenó cortando el aire con su varilla.
– ¡No! -gritó Helena.
Su grito se perdió en el bullicio. Los bastones se abatieron sobre las espaldas y las cabezas. Los soldados lanzaron juramentos en hindi, para expresar su disgusto hacia esos desechos de castas. La población, cuyos atavíos señalaban sus derechos y orígenes, los animaba. Parsis, mongoles, hindúes, santales del Rajmahal vestidos con pieles de pantera, cachemiros con turbantes de Zankar, urdus ligados espiritualmente por la zaban-e-urdu-e, la lengua de la Corte Sublime, negros asameses vestidos con preciosas sedas tornasoladas de Eri y de Mugak, bhils, concaneses y sinds estaban unidos por el odio, con los puños en alto y escupiendo sobre los desgraciados maltratados.
Helena se sentía horrorizada. Toda la India expresaba su intolerancia y revelaba su violencia. Un anciano recibió un golpe en el cráneo y cayó.
Ella quiso acudir en su auxilio, pero William la agarró por la muñeca.
– Va a conseguir que la masacren.
– ¡Déjeme!
– ¡En nombre de Dios! Debe tomar conciencia de cómo es este continente.
Helena titubeó. Él la miró directamente a los ojos.
– Aquí no somos nada. Apenas valemos más que los intocables. Si no respeta el sistema de castas concebido por el dios Brahma, y codificado por las leyes de Manu, su futuro en esta tierra está más que comprometido.
– ¡Quiere que abandone a esta gente!
– Créame. Mi deseo es que permanezcamos con vida y en la India. Esperemos que las autoridades indias no dirijan una súplica a la administración inglesa para que la expulsen.
Helena cerró los ojos. No podía hacer nada por esa pobre gente.
El Tíbet, el fin último. «Allí te enfrentarás a tu destino», le susurró de repente una voz. Hacía ese viaje para descubrir los secretos del Himalaya. Debía continuar su camino.