38096.fb2 En busca de Buda - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 57

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William condujo a Helena hasta una calesa. La India no era exactamente como había leído en los libros. El sufrimiento se disimulaba tras las sonrisas. Lo sentía. Intentó comprender a esa muchedumbre mientras cruzaba la ciudad tentacular repleta de vehículos de todo tipo, de miles de mendigos, de ascetas y de devotos, de vacas sagradas y de montones de inmundicias.

Los fuertes olores de orines y de sudores se mezclaban con el de un perfume de alcanfor al que los indígenas llamaban «cerebro de Naga», el olor del incienso tagara acompañaba al tufo de los cadáveres transportados hacia las torres del silencio por los parias y, por encima, se olía la carne quemada por las hogueras. Helena sintió vértigo.

La calesa subía las pendientes del monte Malabar, y pasaron de un mundo caótico a una especie de paraíso al acercarse al sol. Casas decoradas con lujo bordeaban el camino sinuoso. Europeos elegantes se paseaban por los jardines florecidos. No parecían percibir el bullicio de los barrios bajos ni la presencia de miles de cuervos graznando a su alrededor.

– Los cuervos limpian nuestras calles y nuestros jardines, y los buitres limpian las torres del silencio -dijo Indranath señalando el cielo.

Helena levantó la cabeza. Los buitres daban vueltas lentamente alrededor de una dakhma con aspecto de torreón. Uno de ellos cayó en picado de repente hacia el suelo; enseguida lo imitaron docenas de ellos y empezaron a despedazar a un muerto. A pesar de la distancia, los viajeros oyeron la terrible batalla de las aves en el interior de la torre, que contenía trescientas sesenta y cinco cavidades y otros tantos cadáveres parsis listos para devorar.

Helena reprimió un escalofrío. Almas atormentadas se escapaban de las torres del silencio.

– Ya hemos llegado -dijo William.

La morada del señor Tata, un vasto edificio achatado de techumbre rosa, dominaba la bahía de Bombay. Más allá de los setos floridos de la avenida que conducía a la escalera de entrada, se extendía un bosque de mangos y de higueras sagradas. Bajo estos últimos árboles, Helena vio unas efigies esculpidas. Buda Gautama alcanzó el despertar bajo una higuera sagrada. El árbol era también el receptáculo de las almas de los difuntos, eso no se le escapaba. No tuvo tiempo de sondear el más allá. Unos servidores de la casta de los shudras esperaban a los visitantes y les hicieron de escolta.

En el umbral, el señor Tata, su esposa y el joven Tata, Jamshedji Nasarwanji, un adolescente de trece años, les dieron la bienvenida. El señor ya no estaba inquieto. Su rostro redondo con doble mentón expresaba una alegría sincera. Se había adelantado a ellos y se había dedicado a realizar abluciones rituales de purificación. Ahora recibía a Helena con los brazos abiertos, siguiendo al pie de la letra el principio de las tres virtudes cardinales zoroástricas: pensamiento puro, buenas palabras, buenas acciones.

– Usted iluminará mi morada -le dijo él.