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Acompañada de Narayan, el guía que había contratado siguiendo los consejos del responsable de los talleres del señor Tata, Helena se adentró en el país. Se conmovía ante las estatuas que exaltaban la belleza y la armonía, y al mismo tiempo se encontraba al borde de la desesperanza, la muerte, el mal bajo todas sus formas. Los dioses destructores le pisaban los talones, marcando su camino con sus plagas.
A ella le costaba aceptar la realidad. Eran cientos, miles, los hambrientos y enfermos que veía pasar desde su carro de dos ruedas tirado por un buey. Helena sufría con ellos. Era el receptáculo de todas sus debilidades. No podía permanecer indiferente a tanta miseria. De camino a Rewa Allahabad, filas ininterrumpidas de mendigos caminaban penosamente en medio del polvo ocre que levantaban sus pies. Parecían avanzar sin objetivo.
– Deja de mirarlos, son unos malvados -le dijo Narayan.
Helena miró con severidad al shudra. ¿Cómo podía hablar así de sus hermanos? ¿Qué era lo que lo diferenciaba tanto de ellos? Él mismo era un niravasita. Pertenecía a la categoría de «exteriores» de su casta y, por ello, era casi un intocable. Niravasita significaba «impuro» y se oponía a aniravasita: «puro».
– Te corromperán -continuó él.
¿De qué le serviría replicar? ¿Qué fuerza tenían las palabras, el sentido común o el humanismo contra las viejas creencias de miles de años de antigüedad, profundamente arraigadas en la propia carne de los adorados dioses? Narayan, su guía, al que pagaba seis annas al día, «vivía dentro de su verdad». Era perfectamente consciente del lugar de cada uno en este mundo, el lugar que Brahma les había otorgado al inicio de los tiempos y para siempre. Miró a los moribundos atascados en los arcenes. Ninguno de ellos reivindicaría un lugar en ese carro. Con total tranquilidad, y mirando el espinazo de la tranquila bestia, continuó recitando el jap pasando una a una las ciento ocho cuentas de su rosario.
El desfile de hombres descarnados continuó; sin embargo, se rompió de repente, cuando apareció un imponente cortejo de caballeros y elefantes en el camino de Chitrakut Dham. Una formación de soldados lo precedía, abriéndose camino a golpes de asta y de porra. Hombres, mujeres y niños, agredidos salvajemente, intentaban protegerse.
Huían campo a través y trepaban a los árboles. Un caballero llegó velozmente e hizo que su caballo se encabritara delante del carro.
– ¡Hazte a un lado! -dijo en punjabi.
– ¿Con qué derecho me hablas así? -replicó Helena en inglés, y se puso de pie.
El caballero observó que llevaba un puñal colgando en la cintura. Frunció el ceño. Narayan estaba aterrorizado.
– Callad -le susurró en voz baja-. Es un Rajput, del clan de los Rathor. Pertenece a la subcasta de los Kshatriyas.
El caballero del turbante amarillo hizo girar a su caballo. Con una mano sobre el sable, se midió con la extranjera que se atrevía a desafiarlo. Otros caballeros se unieron a él y la tomaron con los pobres diablos refugiados en los campos de mijo, asustándolos con sus caballos. Una mujer se cayó. Los cascos la pisotearon. Helena saltó del carro y corrió hacia la desgraciada. Era demasiado tarde.
– ¡Vuelve, no puedes salvarla! -gritó Narayan, sin pensar en la suerte de la mendiga.
Helena se quedó un momento agachada cerca del cadáver desnudo, que tenía la piel cubierta de úlceras llenas de moscas. La India se mostraba una vez más con todo su horror y su barbarie.
Helena se levantó con el puño en alto.
– ¡Asesinos! -le espetó al Rajput.
Los guerreros permanecieron impasibles en sus sillas. Se volvieron hacia los que llegaban a lomos de un elefante sobre palanquines cubiertos de seda y bordados.
Un susurro de adoración se elevó de la masa de mendigos. Ninguno de ellos prestó atención a la muerta pisoteada por los caballos. Avanzaron humildemente hasta la fila de caballeros. Helena se sentía disgustada. Se subió en su carro y contempló la majestad que suscitaba tanta admiración.
Un rajá sobre su asiento de oro con palio de seda avanzaba acompañado por sus ministros y sus dignatarios, con plumas y flores sobre sus paquidermos cubiertos de guirnaldas. A continuación, llegaban las trompetas y los tambores de un destacamento de músicos a caballo. Más lejos, caminaban unos bardos con pagri blanco. Apareció, después, el elefante real. Conducido por un cornac tocado con un monumental turbante, balanceaba a Su Majestad Rajput cubierto por sardónices, topacios, diamantes, jaspes, zafiros y esmeraldas. En los rasgos del rajá estaba grabada una paz enternecedora. No parecía ver a los necesitados en los campos, que lo bendecían y lo elevaban hasta las nubes asociándolo con los dioses.
Lentamente, el cortejo se alejó y los guerreros dejaron el paso libre. Todo el mundo volvió a ponerse en marcha. Había algo mejor que el rajá al final del camino: el Ganges. En las miradas brillaba la esperanza. Helena recuperó el ánimo. Esos hombres y mujeres despojados de todo estaban alegres. El río curaría las heridas de sus almas.
El telón malva del cielo cayó sobre la ciudad y oscureció las aguas perezosas del Ganges y de la Yamuna. Un vapor subía de las orillas. Helena estaba bajo el encanto de ese paisaje enigmático. Se encontraba a orillas del río sagrado, el Ganges, que borraba todos los pecados, cerca de Allahabad, donde había caído la vasija que contenía el líquido de la inmortalidad, nacido del batido de mar de leche. No muy lejos, estaba Akshya Bata, el tronco mágico del baniano encerrado en la fortaleza de Akbar. Lo que había aprendido en los libros escritos por los eruditos y los viajeros se concretaba ante sus ojos. Pero los libros no describían el asombro de los peregrinos ni la postración ante los sansayis, hombres santos entre los santos, ni a las cohortes de los nagas sadhus completamente desnudos y cubiertos de ceniza o excrementos, ni tampoco a los hindúes que se sumergían en las aguas glaucas.
Un grito se elevó sobre sus cabezas. La muchedumbre se agitó. Sólo fue una sacudida. La tempestad llegaría más tarde.
– Cuando la fiesta sagrada de Khumbamela empiece -dijo Narayan-, mucha gente morirá.
Helena se quedó conmocionada ante la brutal visión de la multitud mística, formada por un millón de personas que se reunía en esas orillas cada doce años, de la desembocadura en los gaths y de los débiles que morían en las escaleras aplastados.
– No vayas a los gaths -dijo el guía adivinando los pensamientos de la fogosa aventurera-. Está prohibido. Te matarán.
Helena asintió a regañadientes. Sería muy difícil entrar en una ciudad llena de fanáticos religiosos y donde reinaba un desorden indescriptible.
– Dormiremos allí.
Narayan le señaló una casa construida a la sombra del recinto del fuerte de Akbar. Era un albergue con las paredes agrietadas cuyo nombre, medio desconchado, estaba escrito pomposamente en un rótulo. «Etapa del Royal Sussex», leyó ella. Como en el resto de la India, era un cuchitril en el que estaba garantizado dormir con truhanes y ratas.
– Ocúpate de todo. Pon las maletas a buen recaudo, voy dar una vuelta por la ciudad.
– Voy contigo. Es demasiado peligroso.
– Tengo con qué defenderme -respondió ella, dándole unas palmaditas al arma que llevaba a la cintura.
– Eso es lo que me da miedo.
– También puedo defenderte a ti.
– No -dijo él mostrando su rosario-, yo prefiero confiar en los dioses.
– Entonces quédate aquí, es una orden.
Cuando Helena se adentró en una callejuela que llevaba al corazón de la vieja ciudad, le lanzó una mirada afligida e inquieta.