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Las ruedas del carro crujían, el buey sufría en la ascensión hacia Jaynagar. Caravanas de mulos cargados con cajas y sacos se cruzaban en el camino polvoriento. Los conducían hombres con rasgos duros, ataviados con sombreros de pelo, largas chaquetas y botas de fieltro.
– Tibetanos -dijo Narayan.
Helena veía por fin a los habitantes del techo del mundo. Los señores de esos convoyes iban subidos a ponis de pelo largo y cerraban la marcha. Vestidos con brocados de seda azul y verde, y una vaina de sable damasquinado atada a la cintura, se inclinaban y sonreían con condescendencia cuando pasaban a su lado.
Helena quería unirse a ellos. Con oro solía convencer a los mercaderes. Para integrarse mejor en el convoy, había ideado vestirse como un tibetano: se disfrazaría como un hombre de pueblo y ocultaría sus cabellos rubios. ¿Quién se fijaría en ella con el sombrero si, además, se maquillaba con tierra mezclada con pasta de sándalo? Tal vez la traicionarían sus grandes ojos grises, así que tendría que procurar bajar los párpados.
– ¡Sigue a esos hombres! -le susurró a Narayan.
El guía farfulló. Como la mayoría de los hindúes, odiaba a esos montañeses que vivían en el país de los demonios. Las leyendas contaban que los tibetanos comerciaban con los seres malvados.
– No es buena idea -contestó él.
– No te pido que te mezcles con ellos -dijo Helena-, comprendo tus miedos. En cuanto lleguemos a Jaynagar, podrás irte. Me has servido bien, Narayan. Tengo diez rupias de plata. Puede ser tu recompensa.
Diez rupias eran más de lo que necesitaba para vencer las reticencias de Narayan. Por primera vez, reprendió al buey jorobado preguntándose si debía proseguir ese viaje.
La caravana se había adentrado por las calles estrechas de la ciudad medieval de Jaynagar. Como en todas las ciudades fronterizas, florecían los negocios y el tráfico. Todo se vendía o se intercambiaba. Los tenderetes rebosaban de mercancías, los estantes se hundían bajo las especias y los lingotes de metal. Los tibetanos, Helena y Narayan llegaron a una plaza flanqueada por dos templos shivaítas dominados por sendas torres coronadas de pináculos en forma de espina. Su llegada hizo que aumentara un grado la temperatura del ambiente sobrecalentado donde se exhibían acróbatas mahrattas provistos de antorchas, que actuaban al son de los tambores y de las flautas.
Cautivada por el espectáculo de los bailarines, Helena no se fijó en el cambio de actitud del público. Narayan silbó: ésa era su manera de alertar de que se avecinaban problemas. Oyeron un estruendo a su derecha. Gemidos. Gritos de rabia. Los espectadores huyeron en todas direcciones. Apoderándose de su puñal, Helena retrocedió y se puso en guardia. Robustos marwaris y baniyas de las castas de mercaderes indios atacaban a los tibetanos. Aparecieron armas por todas partes. Helena se encontró en el centro del alboroto. Un hindú de mirada fanática la provocó. Danzaba sobre sus pies desnudos y luego dirigió contra ella con todas sus fuerzas una barra de bronce. De un salto, se lanzó a un lado. La barra cayó sobre la cabeza de un mulo, que se derrumbó. Helena le rajó la espalda al hombre. Se volvió con cara de odio, pero un chico con puños enormes lo asaltó.
– ¡Por aquí! ¡Por aquí!
Narayan la llamaba. Helena no conseguía verlo en medio de los combatientes, el polvo y ese desbarajuste insensato. De repente, sonaron unos disparos. Todos agacharon la cabeza.
– ¡Los ingleses! -gritó alguien.
En la esquina norte del lugar, aparecieron unos jinetes. Unos cipayos coléricos, erguidos sobre sus estribos, empezaron a dar golpes al azar con sus lanzas. Los oficiales y los sargentos utilizaban sus armas y disparaban al aire. Cuando hubieron vaciado sus revólveres, desenvainaron los sables y avanzaron metódica y tranquilamente.
Helena vio con estupor que iba a darse de bruces con los ingleses. Oficialmente, tenía prohibido viajar por esa zona del territorio. Aprovechando un agujero que habían hecho los mulos al volverse incontrolables, consiguió introducirse en uno de los dos templos. No fue la única que se metió en aquel antro oscuro. La nave estaba llena a rebosar. El fuerte olor a sudor hacía difícil respirar.
Helena se dio cuenta de que estaba atrapada en una trampa, como un pez en la red. Se volvió hacia la entrada. El sol iluminaba los ribetes de piedra. Un caballero apareció envuelto en esa luz. El primer reflejo de Helena fue agacharse en medio de los fieles. Éstos se apartaron de ella.
– ¡Señora Blavatski!
La voz pastosa y ceceante del caballero se hizo más fuerte al resonar en el templo.
– ¡Que yo sepa, usted no es una mendiga, princesa! Su descripción se ha difundido por todo el país. Además, es la única mujer blanca en quinientas leguas a la redonda. No intente tretas conmigo. Levántese y acérquese. ¡No me obligue a enviar a mis cipayos!
Helena, herida en su orgullo, se levantó y caminó con la cabeza erguida hacia la salida. Debía poner en práctica su diplomacia. Se obligó a mostrar una sonrisa amistosa.
No había gesto agradable o artificio alguno que pudiese ablandar la dureza de los gestos del hombre que la miraba desde lo alto de su caballo blanco. Era un viejo capitán al final de su carrera. Tenía las mejillas hundidas como dos ríos de lava a un lado y al otro de su delgada boca, y estaban llenas de pecas y de venillas.
Helena sondeó el espíritu torturado del capitán. Demasiadas decepciones amorosas lo habían llevado a desconfiar de las mujeres y a dudar de sí mismo. Ocultaba su debilidad tras el caparazón de su grado.
– ¿Qué hace usted en la frontera? Los extranjeros no pueden pisar Nepal. ¿Lo sabía usted?
– Desde luego, capitán. No tenía intención de ir allí. No habría tenido fuerzas para coronar esas cimas. ¿Por qué se muestra tan suspicaz conmigo?
El inglés la contempló largamente antes de responder. La estaba analizando. Veía en ella todos los defectos de su sexo: mentirosa, embaucadora y retorcida. No le hizo cambiar su opinión de las mujeres. Al contrario.
Helena no intentó seguir discutiendo. Captaba todos los pensamientos negativos de aquel oficial amargado.
– Señora Blavatski, ese famoso informe que la describe lo enviaron las autoridades de Bombay, y no es elogioso. En Rusia se ha borrado su nombre, pero tal vez sea para asegurarle una mayor protección. Los rusos son maestros en el arte del complot. Ya hablaremos más tarde. Ha visitado numerosos países con los que no mantenemos las mejores relaciones. Las Iglesias católica y protestante la acusan de revisionismo y extremismo. Piensan que quiere hundir los fundamentos de nuestras sociedades civilizadas y deslustrar la imagen de Dios. Eso es mucho decir para una «débil mujer», ¿no le parece? No le hemos perdido la pista en todo este viaje. ¿Qué viene a hacer aquí? ¿No tenía la intención de ir a Sikkim para estudiar las costumbres de las tribus? ¿No es eso lo que le ha dicho al capitán Burke? Está todo por escrito, señora Blavatski.
– Pues sí, ésa era mi intención.
– Ya veo. Y por uno de esos cambios de humor que tienen todas las mujeres, ha cambiado de idea cuando ya estaba de camino. Me conozco la canción, señora Blavatski. Si tiene una buena y verdadera razón, explíqueme por qué se encuentra a miles y miles de kilómetros del lugar en el que debería estar.
– Nos hemos perdido.
– ¡Vaya, vaya! -bromeó él.
– Tengo que admitir -se corrigió ella- que cambié de opinión.
– Me cuesta creer que el zar Nicolás haya enviado a alguien que llame tanto la atención, y tan poco preparado e informado. Parece usted caminar hacia la muerte. El marajá Jung Balladur Rana tiene una reputación feroz. Hará que la torturen durante días. Detesta particularmente a los rusos y sus proyectos expansionistas.
– ¡No soy una espía! ¡Me importa un bledo la política de mi país! Si su informe estuviera completo, sabría que mi esposo ha pedido mi cabeza al zar.
– Por supuesto. Es una buena tapadera. Entonces, ¿por qué envía tantas cartas a su padre, el coronel Von Hahn? Todas las descripciones que le hace de la India ¿no son datos que un Estado Mayor puede aprovechar? Lamenta la miseria en la que está hundido este continente, y responsabiliza de ella a Inglaterra.
– Es una simple constatación.
– Creemos que sirve usted a la fe legitimista de su zar, cuyo objetivo es reinar en Turquía, Afganistán y Pakistán, antes de atacar Irán y Nepal. Se creen ustedes que son los paladines de la Cruz contra los infieles del mundo entero. ¡Los conflictos que provoquen acabarán destruyendo el planeta!
– Capitán, me otorga poderes que no tengo. Le suplico que me crea. Siempre me he rebelado contra las dictaduras y el fanatismo religioso. Desapruebo la política de Nicolás. El único objetivo de mi viaje es comprender mejor a la humanidad y descubrir las fuerzas ocultas de este mundo. No soy instigadora de complots ni fomento la revolución…
– ¡Eso no es óbice para que su llegada a esta ciudad desencadenara inmediatamente una batalla entre dos comunidades!
Tras estas palabras, el capitán hizo un gran gesto con el brazo para señalar a los beligerantes que se habían refugiado en ambos extremos del lugar. Los insultos llovían de una parte y de la otra. Los soldados estaban atentos. Un clamor se elevaba en la ciudad. La gente corría por las calles vecinas intentando atravesar la barrera de los militares. La cólera iba en aumento entre la población, que se tomaba muy en serio la profanación de los templos.
– No tengo nada que ver con este alboroto -le lanzó ella.
– La creo, pero esta historia requiere un chivo expiatorio y me parece que es usted perfecta para ese papel. La población la señalará como culpable, así que no apostaría por que sobreviva a esta noche. Sin su presencia, esta reyerta sería anodina. Vamos a enviar a su guía a Bombay, y voy a hacer que la escolten hasta Darjeeling. Allí podrá usted consagrarse al estudio de las diferentes etnias que viven en Sikkim y beber buen té. La vigilaremos noche y día -sentenció.
Inaccesibles, Chomolungma y Kanchenjunga. Infranqueable, la muralla de hielo al alcance de su vista. Ese Tíbet tan deseado estaba allí, oculto tras los dientes inmaculados del Everest y del Makalu.
Helena se había pasado la jornada meditando sobre sus oportunidades de alcanzar el reino prohibido. Las sombras invadían la ciudad, las tinieblas llegaban con sus cortejos de demonios y los habitantes se apresuraban a entrar en sus casas. No obstante, Helena no sentía, en la habitación rosa, ninguno de los peligros que sentía en Inglaterra, pero se aburría. La señora Murray, su encantadora anfitriona, esposa del comandante de la guarnición, la llevaba algunas veces al sanatorio o a pasear por los campos de té. De esa región de Sikkim, sólo conocía las ricas plantaciones pertenecientes a los occidentales.
Una sola vez había intentado zafarse de la compañía de la frágil lady cubierta de lazos y empolvada, que se quedaba sin aliento al menor esfuerzo. Había podido dejarla atrás rápidamente, pero un temible gurkha había aparecido ante ella en el momento en que se disponía a penetrar en el bosque inextricable. Por la risa de la señora Murray, comprendió que un buen número de esos mercenarios nepaleses la vigilaba sin hacerse notar.
Las montañas, lechosas en la noche, tocaban las estrellas. Una delgada luna creciente hacía palpitar el manto de un glaciar, el frío del Himalaya hería la frondosa vegetación del valle. Estaba haciendo equilibrios entre dos mundos, y consiguió comprender los mecanismos secretos de esa naturaleza. Fuerzas contradictorias actuaban ante sus ojos y ella sentía la fenomenal energía que se desprendía de ese combate eterno.
Allí había espíritus que no pertenecían a la especie humana. Le provocaban sensaciones extrañas. Daban vueltas a su alrededor cuando se apoyaba en la ventana.
Era… No eran más que impresiones. Tras dar por acabadas sus contemplaciones, volvió a su habitación cargada de bibelots y cacharros de loza, impregnada de un perfume de violetas y lavanda. Se quedaría allí toda la noche, tendida en su cama. Un ruido de pasos en el pasillo la puso en alerta. Golpearon a la puerta y se oyó la voz aguda de la señora Murray.
– ¿Se puede?
– Adelante.
– ¡Vaya! Qué oscura está esta habitación -dijo la inglesa-. ¿Quiere que encienda alguna luz?
– No, prefiero seguir a oscuras.
– Es usted una mujer extraña.
– Desde luego, si me compara con las personas consideradas normales, lo soy.
La señora Murray no supo cómo responder a eso. Permaneció entre la cama y la puerta. El débil reflejo de la luna iluminaba su rostro diáfano. Su cuerpo esbelto permitía adivinar graciosas curvas, unas líneas tan largas, tan exageradamente frágiles, que la joven parecía un dibujo estilizado. Llevaba un simple vestido blanco con mangas cortas y ahuecadas. El contraste entre la modestia de ese atuendo y su aspecto de reina de otra raza resultaba desconcertante. Ante Helena no era una burguesa envarada en sus principios, sino una vestal que podía volverse cruel.
– ¿Por qué me mira así? -preguntó aquella mujer.
– Usted es tan extraña como yo.
– ¿A qué se refiere?
– Yo la veo tal y como es… Una mujer fuera de lo común.
Cynthia Murray enrojeció de placer. Se sintió turbada hasta el punto de olvidar el motivo de su visita. Helena le tendió la mano y ella la cogió.
– Es la primera vez que viene a verme aquí.
– Tengo malas noticias. Estamos muy inquietos.
– ¡Explíquese, se lo ruego!
– En Sikkim todavía no se ha corrido la voz. Se acaba de declarar la guerra entre Inglaterra y Rusia. Mi marido va a tener que ponerla bajo arresto domiciliario.
La cara de Helena se descompuso. Esa guerra echaba por tierra sus esperanzas. Nunca tendría la oportunidad de cruzar la frontera. Todo se venía abajo justo en el momento en que se había granjeado la amistad de los Murray y estaba a punto de conseguir un salvoconducto para entrar en Sikkim.
Desde la capital, Gangtok, habría podido alcanzar fácilmente el alto valle del Nagmo, y después la ciudad de madera de Karponang. Allí abundaban los sherpas. Con sólidos montañeses, aventurarse por las cadenas tibetanas sería una empresa fácil. Ahora ese plan se había venido abajo.
Se secó las lágrimas que le caían de los ojos agrandados por la desesperación. Cynthia no dudó en cogerla por el hombro y abrazarla con fuerza.
– ¿Tan importante es para usted ir a esas regiones desconocidas?
– Es el objetivo de mi vida.
– Me temo que habrá que esperar al final de la guerra. Si pudiera, firmaría yo misma los papeles oficiales que la autorizaran a cruzar la frontera. Créame, Helena.
– Si esos gurkhas no estuvieran vigilándome noche y día, podría irme.
– Puedo hallar un modo de alejarlos durante unas horas.
– ¿Haría eso?
– Por usted sí.
– ¡Cynthia!
– Los voy a llevar a la ciudad. Tengo que comprar estatuas de Buda para unos amigos de Londres. Pesan mucho y les diré que tienen que cargarlas ellos. ¿Qué necesita?
– Una mula y ropa de campesino.
– Me encargaré de ello.
Helena estrechó a su cómplice entre sus brazos. En su gesto, hubo algo más que simple afecto.