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El sueño californiano tenía un sabor amargo. El Tíbet seguía turbando el espíritu de Helena. El Tíbet: el nombre mágico que Kut Humi había pronunciado tres años antes. Invirtiendo todas sus fuerzas en la batalla contra el tiempo, podía seguir al sol en su recorrido, embarcarse en un vapor en San Francisco y llegar a China. Remontaría el río Amarillo, cruzaría Mongolia y…
Parecía tan lejano e irreal… Oyó los relinchos de los caballos, los gritos de los charlatanes, los bruscos juramentos, una melodía de fandango y la risa histérica de una mujer. Helena, los McCortack y los MacMillan habían llegado a Sonora. La capital del oro no era la ciudad de las mil y una noches, sino un vasto refugio de criminales, depravados y jugadores de póquer.
Helena estaba a veinte mil kilómetros de Lhassa. Agotada, con dos familias a su cargo, sentía que la invadía el desaliento. Se recompuso. Guardó en un recodo de su memoria el vapor, China, los yaks y los lamas, junto a los demás fantasmas del pasado.
Sólo contaba la acción física, concreta e inmediata. Le quedaban doce mil ochocientos dólares en los bancos americanos, aparte de los tres mil dólares que llevaba encima. Además, todavía podía contar con el dinero depositado en Rusia. Tenía suficiente para cubrir sus propias necesidades y las de sus amigos. El Holden's Hotel, que tenía aspecto de hangar en ruinas al borde de un mar de tiendas, era el único edificio sólido situado al este de la ciudad. Allí condujo a su tropilla con paso firme.
– Esperadme delante -dijo ella-. Voy a ver qué les queda en esta «casa».
En el interior, el vestíbulo recordaba a una sala de hospicio adornada con unos cuantos cuadros vulgares en los que aparecían representadas unas mujeres desnudas en todo tipo de poses lascivas. Una vieja rubia acicalada ronroneaba tras el mostrador de recepción. Miró de reojo el colt y el fusil de Helena.
– Buenos días, señora. Querría unas habitaciones -dijo ésta.
Con una lasitud exagerada, la encargada se acodó y apoyó su mejilla en la palma de su mano.
– No alquilamos habitaciones, sólo camas.
– Con las camas bastará -dijo John.
– Somos diez -intervino Helena, que apretó a la pequeña Mary contra ella-, es sólo por una noche.
Yendo al grano, la rubia anunció el precio:
– Diez camas, diez dólares.
– ¿Qué? -se rebeló John-. ¡Eso es un robo!
– O pagan o se largan -respondió la encargada parpadeando-. No están en la costa Este, amigos. Apuesto lo que sea a que no tienen ni veinticinco centavos para que les pueda ofrecer una cerveza.
– ¡Tengo lo necesario! -lanzó Helena, que puso una moneda de oro sobre el mostrador.
Era oro… La anciana la cogió con la habilidad de un prestidigitador y sonrió después de morderla.
– Circulan monedas falsas -explicó.
– La llave, se lo ruego.
– ¿Qué llave?
– Acabo de pagar por una noche, me parece -dijo Helena apoderándose de su colt-. Estoy segura de que un lugar en el cementerio es bastante menos caro que sus habitaciones.
– ¡Nuestras habitaciones no tienen llave! Tengo camas, montones de camas libres. Inscriban sus nombres en el registro. Está arriba, en el segundo piso, la primera puerta a la izquierda, la 238. Hay diez camas -se apresuró a aclarar la patrona.
Empezaron a subir la escalera de madera, alrededor de la cual continuaba la sucesión de pinturas obscenas que decoraban todos los pisos del hotel.
En cuanto entraron en la habitación, un olor insoportable les cortó la respiración. Era un hedor rancio a viejos mal lavados. Las camas de madera, cubiertas de tela y con un edredón marrón y un almohadón amarillo relleno de salvado, estaban alineadas en dos filas, unas frente a otras.
Las cucarachas corrían en todas las direcciones. Las chinches escondidas en el colchón esperaban carne fresca.
Se quedaron atónitos y horrorizados ante el precio de semejante cuchitril. Oyeron un gruñido y descubrieron a un tipo detrás de uno de los armarios cojos. Tenía el torso desnudo y los tirantes colgando sobre los muslos. Colillas aplastadas y botellas vacías lo rodeaban. Los recién llegados sintieron que se les revolvía el estómago. Les lanzó una mirada mortecina, después lo sacudió una tos viscosa.
– ¿Qué hace usted aquí? -preguntó John.
– Aquí… ¿Aquí, dónde?
– Ésta es nuestra habitación.
– No sé nada de todo eso.
No tuvieron tiempo para preguntarle nada más. Los empleados de la señora Roggers entraron en la habitación, lo agarraron por los hombros y lo defenestraron. Se estrelló dos pisos más abajo.
– ¡Menudos tipos asquerosos! -gritó Helena.
– ¡Cierren la ventana! -respondió uno de ellos-. Ese perro siempre intenta dormir aquí desde que se arruinó en el juego. Quiere dormir sin pagar.
Los brutos dejaron a solas a las familias. Helena estaba furiosa.
– No diga nada, Helena. Es inútil. Me contento con no acabar como ese pobre hombre. Vayámonos de aquí y durmamos en el campo.
– ¡Nunca! -gritó John-. ¡Nunca, oídme bien!
– Sí, tenemos que organizamos -prosiguió Helena-. No salgáis, voy a por noticias. Confiad en mí; sólo tenemos que pensar en pasar una mala noche. Amigos míos, os voy a ayudar a salir de este difícil momento.
Caminaba rápidamente por la calle principal de Sonora, lejana, al margen de la animación malsana y de la violencia. La ciudad le producía horror. La codicia se leía en todas las caras. Todo el mundo quería oro, más oro, mucho oro. La competición por obtener el metal precioso era feroz y a menudo acababa con la muerte de algún hombre. Se mataba y se ahorcaba rápido.
Helena llegó a un barrio donde se había reunido una multitud en respuesta a la llamada de un animador. Había un cercado en el que habían soltado un oso grizzli y un toro. Los apostantes empezaron a vociferar lanzando billetes de banco a las garras de los bookmakers.
Helena sintió odio por ese mundo que parecía haber enloquecido.
– ¡El toro! ¡El toro! -le gritó un hombre alucinado-. ¡Apueste por el toro!
Se alejó del cercado y se dirigió hacia un edificio de una sola planta. En torno a esa construcción sin gracia, que llevaba el nombre de «Oficina de concesiones», hombres y mujeres, caballos y mulos, bueyes y perros esperaban a un desconocido Mesías. Bebían y meditaban sentados en sillas, sobre mesas y toneles. Algunos contaban sus experiencias y hablaban de la existencia de filones fabulosos que dormían en las entrañas de las Rocosas. Nadie echaba de menos el viejo mundo. Pretendían convertir California en el faro de la humanidad.
Había colas de personas esperando para entrar. Sus cabezas se reunían ante una de las tres entradas del alto edificio de troncos.
– Señorita, aquí ya no queda na' que sacar -le dijo un hombre a Helena cuando ésta se acercó a una de las entradas.
– No he venido para sacar, sino para plantar -respondió ella espontáneamente, sin medir el alcance de sus palabras.
¿Qué se le había pasado por la cabeza…? ¿Plantar? ¿Qué ridiculez era esa que estaba arraigando en su cerebro?
No intentó analizar el sentido de sus pensamientos.
– ¡Eso no es nada común! -exclamó su interlocutor.
Ella sonrió. Ese hombre sin edad, con aspecto anguloso, lleno de brío, no parecía del lugar.
Con un golpe en el zurrón que llevaba en bandolera, se presentó:
– Me llamo Jud Brenton. Llevo el correo a los pobres diablos que lavan fango en los valles. Libro los domingos, pero no puedo abandonar a esos tipos. A menudo, vengo a consolar a los perdedores y les aconsejo que se vayan a la costa, y a poner en guardia a los que quieren adquirir un terreno minero de los placers. Tendría que haber sido pastor y llevar a los hombres por el buen camino. El oro está podrido, señorita. Te corroe desde el interior. Cuando se te mete en el tarro, estás jodido. Mire a ése y a aquél -dijo dando una palmadita amistosa a dos tipos que esperaban en la fila-. Por su cara, sabemos en qué punto están. Vienen a revender su terreno con la esperanza de sacar bastante dinero para huir de la región… Se irán como los demás, con el petate a la espalda y los zapatos agujereados.
Ambos hombres mascullaron algo entre dientes. Lo miraron mal, pero no tuvieron fuerzas para hacer nada más. Estaban acabados, como la mitad de los mineros allí presentes. Proyectaban su angustia en el entorno.
– Mucho me temo que acabarán de la peor manera, en los barrios bajos de San Francisco. Pero, dígame, ¿realmente tiene usted intención de cultivar la tierra? -preguntó el cartero Jud.
– Sí, es una idea que se me ha ocurrido de pronto, y siempre me fío de mis intuiciones.
– Es extraño, no consigo imaginarla en un maizal y ordeñando una vaca.
– Es verdad que no tengo ninguna experiencia en la materia.
Jud reflexionó durante un instante, balanceando la cabeza como si sopesara las posibilidades de éxito que tenía Helena. Le aconsejó que contratara a indios de la tribu havasupaí o walapaí.
– Siempre hay alguno rondando por aquí. Saben cultivar calabazas, maíz, tabaco y semillas de girasol mejor que nadie.
– Gracias por el consejo.
– Allí abajo le darán todo lo que quiera por una hogaza de pan -dijo Jud señalando el edificio-, siempre y cuando no sean terrenos que excavar o supuestamente ricos en filones de oro.
– También necesito bueyes, material y tres carros.
– Hay un negociante llamado Calley que tiene un almacén, La Silla Negra, a un kilómetro y medio de la salida oeste de la ciudad, en el camino hacia Colombra. Sus precios son altos, pero tiene buen material. Buena suerte, señorita.
Le agarró la mano con fuerza y le vio ponerse a la fila de los condenados. Volvió a desearle suerte. La invisible mano del destino iba a tirar los dados. Los de los demás ya estaban echados…, pobre gente. Jud se confundió con la multitud murmurando:
– ¡En nombre de Dios, qué mujer tan valiente! Al verla, está claro que puede galopar durante días enteros, cruzar los ríos a nado, pelear como un hombre; pero nunca conseguirá que crezca ni un rábano…