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El despacho del señor Beckman, agente, corredor, revendedor, prestamista, usurero y expoliador de los bienes ajenos, se parecía a un hormiguero lleno de papeles y archivadores, que diez empleados en mangas de camisa y con un lápiz encima de la oreja mantenían en funcionamiento.

Cuatro hombres armados custodiaban el cofre en el que entraban varios miles de dólares al día. También se conservaban los reconocimientos de las deudas. Los escribientes y sus colegas corredores trabajaban detrás de largas mesas mal escuadradas y ponían mejor o peor cara según el cliente. Ninguno de ellos sonreía. Cuando Helena entró, los chinos de la cofradía Sam Yups habían invadido la inmensa habitación de veinte metros por cinco. Con una algarabía incomprensible, intentaban conseguir un precio menor, pero los empleados explicaban invariablemente que los precios los había fijado madame Toy [11] y que la posibilidad de venderles mujeres a menos de cuatrocientos dólares estaba fuera de cuestión. Los chinos argumentaron que madame Ah Toy las compraba por menos de cien en Shanghai. Inmediatamente, los colaboradores de Beckman dieron sus motivos habituales: diversos gastos de mantenimiento, pérdidas durante el viaje, comisiones sobre las mercancías para las autoridades portuarias y para los políticos. Lo aceptaron todo. Las mujeres de Shanghai entraban en la categoría de ganado. Helena palideció. Si con ello hubiera podido poner fin a ese comercio, los habría matado a todos allí mismo. Pero había centenares de personas que ambicionaban un puesto de trabajo en el negocio de Beckman y eran miles los que querían comprar mujeres esclavas.

– ¿Señora?

Aquel hombre había aparecido de repente, con su impecable traje gris. Estaba delante de ella con entradas, dientes de oro y una cara vulgar, ligeramente encorvado, como quien se prepara para saltar sobre su presa. Gesticulaba con las manos para añadir entidad a su discurso habitual. Pero en él todo sonaba falso.

– Soy el señor Beckman, el director de este honorable establecimiento. Aquí hallará los medios para realizar sus deseos. Podemos jactarnos de hacer felices a nuestros clientes…

Desplegó toda su charlatanería mientras la examinaba de arriba abajo. Al ver que sus botas eran de buena calidad, le pareció una persona creíble. La calidad de los zapatos era la mejor garantía. Esa mujer tenía dinero.

– …Tenemos el monopolio de esta región. Nuestros terrenos mineros son rentables para los que pueden permitírselos. Y alquilamos el material para explotarlos. Cuente un año para amortizar la compra. Después de ese tiempo, sólo dará beneficios. Hay filones bajo las tierras que le ofrezco.

– No quiero comprar ningún terreno.

La mirada curiosa del hombre se detuvo sobre el colt y el puñal. Habría jurado que aquella chica había ido a buscar oro. Tenía un claro aspecto de aventurera.

– ¿Viene usted a casarse?

– Ya estoy casada, y si no lo estuviera, tampoco habría venido hasta aquí para dar con mi alma gemela. A qué viene esa pregunta, ¿tiene usted algún chino de Shanghai para proponerme?

– ¡Nada más lejos de mi intención! Entonces, ¿qué está usted buscando?

– Tierras cultivables.

– ¿Quiere usted cultivar la tierra? -preguntó Beckman con asombro.

– ¿Eso le extraña? -respondió Helena devolviéndole la pregunta.

– No, no es asunto mío. ¿Cuántos acres desearía comprar?

– Trescientos, como mínimo, repartidos en tres lotes.

– ¿Tres lotes?

– Sí, serán tres diferentes. Represento los intereses de dos familias irlandesas.

– Puedo ofrecerle una gran cantidad de lotes. Nadie intenta labrar y sembrar la tierra por aquí, pues la miseria está garantizada.

– La miseria se debe sobre todo al filón de oro que nunca se encuentra. Quiero lotes buenos, terrenos poco accidentados, con agua en las proximidades.

– Puedo ofrecerle tres lotes buenos, pero estarán lejos unos de otros.

– Eso no importa.

– Son tierras vírgenes -precisó él-. Habrá que desbrozarlas y abonarlas antes de plantar.

Seguía perplejo. No entendía por qué quería convertirse en campesina.

– Conozco las dificultades que me esperan. Vengo de un país en el que trabajar la tierra es duro.

Él asintió con la cabeza y se aproximó a una mesa cubierta de mapas. Desenrolló uno.

– Muy bien -continuó-, aquí está nuestro sector. Entre el río Deer y el Kern, la población se concentra alrededor de la bahía de San Francisco y en las montañas auríferas. Un enjambre de aglomeraciones ha crecido en menos de cinco años en una superficie de menos de diez mil metros cuadrados. Más allá, prácticamente sólo hay zonas desconocidas. Todas esas partes blancas del mapa no valen más que un plato de lentejas.

Señaló con su índice al norte de Fort Sutter.

– Aquí, tenemos ciento veinticuatro acres en Hornaday Point.

Su dedo hizo un salto de cuatrocientos kilómetros siguiendo el curso de un río a lo largo de la cadena costera de Santa Lucía.

– Setenta y ochenta y cinco acres al sur de Monterrey. Una buena oportunidad por un puñado de dólares.

– ¿Por cuánto exactamente?

– Doscientos dólares.

– Me lo quedo.

Beckman se mordió la lengua. Cayó tarde en que podría haber doblado el precio de unos terrenos que nadie quería. Con voz chillona, le preguntó a qué nombre debía poner los títulos. Helena le deletreó el suyo y después los de sus protegidos.

Se fue sin darle la mano. Estaba harta de las bajezas de Sonora. La invadió un sentimiento de tristeza. Muy pronto iba a tener que separarse de los McCortack, de los arrebatos de Mary, de los niños, que se habían convertido un poco en los suyos, de las veladas en familia alrededor del luego de campamento, de los miedos y esperanzas comunes.

En lo más profundo de sí, sentía una imperiosa ansia de soledad. El resumen de su vida era triste: una vida repleta de experiencias inacabadas…

La separación de sus amigos iba a ser difícil. Trabajar aquella tierra iba a ser complicado. Los indios que habían contratado en Hornaday Point tenían dificultades para levantarse al alba. A veces, desaparecían durante horas. Había tenido que luchar contra los lobos, el granizo y las malas hierbas. Había calculado mal la cantidad de provisiones necesaria. Los indios comían demasiado y los sacos de maíz y patatas se habían vaciado en pocos meses. Esa tierra le costaba dinero. Su entusiasmo había ido desapareciendo a lo largo de las semanas, y cada vez soportaba peor la visión de las montañas boscosas.

El tórrido verano de 1855 acababa de destruir lo que las tormentas de primavera no habían arrasado. Los toneles de agua transportados a duras penas desde el río no bastarían para salvar los embriones de espigas que el viento ardiente había estropeado. Helena no había podido llevar a buen puerto su proyecto de canal. Los indios estaban al límite de sus fuerzas. Se alimentaban de raíces y bayas cuando las provisiones se retrasaban. Y ahora se retrasaban. Las mulas morían una tras otra de agotamiento. Helena comió pan duro y cebolla el día de su vigésimo cuarto cumpleaños. El fracaso habitaba en ella como una enfermedad incurable que le corroía el espíritu y le impedía dormir. En el horno de su cabaña de madera, vivía a la espera de la siguiente catástrofe. Una plaga de langostas, un incendio, paludismo: no se podía descartar nada. Las perspectivas de su futuro eran tan negras como las de los mineros arruinados de Dutch Fiat que vagaban azorados por el desierto.

Ser un campesino se había convertido en una ruina. Le quedaban trescientos dieciocho dólares en el bolsillo. Había llegado el momento de ir a una gran ciudad. La carta de petición de fondos que le iba a enviar a su padre estaba lista desde hacía semanas. Añadió una hoja en la que le hacía partícipe de su intención de volver a la India.

Antes de abandonar sus tierras, quiso regalar su terreno a los indios, que lo rechazaron. Le explicaron que había cielos más clementes al norte. El día de la partida de Helena, se dirigieron hacia allí.

El 2 de agosto de 1855, entregó su carta en la oficina central de correos de San Francisco. El día 5, se embarcó rumbo a Japón.


  1. <a l:href="#_ftnref11">[11]</a> Célebre prostituta china de San Francisco que tuvo el monopolio del comercio de mujeres a partir del año 1851.