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De Japón, donde había pasado cinco semanas, sólo le quedaban impresiones fugaces. En Tokio le había resultado imposible establecer lazos con nadie debido a que no había conseguido descifrar su idioma. Los habitantes desconfiaban de los extranjeros, y las casas de papel guardaban celosamente sus secretos. El emperador convertido en dios velaba por aquella nación que practicaba el infanticidio por razones económicas y que dejaba muy poco lugar para las mujeres, sometidas a unos hombres pagados de sí mismos, orgullosos y autoritarios. Así pues, se había marchado frustrada y enfadada. Se reencontró con la India con un placer inmenso. Allí, los más pobres de los pobres eran más libres que los japoneses. Pero Helena había olvidado el insoportable olor de esa miseria.
El olor de Calcuta era tan fuerte que la perseguía en sus sueños y en sus pesadillas. Noche tras noche, se despertaba. Había ratas, muchas ratas. Las oía correr alrededor de su cama. Los gemidos que subían desde la calle donde algunas agonizaban eran peores.
Los ingleses le habían desaconsejado esa parte de la ciudad, hacia la que afluían los campesinos acosados por el hambre. Helena había elegido ese lugar debido precisamente a su mala reputación entre las autoridades de Su Majestad. Debía ser discreta.
Helena se sentó sobre su catre, después de que la despertara el barullo organizado por las ratas. Se encontraba mal, febril. Más allá de las paredes asquerosas vivían sesenta mil pobres sobre un mar de excrementos.
No lejos, inmaculada, nueva y enorme, se erguía la catedral de San Pablo. ¿A qué esperaba ese dios misericordioso para venir a ayudar a los desdichados? El dios de los cristianos había perdido todos sus poderes. Los dioses de la India también. Las puertas de su reino no se abrían para quien vivía entre ratas y cucarachas.
Algunos afirmaban que los mendigos estaban pagando las faltas de su vida anterior. Los sacerdotes de cualquier orilla mantenían a sus fieles inmersos en el miedo y la ignorancia. Los templos se enriquecían. Los dioses dormían.
– ¡Fulminadme! -gritó.
No se despertaron. Las ratas fisgonas continuaron sin temor con sus idas y venidas. La pensión apestosa de tres pisos no tembló sobre sus cimientos.
Helena pensó entonces en los indios que adoraban a la negra Kali. Al menos, ellos conocían la verdad. Ante esa diosa uno temblaba y se doblegaba. Era el tiempo destructor, el fuego devorador, la portadora de enfermedades. Un verdadero efecto de la vida aquí abajo. De repente, sintió un escalofrío. ¿Su grito desafiante había surtido efecto? Sintió una presencia inmaterial. Algo se manifestaba. Una forma luminiscente apareció ante la ventana. Helena lamentó su provocación. Se agarró a la sábana. La forma se concretó en una silueta humana.
Aquella entidad no desprendía agresividad alguna. Al contrario, el espíritu de Helena se llenó de calma. Las ratas huyeron. La habitación se purificó. El aire olía a rosa y a jazmín. En ese instante se oyó una voz.
– Me ha costado encontrarte.
– ¡Kut Humi!
– Sí, soy yo.
– ¿Qué noticias me traes, maestro?
– Un hombre va a venir a ayudarte… mañana…, el Pakula…
Su voz se debilitaba.
– ¿Dónde estás? ¿Quién es ese Pakula? ¡Te lo suplico, vuelve!
Helena tendió una mano hacia la forma que ya se disipaba. Se oyó una aspiración, un ruido parecido al del agua de un sifón y después un golpe seco.
Intentó volver a reunirse con Kut Humi mediante el pensamiento y, de repente, se sintió absorbida. Eufórica, partió a una velocidad de vértigo hacia cimas lejanas. Un viento tumultuoso la llevó hacia cimas nevadas. En unos pocos instantes, recorrió centenares de verstas. ¿Estaba en el Tíbet, por fin?
En el cielo, las constelaciones no ocupaban su lugar habitual. Todo parecía gigantesco. Las fallas, las depresiones, los salientes, los acantilados y los glaciares estaban hechos para gigantes. A lo lejos, una débil luz atrajo su mirada. Ella no lo dudó. Estaba llegando a su meta. Se preparó para efectuar un salto gigantesco. Su alma se lanzó hacia el punto luminoso e intentó imponer su voluntad a la fuerza que la conducía. De nuevo, se oyó el ruido de succión. Cayó en el vacío y se encontró en el suelo rugoso de su habitación. La vuelta a la realidad la llenó de amargura.
«No era más que una ilusión -se dijo-; me estoy volviendo más crédula y estúpida que un mujik.» No obstante, estaba helada. Poco a poco, su cuerpo reaccionó al frío. Sintió quemaduras sobre su piel, debidas a las bajísimas temperaturas de la región de la que venía. Entonces, ¿había sido real?
¡Real!
Su pecho se elevó de esperanza. Debía encontrar al Pakula.