38096.fb2 En busca de Buda - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 70

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¿Adónde ir? ¿Dónde encontrar al Pakula que Kut Humi había mencionado? En cuanto el amanecer iluminó los templos de Kalighat, Helena abandonó la pensión. Caminaba con paso decidido por las calles de Calcuta. Evitó las cercanías de la columna Ocherlony, del jardín botánico y del hospital, por donde patrullaban los soldados británicos.

La guerra de Crimea había acabado con la victoria de las fuerzas francoinglesas y turcas. Aunque el nuevo zar Alejandro deseaba la paz, los ciudadanos rusos seguían sin ser bienvenidos en la India.

Helena no olvidaba que la habían acusado de espionaje. Por eso intentaba fundirse con el magma humano, con los leprosos y los tullidos. Se dejó llevar por su intuición, siguiendo las mareas de porteadores agotados, aplastados por cargas enormes. La mayoría mascaba pan, confeccionado con una pasta de nuez de areca y de cal viva, envuelta en una hoja de areca. Servía para engañar el hambre. A pesar del vientre vacío y la dureza de su trabajo, no se caían jamás. Continuaban incansablemente con su vaivén de insectos, pasando por encima de humanos esqueléticos.

Helena se sintió acongojada. Todavía no conseguía mantenerse impasible ante la miseria, los espectros de mujeres con niños raquíticos y de bebés con el vientre hinchado.

Empezaba a dominar algunas frases en hindi, en telugu y en oriya. El inglés no bastaba para hacerse entender.

– ¿Dónde está el Pakula? -preguntó en varias ocasiones a los tenderos de un bazar y a las personas con las que se cruzaba por la calle.

Ni los perfumistas, ni los joyeros, ni los usureros ni los mercaderes de agua conocían ese nombre. Se atrevió incluso a abordar a un yogui y le hizo la pregunta. Tras fulminarla con la mirada, él la envió de vuelta al desorden de la calle.

Cuando llegó a un cruce, entró por curiosidad en un hospital jainista. Alrededor de un minúsculo jardín, habían acondicionado unos reductos en los que curaban a los animales enfermos. Los jainistas respetaban a todas las criaturas vivas. Las almas pasaban de unas a otras durante su transmigración. Pollos, gallos, palomas, lagartos, panteras, perros y serpientes con vendas y ungüentos parecían escuchar a los monjes flacos mientras recitaban los seis avashyaka. Los más ortodoxos de los jainistas llevaban una máscara de gasa para no tragarse insectos. Miraban con angustia a los mendigos impuros que venían en busca de las migajas de una alimentación reservada para los animales.

Había entre cien y ciento cincuenta indios amontonados en el centro del jardín ante los descendientes de Verdhamana, fundador de la secta en el siglo vi antes de Cristo.

Un hombre deforme avanzó de cuclillas, picoteando por aquí y por allá los granos caídos de las jaulas ocupadas por los pájaros convalecientes. Helena sintió un arrebato de rebeldía y desánimo. En la calle, niños desnudos corrían en todas direcciones. Gritaban agitados:

– ¡La vaca! ¡La vaca!

Las mujeres, que estaban cociendo tortas, no interrumpieron su trabajo. Indiferentes, se limitaron a mover las piernas bajo sus harapos, a llamar a los más pequeños y a mover a los viejos apáticos que corrían el peligro de dejarse pisotear.

– ¡La vaca! ¡La vaca!

Helena vio a la muchedumbre apartarse. Una vieja enjuta desapareció rápidamente. Vio cómo se hundía un tenderete. En medio de un ruido insoportable, chirriante sobre sus ruedas macizas, apareció un enorme carro tirado y empujado por una decena de jainistas. Una vaca yacía en él.

Helena se echó a un lado para evitar que el vehículo la arrollase; éste se metió en el jardín del hospital. Hubo gritos y heridos, y las ruedas aplastaron a un mendigo. Los jainistas no se inmutaron. El carro se detuvo ante un cercado donde dormitaba un buey. Los jainistas saltaron junto al animal y se hablaron en prakrit y maharashtri. Después, uno de ellos auscultó sus flancos delgados. A su grupo se unió un sacerdote indio pujari. Dejaron la antigua lengua por el bengalí. No había duda de que la vaca estaba a punto de morir. El sacerdote propuso una última operación.

– Haga venir al Pakula.

La palabra mágica. Había sonado como el amén de un oficiante al final de una ceremonia. Se repitió. Dominó las conversaciones incomprensibles. Helena esperaba ver a un ídolo con virtudes benéficas aparecer bajo un baldaquino de seda, o a un sabio con barba larga vestido de blanco inmaculado.

Cuando vio llegar al Pakula, pudo leerse en su rostro el desengaño.

– Pero ¡si es un tártaro! -dijo en voz alta.

Un tártaro. Uno de verdad. Medio lobo, medio humano. El terror de las estepas, salido directamente del antiguo Janato de Kazán.

– Un tártaro -repitió.

Iba vestido como si tuviera que galopar en la tundra en pleno invierno, con unas magníficas botas de fieltro con puntas curvadas. Cuando vio a Helena, se mordió los labios con sus dientes puntiagudos. La mujer imaginó que ese carnicero le sonreía. Era la antítesis de los jainistas. Los monjes vegetarianos no parecieron preocuparse por la impureza de su persona. Le ordenaron que se inclinara sobre el animal. Antes de acercarse a la vaca moribunda, dibujó un círculo en el polvo con una varilla de cobre. Su amplio vestido relleno contenía todos los bártulos propios de un mago. Con el círculo cerrado, se dedicó a soltar amuletos.

Helena reconoció las fichas que se usaban para la magia. No eran más grandes que pequeñas monedas. Cada ficha estaba grabada con un signo en mongol y con una fórmula sacada del ritual zor.

Un chamán… Hacía mucho tiempo que no había visto a esos hombres misteriosos y temibles. Interpretó el mensaje transmitido por los círculos de bronce. Su mirada inteligente volvió a posarse sobre Helena. Era mucho más que un simple descendiente del sanguinario Atila. Sus espíritus se reencontraron durante un corto instante. Eso le bastó para comulgar y reconocer que el Pakula era al que esperaba.

Con la ligereza de un gato, saltó sobre el carro y apartó a los doctores y al sacerdote. Cerró los ojos cuando aplicó sus grandes manos sobre el cuello del animal. Su respiración se entrecortó. Entró en un estado de trance y empezó a murmurar encantamientos.

Su persona desprendía una formidable energía. Helena sintió la ola de calor benefactora.

Después de un cuarto de hora, no había ocurrido nada. De repente, la bestia se estremeció y sus patas empezaron a agitarse. Ante la muchedumbre estupefacta que estaba apiñada alrededor del cercado, la vaca se puso en pie sobre sus cascos.

Helena se convenció de que se trataba de un gran chamán dotado de poderes superiores. La emoción se apoderó de ella. Sintió gratitud hacia Kut Humi por haberla guiado hasta allí. Volvía a conectar con su destino.

El tártaro se había levantado. Era poco sensible a los elogios de los jainistas y a las bendiciones del sacerdote. Volvió a centrarse en su principal interés, en aquella extranjera que destacaba entre los pobres del barrio. Era igual que la mujer que aparecía a menudo en sus sueños. La consideró desprendida y algo cabeza loca, con poderes chamánicos. Ambos habían recorrido un largo camino, buscándose el uno al otro. Había llegado la hora.

Se quedó contemplando el hospital, las ruinas de las casas y los frontones dorados de los templos. El espacio estaba saturado de plegarias y susurros. Los dioses se alimentaban de ofrendas y sufrimientos. No debía quedarse allí más tiempo.

Él, Pakula Ligdan Taïji, señor de chamanes, expulsado de los confines de Rusia, no volvería a imponer sus manos sobre los hombres y las bestias de Calcuta. El desconocido de sus sueños le ofrecía la posibilidad de abandonar Bengala.

Tras escapar de las muestras de agradecimiento de monjes y mendigos, abandonó a la vaca resucitada y se acercó a Helena. Fue directo al grano. Sin dudar, se dirigió a ella en ruso.

– Tengo intención de ir al Punjab, ¿y tú?

– Yo también.

– Llevo mucho tiempo esperándote.

Sonrieron. Su predestinación sobrenatural no exigía explicaciones. Se limitaron a aceptar la fuerza que los unía con un apretón de manos. En el calor de su palma una corriente pasó de uno a otro.

Un jainista les llevó una sopa de verduras.

– El salario del sanador -dijo Pakula con una mueca de disgusto-. Prefiero la carne.

– ¿Un chamán que come carne?

– Tú también comes carne y eso no te impide viajar al más allá, leer los pensamientos, acercarte a los dioses y a los demonios, y hablar con los muertos, por lo que yo sé.

– Sí.

– Tengo que tomarme esta sopa, si no perderán su prestigio -dijo él hundiendo la cuchara de madera en la espesa mezcla dulzona.

– ¿Cómo has curado a esa vaca?

– Poseo el don de la curación. Los maestros me han enseñado a utilizarlo. La gente de aquí cree que estoy poseído por un dios. Para algunos, soy un enviado de Kali, para otros poseo el tapas, es decir, el fuego interior. Algunos incluso piensan que soy una reencarnación del discípulo de Buda Mahamaudgayayana, el siddhi dotado de inmensos poderes. Yo dejo que lo crean. No tengo nada de asceta ni de santo. Me gusta la buena vida y las sensaciones fuertes. Debes saberlo.

– No me enseñarás nada de los tártaros que no sepa ya. Veo el poder de la magia en ti… Me invade. Conocí a chamanes en Tiflis, pero no eran tan fuertes como tú, ni tan instruidos. Kut Humi ha elegido bien.

– No debemos invocar el nombre del Maestro.

– ¿Dónde está? -preguntó ella en voz baja.

– En algún lugar del Tíbet.

– Debes conducirme hasta él.

– Subiremos hasta allá más adelante, primero debemos perfeccionar nuestros conocimientos de la India. Eso es lo que dicen los amuletos. Hace siete años que surco esta tierra intentando comprender el sentido de la vida y de la muerte. Juntos nos perderemos menos en este continente.

– ¿Por qué no nos vamos inmediatamente?

– Hay un anciano en una caverna del Tíbet que reina en el mundo de los demonios refugiándose en la conciencia de Buda.

– ¿Y qué?

– Quiere matarte.

– ¡Vaya!

– Kut Humi se enfrentará primero a él. Después ya se verá. No quiero morir y reencarnarme en un escarabajo. Tenemos que armarnos mentalmente. ¿Qué sabes de las religiones y de las tradiciones de este país?

Le resultaba imposible responder a semejante pregunta. Su saber libresco y la experiencia sobre el terreno no le bastaban para poder dar un sentido al hinduismo.

Demasiados dioses, demasiados textos sagrados, demasiadas contradicciones.

La cara socarrona del hombre se inclinó sobre ella.

– Los más sabios también pueden perderse. Sabes muy bien que no sirve de nada precipitarse hacia el Tíbet. Hemos de buscar las primeras verdades en la India. Para elevarse, hay que ser iniciado. Siempre será difícil soportar las tormentas de nieve e inclinarse ante el dios viviente en Lhassa. El Tíbet está plagado de trampas y sigue estando vedado para los extranjeros. No olvides que el Anciano nos espera allá. Todavía no tenemos las armas necesarias para vencerlo si Kut Humi fracasa en la primera batalla.

Él la condujo por las callejuelas tortuosas hasta un nicho al final de un pasillo oscuro. Iluminado por dos lámparas de aceite, un hombre esquelético y desnudo, sentado sobre una piedra redonda, meditaba.

– Es un monje del duodécimo grado -dijo Pakula-. Ha decidido suicidarse por inanición para alcanzar la verdadera paz espiritual. Te he traído aquí para que toques con el dedo una de las realidades de la India. Pon tu pulgar en su frente.

Ella dudó. Le temblaba un poco la mano. Rozó con el pulgar la frente y enseguida se llenó de impresiones mórbidas.

– Es horrible -murmuró.

– Hay que saber desear ardientemente la muerte para apreciar la paz.

Un hombre llegó, con un estilete en la mano. Le hizo un corte a la momia a la altura de la axila. Lo hacía cada tres horas para debilitarlo un poco más. De inmediato, las moscas cubrieron la herida y se abrevaron en la sangre.

– Es una forma de morir siendo útil. Ha elegido alimentar a los insectos. Ninguno de los caminos que llevan al conocimiento y a la perfección es fácil. Los jainistas admiten que para conseguirlo hay que evitar perjudicar a los seres vivos, la falsedad, el robo, los deseos carnales, y no aferrarse a los bienes de este mundo. Ni tú ni yo podemos satisfacer esas exigencias; por tanto, no seguiremos esa vía. Por mi parte, no estoy listo para admitir que una gota de agua está formada por una cantidad innumerable de individuos acuosos, cada uno de los cuales tiene un alma propia.

Helena asintió. Ella tampoco podía aceptar que los bichos que bullían en la barba del anciano tuvieran alma.

– Tenemos muchas cosas que entender -continuó el tártaro.

– Dejemos Calcuta. Estoy harta de la muerte.

– Mañana al amanecer, pero no podremos escapar de su compañía. En la India, está presente en todas partes.

– Eso ocurre en todo el mundo, y lleva persiguiéndome desde mi nacimiento. Como es mi destino, acepto enfrentarme a ella en el Tíbet.

– Sí, el Anciano de la Montaña la llamará. Hace mucho tiempo que se apartó de la senda marcada por su orden. Ya no sigue las ideas del decimocuarto Dalai Lama.

Helena no pidió explicaciones sobre esa doctrina. Se sabía de memoria los tres preceptos dictados por el decimocuarto Dalai Lama. Se los había aprendido en su primera tentativa de penetrar en el Tíbet. En el primer precepto moral, el adishila-shiksha, se decía, siguiendo la regla de las Diez Inmoralidades, que estaba prohibido quitarle la vida a cualquier ser vivo directa o indirectamente.

El Anciano de la Montaña ya no servía a Buda.