38096.fb2 En busca de Buda - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 73

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Helena y Pakula seguían pensando en la noche que habían pasado luchando contra el gran demonio enviado por el Anciano de la Montaña. En cada parada que hacían, multiplicaban las precauciones y procuraban asegurar sus defensas tanto como podían. Su complicidad había aumentado. Pakula usaba fórmulas mágicas. Helena dibujaba pentáculos en el suelo.

Por turnos, montaban guardia cerca del fuego, que no dejaban de alimentar. Los sabios europeos se habrían burlado de ellos si los hubieran visto actuando como los brujos de la Edad Media. Se habrían enfrentado a ellos con la teoría científica de la «objetivación de las formaciones mentales», según la cual el hombre crea ilusiones en el espacio al creer en sus miedos infantiles. Pero no, ellos no habían creado nada. El demonio estaba allí. A la mañana siguiente, se habían encontrado con huellas de garras de un metro de longitud.

Hacía ocho días que reinaba la calma. Los caballos ya no se encabritaban. No interpretaban malos presagios en la naturaleza. Como los augures, Pakula leía las entrañas de los pollos y no encontraba nada por lo que preocuparse. Tampoco habían realizado ningún hechizo. Las premoniciones de Helena ofrecían bellas perspectivas para su futuro inmediato. Parecía que el Anciano de la Montaña había renunciado a matarlos.

Aliviados, entraron en Lahore, donde se reencontraron con la civilización.

La ciudad estaba eternamente de fiesta, opulenta y cosmopolita. Pasaron desapercibidos en medio de los encantadores de serpientes y los domadores de tigres, y entre los aventureros de todo tipo que venían de Irán o de China. Además, allí había más occidentales que en cualquier otra parte. Mercaderes de la Compañía de las Indias, misioneros jesuitas, mercenarios franceses y exploradores alemanes se encontraban en los jardines de Shalimar o de Shahdera. Había un buen muestrario de crápulas y de prevaricadores con ansias de repartirse las riquezas del Punjab, que los ingleses habían anexionado seis años antes, después de su victoria contra el regente sij Rani Jindhan.

Pakula conocía perfectamente la ciudad. Había estado en ella un mes, durante la guerra. Condujo a Helena al Badshahi Masjid, donde se conservaba un cabello del Profeta. En el barrio de ese lugar santo, se encontraría con sus amigos médicos, que practicaban la cirugía shalya con una punta de flecha.

– Me han enseñado mucho. Debes conocerlos -le había dicho a Helena cuando entraban en Lahore-. Te enseñarán las ocho partes del arte médico. Olvidarás lo que tus ojos y tus oídos vieron y oyeron al respecto en Occidente.

Para reforzar lo que habían vivido en Khana, le precisó que la cuarta de las enseñanzas, la más preciada para los médicos del Punjab, trataba enfermedades demoniacas, y que la quinta tenía que ver con las enfermedades infantiles atribuidas a la influencia de los demonios.

Helena permaneció silenciosa. No deseaba contrariar al chamán criticando a esos médicos exorcistas que se basaban en presagios y en sueños para establecer un diagnóstico. De todos modos, pensaba anotar sus recetas con vistas a escribir un libro sobre los misterios de la India.

Cuando se acercaban al Badshahi Masjid, la muchedumbre se tornó tan densa que tuvieron que bajar del caballo. Se formó una verdadera marea de hombres y camellos. Helena se fundió feliz con ese magma, encantada con el jaleo y tranquila por las plegarias susurradas y la presencia de las mujeres en los tejados.

En todas las calles vecinas, el comercio se desarrollaba a buen ritmo. Helena se sentía plenamente viva en medio de esa gente sencilla.

– ¡Por el ojo de Urna! -exclamó de repente Pakula.

Un incendio había arrasado una calle entera. Vigas de madera devoradas por las llamas emergían del material desprendido. Entre las ruinas luchaban cabras, aves y niños.

Pakula interrogó a los que pasaban por allí. Les explicaron que los musulmanes habían echado a los médicos dos años antes, después de los sangrientos acontecimientos de 1849, en los que se habían enfrentado las diferentes comunidades de la ciudad.

– Ésa era la voluntad de Alá -le respondió un imán.

– ¿Qué vamos a hacer? -preguntó Helena.

– Continuar hasta Islamabad.

Helena quedó satisfecha con la respuesta. Esa ciudad de Cachemira la acercaría al oeste de China, y los ingleses no controlaban esa provincia.

– Pasaremos fácilmente -dijo Pakula-. Desde allí, iremos a la gran senda de las caravanas. Rodea el Nanga Parbat y conduce hasta la provincia de Xinjiang, y hasta el Tíbet a través de unos puertos.

– Tengo dinero suficiente para comprar provisiones para los próximos seis meses -intervino Helena.

– Haremos lo mismo que esa gente: nos encomendaremos a Alá -bromeó el chamán, que contemplaba a los fieles musulmanes que se amontonaban en torno al imponente Badshahi Masjid.

Helena tuvo una sensación rara. La asaltaron pensamientos extraños y benévolos, que pertenecían a un futuro próximo. Iba a encontrarse con alguien. La fugaz premonición desapareció. Helena volvió a observar el mundo real.

Saltimbanquis, acróbatas e ilusionistas habían invadido la explanada. Ante las puertas del lugar santo, los faquires se golpeaban las manos, balanceando la cabeza de atrás adelante. Cantaban el hamd en honor de Alá. Sus rostros extasiados expresaban un amor sin límites. Dios estaba con ellos y en ellos. Embargados por ese sentimiento indefectible, unos músicos entonaban esos himnos gloriosos con sus tambores y violines.

Helena se dejó llevar por la magia de los arqueros y de las manos oscuras que corrían por las cuerdas.

– Mi Piedra Hablante se calienta.

– ¿Algún peligro?

– No, más bien es una buena señal. Hay gente aquí que nos quiere.

Un comefuegos se paseaba en medio de un círculo de panteras domadas por un hombre centenario armado tan sólo con una vara de bambú. Helena compartía la estupefacción de los curiosos. Cada vez que lanzaba una llama, las bestias enseñaban los colmillos, pero el viejo domador las controlaba con su bastón. Más lejos, un faquir con barba brillante mantenía a su auditorio en tensión. Le hablaba a una cuerda que llevaba enrollada entre sus piernas. De repente, la cogió y la lanzó al aire. Como una pica, ésta se quedó tensada en el aire.

– ¿Cómo puede hacer eso? -preguntó Helena, asombrada.

– El ojo es ciego, pero el espíritu ve -respondió el chamán en un tono sibilino.

Fuera o no una ilusión, la cuerda estaba tiesa. Con un pequeño gesto de la mano, el faquir invitó a un muchacho a que la tocara. Éste lo hizo, temeroso.

– ¿Sabes trepar? -preguntó el faquir.

– Sí…

– No corres ningún riesgo, la he atado sólidamente al cielo.

Los asistentes buscaron el punto de apoyo del extremo. No había nada, nada más que el cielo azul claro y lejanas aves de vuelo perezoso.

– Venga, ¡salta o te transformo en cucaracha!

El muchacho se enrolló el cable en los brazos y lo rodeó con las pantorrillas; éste aguantó el peso. Empezó a trepar. Los asistentes recibieron la hazaña con exclamaciones de sorpresa. Después, todas las caras se tiñeron de estupefacción. El niño estaba desapareciendo en el cielo. Muy pronto sólo se vio la cuerda tensa…, tan sólo la cuerda.

– ¡Increíble! -resopló Helena.

– Miras demasiado con los ojos.

– Ha desaparecido de verdad, ni siquiera siento su espíritu.

– Espera.

Pasó un momento. El faquir se rascó la barba y después le ordenó al muchacho que bajara. Nada ocurrió. Su cólera se volvió enorme y lanzó un ultimátum. Seguía sin pasar nada. Entonces, cogió un gran kriss que había dejado en el suelo, se lo puso entre los dientes y empezó a trepar por la cuerda.

Los espectadores entendieron que iba a usar el arma para castigar al pequeño desvergonzado. El faquir desapareció también en el cielo, lo que provocó un nuevo clamor con el giro del truco. Un grito horroroso llegó del cielo.

– ¡En nombre de Dios! -juró alguien.

Tres occidentales se habían mezclado entre la multitud, que seguía conteniendo el aliento. La gente se arremolinó. Se situaron cerca de Helena y de Pakula. Unas gotas de sangre precedieron la caída de una mano cortada.

– ¡Maldito faquir! -exclamó Helena en ruso.

Esa cólera atrajo la atención de un amante de las sensaciones fuertes. Un tipo con la piel tan rosa como la de un bebé, enorme, con ojos de ternero, la miró con interés.

– Es ella -les dijo a sus vecinos.

Sus dos colegas no lo escucharon. La atracción dramática captaba toda su atención. Se estremecieron. Del cielo caían pedazos de cuerpo.

La multitud gritó.

Cortada por debajo del mentón y chorreando sangre, la cabeza del muchacho se estrelló contra el suelo y rodó entre las piernas de los espectadores. Helena sintió náuseas.

Quería irse, pero la gente estaba tan apelotonada que no pudo pasar. Se volvió hacia Pakula, que con serenidad le indicó con un gesto que mantuviera la calma.

El faquir reapareció y se dejó caer por la cuerda. Todos aguantaron la respiración. Lo miraban con odio; su situación parecía más que comprometida. Algunos asistentes habían alertado a los soldados de Su Graciosa Majestad, que llegaron al lugar. Se abrieron paso entre la multitud para prenderlo. El faquir no se inmutó. Recogió la cabeza, el tronco y los miembros de la víctima y los juntó.

El que sólo había sido un amasijo sanguinolento empezó a caminar, saludar, hablar y brincar entre los maravillados espectadores. Enseguida, recompensaron al mago de barba brillante y a su pequeño cómplice con una lluvia de moneditas. Los soldados ingleses, heridos en su orgullo, reanudaron su ronda.

– Todo ha sido una ilusión, señora Blavatski.

«¡Señora Blavatski!» Helena se crispó. El hombre grande de tez rosácea conocía su nombre. ¿Cómo era posible? Se temió lo peor: policía, arresto, interrogatorio, prisión, expulsión… Empezó a buscar una salida, cruzó una mirada con Pakula, para hacerle comprender que había que subirse a los caballos y salvarse.

– No le conozco de nada -dijo ella apresurándose a poner el pie en el estribo.

– ¿No se acuerda usted de mí? -preguntó él, algo humillado-. Külwein… Helmut Külwein. Estuvo en mi casa en Colonia, cuando volvía usted de Inglaterra, hace diez años.

– ¿Külwein?

Ese nombre le recordaba vagamente una casa sobria y a alguien con un título. Külwein, el ministro luterano, un conocido de su padre. Era un hombre muy delgado que vivía pobremente de pan, agua y queso.

– Es cierto; he cambiado mucho, no como usted.

El Külwein de otro tiempo se asemejaba a los ascetas del Ganges, el de la actualidad estaba más gordo que un bebedor de cerveza de Múnich. Helena desconfió.

– La Piedra hablante está muy caliente -le murmuró Pakula al oído-. Ese hombre es sincero.

Pero sus dudas persistieron.

– ¿Cómo sabe que soy la señora Blavatski?

– Me expreso en ruso y usted me responde en ruso. Por lo que sé, es la primera mujer de Rusia que ha llegado aquí. Se habla mucho de usted en las capitales. Los ingleses siguen muy de cerca sus peregrinaciones, y las Iglesias católica y protestante la han puesto en su lista negra. Las cosas son así, señora Blavatski. Nuestras sociedades detestan a las mujeres independientes. Mentes exaltadas se inventan historias increíbles sobre usted. Sobre todo, desde que la echaron de Sikkim. En el gabinete del zar, su caso sigue haciendo estragos. Antes de venir a la India, escribí a su padre. El pobre hombre está muy contrariado. Me ha pedido que la ayudara si, por azar, nuestros caminos se cruzaran. Me ha revelado su intención de ir al Tíbet. Resulta que ésa es también nuestra meta. Me alegra mucho haberla encontrado aquí, sana y salva, en compañía de un hombre cuya experiencia adivino -añadió inclinándose ante el chamán-. Por cierto, debo avanzarle doscientas piezas de oro. Su padre lo exige.

El rostro de Helena se iluminó con una sonrisa. La Piedra Hablante debía de estar a muy alta temperatura. Ese Külwein era una bendición caída del cielo, el mejor faquir de este mundo. Le entregó la bolsa inmediatamente sin preocuparse de las miradas.

– Gracias -dijo ella.

– Tengo otro mensaje…, una mala noticia.

Helena palideció y apretó la bolsa contra su pecho.

– Su esposo ha muerto. Tengo una carta para usted, tome.

– ¡Oh! ¡Qué alegría! -gritó ella, al tiempo que cogía la misiva.

Külwein, el luterano, se quedó de piedra. Ni siquiera tuvo tiempo para recomponerse y mostrarse ofendido: Helena le plantó dos besos sonoros en sus mejillas regordetas. Dejándose llevar por la alegría, estrechó las manos de los compañeros del alemán. Éste se los presentó titubeante: Eric y Pierre Neuwald, dos hermanos suizos que amaban la aventura y los descubrimientos.

Helena apenas los miró. El horrible Nicéphore ya no estaba en el mundo. Había muerto, ahogado por su maldad, lo habían devorado los gusanos hasta reducirlo a un montón de huesos.

Se puso a pensar en el infierno al que iría el bárbaro de su marido, donde sufriría tormentos durante millones de años. Era libre por fin. Viuda y rica. Sacó la carta y la leyó con avidez. Su padre le relataba brevemente la muerte brutal de Nicéphore: una parada cardiaca después de una borrachera con sus cosacos. Hoy, todos esperaban el regreso de Helena. Había incluso una nota de su hermana Vera, que por los lazos sagrados del matrimonio se había convertido en la señora Yahontov. Sus palabras estaban llenas de emoción y de numerosos «te quiero». La carta acababa con un «vuelve con nosotros pronto, estamos deseosos de estrecharte entre nuestros brazos».

Helena estaba conmovida. Se le empañaron los ojos. Los recuerdos se agolpaban en la memoria. Muchas imágenes pasaban ante sus ojos grises. Se volvió a ver en un día de verano en los terrenos de sus abuelos. Su hermana pequeña tenía cinco años y ya montaba a caballo. El animal se había embalado antes de encabritarse delante de un seto y lanzar a Vera por los aires.

Helena la veía, con los brazos en cruz y con cara de miedo, estrellándose brutalmente contra el suelo. Milagrosamente, no había resultado herida. A partir de entonces, había amado y protegido a su hermana; de alguna manera, había ocupado el lugar de su madre, desaparecida prematuramente.

Perdida en el otro confín del mundo, Helena sintió una repentina necesidad de estar cerca de su familia y de besarlos. Su Vera. Su querida Vera. El angelito que tanto se parecía a mamá. Vera, tan mayor ahora… y casada.

«Quizá sea buena idea», pensó Helena. Aparte de su pasión por los caballos, Vera no se sentía inclinada hacia la aventura. Amaba Rusia, su tierra y su comodidad. Al casarse con el hijo del célebre mariscal Yahontov, un favorito de la pequeña nobleza y el pueblo de la tranquila ciudad de Pskov, Vera se había convertido en la primera dama de una región tan grande como Francia.

– Volveré a Rusia cuando haya cumplido con mi destino -le dijo a Külwein.

El ministro luterano se había recuperado de su sorpresa.

– Queremos descubrir el secreto del Ardiente de Agni -respondió.

– Los que lo han intentado han perdido la razón -intervino Pakula-. Intentar desvelar los misterios del segundo de los siete Budas del pasado es muy peligroso. Tendrán que subir montañas muy altas, hasta altitudes en las que es imposible respirar. Si lo consiguen, los guardianes de Agni se encargarán de poner fin a su karma.

Külwein se encogió de hombros. Su plan era irrevocable. Los guardias de Agni apenas lo impresionaron. Estaba incluso listo para enfrentarse al ejército del emperador de China.

– ¿Qué piensan hacer? -le preguntó a Helena.

– Les propongo ir a Islamabad, con Pakula de guía. Desde allí, intentaremos entrar en el Tíbet -respondió ella en alemán para que los hermanos Neuwald lo comprendieran.

– Con ustedes lo conseguiremos -exclamó Eric.

– Sí, es una suerte haberles encontrado -intervino Pierre.

Helena les dio las gracias. Pero la suerte no estaba de su lado. Esos tres hombres no estaban hechos para dormir al raso ni para usar armas.