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El Anciano de la Montaña estaba en pie frente a la estatua del Demonio de las Tormentas. Ocho monjes, sus acólitos, unían sus pensamientos al del hombre. El Anciano reforzaba su poder. Más adeptos habían acudido al santuario del Bien y del Mal, en el que llevaba viviendo más de ochenta años. Casi seiscientos iniciados en las fuerzas malignas se refugiaban en el corazón de Buda.
Un novicio llevó una jarra de agua y un manojo de hierbas al viejo maestro. Era su comida para todo el día. El Anciano no los tocó. El hambre tendría que esperar. Había cosas más urgentes. La mujer blanca se acercaba al Tíbet; la acompañaba ese maldito chamán que superaba todas las trampas. Ambos estaban bajo la protección de un ser realizado cuyo nombre y aspecto se le habían aparecido en sueños: Kut Humi. Ese hombre había vencido al primero de los demonios que había enviado. El Anciano sabía que estaba muy cerca.
«Está en el Tíbet.»
«Viene a romper la cadena de mi karma.»
El Anciano separó las largas manos huesudas y se las impuso en el pecho al demonio de piedra, ojos de jade y colmillos de oro. Se oyó un crujido, el novicio retrocedió. El brazo de piedra con el que sujetaba un cetro en forma de rayo se alargó. La estatua cobraba vida.
El Anciano entró en el espíritu del Demonio de las Tormentas. «¡Quiero el rayo, el hielo y el viento!»