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Tsogstsalu!

Pakula señaló un punto delante de él. Helena se quedó boquiabierta. No se veía ni a diez metros. Una espesa niebla ocultaba el paisaje, y ahogaba los ruidos de los cascos de un rebaño de yaks que transportaban sal y los pasos de un centenar de viajeros esparcidos a lo largo del camino.

– El encantamiento funciona. Vamos a poder pasar -añadió Pakula dándole una palmadita a su caballo.

Se adentraron más en esa espesa nube. La temperatura bajó varios grados. Sentía sus miembros entumecidos. El frío se hizo más intenso, lo que ralentizó los latidos de su corazón.

– Esta nube está hecha para aletargar los sentidos -dijo el chamán-. Resiste. Controla a tu yak. Las bestias también están bajo el hechizo.

Pakula tocó la Piedra Hablante, que, tras lanzar un suave resplandor sobre ellos, les devolvió la vitalidad. En torno a ellos, hombres y mujeres se dormían y los animales se quedaban quietos. Llegaron a la aldea fantasma de Tsogstsalu. De las casas perdidas en la bruma no salía ni un solo ruido. El pueblo dormía. Helena y Pakula llegaron al pie de un muro cuyo final no se veía. Tardaron más de media hora en encontrar una brecha en esa fortificación flanqueada por torres medio derruidas. Dos refugios fortificados y algunos slupas señalaban el límite de Tsogstsalu.

Un hombre yacía en el suelo, con su fusil cruzado sobre el pecho.

– Dormido -dijo Pakula.

Descubrieron a otro y luego a todo un pelotón, a cuya cabeza iba un teniente inglés vestido con una capa de cibelina.

Tenía que seguir luchando para no sucumbir al sueño mágico. La noche los atrapó mientras avanzaban muy lentamente. De repente, vieron aparecer la luna en la cima de la cordillera que estaba detrás de ellos.

– Estamos en el Tíbet -dijo Pakula.

El Tíbet… Helena sintió un nudo en la garganta por la emoción. Por fin pisaba esa tierra tan deseada. Podía contemplar la joya de esas montañas sagradas.

Volvió la cabeza, cerró los ojos y aspiró el aire puro y glacial. Después bajó de su yak, se quitó las manoplas, cogió algo de nieve y se la llevó a los labios. ¡Lo había conseguido! ¡Por fin!

– Tenemos un camino muy largo antes de llegar a Changmar -dijo Pakula observando la luna, que se cubría.

La nube del Anciano acababa de reaparecer en el cielo.