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NOTA DE LA AUTORA

En enero de 2008 aparecieron en México tres cajas con 127 rollos de negativos y fotos de la guerra civil española, pertenecientes a Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour, Chim. Más de 3.000 fotografías inéditas. La cineasta Trisha Ziff localizó las cajas a través de los descendientes del general mexicano Francisco Aguilar González, que había prestado sus servicios como diplomático en Marsella a finales de los años treinta ayudando a escapar a refugiados antifascistas. En la actualidad el material se encuentra en el Centro Internacional de Fotografía de Nueva York pendiente de estudio. Casi todos los periódicos se hicieron eco del hallazgo sin duda más importante de la historia del fotoperiodismo.

El origen de esta historia arranca de una de esas fotografías encontradas en México que fue publicada por The New York Times. Me refiero a una imagen de Gerda Taro en una cama estrecha de un cuarto de hotel, muy joven y dormida con el pijama de Robert Capa. Podría parecer un niño si no fuera por las cejas tan finas y depiladas. El cuerpo de medio lado, la mano bajo el pecho, el pelo corto y revuelto, la pierna izquierda flexionada con la tela enredada en la rodilla como si hubiera estado dando muchas vueltas antes de dormirse.

La figura de Robert Capa ya había acaparado antes mi atención. Sus álbumes de fotografías ocuparon siempre un lugar de honor en mi biblioteca, junto a Corto Maltés, Ulises, el capitán Scott, los amotinados de la Bounty, Heathcliff y Catalina Earnshaw, el Conde Almásy y Katharine Clifton, John Reed y Louise Bryant y todos mis héroes cansados. En más de una ocasión le había dado vueltas a la idea de escribir algo sobre su vida. Me parecía que este país le debía, por lo menos, una novela. A los dos. Y sentía esa certeza como si fuera una deuda pendiente. Pero seguramente no había llegado el momento de saldarla todavía. Una nunca elige esas cosas. Ocurren cuando ocurren.

Además de los archivos fotográficos, algunos libros han sido de gran ayuda en la fase de documentación previa a la escritura. El primero de ellos la biografía de Richard Whelan sobre Robert Capa y el apasionante ensayo de Alex Kershaw titulado Sangre y champán. Para recrear el ambiente de Madrid, Valencia y Barcelona con sus intrigas políticas y amorosas me ha servido de referente el libro de Paul Preston Idealistas bajo las balas que refleja con gran precisión y calado el proceso de transformación de todos aquellos que acudieron a observar los acontecimientos y acabaron inevitablemente atrapados por la fascinación de la última guerra romántica, por decirlo de algún modo, o al menos, la última en la que todavía era posible elegir un bando. También fue decisivo el magnífico estudio del periodista Fernando Olmeda sobre Gerda Taro, publicado por la editorial Debate, que me ayudó a paliar en parte la dificultad de acceso a las fuentes documentales directas sobre la fotógrafa en alemán, debido a mis limitaciones con ese idioma. El libro de Fernando Olmeda recoge gran cantidad de datos y testimonios de la escritora alemana Irme Schaber, autora de la única y exhaustiva biografía sobre Gerda Taro que hay publicada hasta la fecha y que lamentablemente no está traducida a otros idiomas. Es a ella a quien sin duda le corresponde el mérito de haber rescatado del olvido a una de las mujeres más interesantes y valientes del siglo XX.

Esta novela también debe mucho a algunos amigos periodistas, corresponsales de guerra que a través de su vida, de sus crónicas y de sus libros me han enseñado que existen viajes sin billete de vuelta, y que una guerra es un lugar del que nadie regresa nunca del todo. Ellos saben quiénes son y hasta qué punto están dentro de esta historia. Con ella deseo también rendir homenaje a todos los mensajeros muertos, hombres y mujeres que se dejaron y se dejan cada día la vida en el ejercicio de su profesión para que los demás podamos saber cómo ha amanecido el mundo mientras desayunamos tranquilamente cada mañana.

En cuanto a mí, traté de reflejar honestamente todos los episodios de unas vidas llevadas hasta el límite, sin pasar por alto los capítulos más oscuros o polémicos como la famosa fotografía, Muerte de un miliciano. Todos los episodios relacionados con la guerra civil son reales y están documentados así como los nombres propios de escritores, fotógrafos, brigadistas y militares que aparecen citados. El resto: direcciones, recuerdos familiares, lecturas, etc. ha sido recreado con la libertad que es privilegio del novelista.

Me hubiera gustado reflejar la intensidad y la complejidad de aquellos años convulsos con la maestría y la pasión que Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour transmitieron en sus fotografías. Pero no tengo ese talento para manejar una cámara. Así que no me quedaba otro remedio que intentar recorrer la distancia entre la imagen y la palabra a mi manera y con mis propias armas. Cada uno hace lo que puede.

Por último decir que nadie es el mismo al empezar una novela y al acabarla. En cierto sentido este libro como cualquier experiencia de guerra, representa también en mi vida como novelista un lugar de no-retorno. Hay una parte de mí que se va a quedar para siempre en aquellos años violentos de sueños cañoneados en los que Gerda Taro amanecía tierna y en pijama.