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A media mañana salí de mi despacho para ver si Marshall había aparecido. Había llamado a su casa y dejado mensajes, pero no había contestado nadie. Me intranquilizaba su imprevista desaparición tan poco tiempo después del asesinato de Mark, y estaba aturdida. O le había ocurrido algún contratiempo o se trataba de una auténtica desaparición. En ambos casos, era inquietante. ¿Podía tratarse de algo relacionado con la muerte de Mark? ¿Sabía la policía que había desaparecido? Me parecía inconcebible que ella fuera la asesina, y de ningún modo quería contribuir a que le echaran los perros encima para salvarme el cuello.
Esperaba que alguno de los asociados supiera dónde estaba. Caminé por el pasillo del primer piso evitando la mirada de otra agente de la División de Homicidios y llamé a la puerta de Renee Butler.
– ¿Renee? Soy Bennie.
Abrieron la puerta enseguida y apareció Renee con unos vaqueros holgados y una camiseta gris, mirándome con frialdad.
– -¿Qué?
– ¿Sabes dónde está Marshall? La he llamado, pero no contesta.
– No -respondió. Se dio la vuelta sin decir una sola palabra más, fue hasta su escritorio y tomó asiento. Vi con pena que su despacho estaba casi vacío. Sobre el escritorio y por el suelo había cajas de cartón amontonadas, Los archivos y los libros estaban en bolsas de plástico.
– ¿Qué te parece si hablamos? -Señalé la silla delante del escritorio, pero me dijo que no con la cabeza.
– No, no tengo nada que hablar contigo. El caso La-torno está casi cerrado y estoy comprobando los últimos detalles. Estaré en tu despacho dentro de una hora. Presento mi dimisión. Hoy es mi último día.
– ¿Hoy? -Me senté de cualquier manera en lo que quedaba de los muebles de su oficina. Solo permanecía en pie su altar a Denzel Washington en un rincón; un cartel de la estrella en camiseta de gimnasia, de ojos endrinos, con recortes de revistas de admiradoras a sus pies. Al principio, yo me había opuesto a que lo desplegara, pero les encantaba a los clientes de abusos policiales y ellos necesitaban esa ayuda psicológica. Yo también, en aquel momento-. ¿Estás segura de que quieres irte, Renee?
– -Sí.
– -¿Qué vas a hacer?
– -Trabajaré sola. Me establezco en casa dentro de una o dos semanas. Hay espacio suficiente, está en el centro de la ciudad y a Eve no le importa. -Se alisó el pelo, lo que resaltó su rostro en forma de corazón. Renee tenía una cara bonita, su tez era tan tornasolada como sus ojos-j y a mí nunca me importaron sus kilos de más.
– ¿Por qué no te quedas? Estoy tratando de salvar: firma. Te necesito. -Era verdad. Era una de las letradas más inteligentes de la firma; su inteligencia natural siempre destacaba pese a su infancia en el gueto y a una educación en la escuela pública.
– -No me importa si salvas la firma o no. No quiero trabajar contigo. Sé que mataste a Mark.
Fue un golpe bajo.
– -No, no lo hice. ¿Por qué piensas que soy la asesina?
Se inclinó hacia delante con los ojos llenos de disgusto.
– Viste que Mark te dejaba y que se llevaba R amp; B. Lo amabas tanto como a la firma, y puesto que te quedabas sin nada, tenías que evitarlo. Eres lo bastante fría y dura como para hacerlo, y además no tienes una explicación convincente de dónde estabas a esa hora.
– Todo eso es circunstancial. No prueba nada. La policía aún no me ha acusado de nada.
– -No me importa si lo hacen o no. Sé que lo hiciste. Conozco la furia que llevas en tu interior.
– -¿Y eso qué significa?
Cambió de posición en su silla.
– ¿Qué importa? Me dije que no hablaría contigo de esto y no lo haré. Nuestra asociación ha terminado. He puesto aparte los libros que me prestaste. Le conté a la policía todo lo que sabía.
– ¿Contaste a la policía, qué? -exclamé-. ¿Qué sabes tú? ¡No hay nada que saber!
– Les conté lo del día que fuimos a correr a Franklin Field -dijo, y me enfureció el tono convencido de su voz.
– -¿Qué día? ¿Adonde quieres ir a parar? --Me puse de pie--. Te contraté, te traje aquí y ahora, ¿intentas enviarme a la cárcel? ¿No sabes que estás jugando con mi vida?
Ella también se levantó.
– -No tengo que mentir por ti por el mero hecho de que me dieras un puesto de trabajo.
– ¿Quién ha hablado de mentir? ¿De qué estás hablando?
– ¡Fuera de mi despacho! ¡No me gusta que vengas aquí a gritarme!
Casi me reí, pero me dolió demasiado.
– No, Renee. Eres tú quien se va. Este sitio aún me pertenece. Deja tus papeles sobre el escritorio. Dentro de una hora no quiero verte por aquí.
Salí del despacho, atravesé el pasillo, fui a mi oficina y la cerré de un portazo. Me quedé inmóvil un momento, temblando. ¿Qué le había dicho Renee a la policía? ¿De qué hablaba? Lo único que recordaba era que una vez salimos juntas a hacer jogging. Había empezado otra dieta y me pidió ayuda. ¿Qué sucedió en Franklin Field? Tenía que recordarlo.
Respiré hondo. Solo había un modo de averiguarlo. Volver sobre mis pasos. Salir a correr. Necesitaba controlar mi ansiedad. Tenía la cabeza a punto de estallar y no hacía ejercicio desde la noche fatídica. Me cambié rápidamente, me puse los pantalones de gimnasia, cogí diez dólares y las llaves y abandoné la casa por la puerta de atrás pasando de los periodistas, que me reconocieron.
– ¿Algún comentario, señorita Rosato?
– ¿Lo hizo usted?
– ¿Y el testamento?
– ¿Se va a hacer ejercicio?
Salí corriendo y dejé atrás a los periodistas, y justo doblar la esquina lo vi.
El teniente Azzic. Estaba sentado y fumando dentro de un coche azul oscuro en la calle Veintidós. No se ocultaba, de modo que deduje que quería que yo supiese me vigilaba. Pretendía asustarme.
Pero ni me inmuté y pasé corriendo al lado de la hilera de coches hasta que llegué al Crown Vic.
– -Hola, guapo --dije mientras me asomaba por la ventanilla--, ¿cuál es su signo?
Apagó su Merit en el cenicero lleno de colillas; boca era una línea incierta.
– Leo, el león. Cuando clavo la zarpa, no abandone
– Oh, muy sensual. Entonces, ¿a qué hora deja el bajo?
Sus ojos siguieron brumosos a través del humo.
– -¿Cree que es divertido, Rosato?
– -No, más bien creo que usted me acosa, Azzic. ¿No tiene nada mejor que hacer? ¿Dar una paliza a algún sospechoso? ¿Aceptar algún soborno?
– -Solo hago una vigilancia de rutina. Cuando quiera venir a la comisaría a hablar conmigo, puede hacerlo.
– -¿Se trata de una invitación? ¿Habrá fiesta? ¿Va a ponerse esa corbata estrafalaria? --Y señalé su chillona Countess Mará.
– -Si habla, yo escucho. Deje a ese muchachito en casa. Creo que se las puede arreglar sola. Me sorprende que acate sus órdenes, toda una gran abogada como usted.
Sonreí.
– -Intenta que me hierva la sangre irlandesa, teniente, pero no soy irlandesa. Creo.
Movió sus anchos hombros cuando puso en marcha el enorme motor de ocho cilindros de su coche.
– -Lo sé. Antes me preguntaba por qué las abogadas como usted hacen lo que hacen. Ahora ya no me importa.
– -Los policías como usted son los que me dan de comer.
Hizo una mueca de disgusto.
– Oh, ¿somos nosotros, verdad? No los asesinos, los violadores y los cretinos a los que usted les saca el dinero.
– ¿Se refiere a mis clientes? Tienen derechos, igual que usted. El derecho a un cuerpo de policía honrado: El derecho a un juicio justo. Nunca lo he entendido mejor que ahora.
Aceleró el motor.
– -¿Sabe cuál es su problema, Rosato? Para usted no hay ni bien ni mal. Por su culpa no podemos conseguir una confesión; por su culpa, no podemos conseguir una condena. Aparece en la televisión, en los periódicos, explicándolo todo. Yo fui cura antes de ser policía..
– -Yo fui camarera antes de ser abogada. ¿Y qué?
– -Sé distinguir el mal del bien.
– Ya veo, su ley es la ley de Dios. Tiene una relación personal con el Jefe de la Justicia. Él lo eligió a usted entre todas sus dudosas amistades.
Azzic meneó la cabeza.
– Usted no cree en Dios, ¿no es así, Rosato?
– Eso es algo personal -le dije para no darle confianza,! aunque la respuesta era no. Dejé de creer cuando me di cuenta de que mi madre vivía una pesadilla cada día de su vida. Acosada, aterrorizada cada segundo.
– Bien, no me conteste. Me importa un pimiento. Así son las cosas. Tengo otros veinte casos en mi escritorio, pero este es el más importante.
– -¿Es por mi perfume?
Sonrió, pero sin ninguna alegría.
– -Deje que le diga algo, payasa. El porcentaje nacional de homicidios resueltos es del sesenta y cinco por ciento. Mi unidad ha conseguido el setenta y siete. Y me voy superando. ¿Sabe lo que significa?
– Tiene un promedio mediocre. Jamás podría entrar en una facultad de derecho.
– Significa que le pisaré los talones vaya donde vaya hasta el día que la ponga entre rejas.
– ¿Ah, sí? Entonces pésqueme si puede, teniente. -Me di media vuelta y salí corriendo.
El motor rugió cuando Azzic puso la primera, pe yo crucé la calle y corrí en dirección contraria. En dos manzanas de sentido único por las calles Pine y Sprucer lo había perdido de vista y corría con entera libertad.
Uno, dos, tres, respira. Uno, dos, tres, respira.
Franklin Field es un estadio de fútbol y una pista de atletismo en el límite este del campus de la Universidad de Pennsylvania, rodeado por gradas y un alto muro de ladrillos. Desde mis tiempos universitarios, subía corriendo sus escalinatas para incrementar mi capacidad pulmonar y mi fortaleza para remar. El tablero electrónico estaba a oscuras en esta época del año y la pista vacía, pero las escalinatas estaban disponibles para cualquiera lo suficientemente loco como para correr subiendo y bajando escalones.
Uno, dos, tres, respira. Saltaba de grada en grada, de silla en silla. Hacia arriba con una rampa del cincuenta por ciento. Lo llamábamos «saltar los peldaños», pero saltar los peldaños habría sido más fácil que correr por los bancos, que estaban más separados. Empecé a sudar copiosamente. Manten altas las rodillas. Uno, dos, tres, respira.
En lo alto había bancos que se habían puesto grises y viejos. Aquí y allá habían instalado un tablón de madera contrachapada y había pesados pernos, ennegrecidos por la mugre y el paso del tiempo, incrustados incongruentemente en la madera. Mientras corría sobre las sillas, jugaba a evitar los pernos, y dejaba libres mis pensamientos. Era el único modo de recordar. Y necesitaba hacerlo.
Un, dos, tres, respira. Cae sobre las plantas de los pies. Subía y mis pasos relampagueaban cuando alcancé las alturas vertiginosas del estadio. Salí del sol y entré bajo la aireada tribuna superior, bajo las columnas que sostenían el techo del estadio. Allí soplaba el viento y estaba fresco y en penumbra. Arriba, arriba, arriba. Me resbalaba el sudor por la frente. Y el corazón me palpitaba como un pistón. Había corrido así con Renee aquel día. Traté de reconstruir mentalmente la escena.
El sol picaba de verdad. Renee llevaba unos pantalones cortos de la marina y una camiseta demasiado gruesa. Sudaba y resoplaba; alrededor de su cuello se balanceaba una cadena de plata a medida que corría.
Llegué a la última fila y me detuve un momento, jadeante, luego me di la vuelta y bajé corriendo. Un, dos, tres, abajo. Bajar era más duro de lo que parecía, ya que había que mantener el equilibrio a cincuenta metros del suelo y con la cabeza mareada por el ejercicio. La suela de goma de mis zapatillas se aferraba a la madera de los bancos cuando bajaba saltándolos de uno en uno.
Un, dos, tres, respira. Los últimos quince bancos eran de un plástico azul y rojo muy cursi y me dirigí hacia ellos a toda velocidad. Cuando llegué abajo me detuve un momento para recuperar el resuello y luego reemprender la subida. Era una Sísifo jurídica.
Uno, dos. Me costaba respirar. Trataba de mantener el ritmo. Trataba de recordar. Renee, con unos quince kilos de sobrepeso, era incapaz de seguirme. Se detenía y descansaba resoplando bajo el techo del estadio. Allí hacía fresco, casi frío. Parecía un lugar más íntimo, casi secreto. Se detuvo para recuperar el aliento y le hice compañía. Empezamos a hablar.
Pasé los bancos de colores y llegué a los de madera. Tenían números pintados en blanco, 2, 4, 6, 8. Aquí y allí, se veían manchas y ahora todos los bancos se convertían en manchas.
La conversación con Renee pasó de trapos a hombres. «Tenía un novio -dijo-, pero me dejó.»
Continué el ascenso, pasé la blanca mancha de números mientras el sol me picaba en la espalda y los hombros. Uno, dos, tres, respira, muchacha. Había un total treinta y un bancos. O treinta. Traté de contarlos, por cada vez la cuenta me salía distinta. La conversación ce Renee volvía a mí en fragmentos inconexos, como señal de radio que se vuelve estática.
«Me suena», le dije. Nuestras miradas se cruzaron, las dos supimos que estábamos hablando de Mark.
«Me dijo que me fuera, así, como suena, en medio de una nevada. Íbamos a comprar la casa a medias.» Estábamos sentadas a la sombra, bajo los techos, con las espadas contra el muro frío y áspero de ladrillo. «Realmente no me sentí muy herida, sino indignada. Demonios, estaba furiosa.»
«Yo también», dije pensando en Mark.
Recuerda. Piensa. Llegué al final de la escalera y me quedé a la sombra con el pecho agitado y el corazón palpitante. A mí alrededor, el viento se movía. Me dolían los músculos y la sangre corría por mis venas. Me sentí bien, fuerte. Traté de recordar. Tenía que hacerlo. Estiré los brazos apuntando con los dedos hacia el cielo azul en un intento por recordar; los brazos estirados para alcanzar la cima del mundo.
«Solía desear que se muriese, como en un accidente de coche -me dijo con una risita nerviosa-. Cada día leía las esquelas y rezaba por que estuviera allí.»
«¿De verdad?»
«Y cada vez que veía que alguien más joven que él se moría, pensaba: "Qué mala suerte. Otra oportunidad perdida".» Y chasqueó los dedos.
«Le tendrías que haber matado --dije yo--. Eso es lo que yo haría. ¿Por qué dejarlo al azar?» Ambas nos reímos porque ambas sabíamos que estaba bromeando.
Pero ahora no sonaría de ese modo. Especialmente a Azzic.
O al jurado.