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Tal como quedó convenido, Mateo acompañó a Ignacio al Gobierno Civil para presentarle al camarada Dávila y formalizar su incorporación al Servicio de Fronteras.
El Gobernador, advertido de antemano, los estaba esperando en su despacho, situado en el tercer piso del viejo caserón, de modo que el conserje se limitó a llamar a su puerta con los nudillos y a anunciar:
– Ya están aquí.
– ¡Que pasen! -se oyó.
Segundos después los muchachos entraban en el despacho. El Gobernador se había levantado para salir a su encuentro.
– ¡Adelante, amigos! ¡Adelante!
Holgaban las presentaciones. Así que el camarada Dávila, después de saludar a Mateo levantando el brazo, se dirigió a Ignacio y le estrechó con efusión la mano.
– ¡Tenía ganas de conocerte!
– Yo también.
El gobernador dio media vuelta para dirigirse a su mesa, y mientras les indicaba a los muchachos que se sentaran donde mejor les pareciera, le dijo a Mateo:
– ¿Sabes desde qué hora estoy aquí? ¡Desde las siete!
Mateo se rascó la cabeza.
– ¡Ah, claro! La política es homicida.
El Gobernador abrió los brazos con estudiada comicidad.
– Pero nos morimos a gusto ¿verdad?
– Desde luego.
El camarada Dávila se sentó y se disponía a añadir algo, pero en ese momento exacto Mateo, inesperadamente, señaló un jarrón de flores que había en la mesa y preguntó con sobresalto:
– ¿Qué ha pasado aquí, si puede saberse? Sorprendido, el Gobernador miró en aquella dirección. Y soltó una carcajada.
– ¡Qué voy a decirte, mi querido Mateo! María del Mar asegura que huelen bien… Mateo torció el gesto.
– Tú sabrás.
Todos en su lugar, el Gobernador, que sin duda estaba de excelente humor, ofreció cigarrillos a los muchachos, que éstos aceptaron. Era evidente que aquella doble visita le agradaba. Él, como de costumbre, sacó su tubo de inhalaciones y echando la cabeza para atrás lo introdujo sucesivamente en sus fosas nasales y aspiró con voluptuosidad.
Ignacio, muy a pesar suyo, se sentía un poco cohibido. Por fortuna, Mateo echaba con naturalidad bocanadas de humo y ello lo tranquilizó.
El Gobernador depositó el tubo en la mesa y acto seguido, como dando a entender que no tenía prisa, abrió un preámbulo completamente al margen del Servicio de Fronteras. Primero y como hacía invariablemente con los "íntimos", le explicó a Ignacio el significado de un teléfono de color amarillo que tenía en la mesa. "Oficialmente, tengo línea directa con Madrid ¿comprendes? De manera que, cuando algún pelmazo viene a protestar por cualquier tontería, cojo este aparato, marco un número y simulo soltarle cuatro frescas al Ministro de la Gobernación… ¡Con ello el pelmazo se tranquiliza!; y yo también". Luego, y a raíz de un repentino acceso de tos, miró con ceño los cigarrillos que fumaban los dos muchachos y dijo: "He de hablar con tu padre, Mateo. La Tabacalera está sirviendo plantas venenosas". Por último, se refirió al conserje. "Es un tipo original. A los retratos de José Antonio les quita el polvo todos los días. En cambio, a los demás sólo una vez a la semana".
Ignacio, desde su sillón, inspeccionaba al camarada Dávila. Hubiera dado cualquier cosa para que éste se quitara las gafas negras. Sin verle los ojos ¿qué podía opinar? Debía contentarse con admirar su enérgico mentón y su franca sonrisa. Y con oír su voz, bien timbrada.
– ¡Bien, Ignacio! Ya te quitaste el uniforme ¿verdad? Te felicito.
– Muchas gracias.
Ignacio comprendió que le había llegado el turno… En efecto, así fue. El Gobernador, sin abandonar el tono amistoso en que venía hablando, inició el obligado interrogatorio a que debía someterlo. Pero el muchacho se sentía ya a sus anchas, pues sin duda aquel hombre, montañés de pro y primera jerarquía de la provincia, era tal y como se lo habían descrito.
– Si mal no recuerdo, estuviste en Esquiadores ¿verdad?
– Sí. En el Pirineo.
– Pocos tiros, supongo.
– Pocos…
El Gobernador apartó con la diestra una lámpara de mano, que le limitaba el ángulo de visión.
– Mateo me dijo que fuiste seminarista.
– Sí, pero lo dejé.
– ¿Qué te ocurrió?
– Me obligaban a llevar medias negras.
– ¿Cómo? ¿Es verdad eso?
– Y tan verdad. Preferí dedicarme a la Banca…
– ¡A la Banca! Menuda responsabilidad… Ignacio abrió los ojos en expresión socarrona.
– ¡Oh, sí, tremenda! Entré de botones en el Banco Arús. El Gobernador, al oír esto, hizo un gesto que Mateo, que lo conocía, tradujo por Visto Bueno.
– De modo, que conoces a fondo a la Iglesia y al Capitalismo, ¿no es así?
– Así es.
– ¡Muy interesante! En este país es condición absolutamente indispensable.
El diálogo era tan cordial que Ignacio estaba feliz. Pero he ahí que en ese momento, bruscamente, sonó el teléfono… negro. El Gobernador murmuró: "Prefiero el otro…" No obstante, atendió a la llamada, aunque con aire displicente. Algo le comunicarían que le produjo contrariedad. "Conforme, conforme -repitió varias veces-. Iré esta misma tarde. Que me esperen". En cuanto colgó, su expresión se había alterado.
Los dos muchachos quedaron a la espera. El Gobernador permaneció unos segundos ajeno a la situación, repiqueteando en la mesa con el cortapapeles. Mateo le preguntó:
– ¿Ocurre algo?
El Gobernador se encogió de hombros y regresó a la realidad.
– ¡Bah!
Ignacio se movió en el sillón. Entonces el Gobernador se dirigió a él, otra vez en tono amable.
– ¡Bueno! -exclamó-. Me veo obligado a abreviar la entrevista… Así, pues, vamos a resolver lo tuyo, si te parece bien.
Ignacio asintió.
El Gobernador se concentró un instante, juntando los índices y llevándoselos a los labios.
– Me encantará tenerte en Fronteras. De veras, me encantará… -Marcó una pausa-. Mateo te puso ya al corriente de mi proyecto ¿no?
– Sí, algo me dijo.
– Mira, Ignacio. Me gustaría que fueras mi enlace personal. Necesitaba un muchacho de confianza y tú puedes serlo. Mi enlace con nuestro Servicio en Figueras y con nuestro Consulado en Perpiñán. Así que, si no te importa, tendrás que viajar a menudo…
– No me importa. Me gusta viajar… El Gobernador prosiguió:
– El jefe en Figueras es el coronel Triguero. Estarás a sus órdenes. Él te presentará, en Perpiñán, al que lleva todo este asunto de los exiliados. Un paisano mío, que se llama Leopoldo. Te gustará conocerlo, ya verás.
Ignacio asintió de nuevo y se mantuvo a la espera.
– Eso del Servicio de Fronteras es más complicado de lo que parece ¿sabes? Nos ocupamos también de recuperar los tesoros y las obras de arte que los rojos se llevaron en su huida… ¡En fin! Sería demasiado largo explicártelo ahora. Mejor que vayas enterándote poco a poco…
– De acuerdo.
Sobre la mesa había un montón de sobres verdes que habían llamado la atención de Ignacio. El Gobernador tomó uno de ellos y le dijo:
– Ésa será una de tus principales misiones: llevar esos sobrecitos verdes al coronel Triguero… procurando que no te los roben en el tren.
En su deseo de hacerse agradable, Ignacio preguntó:
– ¿Las señas del coronel?
El Gobernador sonrió.
– Van en los sobres…
– Ya… -El muchacho añadió-: ¿Cuándo empiezo?
El camarada Dávila se tocó con el índice la nariz.
– Podrías empezar hoy…
Ignacio guardó un silencio. Luego rogó:
– ¿No podría ser mañana? Esta tarde habíamos pensado celebrar un baile. El baile de los supervivientes…
El Gobernador tuvo un expresivo ademán.
– ¡Oh! En ese caso, de acuerdo… -seguidamente añadió-: Pero, con una condición.
– ¿Cuál?
– Que tú bailes exclusivamente con Marta… ¿Entendidos? ¡Es una orden!
– Descuida -aceptó Ignacio sonriendo-. Y muchas gracias.
El trato quedó cerrado. El Gobernador hizo de repente un gesto de cansancio, no habitual en él. Mateo se dio cuenta y se levantó. Ignacio hizo lo propio.
El Gobernador se puso también de pie, dio la vuelta a la mesa y, colocándose entre los dos muchachos, se dispuso a acompañarlos a la puerta. Había recobrado su buen talante, y los tomó del brazo en actitud amistosa.
– ¡Vaya, vaya! -exclamó-. No sabes el lío en que te has metido, Ignacio…
Éste fingió asustarse.
– Peor que la guerra, ¿verdad?
– ¡Ah, quién sabe…! -El Gobernador se detuvo un momento-. El coronel Triguero es un tipazo ¿sabes? ¡Bueno, ya te darás cuenta! Y luego, esas obras de arte que los rojos se llevaron y que hay que recuperar… Ahí te juegas la amistad de nuestro querido mosén Alberto.
Ignacio miró al camarada Dávila.
– No comprendo.
– Es muy sencillo. Desapareció nada menos que el famoso Tapiz de la Creación, de la Catedral.
– El Gobernador reanudó su marcha-. Si no das con él, mosén Alberto nos llamará idiotas y le nacerá una hermosa úlcera en el estómago.
Ya en el umbral de la puerta, Mateo, que no se quitaba de la cabeza la llamada telefónica que recibió el Gobernador, aludió a ella diciendo:
– ¿De veras no ocurre nada desagradable?
Aquél negó con la cabeza.
– ¡Nada, hombre! Vete tranquilo.
Mateo asintió.
– Me alegro. 'Ciao'…
– Hasta la vista -saludó Ignacio.
El Gobernador permaneció en la puerta hasta que los dos muchachos hubieron desaparecido.
Ya en la calle, Mateo le preguntó a Ignacio:
– ¿Qué tal?
– Sobresaliente. Lo que tú dijiste.
– Estaba seguro de que te gustaría.
Sin más dilación hablaron del baile de que Ignacio había hecho mención. La idea de celebrarlo, sugerida por Mateo, había sido recibida con entusiasmo por Marta y Pilar, quienes sin pérdida de tiempo pusieron manos a la obra a fin de que no faltara detalle. Tendría lugar en el amplio vestíbulo de la Sección Femenina, a las ocho en punto. Ignacio hubiera preferido otro sitio: el sótano en que los anarquistas tuvieron el gimnasio. "Allí, con aquellas poleas, y las paralelas, y la sombra de Porvenir flotando…" Pilar había objetado: "¿Para un baile de ex combatientes? ¡Estás chiflado!". Dispondrían de gramola, habría bocadillos de jamón y de queso, cerveza… ¡y tabaco de calidad! Los supervivientes recibieron incluso una invitación en regla… En efecto, Asunción, la maestra, que dibujaba muy bien, había trazado en las cartulinas, además del nombre correspondiente, un monigote intencionado. Asunción se había esmerado de un modo especial en el dibujo de Alfonso Estrada, representando a éste en el momento de asaltar un parapeto al grito de "¡Viva Cristo Rey!". Miguel Rosselló, que había sido "espía" en el SIFNE, se vio a sí mismo caricaturalmente apostado junto a un farol, con sombrero, gabardina y un pitillo en la comisura de los labios… Ignacio tuvo ocasión de contemplarse caído de bruces en una pendiente nevada, con las piernas al aire y los esquís rotos. Sin embargo, el más perplejo de los invitados fue… el capitán Sánchez Bravo, el hijo del general. En la cartulina que le entregó Nebulosa, el asistente, había una fotografía suya pegada en la que se le veía al lado de un cañón girando a lo lejos con unos prismáticos. El pie decía: "Nos nacía falta un artillero. Hemos pensado en ti…" El capitán Sánchez Bravo, halagado, se preguntó, rascándose la frente: "¿De dónde habrán sacado esta foto?".
Daba igual… Secretos de la Sección Femenina. El caso es que todo funcionó a la perfección y que a las ocho en punto todo el mundo había acudido a la cita. Entre las chicas figuraban las hermanas de Miguel Rosselló, Chelo y Antonia. En total, unas diez parejas. Una sola ausencia: Agustín Lago. Agustín Lago recibió también la cartulina, pero se excusó por teléfono. Asunción comentó: "Será por el brazo amputado". Pilar negó con la cabeza. "No creo. Tengo la impresión de que las mujeres no le interesan". Marta exclamó: "¡Peor para él!".
El baile dio comienzo en medio de un clima de euforia. El capitán Sánchez Bravo impresionó favorablemente a todos. Tenía realmente buena facha y no era de extrañar que doña Cecilia, que lo trajo al mundo, se pirrara por él. José Luis se olvidó de Satán y andaba asustando a unos y a otros con un 'espantaviejas'. Chelo Rosselló se había colocado una flor en el pelo. ¡Asunción habría arramblado para la ocasión con todos sus escrúpulos! Lucía un bonito broche sobre la camisa azul. En conjunto, la fiesta tenía un aire bufonesco que sin duda hubiera encantado al padre Forteza.
La gramola era mala y los discos estaban rayados. ¡Qué importaba! Baile de los ex combatientes… Juventud. Mateo y Pilar se besaron y se oyó un ¡oh! de protesta. Ignacio besó a Marta y la reacción fue curiosa: hubo aplauso general. Apareció por allí Jorge de Batlle, solitario, y su entrada provocó un momento de silencio. El huérfano se dio cuenta y desapareció… Alfonso Estrada, que pese a haber asaltado parapetos era imberbe, bailaba torpemente, a trompicones. ¡Tanto mejor! El capitán Sánchez Bravo y Chelo Rosselló hicieron una exhibición bailando el tango: Esta noche me emborracho… que por cierto era uno de los preferidos de Carmen Elgazu.
¿Y el camarada Dávila? "¿No vendrán el camarada Dávila y María del Mar?". Ay, qué lástima, nadie se acordó de invitarlos… En cambio, de pronto irrumpieron en el local el teniente jurídico Manolo Fontana -el preferido de Pablito- y su esposa, que se llamaba Esther. Ignacio no podía sospechar hasta qué punto la presencia de esta joven pareja iba a resultar decisiva para él. Sin duda realzaron con su porte el tono de la reunión. Manolo tendría unos treinta y dos años y llevaba una barba a lo Balbo. Exhibía varita de bambú y fumaba tabaco rubio. Le dijo a Ignacio "¡Tanto gusto, monsieur Alvear!". La esposa de Manolo, Esther -veintiocho años, muy hermosa y madre de dos hijos- llevaba un peinado cola de caballo. Por un momento eclipsó a las demás, con sus ojos glaucos y su precioso talle. Era de Jerez de la Frontera, patria del padre de José Antonio. Mateo, que la conocía mucho, le susurró a Ignacio: "Esther se ha educado en Oxford… ¡Es anglófila!".
¡Qué importaba!… Fueron dos horas de camaradería, de amistad. De pronto, Marta advirtió que ya no quedaban un solo bocadillo ni una sola botella. Y todo el mundo aseguró sentir un hambre atroz…
Se propuso una tregua e Ignacio y el camarada Rosselló, previa la consabida colecta, salieron dispuestos a reponer la despensa.
Y he ahí que al regresar, cargados con dos enormes bolsas, se encontraron con que el clima de la reunión había cambiado por completo… Por lo visto se había producido un incidente. Mateo y Marta -algo menos José Luis- ofrecían un aspecto rígido. Por su parte, Manolo y Esther habían adoptado un aire un tanto pedante.
– ¿Qué ha ocurrido? ¡Traemos jamón y cerveza!
Tales palabras sonaron a hueco. ¡Ah, el tema de siempre! Alfonso Estrada, muy aficionado a la música, había tenido la peregrina idea de traer consigo un disco… no bailable. Un disco que requisó en un pueblo aragonés y que contenía una selección de himnos 'rojos', muy hermosos, a su entender.
Aprovechando la tregua había propuesto escuchar dichos himnos y se desencadenó la tempestad. Mateo y Marta se negaron rotundamente. En cambio, Manolo y Esther se mostraron partidarios de ponerlos. La cosa degeneró en polémica. Alguien preguntó: "Pero, ¿qué ocurre?". También se oyó la palabra "fanatismo". Finalmente Mateo, en un exabrupto, cogió el disco, lo partió contra su rodilla y tiró los pedazos a un rincón…
Entonces Esther, después de acariciarse su peinado cola de caballo, se dirigió a recoger los pedazos y se los entregó a su infortunado dueño, Alfonso Estrada, diciéndole: "Lo siento, chico… Pero procuraré que me manden otro igual desde Gibraltar…"
Fue en ese momento cuando Ignacio y Rosselló entraron con sus bolsas de jamón y de cerveza… Al enterarse de lo ocurrido, Ignacio hizo un gesto despectivo.
– Pero todo esto es una idiotez, ¿no os parece? -exclamó.
Mateo comentó, simplemente:
– Lo blanco ha de ser blanco y lo negro, negro.
El capitán Sánchez Bravo intervino. Sus tres estrellas adquirieron en aquel momento una gran dignidad. Propuso olvidar el asunto y terminar la fiesta en paz. Por su parte, Alfonso Estrada, que jamás imaginó provocar todo aquello, pidió excusas a unos y a otros con una expresión tan sincera que predispuso los ánimos a cancelar la disputa.
Entretanto, Pilar se había acercado a la gramola y había Puesto en marcha una rumba… El ritmo se apoderó del local.
Acto seguido, Miguel Rosselló, que cuando se lo proponía sabía hacer el ganso, se acercó contoneándose a Marta y la invitó a bailar. Marta, haciendo de tripas corazón, accedió.
Aquélla fue la señal. Minutos después todo el mundo se había apareado e iba moviendo la cintura. Ignacio, entretanto, iba recordando la respuesta que el Gobernador le dio a Mateo cuando éste le dijo que "la política era homicida". El Gobernador había contestado: "Pero nos morimos a gusto, ¿verdad?".