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CAPÍTULO XIX

Era cierto. Radio Gerona lo comunicó a sus oyentes, es decir, a toda la población. Al término de un intenso forcejeo diplomático que duró varias semanas, y pese a las gestiones en pro de la paz que llevaron a cabo, dramáticamente, Pío XII y Mussolini, Hitler ordenó que las tropas alemanas cruzaran la frontera polaca. Ello ocurría el día 1 de septiembre.

La explicación que dio el Führer era la misma que venía repitiendo en sus discursos y declaraciones: las tropas polacas "provocaban" a los soldados del Reich con incursiones y golpes de mano, y los ciudadanos alemanes radicados en Polonia "sufrían vejaciones, torturas, o eran asesinados sin piedad". Tratábase, pues, de un "acto defensivo" y no, como pretendían los enemigos de Alemania, "de un ataque injustificado y criminal". Era preciso liberar a las minorías étnicas alemanas de Polonia. Y terminar de una vez con el asunto de Dantzig, el famoso pasillo polaco que partía en dos el territorio alemán, separando del resto la Prusia oriental.

El Gobernador Civil, camarada Dávila, se puso inmediatamente al habla con el general Sánchez Bravo. El hecho de que el ejército polaco hubiese anunciado su voluntad de resistir, se lo aconsejó de ese modo. Ambas autoridades coincidieron en que el asunto tomaba mal cariz, un cariz muy distinto al de las anteriores anexiones alemanas, que habían tenido lugar sin disparar un solo tiro. Claro que, ¿qué podían hacer los polacos? ¿Resistir tres semanas, un mes? El general Sánchez Bravo estaba al corriente del concepto moderno que los generales de Hitler tenían de la guerra -motorización-, así como de los elementos con que contaban, y concluyó que la suerte estaba echada. Existía el compromiso diplomático por parte de Francia e Inglaterra de declarar a su vez la guerra a Alemania si era atacada Polonia; pero ello no podía tomarse en serio. ¿Cómo iban a arriesgarse París y Londres a lo que una guerra significaba, por defender a un país "situado en el Este y con el que nada tenían en común"?

– No ocurrirá nada -dijo el general-. Hitler entrará en Varsovia, y sanseacabó.

Sin embargo, a su regreso al cuartel dio instrucciones al coronel Romero para que organizara un servicio permanente de radioescucha y ordenó a Nebulosa que colgara en la pared un gran mapa de Europa y preparase unas cuantas banderitas. Nebulosa, que prefería esos menesteres a guardar turno para doña Cecilia en la peluquería de señoras, cumplió con placer lo ordenado, pues ahora las banderitas no se clavarían en ciudades españolas. Nebulosa era de los convencidos de que el mundo entero se frotó con gusto las manos viendo a los españoles matarse entre sí.

Por su parte, el Gobernador llamó inmediatamente a Mateo y discutió con él, como siempre, las fórmulas idóneas para informar a la población. Acordaron que al referirse a las operaciones no emplearían nunca, bajo ningún pretexto, la palabra invasión -que era la utilizada por Radio París y por la BBC de Londres-, sino que dirían avance alemán. En cambio, popularizarían la frase guerra relámpago que, en vista del arrollador éxito inicial que obtenía el ejército del Führer, había empezado a emitir Radio Berlín.

– En resumen -concluyó el Gobernador-, vamos a dar la impresión de que se trata de un episodio más, sin importancia y que terminará en seguida.

Mateo asintió. Sin embargo, muy pronto había de producirse la sorpresa. Exactamente cuarenta y ocho horas después, o sea, el 3 de septiembre, Inglaterra y Francia, dando un mentís a las autoridades gerundenses, afrontaron el riesgo y declararon la guerra a Alemania.

El Gobernador quedó mudo de asombro, lo mismo que Mateo y que el general Sánchez Bravo. Asombro que aumentó más aún al conocerse a renglón seguido la noticia de que Italia permanecería neutral, decisión basada al parecer en un informe que Mussolini pidió a sus generales, "los cuales estimaron que el ejército italiano no estaba preparado para afrontar un conflicto armado a escala europea o mundial". El camarada Dávila no hubiera osado imaginar siquiera que el eje Berlín-Roma fuese vulnerable bajo ningún aspecto y, por otra parte, no acertaba a explicarse que Mussolini, digno sucesor de los emperadores romanos, se expusiera a parecer débil ante los demás países. Mateo sugirió al Gobernador -recordando su reciente conversación con Aleramo Berti- que en la actitud italiana podían muy bien haber influido el rey, de espíritu escasamente combativo, y Ciano, Pacifista a ultranza, pese a su porte arrogante. El Gobernador se acarició el vendaje de su dedo meñique y de un tirón se quitó las gafas negras, depositándolas sobre la mesa, como si tener descubiertos los ojos pudiera ayudarle a comprender.

En cambio, el hombre estimó lógico a todas luces que Franco se decidiera también por la neutralidad y que enviara a los países beligerantes un mensaje rogándoles "que localizaran el conflicto". "España no puede hacer otra cosa -sentenció el camarada Dávila-. España ha de dedicarse a la reconstrucción".

Bueno, la realidad era ésta: la guerra había estallado, cinco meses después de que en España hubiera "estallado la paz", expresión grata a 'La Voz de Alerta', quien le daba un significado glorioso. Y ello había demostrado una cosa: que el Gobernador podía equivocarse… Eso le dijo Mateo a su jefe y amigo, en el despacho de éste, mientras, fruncido el entrecejo, el muchacho jugueteaba con su mechero de yesca. El Gobernador hizo un ademán de impotencia y comentó: "Es cierto, me equivoqué. Pero creo que se ha equivocado medio mundo". Y tomó las gafas negras y se las colocó de nuevo.

Los acontecimientos se precipitaron. El día 8 las tropas alemanas entraron en Varsovia. Sin embargo, la guerra continuó aún y las emisiones del mundo entero se hacían lenguas del heroísmo de los polacos, al tiempo que anatematizaban la furia de los bombardeos que llevaba a cabo la aviación germana, a las órdenes del mariscal Goering. Entonces, en plena hecatombe, saltó al aire otra sensacional noticia: los rusos, emulando el pretexto invocado por Hitler, el 17 de septiembre cruzaron también, por el Este, la frontera polaca, "al objeto de proteger a las minorías ucranianas y a los rusos blancos que había en aquella franja de territorio". La cosa estaba clara: Alemania y Rusia se disponían a repartirse Polonia, como quien se reparte un queso de bola, lo cual explicaba plausiblemente su reciente pacto de no agresión. El general Sánchez Bravo, después de analizar ante el mapa la operación confluente, comentó: "Sin embargo, hay algo que no entiendo. Los territorios que se anexiona Alemania son ricos -Cracovia, la Alta Silesia, etcétera-; en cambio, los territorios que se anexiona Rusia son pobres y pantanosos". Luego añadió: "Tal vez lo que buscan los rusos sea disponer de mano de obra".

Como fuere, el ataque soviético hizo suponer a los comentaristas internacionales que Inglaterra y Francia declararían también la guerra a Rusia, pero se equivocaron. Ambas democracias se limitaron a enviar, a través de sus embajadores en Moscú, una nota de protesta.

Este hecho sublevó de modo especial a José Luis Martínez de Soria.

– ¿Habráse visto? -barbotó el hermano de Marta-. Los rusos realizan una acción idéntica a la de los alemanes: vulnerar la frontera polaca, y las democracias se limitan a protestar. ¡Ah, claro, Rusia es intocable! Papaíto Stalin se enfadaría. El peligro es Hitler; Stalin, no. Stalin es un corderito que sólo asusta a los "fascistas" españoles.

Mateo tomó buena nota de la sutil teoría de su camarada e hizo de ella el punto de partida de sus comentarios en Amanecer y en la emisora local de radio.

Cabe decir que la estrategia de Mateo hizo mella en la mentalidad común. Y es que buena parte de la población gerundense era, ya con anterioridad a la guerra española, germanófila. Lo era por adhesión de difícil análisis. Julio García, en tiempos, había hablado "de admiración por los científicos y por la capacidad de trabajo del pueblo alemán"; David y Olga habían especulado sobre "el posible recuerdo de Carlos V"; el melómano doctor Rosselló lo atribuía, sobre todo, "a Beethoven y a Schumann". No se sabía… El caso es que personas tan al margen de la política como Damián, el trompeta de la Gerona Jazz, y don Eusebio Ferrándiz, el jefe de Policía, eran germanófilas. Y para citar un ejemplo príncipe, estaba el caso de las hermanas Campistol, las cuales, desde el día 1 de septiembre, en su taller de modistas rezaban cada día el rosario para que Alemania consiguiese la victoria.

Naturalmente, Galindo, uno de los que habían vaticinado que Alemania no se limitaría a soltar discursos, se presentó en el Café Nacional exhibiendo una caricatura de Hitler, realizada con su máquina de escribir, en la que el bigote acharlotado del dictador alemán empezaba a afilarse por los extremos y a extenderse por Europa. La caricatura obtuvo franco éxito, lo que Galindo aprovechó para decirle a Matías: "Una vez me preguntó usted cuándo se decidirían los ingleses a decir: stop. Pues bien, ahí lo tiene. Ya se han decidido". Por su parte, Jaime, el repartidor de Amanecer, en el plazo de dos semanas gastó casi entero un lápiz rojo a base de subrayar aparatosamente, en el ejemplar del periódico destinado a los Alvear, los textos entresacados de los discursos de Goebbels y referidos a la "incuestionable supremacía del superhombre ario".

Con todo, mucho más dolido que los amigos de Matías lo estaba el padre Forteza. El padre Forteza estimaba que la conquista de Polonia por los nazis significaba una pérdida irreparable para la Iglesia, pues no podía olvidarse que Polonia era la vanguardia católica en el Este, en el mundo eslavo. El jesuita había recibido a la sazón una carta de un padre de la Compañía, residente en Bélgica, en la que éste le contaba "que los soldados polacos estaban luchando con crucifijos en el pecho y que en todas las iglesias de la nación los fieles cantaban: Señor, líbranos de esta guerra que nosotros no hemos querido". Por otra parte recordaba, de su estancia en Alemania, frases y comentarios de Hitler referidos a la religión: "El Cristianismo es un invento de cerebros enfermos y un fermento de descomposición". "Una revolución no se hace con santos". "He decidido que en mi entierro no haya un solo cura en diez quilómetros a la redonda". Etcétera.

El padre Forteza estuvo tentado de hacer, ¡otra vez!, una visita al Palacio Episcopal para suplicarle al obispo que las autoridades gerundenses se abstuvieran de cantar a diario las excelencias del III Reich; pero, después de un intercambio de impresiones con mosén Iguacen, el familiar del prelado, desistió. Mosén Iguacen le anticipó la respuesta: aquello era política, y la política escapaba a la jurisdicción eclesiástica.

– ¡Por los clavos de Cristo! ¿Puede considerarse política el que una nación persiga al catolicismo?

Mosén Iguacen, cada día mejor guardaespaldas, replicó, acariciándose las puntas de los dedos:

– ¿No estará usted exagerando, padre? La Iglesia germánica parece gozar de buena salud. ¿Tiene usted noticia de que los obispos alemanes hayan condenado públicamente la acción de Hitler?

Los hechos dieron la razón a mosén Iguacen. El doctor Gregorio Lascasas, pese a haber nacido en Aragón, no se decidió a actuar. Pe limitó a ordenar que en todas las parroquias de la diócesis se hicieran "rogativas en pro de la paz del mundo".

En el Casino de los Señores brotaron comentarios para todos los gustos. 'La Voz de Alerta' se alegró de que Mussolini no se hubiera aliado bélicamente con Hitler. El notario Noguer declaró que la opinión de Amanecer, según la cual "la lucha entre las democracias y la Alemania nazi era la lucha entre un gato y un león", le parecía exagerada. "A los franceses no les gusta la guerra; de acuerdo. A los ingleses tampoco. Pero ¡quién sabe lo que puede ocurrir! ¿Y si a los Estados Unidos les da por declararse también beligerantes?".

Inesperadamente, se unió al grupo antialemán un personaje recién llegado a la ciudad: el doctor Andújar. El doctor Andújar, compañero de carrera del doctor Chaos -aunque especializado luego en Psiquiatría-, en virtud de las gestiones realizadas por éste, acababa de llegar a Gerona para posesionarse del cargo de Director del Manicomio, ¡que buena falta hacía! Hombre muy católico, padre de familia numerosa y amante de la paz, su opinión fue concreta: no era seguro, ni mucho menos, que una vez rendida Polonia todo hubiera terminado. El conflicto podía continuar y extenderse. Y si se extendía, "Inglaterra podía muy bien darle el vuelco a la situación, habida cuenta de que las guerras largas solía ganarlas quien dominaba el mar".

El mar… Esta palabra produjo en el Casino de los Señores un impacto comparable al que, al oírla, recibía en su cerebro el pequeño Manuel. 'La Voz de Alerta', que ocho días antes había repasado una voluminosa Historia Naval, por habérsele ocurrido escribir una "Ventana al mundo" dedicada al tema Los océanos, asintió a la original tesis del doctor Andújar. "Es cierto -dijo-. Inglaterra, en el mar, no tiene rival".

Sin embargo, la reacción más violenta a raíz de los acontecimientos corrió a cargo -no podía ser de otro modo- de Manolo Fontana y Esther, quienes habían cancelado precipitadamente su veraneo. Manolo, que no sólo había obtenido la licencia, sino que disponía ya de piso propio, precisamente el que perteneció a Julio García, manifestó que José Luis Martínez de Soria, en sus investigaciones sobre la figura de Satán, tropezaría sin duda con el nombre de Hitler. Estaba furioso con Mateo, quien había trascrito en Amanecer un artículo de fondo de Núñez Maza publicado en un diario madrileño y que decía literalmente: "Excepto Alemania, Italia, Portugal, España y el Japón, el resto del mundo es masonería y comunismo, es decir, escoria".

Manolo, más que nunca, y ahora a modo de desafío, fumaba tabaco rubio inglés. Y si bien en lo íntimo de su corazón le temía al III Reich, al enterarse de que Churchill había sido nombrado Primer Lord del Almirantazgo, se sintió esperanzado. "Entre un universitario como él -dijo- y un astrólogo supersticioso como Hitler, me inclino por el primero…" por su parte, Esther, en sus conversaciones con María del Mar, con la viuda Oriol, con Marta, etcétera, comparaba maliciosamente los nobles atributos de la corona inglesa con los de la cruz gamada, svástica, de los nazis, que en principio fue privativa de los salvajes adoradores del sol. "Son pequeños matices, ¿verdad?".

María del Mar se abstenía de opinar. Ella no entendía de "política internacional". Marta, en cambio, que leía la revista 'Signal', le objetaba a Esther que tan delicadas especulaciones no modificarían las bases del conflicto. "El pueblo alemán ha recibido con júbilo la decisión del Führer. Los alemanes están como un solo hombre a su lado y lo obedecerán hasta el final".

¿Y doña Cecilia? ¿Qué opinaba doña Cecilia, hija de un lechero de Falencia y alérgica a los periódicos y a la geografía? Doña Cecilia, en una de las visitas que le hizo a Esther -le gustaba horrores la tarta de nata que ésta le preparaba-, exclamó de pronto:

– ¡Hay que ver esos ingleses! ¡Mira que declararle, así por las buenas, la guerra a Alemania!

En cuanto Polonia se rindió -la guerra relámpago fue una realidad-, la opinión general, que ni siquiera se enteró de los comentarios de los disidentes, fue que la suerte estaba echada; en consecuencia, la tensión de aquellas jornadas disminuyó. La expresión más plástica de esta postura, de este cansancio por los avalares bélicos, la dieron los hermanos Costa. Los hermanos Costa, en la cárcel, a raíz de dicha capitulación, les dijeron a los demás reclusos: "¡A ver si olvidamos de una vez este asunto de los polacos! Aquí lo que conviene es organizar campeonatos de ajedrez y fundar un orfeón".

Santas palabras… En resumidas cuentas, ésa era la tesitura de las autoridades… No dejarse avasallar por lo que ocurriera más allá de las fronteras. Ocuparse más que nunca de los problemas internos. "España ha de dedicarse a la reconstrucción".

El mes de septiembre era propicio para ello. El calor había disminuido y el calendario marcaba la hora de reanudar la actividad en la provincia. Se necesitaban postes de gasolina; pues a crearlos, concediéndoles la preferencia a los Caballeros Mutilados. Se necesitaban estancos; pues a abrirlos donde fuera preciso, adjudicándolos a las viudas de los "caídos". En Gerona hacía falta una barbería de lujo: ahí estaba un tal Dámaso, dueño de una perfumería. Perfumería Diana, para inaugurarla en un entresuelo de la Rambla, con éxito espectacular, pese a que había que subir unos escalones. Faltaban tiendas dedicadas a la reparación de máquinas de escribir -descacharradas con la guerra-, de aparatos de radio, de plumas estilográficas…; surgieron como por ensalmo, aquí y allá. ¡Inauguróse incluso una llamada Galería de Arte, donde se enmarcarían cuadros, se venderían reproducciones -Picasso, prohibido- y se venderían antigüedades! Eso, era lo útil y directo. La vuelta a la normalidad.

Por lo demás ¡eran tantas las cuestiones por resolver! Ahí estaba la Inspección de Enseñanza Primaria. Faltaban tres semanas para la apertura de las escuelas y todavía seguían en trámite, en la mesa de Agustín Lago, los expedientes que la Comisión Depuradora de los maestros había incoado. La impresión del inspector jefe, en vista de las respuestas dadas por los maestros a los pliegos de cargos y de los avales con que las acompañaban, era que acertó en el pronóstico que le había hecho al Gobernador: alrededor de un cincuenta por ciento de los titulares deberían ser expulsados, separados de la carrera y otro veinte por ciento trasladados a otros pueblos. ¡El problema era grave! Sería preciso cubrir las vacantes que se produjeran. Agustín Lago dijo: "Por suerte, han pedido el ingreso una serie de ex seminaristas, y varios ex alféreces provisionales han hecho ya los correspondientes cursillos. ¡Pero no podemos perder más tiempo! Hay que firmar los nombramientos".

Otra papeleta era la confección del programa de las Ferias y Fiestas de San Narciso, que tenían lugar a fines de octubre. Serían las primeras después de la guerra: era preciso dar el golpe, inundar de alegría la ciudad. La Comisión de Festejos, formada en su mayor parte por concejales del Ayuntamiento, se mostraba optimista. "Continuamente llegan peticiones de feriantes que quieren montar su barracón. Parece ser que tendremos hasta circo, lo que siempre resulta agradable. Y si resolvemos el problema de la energía eléctrica, vendrán incluso autos de choque".

'La Voz de Alerta', que por fin se había decidido a reabrir su consulta de dentista -pronto colocaría en el balcón el correspondiente rótulo de letras doradas sobre fondo negro-, comentó: "Eso estaría bien. A la gente le gusta embestirse de mentirijillas".

– ¿No permitirán todavía tocar sardanas?

– ¡Qué pregunta! Ni soñarlo…

Pequeña espina clavada en el corazón de los ciudadanos como la Torre de Babel, como Padrosa. Los jugadores de bochas de la Dehesa "no veían motivo que justificara la prohibición". Los "productores" de la fábrica Soler, pese a la gloriosa tarde del 18 de julio en la piscina y de la opinión del camarada Arjona, Delegado Sindical, no se sentían todavía dispuestos a bailar por soleares. "Sería un detalle del Gobernador: que por las Ferias se tocasen sardanas". Los componentes de la antigua Cobla Gerona, que ni siquiera se habían atrevido a presentar la solicitud, andaban todos, al igual que Jaime, buscando cómo ganarse su pecunio: unos repartían recibos de la Compañía de Gas y Electricidad; otros, de las Mutuas. El antiguo director, un tal Quintana, que tocaba el fiscorno, aprendía el oficio de sastre. Se lo enseñaba en su casa un cuñado suyo que perteneció a un Comité y que desde la entrada de los 'nacionales' vivía oculto detrás de un tabique.

Septiembre, complejo en la tierra, nítido en el aire. Francia enviaba, además de repatriados y de lo que Fronteras conseguía recuperar -últimamente, la llamada valija de Álvarez del Vayo, que contenía nada menos que la corona de la Virgen de la Merced, patrona de Barcelona-, ráfagas de viento fresco, de tramontana, que exaltaba a los taponeros del Ampurdán y que se llevaba las nubes con la facilidad con que la aviación de Hitler había despejado de enemigos el cielo de Polonia.

Muchas familias, sobre todo en el campo, se quejaban de que sus hijos, los mozos de la casa, que habían servido obligatoriamente con los 'rojos', ahora continuaban vestidos de caqui, cumpliendo el servicio militar. El reenganche… "¿Hasta cuándo? Se habrán pasado media juventud con el fusil en la mano". Menos mal que recibían carta de la novia; menos mal que las novias sabían esperar…

Tía Conchi, en el bar Cocodrilo, le preguntó al patrón:

– ¿Y qué significa eso que escribes en los cristales: "se sirven almejas, mejillones y ensaladilla nacional"?

El patrón le contestó:

– No voy a poner ensaladilla rusa, ¿verdad? ¿O es que quieres que me metan en la cárcel?