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CAPÍTULO XXXVIII

El general Sánchez Bravo continuaba leyendo con gusto la Sección "Ventana al mundo", que escribía diariamente 'La Voz de Alerta' en Amanecer. Ocurría que los comentarios del alcalde sobre las noticias más relevantes que se producían en España y en el mundo coincidían muy a menudo con la opinión del general.

En aquel mes de septiembre, tocando a su fin el verano, el general, leyendo el periódico gerundense, se ratificó en su idea y no se recató de felicitar por ello a 'La Voz de Alerta' cuando éste regresó de su estancia en Puigcerdá, donde había Preferido gritar "Viva el amor" -viva Carlota, condesa de Rubí- a gritar "Viva el Rey".

Las últimas "Ventanas al mundo" que habían complacido especialmente al general eran de signo muy diverso. La primera de ellas se refería al asesinato de Trotsky, que tuvo lugar en Méjico el día 20 de agosto. El asesino, cuya filiación se ignoraba por el momento, había clavado en el cráneo de Trotsky un piolet de montaña que llevaba escondido en los pliegues de la gabardina, en el momento en que el ex jefe bolchevique estaba sentado en su despacho y se inclinaba sobre un manuscrito. 'La Voz de Alerta' trazó una rápida e incisiva semblanza de Trotsky y de sus seguidores en España, los militantes del POUM, e informó de que el famoso prohombre ruso, exiliado, a su llegada a Méjico había calificado a Stalin de "el chacal del Kremlin". "Trotsky -escribió 'La Voz de Alerta'- era un teorizante: es lógico que haya muerto con el cráneo atravesado. Su muerte ha causado el mayor asombro entre los que no quieren convencerse de que cada hombre se cava su fosa, de que quien a hierro mata a hierro muere". Lo que ignoraban el general y también 'La Voz de Alerta', era que entre los asombrados figuraban en primer término David y Olga, quienes vivían en la capital mejicana aspirando a publicar en castellano, en su flamante editorial, algunas obras de Trotsky; y que Cosme Vila, residente como siempre en Moscú, al enterarse de la noticia quedó igualmente perplejo, recordando que la maestra asturiana Regina Suárez, a poco de su llegada a la capital soviética, le había comunicado "que varios agentes españoles habían salido de Rusia rumbo a Méjico, con la misión concreta de asesinar a Trotsky".

Otra "Ventana al mundo" que interesó al general Sánchez Bravo fue aquella en que 'La Voz de Alerta' comentaba favorablemente el reciente decreto del Gobierno español creando la Milicia Universitaria, en virtud de la cual los estudiantes podrían cumplir con sus deberes militares sin ver entorpecida por ello su carrera, y conseguir de modo automático, dentro del Ejército el grado de oficiales de complemento.

El general, tal y como andaban las cosas, iba convenciéndose más que nunca de que, para que no se malograsen los frutos de la victoria, el Ejército debía seguir siendo la piedra angular. "El Ejército, el Ejército -le decía una y otra vez a su esposa, doña Cecilia-. Todo lo demás se desviaría en menos que canta un gallo". La verdad era ésta: año y medio después de terminada la guerra, ni la Falange ni el Requeté ni la Iglesia le ofrecían al general las debidas garantías. El obispo lo incomodaba dado que parecía atribuirle a la Divina Providencia todos los méritos de la campaña. El Requeté -y en eso discrepaba de 'La Voz de Alerta'- le daba la impresión de que, a la chita callando, maniobraba para acortar lo más posible la permanencia del Caudillo en la Jefatura del Estado. Y en cuanto a la Falange, lo ponía nervioso. Siempre le había ocurrido esto. Hasta tal punto que en cierta ocasión el general le preguntó a Mateo a santo de qué la Falange se llamaba Partido si no había otro. "Para llamarse Partido sería menester que hubiera varios ¿no es cierto?". De ahí que las pequeñas peleas entre falangistas y requetés -se rumoreaba que en una localidad navarra estos últimos habían irrumpido en un local de Falange llevando de la mano un burro-, divirtiesen al general. Si bien el principal argumento que éste esgrimía en pro de su actitud era que la guerra la ganó el Ejército. "Suprimid con la imaginación -les había dicho a sus oficiales, en la arenga que les dedicó el 18 de julio- a la Falange; Franco hubiera vencido. Suprimid con la imaginación al Requeté; Franco hubiera vencido. Suprimid al Ejército; hubieran vencido los rojos. Del mismo modo, si ahora nosotros nos retiráramos a los cuarteles, sin controlar lo que ocurre por ahí, fatalmente desembocaríamos en una especie de caos organizado".

Otra "Ventana al mundo" que interesó al general: el beneplácito con que en ella 'La Voz de Alerta' acogió la creación oficial de la Fiscalía de Tasas, destinada a cortar de raíz los tejemanejes de los desaprensivos. "Eso es lo que hacía falta -comentó aquél-. Un organismo con poderes absolutos, que pueda enviar los infractores a batallones disciplinarios".

Por supuesto, tal vez fuera ése el problema que mayormente irritaba al jefe militar: la codicia de que daba muestra la gente, empezando por su propio hijo. El general Sánchez Bravo era, por naturaleza, enemigo de lo fácil. Desde su ingreso en la Academia creyó a pie juntillas que la fuerza de un país radicaba en el mantenimiento de sus virtudes raciales y no en espolear su concupiscencia. Por eso no le gustó ni pizca que el recién nombrado Ministro de Industria y Comercio, don Demetrio Carceller, procediera de Falange y hablara reiteradamente de industrialización. Precisamente en esa "Ventana al mundo" dedicada a comentar la creación de la Fiscalía de Tasas, 'La Voz de Alerta' recordó a los gerundenses, primero, que en Numancia los defensores llegaron a comer carne humana y, segundo, que en tiempos del motín de Esquilache era tal la fe que los gobernantes tenían en la eficacia del progreso material que un ministro ordenó que su discurso sobre la Industria Popular fuera leído, como un libro sagrado, en el pulpito de las iglesias. "La riqueza material -decía 'La Voz de Alerta' en su "Sección", tal vez recordando las teorías del profesor Civil-, si se convierte en fin termina pudriendo el espíritu. El ejemplo de ello lo tenemos en la gastronómica y próspera Francia, que en la batalla de París acaba de ofrecer al mundo el más denigrante espectáculo de cobardía que recuerda la historia moderna". El general, al leer estas palabras, volteó su bastón de mando y afirmó que España debía vacunarse contra semejante microbio. En su opinión, el Caudillo debía imprimir al país, y sin duda lo estaba haciendo, su ritmo natural: el que le señalaba la áspera Castilla: "No vamos a contagiarnos, precisamente ahora, de los defectos de las democracias, que sólo aspiran a incrementar las Cajas de Ahorros. Confiemos en que la Fiscalía de Tasas impida que los grandes industriales beban champaña en los cabarets, al lado de los campesinos enriquecidos con el hambre de los ciudadanos".

La tesis tropezaba, naturalmente, con muchos detractores, entre los que destacaban el Gobernador y la propia doña Cecilia.

El Gobernador, pese al "denigrante espectáculo de Francia", aspiraba a incrementar más aún el número de chimeneas que poblaban la provincia; y doña Cecilia, pese a lo ocurrido cuando el motín de Esquilache, aspiraba a que su hijo, el capitán Sánchez Bravo, se casara con una mujer rica. "Tú dile que sí a tu padre -aconsejaba al muchacho-. Pero a ver si descubres por ahí alguna millonaria que se deje querer".

En cierto sentido, pues, el general se encontraba sin apenas escolta frente al alud de la ambición. De ahí su interés por trabar conocimiento con el Fiscal de Tasas nombrado para la provincia de Gerona, don Óscar Pinel. Apenas supo su llegada a la ciudad -el 23 de septiembre, precisamente el día en que el mariscal Pétain, "¡gran militar!", anunció en Vichy su propósito de disolver las logias masónicas francesas- le invitó a un vino de honor, que se celebró en el cuartel.

El Fiscal de Tasas acudió… y su contacto con el general no pudo ser más afortunado. Don Óscar Pinel era hombre de unos cincuenta y cinco años, bajito pero de mirada relampagueante y autoritaria. Por si fuera poco, ¡procedía del Ejército! Fue, durante la contienda, comandante de Intendencia, y hablaba de los suministros con la propiedad con que Agustín Lago hablaba de maestros y de pupitres.

Era viudo, con dos hijas. Una, la mayor, había profesado en un convento de clausura; la segunda se llamaba Sólita, era soltera y enfermera de profesión. "Ya la conocerá usted, mi general. Parece un sargento. En casa es la que manda".

¡Parece un sargento! El general Sánchez Bravo se felicitó por la aportación que la Fiscalía de Tasas significaba para Gerona. Por lo demás, los planes de don Óscar Pinel al frente de dicha Fiscalía no podían ser más convincentes. Se había traído consigo un equipo de inspectores, vascos en su mayoría, que recorrerían incesantemente la provincia. Pondría en práctica, con carácter permanente, aquella medida antipática pero eficiente según la cual los denunciantes cobrarían el cuarenta por ciento del importe de la sanción. Y desde luego, quien infringiera gravemente la ley sería enviado sin contemplaciones a prisión mayor o a trabajos forzados.

El general estrechó con efusión la mano del Fiscal de Tasas, don Óscar Pinel, cuyo mentón revelaba una energía indomable.

– Cuente conmigo, comandante.

– A sus órdenes, mi general.

Pocos días después, con motivo de la inauguración del local en que quedaría instalada la Fiscalía de Tasas -en la plaza del Marqués de Camps-, 'La Voz de Alerta' dedicó otra "Ventana al mundo" al nuevo organismo. "Esperamos -dijo- la colaboración de todos los ciudadanos. Es inadmisible que en Madrid haya ya quien cante coplas como ésta:

Si Candelas hoy viviera tan triste fin no tuviera, porgue el estraperlo hoy día da fama y categoría.

Para el Gobernador había de suponer un gran alivio el funcionamiento de la Fiscalía de Tasas, que actuaría en estrecha colaboración con la Delegación de Abastecimientos, donde trabajaba Pilar. Le quitaban de encima una enorme responsabilidad, lo que le permitiría encauzar sus energías hacia otros menesteres más en consonancia con sus dotes y su carácter.

Otras personas, en cambio, arrugaron el entrecejo al contemplar en Amanecer el rostro impenetrable del comandante de Intendencia don Óscar Pinel y al leer sus rotundas declaraciones. Entre estas personas figuraban el coronel Triguero y el capitán Sánchez Bravo. Para no hablar de la Torre de Babel, de Padrosa, del abogado Mijares, del patrón del Cocodrilo… y del Administrador de la Constructora Gerundense, S. A.

Cabe decir que el capitán Sánchez Bravo, desde que su padre lo llamó a la Sala de Armas y lo conminó a no "deshonrar el uniforme" dedicándose a negocios marginales, no había movido un dedo en beneficio de la Sociedad. El capitán, impresionado por la integridad del general, se concedió una tregua. Tal vez ello se debiera a que sus ideas no eran tan claras como las del coronel Triguero. Dudaba mucho y en el fondo temía echarlo todo a perder en un santiamén: su tranquilidad y el orgullo que había sentido al luchar en la guerra y al recibir las estrellas que lucía en la bocamanga. De modo que todo el mes de agosto lo dedicó íntegramente a su cargo de presidente del Gerona Club de Fútbol, que el próximo invierno militaría en II División, cargo que lo traía de cabeza, pues debía mejorar la plantilla del equipo, remozar el Estadio, que a no dudarlo se llenaría de bote en bote, y construir un túnel para que los jugadores pudieran trasladarse directamente del terreno de juego a los vestuarios.

El coronel Triguero… era otro cantar. Sostuvo con el capitán Sánchez Bravo un diálogo ceñido, que hubiera hecho las delicias de mosén Alberto, cada día más aficionado a ahondar en los problemas de conciencia.

– Capitán… La Sociedad está quejosa de tu inactividad. Estás chaqueteando. Y te consta que eso es lo último que debe hacer un militar.

– Mi padre tiene razón, coronel Triguero. Si hemos de dedicarnos a los negocios, quitémonos el uniforme.

– ¡Eso nunca! Sin el uniforme, adiós influencia. Los hermanos Costa no nos necesitarían para nada.

– Ésa es la cuestión.

– Por todos los diablos… ¡corrígeme si me equivoco! Van a racionar la gasolina. ¿Te haces cargo de lo que eso puede dar de sí?

– Me hago cargo… La Sociedad podría fabricar gasógenos, obtener cupos extra, etcétera. Pero… prefiero meditar con calma la situación.

– ¿Hasta cuándo, si puede saberse?

– Hasta Navidad, que es cuando los hermanos Costa saldrán de la cárcel, si mis informes no mienten.

– Por Navidad lo que harás será echar unas lagrimitas, con eso de los belenes y la adoración de los pastores.

– Veremos. Que yo sepa, nadie ha decretado que soy un santurrón.

– Te falta poco. Te has contagiado. Te gusta el rancho del cuartel. Te gustan los garbanzos. Y contemplar tus cicatrices…

– Puede ser; pero la razón principal, por ahora, es mi padre. Tú vives solo y no te haces cargo. Además, tengo miedo. Ya lo tenía antes de la Fiscalía; ahora, mucho más.

El coronel Triguero se atusó el bigote y pareció que le nacían largas patillas.

– Mis respetos por la actitud de tu padre. Pero no irás a creer que todos son como él. Date una vuelta por Madrid y verás.

– Lo sé, lo sé… Allá ellos. Yo quiero reflexionar… y de momento fichar un buen extremo derecha y un buen portero. La lengua del coronel Triguero chascó.

– ¡Bien! Allá tú con tu vocación de pobre… Si cambias de parecer, ya sabes dónde estoy. Y se fue.

El coronel Triguero comunicó todo esto al oscuro Administrador de la Constructora Gerundense, S. A. Éste contestó:

– Entendidos. Esperaremos hasta Navidad. Pero ese niño es tonto de remate. Entretanto, vea usted, coronel, si en Figueras podemos meter baza en las divisas que traen los refugiados franceses y belgas que siguen entrando por la frontera.

Nada, imposible abrir brecha allí. La gente que huía de los alemanes caía inexorablemente en manos del Gobernador. No había forma de maniobrar ni con las joyas que llevaban, ni de sobornarlos con promesas de facilitarles el paso rápido a África del Norte o a Portugal. Sus bienes quedaban confiscados… pero bajo el control de la Guardia Civil, y eran depositados legalmente en el Banco de España. Las órdenes del Gobierno eran al respecto severísimas, de suerte que la oficina del coronel Triguero en Figueras se estaba pareciendo a una cárcel. Y había más… La actitud de muchos de esos refugiados daba que pensar al coronel Triguero, puesto que no parecían considerar, ni mucho menos, que la guerra estuviera perdida para Inglaterra y Francia. De modo que empezaban a organizarse, poniéndose en su mayoría bajo la protección del cónsul británico llegado recientemente a Gerona: un hombre tranquilo, llamado Edward Collins, que se había instalado en el Hotel del Centro y que cuando oía la palabra Gibraltar sonreía de forma imperceptible. También la Cruz Roja estadounidense se movilizaba a su favor. En cuanto a los judíos, se desenvolvían con una astucia impar, pese a que algunos de ellos venían huyendo de la propia Alemania… ¡e incluso de Polonia! Los más aterrados, quizás, eran los aviadores ingleses que se habían visto obligados a hacer aterrizajes forzosos en Bélgica o en la Francia ocupada. Llegaban deshechos, heridos a veces y el coronel Triguero debía atenderlos de modo especial. Por cierto que uno de estos aviadores le contó al coronel que entre las tropas aliadas que combatieron a los alemanes en terreno belga, ¡y hasta en Noruega, en Narvik!, figuraban algunos exiliados españoles. El coronel Triguero se quedó boquiabierto y no pudo menos de preguntarle: "¿Y qué tal?". "Muy valientes", fue la respuesta.

Así las cosas, el coronel Triguero recibió en su despacho de Figueras una visita inesperada: la de Gaspar Ley, director de la sucursal gerundense del Banco Arús. Fue una entrevista cordial, que abría para el futuro grandes perspectivas.

Gaspar Ley no se anduvo con tapujos. Se presentó al coronel en calidad de representante oficial, en Gerona, de la sociedad barcelonesa Sarró y Compañía y le comunicó que ésta deseaba conectar con la Constructora Gerundense, S. A. "Habrá usted oído hablar de Sarró y Compañía, ¿verdad? Es una sociedad que juega fuerte…"

El coronel, al oír estas palabras, llamó a Nati, la hermosa mecanógrafa, y le encargó que trajera del bar de abajo un par de cervezas. No obstante, disimuló su entusiasmo y adoptó una actitud expectante.

– ¿Puede decirme quién es el señor Sarró? Gaspar Ley sonrió.

– Nadie le llama señor Sarró. Es don Rosendo Sarró… Un hombre de empuje; y ex cautivo, por más señas. Se pasó toda la guerra en la Cárcel Modelo.

El coronel Triguero se mordió el labio inferior.

– Bien… ¿Y en qué podemos servirles?

– De momento, en nada. Don Rosendo Sarró tiene el proyecto de desplazarse a Gerona para entrevistarse con ustedes. El coronel Triguero dijo:

– De todos modos, tengo la impresión de que de momento no entra en los planes de la Constructora Gerundense, S. A., fusionarse con nadie.

– ¡Oh, no se trata de fusionarse! -contestó Gaspar Ley-. Llegado el caso… todo esto se resolvería sin papeles. Como si dijéramos… en familia.

El coronel Triguero asintió con la cabeza. Hervía por dentro, pero no modificó su actitud.

– ¡Bien, entendidos! Comunicaré esto a mis colegas.

– Eso es -asintió Gaspar Ley-. Ya recibirán ustedes mis noticias.

Gaspar Ley se despidió. Y en cuanto hubo salido, el coronel Triguero soltó una carcajada. Abandonó el despacho y le dijo a Nati: "¡Se acabó por hoy! Puedes irte a flirtear por ahí… hasta nueva orden".

El problema del coronel Triguero era que había perdido por completo el sentimiento de culpabilidad. La guerra lo había embrutecido. Su amoralidad crecía por días. Tanto, que en el fondo deseaba que los optimistas refugiados que iban entrando tuvieran razón, que la guerra entre el Eje y las democracias se prolongase. Entonces las oportunidades en España -con o sin Sarró y Compañía- serían cada vez mayores… y el capitán Sánchez Bravo, si no había perdido definitivamente el juicio, se decidiría de una vez a tirar por la borda sus escrúpulos y a reintegrarse a la Sociedad.