38283.fb2
Mes de febrero de 1941… El día 4 se celebró el segundo aniversario de la liberación de Gerona por las tropas 'nacionales'. Fue coincidente que la víspera, día 3, Marta recibiera una postal del legionario italiano Salvatore, fechada "en algún lugar de Albania". Por lo visto, Salvatore era uno de los millares de "camisas negras" del Duce que combatían contra los ingleses en el litoral mediterráneo, en el frente griego. Salvatore decía escuetamente: Ciao… Y firmaba. Si ciao significaba "adiós", ¿significaba que Salvatore se despedía para siempre? ¿No estaría en algún hospital, herido de muerte? Marta barbotó: "¿Por qué existen las guerras, Señor?".
Las fiestas de la "liberación" se celebraron, según Amanecer, con "inusitado esplendor". Ceremonias religiosas y militares. A última hora, proyección en el Cine Albéniz de la película patriótica Sin novedad en el Alcázar, que obtuvo un resonante éxito. En el curso de la, jornada se acordó conceder al Caudillo la medalla de oro de la ciudad. En el momento en que 'La Voz de Alerta' firmó el documento a propósito, Carlota, que estaba a su lado, le dijo: "El día que se restablezca la Monarquía, acuérdate de concederle al Rey esa medalla. Pero que sea un poco mayor…" 'La Voz de Alerta', ocho días después, se enteraría de que Su Majestad Alfonso XIII acababa de abdicar en Roma a favor de su hijo don Juan, confirmando con ello las noticias que desde hacía tiempo circulaban al respecto.
Fue un mes de febrero lleno, como todos los meses, de sorpresas: la vida continuaba siendo mar y no lago. En París falleció el filósofo Henri Bergson, por quien el notario Noguer y el profesor Civil sentían predilección, por cuanto había defendido siempre la primacía del espíritu sobre la materia. En Neyri (Inglaterra) falleció también, ¡a la edad de ochenta y tres años!, Mr. Badén Powell, el fundador de los Boy Scouts. La noticia pasó casi inadvertida. Sin embargo, Mateo al leerla dijo que el Frente de Juventudes, y todos los niños del mundo, hubieran debido llevar un brazal negro durante una semana.
Habíase celebrado la fiesta de San Antonio Abad, con la bendición de las caballerías y el reparto de panecillos y roscones. La plaza de la Catedral se convirtió en asamblea de caballos,
destacando los que intervenían en los concursos hípicos organizados por el capitán Sánchez Bravo. El señor obispo los bendijo, y al hacerlo pensó que aquellos nobles animales planteaban menos problemas que los seres humanos. Se dejaban engalanar sin pavonearse por ello; recibían el agua bendita sin creerse santos ni blasfemar; estaban siempre a las órdenes del jinete; y no sufrían -"sólo padecían"-, puesto que no tenían alma. Exagerando un poco, podía decirse de ellos que, con respecto al hombre, eran mártires, puesto que de un tiempo a esta parte acababan siendo sacrificados en los mataderos para abastecer las desnutridas carnicerías.
Ahora bien, la persona que en aquel mes de febrero, aniversario de la Liberación, hizo méritos suficientes para recibir una bendición especial, fue aquella a que se refirió el pensamiento del doctor Andújar: el comisario Diéguez. Por la sencilla razón de que cumplió, con afán digno de encomio, la voluntad del Gobernador Civil, las instrucciones que éste le había dado unas semanas antes a fin de congelar en lo posible la insana avidez de dinero que se había apoderado de la provincia.
El comisario Diéguez cumplió de tal modo, que muchos de los "indisciplinados" se tomaron una tregua, hicieron marcha atrás. A algunos no les dio tiempo, como por ejemplo a los componentes de Tejero, S. A., los cuales, convictos y confesos de una serie de delitos de contrabando, fueron a parar con sus huesos en la cárcel. Su presidente, un tal Pedro Riuró, antiguo agente de Bolsa, fue enviado a un batallón disciplinario que se encontraba perforando un túnel cerca de Garrapinillos, en la provincia de Guadalajara.
"Mande usted por ahí a sus hombres y demos un escarmiento -había dicho el Gobernador-. Objetivos, los que usted quiera… Si el culpable ostenta algún cargo, es autoridad, hágalo usted constar en el informe".
A tenor de estas palabras, una serie de personas cayeron en las garras del comisario Diéguez por infracciones de la más diversa índole.
Ambrosio, el contrabajo de la Gerona Jazz, fue acusado de estafar a la Compañía de Electricidad. Inventó un ingenioso sistema para que no corriera el contador y fue descubierto y sancionado.
Uno de los traperos del barrio de la Barca ingresó en la cárcel conjuntamente con frívol miembros de Tejero, S. A., sustituyendo a los presos políticos que habían sido indultados por Navidad. Descubrióse que tenía a su servicio una serie de mujerucas, que pasaban por las casas ofreciendo patatas a condición de que previamente les fuera entregado el saco para transportarlas; el hombre había reunido desde primeros de año cerca de quinientos sacos, que había vendido a muy buen precio, puesto que el yute escaseaba.
Galindo fue multado por resistirse a admitir la chapita de Auxilio Social que se exigía para entrar en el cine: multa de doscientas pesetas, sin posible apelación. 'El Niño de Jaén', que iba para "bailaor", fue sorprendido robando un neumático de un camión de transportes y permaneció cuarenta horas en el cuartelillo, hasta que la Andaluza advirtió de ello a Mateo y éste lo sacó. El madrileño Herreros, dependiente de la Barbería Dámaso, fue multado a su vez por hacer correr el bulo de que España, pese a las circunstancias de escasez, enviaba víveres a Alemania.
Otra de las personas encartadas fue precisamente Rogelio, el joven camarero del Hotel Miramar, de Blanes. El muchacho resultó un pícaro de siete suelas. Al término de la temporada veraniega en dicho hotel, se instaló en Gerona dispuesto a estudiar algún plan que le permitiera vivir sin dar golpe. Probó con las sirvientas, enamorándolas e instándolas luego a que les robaran cubiertos de plata a los "señores"; pero una de ellas fue descubierta e, interrogada por el comisario Diéguez, "cantó". Rogelio ingresó también en la cárcel. Y al encontrarse entre rejas, el muchacho, que anteriormente nunca se había dedicado a nada ilegal, meditó y llegó a la conclusión de que el culpable de su estado de ánimo, de su corrupción, era el doctor Chaos. El incidente con éste le había dejado huella, tal vez al mostrar le la cara deforme de la vida. "Me las pagará -se dijo para sí-. Me las pagará".
Con todo, el servicio más importante prestado por el comisario Diéguez fue el de los abortos, y su víctima propiciatoria la comadrona Rosario, regidora de Puericultura de la Sección Femenina… Rosario, mujer complicada, de ambiciones ocultas, se había convertido, ¡quién pudo preverlo!, en la sustituta del doctor Rosselló, con la ayuda de un farmacéutico y a base de una clientela muy barata: prostitutas y algunas de las "andaluzas" que habitaban las cuevas de Montjuich. Marta, advertida del caso, no se tomó la molestia de mover un dedo a favor de Rosario, por cuanto el acto de su camarada de la Sección Femenina le repugnó sobremanera.
En resumen, la actuación del comisario Diéguez impuso la disciplina deseada por el Gobernador Civil y, sobre todo en los pueblos, provocó el pánico entre los alcaldes poco escrupulosos.
Ahora bien, había un aspecto de la cuestión que aparecía confuso: el "pozo de agresividad" en que vivía, de modo permanente, el comisario Diéguez. ¿Qué lo impulsaba a sonreír con tanta satisfacción cada vez que cumplía un servicio? ¿Era el suyo un homenaje a la justicia, al bien común, o un acto de secreta venganza?
En vano don Eusebio Ferrándiz, jefe de Policía, quien desde la pérdida brutal de su hija prefería esclarecer las causas a registrar los efectos, había hurgado en el espíritu del comisario Diéguez con el propósito de razonar su comportamiento; tropezaba con un muro.
– Comisario Diéguez, ¿podría decirme qué siente usted cuando descubre que una persona es culpable?
– ¿Qué siento? Pues… ¿qué le diré a usted? Sé que mi obligación es levantar acta. Sonsacarle todo lo que pueda…
– Comisario Diéguez, ¿y al inicio del interrogatorio, cuando cabe la posibilidad de que se esté cometiendo un error? ¿Qué es lo que siente usted?
– Pues… ganas de conocer la verdad del asunto. Soy policía, ¿no?
– ¿Y si la persona resulta luego inocente?
– ¡Ah! Son cosas que ocurren, ¿no es así? Si el individuo resulta inocente, pues se le piden excusas. Y se hace cargo…
La clave de la psicología del comisario estaba ahí, en opinión de don Eusebio Ferrándiz. En el momento más espontáneo decía individuo, no personas. Deformación profesional. El comisario Diéguez, desde este ángulo, era perdonable. Actuaba con la naturalidad y suficiencia con que en el campo nace la hierba.
¿Peligrosa mentalidad? Tal vez… Pero, en todo caso, era sin discusión el mejor agente de la plantilla. Olfato y rapidez. Sin su colaboración, la red vigilante establecida por don Eusebio Ferrándiz en la provincia se desmoronaría por su base. Era, por lo tanto, la pieza ingrata pero inevitable, como podían serlo el verdugo o los laceros que el Ayuntamiento movilizaba cuando, de tarde en tarde, aparecía por la ciudad un perro rabioso.
Don Eusebio Ferrándiz era de otra pasta. Veinte años en el Cuerpo de Policía y todavía se preguntaba a menudo: "¿Qué derecho tengo yo a permitir que se amenace a la gente, e incluso que se la pegue para que cante?". Pero la explicación era categórica; lo exigía su cargo. Debía velar por la seguridad de la población. En resumen, ¡complicado mundo!, el argumento del comisario Diéguez: "Soy policía, ¿no?".
Por fin los Costa se decidieron a actuar y tomaron posesión del despacho directivo de la Constructora Gerundense, S. A., sito en la calle Platería. El acto fue sencillo y tuvo lugar el día 13; es decir, el mismo día en que Franco se trasladó a Bordighera para entrevistarse con el Duce, entrevista cuyo comunicado conjunto, hecho público al día siguiente, se pareció sustancialmente al publicado en ocasión del encuentro Franco-Hitler celebrado en Hendaya, Amanecer añadió que el Caudillo, a su regreso a España, paró en Montpellier, donde conversó larga y amistosamente con el general Pétain, su "maestro" y uno de los hombres que Franco admiraba.
Los Costa dieron la impresión, desde el primer momento, de que irían a lo suyo… pero con prudencia. La Fiscalía de Tasas, el Gobernador ¡y el comisario Diéguez!, los inquietaban. El comisario Diéguez era la flecha que, como fuere, deberían esquivar.
Procuraron, pues, no hacer ostentación. Nada de reformas en el local, un tanto destartalado. Se compraron dos coches, pero de segunda mano. Cumplieron con la promesa que le hicieron a Félix, quien gracias a ello pudo matricularse en la Escuela de Bellas Artes, que empezó a funcionar en la ciudad, bajo la dirección de Cefe, el pintor de desnudos. El único gesto un tanto aparatoso, aparte el de situarse en misa en el primer banco, fue hacer un importante donativo al Gobierno Civil, con destino a la construcción de la Ciudad Universitaria de Madrid.
En cuanto a la reorganización interna de la Sociedad, su primera disposición consistió en nombrar un secretario. Eligieron a Leopoldo, el muchacho que trabajaba en el Consulado Español de Perpiñán, amigo de Ignacio, al que los Costa habían conocido a raíz de sus gestiones para regresar a Francia. "Es un hombre cabal. No aspira a hacerse millonario en dos meses, como el administrador… Y con él podremos hablar de política y de las andanzas de ese tal De Gaulle, que está resultando un tipo de cuidado".
La segunda disposición tomada fue reunir en el despacho a la Torre de Babel, a Padrosa y al abogado Mijares. La operación les salió redonda. No sólo convencieron a este último -el talonario de cheques bastó- para que cesara en Sindicatos, sino que compraron la mitad más una de las acciones de la Agencia Gerunda. Con lo que la Torre de Babel y Padrosa, en premio a su audacia, pasaron a ser socios, aunque minoritarios, de los Costa.
Inmediatamente después llamaron al arquitecto municipal y le dieron las instrucciones necesarias para que levantara de nueva planta el edificio de Fundiciones Costa. "En realidad -decían siempre los dos hermanos-, lo que profesionalmente nos interesa es esto: la metalurgia. Todo lo demás es circunstancial".
Simultáneamente empezaron a pagar los correspondientes jornales a los detenidos que salieron de la cárcel el mismo día que ellos y a los que habían prometido darles trabajo. "Desde este momento trabajáis ya para nosotros. Sois obreros -perdón productores- de la Fundición". Algunos de dichos productores habían ya trabajado en ella antes de la guerra. El administrador comentó: "Creo que ha sido una idea práctica. De ese modo no se irán a trabajar a Alemania, como tantos otros".
Y, entretanto, ¡conocieron al coronel Triguero! Por fin éste pudo estrecharles la mano a los dos ex diputados. Sin embargo, la entrevista fue mucho más breve de lo que el coronel hubiera deseado. Holgaba hablar de las operaciones realizadas en el pasado y en las que el jefe de Fronteras actuó con mano maestra. Interesaba el futuro. En otras palabras, era preciso conseguir la adjudicación de las obras de la nueva cárcel que iba a construirse en el vecino pueblo de Salt -el señor obispo reclamaba, y con razón, la devolución del Seminario- y, sobre todo, las obrar de los nuevos cuarteles, cuya autorización el general había obtenido del Ministerio del Ejército. "Esto de los cuarteles es importante. ¡Suponemos, coronel, que la operación va a resultarle a usted fácil!".
El coronel, al oír esto, hizo un guiño muy expresivo.
– Pues lo siento, pero están ustedes en un error… -objetó-. Hablar de cuarteles es meterse en la boca del lobo.
Los Costa le miraron.
– ¿Y el capitán Sánchez Bravo?
– No hay manera de convencerle. Hoy mismo he hablado con él, antes de venirme aquí. Sigue contestando: "Papá me da miedo". No se decide a colaborar.
Los hermanos Costa no se inmutaron, limitándose a cabecear varias veces consecutivas.
– Ofrézcale cien mil pesetas si nos consigue los cuarteles. Una operación aislada. No tiene por qué vernos ni por qué formar parte de la Sociedad. Cien mil pesetas al contado y en billetes sin estrenar.
El coronel Triguero se quedó de una pieza y estuvo a punto de preguntar: "Y a mí, ¿cuánto me corresponderá?".
– De acuerdo, lo intentaré…
– ¡Muchas gracias! -contestaron los Costa, levantándose.
El coronel, apabullado por la contundencia de sus interlocutores, se levantó a su vez. Iba a decir algo, pero los hermanos Costa se le anticiparon.
– Coronel Triguero, confiamos en esa hada milagrosa que, según usted, vela en Madrid por sus intereses…
El coronel, todavía sin reponerse, contestó:
– Pueden confiar en ella…
– Un ruego: siga usted en Figueras. Venga usted a Gerona lo menos posible.
– Así lo haré…
Ya en la puerta, los hermanos Costa le dijeron:
– ¡Pero, por favor, venga usted siempre vestido de paisano!
El coronel se miró el uniforme.
– ¡Oh, claro! Perdón…
Al día siguiente, los hermanos Costa se entrevistaron con Gaspar Ley, representante en Gerona de Sarró y Compañía. Prefirieron visitarle en su propio feudo, es decir, en el Banco Arús.
Dicha entrevista fue también breve; pero cabe decir que Gaspar Ley sacó de los dos ex diputados una impresión excelente. Aunque sin motivo para ello, los había imaginado un tanto vulgares y manejando un léxico más bien restringido. Nada de eso. Tenían buena pinta, llevaban traje de muy buen corte, se expresaban sin circunloquios y con precisión. Había en su apariencia física algo fofo, pero ello podía achacarse a su prolongada estancia en la cárcel. Por otra parte, no carecían de sentido del humor, cualidad siempre loable.
Gaspar Ley, terminado el breve preámbulo, les ratificó que Sarró y Compañía, que oficialmente se dedicaba a importación y exportación, deseaba ampliar su negocio. "Don Rosendo Sarró tiene un concepto moderno de la producción y de las transacciones. Prefiere ser cigarra a ser hormiga, ¿comprenden? Dicho de otro modo, en materia de finanzas tiene más bien mentalidad americana".
Los Costa asintieron con la cabeza.
– ¿De qué capital dispone esa Sociedad, si puede saberse?
Gaspar Ley se tocó el aparato que llevaba para la sordera.
– Me resultaría muy difícil calcularlo…
Los Costa, al oír esto, levantaron simultáneamente, debajo de la mesa, las punteras de los zapatos.
– Hay un punto que convendría aclarar. ¿Por qué Sarró y Compañía, siendo tan importante, desea conectar con nosotros?
– La razón es geográfica -explicó Gaspar Ley-. Gerona está cerca de la frontera… Y dispone del puerto de San Feliu de Guíxols, pequeño pero poco vigilado.
Hubo un silencio.
– ¿No podría usted ser más explícito?
– Lo lamento. Don Rosendo Sarró prefiere concretar personalmente los detalles secundarios.
Los Costa marcaron otra pausa.
– Tenga usted en cuenta que nosotros no podemos salir de Gerona…
– No importa. Don Rosendo Sarró está dispuesto a desplazarse.
– ¿Cuándo?
– Me habló de eso. Él propone el día de San José. Dice que las fiestas de precepto le traen suerte.
Los Costa sonrieron.
– ¡De acuerdo! A nosotros también.
Gaspar Ley sonrió a su vez.
– ¿Algo más?
Los ojos de los Costa rodaron por el despacho de su interlocutor.
– Sí, una última pregunta. El Banco Arús… ¿juega aquí algún papel?
Gaspar Ley abrió los brazos.
– Puede decirse que el Banco Arús pertenece a Sarró y Compañía…
La respuesta pareció satisfacer a los hermanos Costa, los cuales se levantaron y estrecharon la mano de Gaspar Ley. Antes de salir, uno de ellos depositó sobre la mesa de éste una caja de cigarros habanos.
Una vez fuera, los dos ex diputados se miraron e hicieron un mohín que significaba: "¡Esto marcha!". En cuanto a Gaspar Ley, no pudo menos de pensar que los Costa eran, al igual que don Rosendo Sarró, los clásicos industriales catalanes que imprimían ritmo progresivo al país. Mientras existieran tipos como ellos, Cataluña continuaría su ruta… Aunque hubiera letreros que prohibieran hablar en catalán. Aunque el general Sánchez Bravo se regocijara por dentro cada vez que leía en el periódico que el Gobierno tenía la intención de instalar una factoría en la provincia de Málaga o en la provincia de Segovia…
A primeros de marzo los hermanos Costa dominaban la situación. Entre otras cosas se dieron cuenta de que los sistemas de trabajo que el momento imponía no tenían nada que ver con los de antes de la guerra civil. Habían surgido auténticos prestidigitadores, de los que dijeron "que debían de haber aprendido el oficio en la cátedra de don Juan March". Por ejemplo, se enteraron de que algunas fábricas de tejidos… no fabricaban. Conseguían en Madrid el cupo de lana, de algodón o de la materia que fuese y procedían automáticamente a venderla, sin tomarse la molestia de llevarla al telar. También se enteraron de que existía una lucha titánica para obtener el permiso de fabricar gasógenos, que el Gobierno había declarado de interés nacional.
A decir verdad, los Costa estaban contentos. Los sufrimientos pasados no habían hecho mella en ellos y las perspectivas eran halagüeñas. Todo iba apuntalándose con firmeza. El capitán Sánchez Bravo, según noticias, al oír la cifra cien mil había cambiado de color y había soltado un taco, perdonable a todas luces. El personal que los rodeaba era adicto -Leopoldo se mostraba de lo más eficiente- y más lo sería cuando supiera que era intención de los ex diputados dar a todos sus empleados una participación anual en los beneficios. Por otra parte, y en otro orden de valores, empezaban a recibir por las calles espontáneas muestras de afecto…
La Torre de Babel, que visitaba a los Costa a menudo, mostraba asimismo una euforia contagiosa. "¡Hay que ver! -les decía, desde su estatura inalcanzable-. ¡Hay momentos en que ya no sé si perdí la guerra o si la gané!". Lo mismo le ocurría a Padrosa, su compañero, cuyo sueño era tener coche propio y a base de él engatusar un día a Silvia, la manicura de Barbería Dámaso, y conseguir llevarla a la cama. O casarse con ella; le daba igual…
Los hermanos Costa eran más cautos. Sabían que, pese a las apariencias, la guerra se había perdido, y por consiguiente volvían a lo de siempre: las autoridades podían de un plumazo hacerles la pascua, e incluso mandarlos -había precedentes de ello- a Garrapinillos, provincia de Guadalajara, a perforar un túnel.
Conscientes de tal circunstancia, externamente adoptaban una actitud circunspecta. Antes eran conocidos por su exuberancia y por sus estentóreas carcajadas; ahora, por su seriedad. Era muy raro que salieran sin sus respectivas esposas. Ramón, el camarero del Café Nacional, no disimulaba su desencanto. "Pero ¿es que en Francia no aprendieron ustedes ninguna historieta no apta para menores? ¿Será verdad que no se movieron ustedes de Marsella? ¡Por favor, que esto es el aburrimiento padre!".
Los Costa sólo daban rienda suelta a sus impulsos… en el Estadio de Vista Alegre. Es decir, en el fútbol y en los partidos de hockey sobre ruedas.
El hockey sobre ruedas, que desconocían por completo, los entusiasmó. Era un deporte felino, apasionante, y el equipo de Gerona era sin duda el mejor y encabezaba la clasificación del Campeonato.
En cuanto al fútbol, en él frívol dos hermanos, que gracias al capitán Sánchez Bravo consiguieron dos abonos de tribuna, se desgañitaban a placer, primero porque les salía de la entraña -¡efectivamente, Pachín marcaba unos goles de antología!- y luego porque allí todo estaba permitido y nadie se ocupaba de ellos. Claro, el fútbol era la gran válvula de escape ideada por las autoridades, el sucedáneo de las luchas políticas, de los mítines y de las huelgas. "¡Fuera, fuera…!". "¡Que le rompan una pierna!". "¡Criminal!".
Lo único que les dolía, que les dolía de veras, era la actitud de su cuñado, 'La Voz de Alerta'. Por fin se habían decidido a enviarle un aviso: "Nos gustaría saludarte…" 'La Voz de Alerta' se negó. "Hice lo que pude por vosotros cuando os juzgaron. No veo ahora motivo para prolongar nuestras relaciones".
Los Costa ignoraban que 'La Voz de Alerta', pensando en Laura hubiera accedido a la entrevista; pero que Carlota, condesa de Rubí, se opuso a ello con toda energía. "Me darías un gran disgusto si les estrechases la mano a ese par de granujas". ¡Ah, cuando la condesa de Rubí decía "me darías un gran disgusto", 'La Voz de Alerta' dejaba caer al suelo estrepitosamente la vara de mando!