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Lo menos que podía decirse de Pilar es que vivía feliz. El piso de la plaza de la Estación, pese a las mejoras hechas en él, especialmente en la cocina, y pese a la hermosa alcoba con cama antigua, altísima, era modesto, pero un vivo testimonio de Paz. Pilar y Mateo se entendían a las mil maravillas. Según expresión de don Emilio Santos, "eran dos tórtolos". Don Emilio Santos afirmaba que quien mejor lo pasaba era él. "He ganado una hija, que me cuida como me cuidaba mi mujer, que en paz descanse. Al menor descuido, una golosina en la mesa. La ropa, limpia. Pilar cada mañana me pone la inyección para mis piernas y por la noche, antes de irme a la cama, me calienta la botella de agua. En fin, que me ha tocado la lotería…"
Tal vez la nota discordante fuera Teresa, una chiquilla de quince años recién cumplidos que Pilar había tomado en concepto de criada. Era torpona, no daba una a derechas y Pilar a menudo se enfadaba con ella. Pero tampoco llegaba la sangre al río y Teresa, que por otra parte era muy graciosa, le decía a su "señorita", a Pilar, que tuviera un poco de paciencia, que lo que ella quería era aprender.
La gran ventaja de Pilar fue seguir al pie de la letra los consejos de su madre, Carmen Elgazu. "Los hombres quieren limpieza en la casa. Sé limpia, sobre todo. El suelo, las lámparas, las camisas… Sobre todo, las camisas. Y la comida variada. Tienes la ventaja de que Mateo podrá conseguirte el racionamiento que quieras. A veces un plato de crema es más útil que cien discursos. ¡Ah, y pon ceniceros en todas partes!".
Pilar obedeció. Casi exageraba. El piso relucía. Mateo, más exigente que María del Mar en esas cuestiones, se negó a lo del doble, o triple, racionamiento; pero Pilar se espabiló por su cuenta. El dinero no le alcanzaba para adquirir muchas cosas en el mercado negro, pero por algo había trabajado en la Delegación de Abastecimientos, en la sección de cartillas… y por algo el señor Grote, que continuaba allí, le había dicho siempre: "Si necesitas algo, ya sabes".
Pilar descubrió que tener hogar propio, ser la dueña, la "señorita", la "señora", daba tal sensación de plenitud que sólo faltaba que al abrir la ventana luciera el sol para alcanzar lo dicho: la felicidad. Y si llovía, lo mismo… Era hermoso encender la estufa -de aserrín, como en la Rambla- y ponerse a coser mientras fuera caía el agua mansamente. Además, los ruidos que oía desde la casa se le hacían entrañables, especialmente los ocasionados por el paso cercano de los trenes. El latido de las locomotoras y su silbido disparaban su imaginación, recordándole que el mundo estaba en marcha. Y que, con el mundo, estaba en marcha su corazón. A veces, el humo procedente de la estación empañaba los cristales; pero entonces Teresa acudía con prontitud, y con un paño blanco les devolvía la transparencia original.
Mateo sólo tenía una queja: Pilar lo llamaba demasiadas veces por teléfono. De repente, por cualquier motivo, marcaba el 1374, el número de Falange. "¿Está mi marido…? Por favor, que se ponga". Mi marido… ¡Qué bien sonaba la palabra! Mateo cogía el auricular: "¿Qué ocurre, pequeña?", "Nada, tenía ganas de oír tu voz…" "Pero ¿no comprendes que…?". "No comprendo nada. Quería oír tu voz…" En otras ocasiones inventaba excusas fútiles, insignificancias. "Mateo, no olvides el mechero, que luego me das la lata…" "Mateo, Teresa y yo hemos quitado el polvo de todos tus libros, uno por uno. Y verás lo que te he puesto en el despacho…"
Cualquier cosa le causaba ilusión. Ir de compras con Teresa, llevando ésta la cesta. Detenerse en los escaparates buscando una boquilla para don Emilio Santos o unas plantillas para Mateo, que se quejaba de que a veces le dolían los pies. Llamar por teléfono a las amigas, procurando que su voz no delatase el grado de dicha que la embargaba. Invitándolas a merendar, o simplemente a que vieran la nueva colcha que había terminado de bordar. Llamaba a Asunción, para bromear con ella acerca de Alfonso Estrada. "Hazme caso. Duro con él. Y píntate los labios…" Llamaba a Marta. "No vamos a dejar de vernos, ¿no te parece? ¡Procura escaparte un rato esta tarde!". Llamaba a Chelo Rosselló para preguntarle: "Pero, chica, ¿todavía no te casas con Jorge? La verdad, no sé a qué esperáis… Te juro que el estado ideal dé la mujer es el matrimonio".
Menos a menudo llamaba a Esther… Esther la intimidaba un poco. Esther era muy "sabia", leía mucho, y a Pilar no le quedaba tiempo para abrir un libro. Apenas si, haciendo un esfuerzo, y porque se lo había impuesto como obligación, leía el periódico, para poder comentar con Mateo la marcha de la guerra. No fuera a ocurrir que Hitler hubiera entrado en Londres y ella no estuviese enterada… Además, Mateo salía casi todos los días en Amanecer. Lo menos tres veces a la semana -Pilar había sacado el promedio- aparecía su fotografía. Pilar las recortaba todas y las pegaba en un álbum que pensaba regalarle el día en que se cumpliera el primer aniversario de su boda.
Carmen Elgazu la visitaba muchas tardes. Y a veces escuchaban juntas la radio, el serial de turno. Mateo había adquirido para su suegra una mecedora casi idéntica a la del piso de la Rambla, para que Carmen Elgazu se sintiera cómoda. Matías espaciaba un poco más las visitas. Y en lo posible procuraba coincidir con don Emilio Santos, con quien sostenía largas charlas sobre los temas más dispares. Últimamente les había dado por reírse contándose el uno al otro aventuras de la juventud, quedando bien claro que Matías había vivido una mocedad bastante más animada que don Emilio Santos. "Matías, si Carmen supiera todo esto le daba un síncope". "¡Bueno! No se enterará… Es la ventaja que tenemos los hombres. Llegamos al matrimonio sin que se nos note nada".
Día glorioso para Pilar era cuando conseguía que Mateo no tuviera nada que hacer, ningún jefe local que nombrar, ningún discurso que pronunciar, y la llevara al cine o al teatro. Entonces Pilar se ponía su mejor abrigo, su mejor traje, sus mejores abalorios y se plantaba en el palco "reservado para las autoridades" o en la fila de butacas "del cordón rojo", como una reina. Si coincidía allí con la esposa del delegado de Sindicatos, tanto mejor, porque era muy simpática y no le importaba hablar de trapos. Si coincidía con Carlota… la cosa era más complicada. Carlota le infundía tanto respeto como Esther. Y era mucho mayor que ella. Entonces no tenía sino un arma que esgrimir: sus pocos años, sus mejillas sonrosadas y su hermoso escote.
Algunas veces, invitaban a Ignacio a almorzar. Y todo salía de perlas. Ignacio, desde que Pilar se había casado, se tomaba más en serio a su hermana. Ésta había dejado de ser para él la chica que tenía chispa, pero escasas ideas propias y reacciones un tanto impertinentes. La veía… mujer. Tres meses de matrimonio le habían conferido como una aureola que en el fondo conmovía a Ignacio. Por si fuera poco, esas invitaciones, esos almuerzos, habían servido para que Mateo e Ignacio volvieran a conectar como antaño. En los últimos tiempos el trabajo distinto los había distanciado un poco. Ahora eran cuñados. Su sangre se había acercado, mezclado en cierto modo, lo que demostraba que el matrimonio era un sacramento que salpicaba a los demás, a muchas personas. Mateo e Ignacio, al tomar ahora café juntos, café servido por Pilar, revivían sus emociones afectivas, los itinerarios de su pensamiento desde que Mateo llegó a Gerona, allá por el año 1933, dispuesto a fundar la cédula de Falange, y le dijo a Ignacio, en casa del profesor Civil, que "ser español era una de las pocas cosas serias que se podía ser en la vida".
– Mateo, ¿no preferirías ahora decir que una de las cosas más serias es casarse?
Ignacio decía esto porque andaba preocupadillo con su problema, con el problema que le había planteado el padre de Ana María. Viendo a Mateo y a Pilar, tan de la misma clase, tan parecida su gesticulación, su forma de doblar la servilleta, y hasta de decir: "perdonad un momento, voy al lavabo", se preguntaba si en la intimidad le ocurriría a él lo mismo con Ana María. En el fondo, él y Ana María se conocían sólo a través del sentimiento. A veces le daba la impresión de que sólo se habían visto en bañador, y debajo del agua… Habían tomado café juntos, pero no habían comido juntos jamás. Y jamás se habían visto el uno al otro en zapatillas.
Y era lo peor que este tema no podía tratarlo con Mateo y Pilar, puesto que la sombra de Marta andaba de por medio… De modo que procuraba olvidarlo y observar a su hermana y a Mateo. ¡Ah, sí, había que rendirse!: dos tórtolos. Mateo se derretía cuando Pilar, al pasar detrás del sillón en que estaba sentado, le revolvía el pelo o le tomaba la mano y le daba en ella un par de palmaditas. Y Pilar se volvía loca cuando Mateo la buscaba de improviso en la cocina y la pellizcaba- "¡Huy, qué tonto eres! ¿No ves que el aceite de la sartén está hirviendo?".
A mediados de marzo las visitas de Carmen Elgazu menudearon un poco más… Circulaba por el piso de Pilar cierto aire de misterio. Matías y don Emilio Santos se miraban a veces… y sonreían. Hasta que, un día, la noticia se confirmó: Pilar iba a tener un hijo.
– ¡Mateo! ¡Es verdad! ¡Es verdad!
Mateo dejó por un momento de pensar en Falange y abrazando a Pilar apoyó la cabeza en su hombro, y, sin poder evitarlo, rompió en un sollozo. Tuvo la sensación de que aquello iba a equilibrar definitivamente su vida. A veces se notaba viviendo demasiado para los demás, sin tiempo, sin tempo, para él. Saber que ahora iba a prolongarse en otro ser, que aquello que se albergaba en las entrañas de Pilar era suyo, más allá de las consignas y de la lucha, lo volvió a una realidad que casi había olvidado: la de que era un hombre. Hombre primero, jefe político después…
– Siéntate, Pilar… ¡Esto es un milagro! Amor mío, pequeña…
– ¡Mateo!
– ¿Sabes una cosa? Telefonéame cuantas veces quieras… Sin necesidad de excusas…
– Mateo… ¡por favor! Que me estás haciendo daño…
– ¿Es posible? ¿Puede dañarse al abrazar?
– Pues… me está pareciendo que sí…
– ¡Cariño! Ya no necesito plantillas… Tengo la impresión de que voy a volar.
En efecto, Mateo voló. Voló hacia regiones de ensueño. Desde siempre había deseado ser padre de familia, y a ser posible, de familia numerosa, como el doctor Andújar. Seis, ocho hijos, doce: le daba igual… A veces, en los Campamentos de Verano, tenía la impresión de que toda aquella muchachada azul le pertenecía. Pero en esa tarde de marzo, mientras latían cerca las locomotoras de la RENFE -el Estado acababa de nacionalizar los ferrocarriles de vía ancha- y la tramontana procedente del Ampurdán silbaba más que ellas y rebotaba contra los cristales limpiados por la graciosa Teresa, se dio cuenta de que el Frente de Juventudes era algo muy distinto a la paternidad. Los "flechas" eran hijos adoptivos, del pensamiento y del deber; la vida que se iniciaba en el seno de Pilar, en cambio -¿qué extravagante forma tendría ya?-, era un hijo verdadero, el epicentro del misterio, de un misterio que, al revés de la mayoría, pugnaba cada día por desvelarse, por convertirse infaliblemente en realidad; en una realidad de color amoratado y rosa; con veinte dedos, y dos ojos, y dos orejas, una naricilla para respirar.
Fue, en verdad, un acontecimiento. Un acontecimiento que aceleró la circulación sanguínea de las dos familias, pero que al propio tiempo paralizó los relojes. Los relojes, desde ese momento, daban la impresión de que no andaban. Como si esperasen a que llegara una nueva hora en la tierra, una tierra en la que sólo había un habitante: Pilar.
Felicitaciones a granel… El teléfono con las amigas funcionó más que nunca. Bromas en el Café Nacional. El señor Grote, Marcos, Galindo, empezaron a llamar a Matías "el abuelo". "¡Ramón, un coñac para el abuelo!". "¿Qué dice el abuelo?".
– El abuelo -decía a veces Matías, levantando con maestría, todas a un tiempo, sus fichas de dominó- saluda a la concurrencia al grito de ¡Arriba España!
Carmen Elgazu exageró. Prácticamente se trasladó al piso de la Estación y se multiplicaron los consejos.
– Hija, come, come mucho… Tienes que comer por dos…
– Hija, no se te ocurra ducharte con agua fría…
– Hija, mucho cuidado con los caprichos. Ya sabes que…
– Sí; ya sé, luego el crío nace con lunares…
Pilar se sentía tan mimada, que se volvió exigente. Hubo un momento en que Ignacio temió que su hermana se convirtiera en déspota. Pero no hubo tal. A Pilar le gustaba sentirse protegida, pero también tenía plena conciencia de su responsabilidad.
Lo que sí tuvo, con toda evidencia, fue un reflejo de tipo religioso. Le dio gracias a Dios por lo ocurrido y cada vez que iba a la consulta del doctor Pedro Morell y éste le decía: "Esto marcha perfectamente…", a la salida Pilar entraba en la iglesia del Sagrado Corazón, adonde fue precisamente cuando tuvieron que operar a su madre, y allí le rezaba a la Virgen-Adolescente, la de los congregantes, la del padre Forteza, para que la ayudara a soportar el embarazo y para que, en el momento del parto, tuviera ella las fuerzas necesarias para comportarse como debía comportarse una mujer.
El doctor Morell… ¡Qué hombre! Pilar lo admiraba, admiraba su profesión. Tocaba los extremos de la vida y de la muerte. Un día ordenó que le extirparan a Carmen Elgazu lo que ésta tenía de madre, la esterilizó; otro día, no lejano, la ayudaría a ella a lo contrario, a tener un hijo. ¿Un hijo o una hija?
Pilar deseaba un hijo. Y que se llamara César. Por eso una mañana alquiló un taxi y, sin decírselo a nadie, se fue al cementerio y, dirigiéndose al nicho en que César dormía, Pilar le ofreció a su hermano el fruto de su vientre y le rogó que le traspasara un poco de su bondad.
Fue una escena solitaria y conmovedora, entre los cipreses oscuros, pese a que tía Conchi, el cadáver de tía Conchi, estaba también allí, detrás de la lápida, presenciándolo todo.
A Mateo lo mismo le daba que fuera chico o chica. "Vamos a tener otros muchos… De todo habrá".
Esther se mostraba disconforme con los consejos que Carmen Elgazu le daba a Pilar.
– No seas boba. Eso son cosas pasadas… Lo que tienes que hacer es lo contrario: bañarte, hacer ejercicio… ¿No comprendes? ¡Y nada de comer tanto, por favor! Anda, Pilar, que yo tuve mis dos críos sin apenas darme cuenta…
Pilar escuchaba a todo el mundo, pero sobre todo a su propio corazón. Y éste le estaba haciendo una jugarreta… de la que no se atrevía a hablar ni siquiera a Mateo: el miedo a la guerra.
Desde que se había quedado encinta no podía pensar en la guerra, ni leer los partes alemanes, ingleses y demás sin sentir un miedo pavoroso. Infinidad de palabras tenían ahora para ella otro significado; incluyendo palabras que le eran muy caras a Mateo… "Mitad monje, mitad soldado". ¿Por qué su hijo iba a ser mitad monje, mitad soldado? Sería lo que se le antojara ser, ¿no? ¿Y las consignas de la Sección Femenina, de la Hermandad de la Ciudad y el Campo? Cada hijo que muere, es un ciudadano que se pierde para la Patria. ¿Sólo para la Patria? ¿Y la madre, no lo perdía?
– Por Dios, no le digas esas cosas a Mateo… La voz que hablaba así era la de la propia Pilar. Y en alguna ocasión, la de Carmen Elgazu. Aunque ésta añadía:
– De todos modos, no te preocupes. También Mateo cambiará. Cuando los hombres tienen un hijo, todo es distinto… ¡Si hubieras conocido a tu padre! Cuando Ignacio nació me prohibió que abriera Vas ventanas. Y eso que siempre había estado hablando de que había que airear las habitaciones…
Y lo cierto era que los relojes, pese a las apariencias, an- daban… Sobre todo uno: el del piso de la plaza de la Estación instalado en el comedor. Tic, tac, tic, tac… Marzo, abril… Cuando llegara octubre, finales de octubre, ¿qué ocurriría? El gran milagro de que Mateo habló. Nacería un nuevo César…; o una niña amoratada y rosa, con veinte dedos, con dos ojos, con dos orejas, con una naricilla para respirar.
– ¿Qué dice el abuelo?
– El abuelo presenta esta vez cuatro dobles. Hay que barajar las fichas de nuevo…
La felicidad de Pilar y Mateo produjo en Ignacio una fuerte impresión. Aquello no era un proyecto; era un hecho. Un hecho que intensificó lo indecible su propio amor por Ana María, pero que lo intranquilizó de nuevo. Ignacio a veces se miraba al espejo y se veía vulgar, fiscalizado además por los rostros esquizoides, rotos, de Picasso, que colgaban en la pared de su cuarto. Y, por más que su última entrevista con Ana María, en Barcelona, había sido encantadora y que las cartas que la muchacha le escribía, casi a diario, no podían ser más estimulantes, era evidente que debería pasar mucho tiempo antes de estar en condiciones de instalar bufete propio y de poder ofrecer "a la hija de don Rosendo Sarró" un nivel de vida digno.
Por añadidura, el piso de la Rambla, ahora que conocía a fondo el de Manolo y Esther, lo acomplejaba cada día más. Claro que disponía de la soñada habitación para él solo…, con las obras de Freud, pero era un hogar de lo más humilde. ¿Y sus padres? Eso era peor aún. De un tiempo a esta parte no podía evitar el juzgarlos como desde un observatorio. ¿Por qué su padre, Matías, al gargarizar, antes de acostarse, metía tanto ruido? ¿Por qué su madre a veces se dejaba olvidadas, como tía Conchi, un par de horquillas en el lavabo?
De pronto Ignacio reaccionaba. ¡Al diablo los fantasmas! Al fin y al cabo, don Rosendo Sarró no era un aristócrata; era un financiero. Financiero, por otro lado, rigurosamente inmoral, sobre todo a raíz de la guerra. ¡Quién sabe el ruido que metería él al gargarizar! Y por supuesto, a juzgar por lo que le había contado Ana María, la madre de ésta carecía en absoluto de la distinción espiritual de Carmen Elgazu, cuyos actos constituían siempre una lección de bondad.
A todo esto, don Rosendo Sarró, objeto de las pesadillas de Ignacio, realizó el previsto viaje a Gerona para entrevistarse con les hermanos Costa. Ana María se lo comunicó a Ignacio con la debida antelación: "Llegará el día de San José, alrededor de las once y media".
Ignacio se mantuvo a la espera, en la calle de José Antonio Primo de Rivera, paso obligado, y consiguió ver efectivamente a su futuro "suegro". Éste llegó poco antes de las doce y se reunió con Gaspar Ley en el Café Savoy. Llegó con un coche fastuoso… y chófer uniformado. Su estampa era la de un triunfador. A Ignacio, que lo estuvo espiando desde el Puente de Piedra, le pareció más alto que cuando lo viera en San Feliu de Guíxols durante el verano, con la caña de pescar a cuestas. Llevaba un sombrero gris y un sólido abrigo cruzado. Al estrecharle la diestra a Gaspar Ley dio la impresión de que los huesos de la mano de éste crujirían, como los del doctor Chaos… Poco después los dos hombres se dirigieron al local de la Constructora Gerundense, S. A., de la calle Platería. Ignacio tuvo la certeza de que Gaspar Ley, al pasar por la Rambla, le diría a don Rosendo Sarró: "Ahí, en esa escalera sombría, vive el pretendiente de tu hija…"
Estimó humillante aguardar a que la reunión terminase. De modo que subió a su casa. Aunque comió sin apetito y sin dejar de preguntarse: "¿Y cómo me enteraré del acuerdo que hayan tomado? Tal vez Ana María, en la próxima carta, pueda decirme algo…"
No hubo necesidad de esperar tanto. Al día siguiente, por la tarde, Manolo, en el bufete, le informó del resultado de las conversaciones: positivo. Sarró y Compañía trabajaría con la Constructora Gerundense, S, A., sin que ello constara en ningún papel. Todo se realizaría a través de una nueva Sociedad cuya fundación habían concebido los hermanos Costa: Sociedad que se llamaría Emer -Empresas Españolas Reunidas- y que, cara al público, se dispondría a disputarle el mercado a la Constructora Gerundense, S. A. ¡Ah, el truco era corriente en aquellos tiempos! Al frente de dicha Sociedad, los Costa colocarían, en calidad de hombre de paja, nada menos que a Carlos Civil, el hijo del profesor Civil, que continuaba en Barcelona taciturno, intentando en vano abrirse camino.
– ¿Comprendes, Ignacio? La jugada es perfecta. ¡Crearse la propia competencia! Y como garantía, el apellido Civil. Por lo demás, el hijo del profesor hará lo que le manden…
Ignacio se quedó de una pieza. ¡Astucia de las "aves de presa"! Emer no despertaría recelos… ni siquiera en el general Sánchez Bravo.
La carta de Ana María, fechada el 21 de marzo, confirmó lo dicho por Manolo. "Mi padre regresó de Gerona muy satisfecho en lo referente a sus negocios. Su aspecto no mentía. Pero, naturalmente, aprovechó la ocasión para pincharme. Me dijo que Gerona era una ciudad aburrida y sucia, sin porvenir…"
Por fortuna, Ana María añadía algo más. Añadía que se había salido con la suya tocante a su proyecto de ir también ella a Gerona. Iría con Charo, por Semana Santa, con la excusa de ver la procesión. Pasarían lo menos dos días, en el hotel en que se hospedaba Gaspar Ley. "Ya está todo arreglado. Mi padre ha puesto el grito en el cielo, pero al final ha optado por ceder. Me ve tan firme, que sabe que si se opone va a ser peor. ¡Así que pronto volveremos a vernos, Ignacio! ¿Te das cuenta de lo que esto significa? Charo me está ayudando mucho. La verdad es que en gran parte la organización de este complot se lo debo a ella. ¡Ah, estoy segura de que Gerona no me parecerá a mí ni aburrida ni sucia! Para mí será el cielo. Porque amarse es el cielo, ¿verdad, Ignacio?".
La alegría de Ignacio fue indescriptible. Ana María demostraba estar dispuesta a todo y ello le infundía valor. Trazó un plan minucioso para que Gerona le causara buena impresión: el barrio antiguo, el camino del Calvario, la Dehesa… Se informaría con exactitud sobre los datos históricos y arqueológicos para poderle decir, en la Catedral, en los Baños Árabes: "Esto es del siglo tal, esto del siglo cual…" ¡Y tomarían café en el Savoy! A ser posible, en la misma mesa en que se sentaron don Rosendo Sarró y Gaspar Ley…
Manolo y Esther aprobaron su proyecto. "Sí, sí, tráela a casa… -dijo Esther, con entusiasmo-. Me muero de ganas de conocer a Ana María. Podremos presenciar la procesión desde aquí, desde el balcón".
Luego Manolo e Ignacio sostuvieron, en el despacho, una larga conversación de orden profesional… La necesidad de superación de Ignacio lanzó a éste a la aventura. El muchacho le dijo a Manolo que jamás pudo soñar con aprender tanto en tan poco tiempo. Y que estaba contento con el nuevo sueldo que cobraba desde primero de año, y, sobre todo, de la amistad fraternal que los unía. Pero… entendía que Manolo exageraba tocante a su honestidad. Que se le estaban escapando de las manos asuntos muy importantes… No se atrevía a mencionar el de los hermanos Costa. Pero Manolo había rechazado otras muchas ofertas, que, en su opinión, eran perfectamente defendibles. Un abogado no era un misionero. Los tiempos corrían como corrían y se imponía, a veces, hacer la vista gorda. Ahí estaba el ejemplo de Mijares, que en cuestión de unos meses había subido como la espuma… Y ahí también el cargo que acababa de aceptar nada menos que un hijo del insobornable profesor Civil… ¡Sí, sí, trabajaban mucho, ya lo sabía! No daban abasto, y el prestigio era el prestigio. Sin embargo, los expedientes eran por lo general de poca monta. ¿La vida no consistía en aprovechar las grandes oportunidades? Ignacio comprendía perfectamente la repugnancia que sintió Manolo en Auditoría de Guerra. Pero en el mundo de las finanzas era otro cantar. Ahí estaba entendido que valían los trucos y el esconder la mano izquierda. La moral no era una cuestión matemática. Tal vez cupiera replantearse la cuestión…
Manolo escuchó a Ignacio con expresión impenetrable. Sólo al final sus facciones se endurecieron. Tanto, que Ignacio de pronto oyó unas palabras severas:
– Por favor, Ignacio, cállate… No me decepciones, te lo ruego.
Ignacio sintió que el pitillo que fumaba se le caía de los dedos. Se azoró lo indecible. Manolo vestía una de sus americanas deportivas, de cheviot, y jugueteaba con un clip, aunque sin llevárselo a la boca, como solía hacer Padrosa… La barbita romana de Manolo pareció temblar y se apoderó del despacho como un aire de juicio sumarísimo.
– No me decepciones. Creí haberte convencido de que el prestigio era rentable…
La dignidad de Manolo era tal, que apenas si éste tuvo necesidad de añadir nada más. Ignacio se sintió repentinamente ridículo. Ridículo y culpable. Se había precipitado. Había hablado como un necio. Ahora le iba a ser difícil rectificar. Manolo continuaba mirándolo, jugando con él más a su antojo que con el clip. La ambición lo había cegado por unos momentos… ¡Dios, cuánto costaba forjarse la personalidad definitiva! ¿O es que ese estadio supremo no se alcanzaba nunca?
Manolo vio a Ignacio tan abatido… que se disgustó de nuevo, aunque ahora por otro motivo.
– Te estoy leyendo por dentro… Y te comprendo menos todavía. Si te decidiste a plantearme el problema, ahora deberías defenderlo…
Ignacio estaba hundido. No sabía qué decir.
– Soy un estúpido. Realmente, lo que me gustaría es esfumarme.
Entonces Manolo se levantó, dio unas vueltas por el despacho, sin decir nada. Había vivido demasiado para no hacerse cargo de las causas que impulsaron a Ignacio a hablar de aquel modo. La sombra de don Rosendo Sarró, la incertidumbre… Alguna vez le había ocurrido a él algo semejante cuando empezó a acompañar a Esther. Esther le hablaba de montar a caballo por los prados ingleses y él no era más que el hijo de un acreditado abogado de Barcelona. Se hizo socio del Club de Golf… Hubiera dado cualquier cosa para poderle regalar a Esther un pura sangre o para ganar el Derby…
Se detuvo delante de Ignacio. Éste había encendido otro pitillo y estaba presto para el sermón. Algo vio en Manolo que le permitió intentar sonreír, aunque no pudo hacerlo. Por fin dijo:
– Listo para sentencia…
Manolo se acarició la barbita con aire irónico, lo que en él era buena señal.
– Escucha lo que voy a decirte, Ignacio… Mide tus fuerzas. Mide tu egoísmo… Siéntate ante las obras de Freud y medita. ¡Pero hazlo pronto! Decide en tu interior tu escala de valores… Decide si el dinero ha de ser para ti un medio… o un fin.
Ignacio asintió:
– Comprendo.
– Si aceptas que el dinero ha de ser sólo un medio, y que el prestigio es rentable… obra en consecuencia. De mí puedo decirte que estoy convencido. Mejor aún, tengo pruebas de ello: mañana la fábrica Soler, de mil y pico de obreros, como tú sabes, me nombra asesor oficial… -Manolo abrió los brazos y lanzó el clip al aire-. Si el expediente te parece de poca monta, ¡qué le vamos a hacer!
Fue una lección suprema para Ignacio. El muchacho se emocionó. Se levantó y estuvo a punto de acercarse a Manolo y abrazarlo efusivamente. Pero no tenía derecho a hacerlo: tanta había sido su torpeza…
Ignacio hubiera deseado prolongar un poco más la escena, tener tiempo para congraciarse con Manolo. "Manolo, escúchame un momento. A veces ocurre que…" Manolo lo interrumpió con cierta brusquedad. Pretextó que Esther le estaba esperando… y empezó a andar hacia la puerta. Menos mal que Ignacio conocía a su jefe y que comprendió que éste le echaba ya a la cosa un poco de teatro.
– ¡Bien! Hasta mañana, Manolo…
– Hasta mañana, Ignacio… Si es que no prefieres pasarte a la Agencia Gerunda, con la Torre de Babel…
Ignacio bajó la escalera convencido de que no olvidaría nunca aquella escena.
En la calle respiró hondo. Subió a su casa con el ánimo tranquilo. Encontró a su padre jugando al parchís con Eloy. Éste al verlo, gritó:
– ¿Jugamos los tres? Dos es muy aburrido…
Carmen Elgazu, desde la cocina, gritó:
– ¡Esperadme! Hoy no voy a casa de Pilar… Vamos a jugar los cuatro.
Carmen Elgazu eligió las fichas amarillas. Y, como siempre, ganó.
La Semana Santa no tardó en llegar. En ese año no se representaría la Pasión en el Teatro Municipal, adaptada por Agustín Lago. Ni Gracia Andújar haría de Virgen María, ni el padre Forteza doblarla, con peluca, a Jesús. Pero la procesión empezaría ya a tener la prestancia de antaño: formarían en ella tres cofradías, encabezadas por la de la Purísima Sangre, y se estrenarían tres pasos cuyas imágenes habían sido esculpidas, por desgracia, en los talleres de Olot. De modo que a las diez de la noche, como era tradicional, centenares de antorchas volverían a iluminar espectralmente las callejuelas de la ciudad, rememorando la muerte del Gólgota… La seriedad sería extrema… Nadie se emborracharía, como en Sevilla, y nadie tampoco cantaría saetas… En los balcones, respeto y mudez. Lo mismo en el de la Andaluza y sus pupilas, que en el del Ayuntamiento, donde se habían citado, para presenciar el espectáculo, María del Mar, doña Cecilia, Carlota y Pilar.
Ignacio no pudo identificarse ni por un momento con el dolor de la Semana Santa. Porque Ana María, fiel a su promesa, llegó a Gerona el miércoles por la noche, acompañada de Charo… Ignacio esperó a las mujeres en la estación, en compañía de Gaspar Ley, quien en los minutos en que estuvieron juntos aguardando trató al muchacho con cortesía, pero con aire un poco distante. ¡A Ignacio no le importó! Nada le importaba ya, a excepción de la consideración de Manolo y del amor de Ana María.
¡Qué bien estuvo Charo desde el primer momento! Le tapó la boca a su ambicioso y adulón marido, Gaspar Ley. En cuanto vio que Ana María e Ignacio se abrazaban en el andén puso cara complacida y esbozó en guasa una bendición, a la que los muchachos correspondieron con una sonrisa de gratitud.
– ¡Gerona! -exclamó Ana María, instantes después, al abandonar la lúgubre estación-. ¡La insoportable ciudad! -La muchacha echó un vistazo y añadió-: ¡Pero… si tenéis hasta taxis!
Había, en efecto, una fila de taxis esperando. Gaspar Ley, que oía extraños silbidos en su aparato para la sordera, haciéndose cargo del equipaje de Charo dijo:
– Sí, vamos a tomar uno.
Al subir al coche, Ana María reprendió a Ignacio, recordando el día en que lo acompañó a casa de Ezequiel:
– Es la segunda vez que has olvidado decirle al chófer que pusiera ahí detrás un ramo de flores blancas…
La estancia de Ana María en Gerona había de ser un éxito. La muchacha se comportó con tal soltura y dio muestras de un gozo tan hondo, que a Ignacio se le disiparon por ensalmo todos los recelos.
Fueron dos días felices, que transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos y en completa discordancia con el dolor de la ciudad. Sólo de tarde en tarde, al pasar frente al Hospital, o al ver a un niño raquítico, o a un perro vagabundo, Ana María e Ignacio pensaban: "Cristo ha muerto". En las horas restantes Gerona era ya Resurrección.
Lo más extraordinario fue que se olvidaron de sí mismos. Los dos muchachos, sabiéndose independientes en Gerona, sin la proximidad de los padres de Ana María, saboreaban una anticipada luna de miel. Pero una luna de miel tan alejada de la carne, que les dio por desear que los demás compartieran su felicidad. ¿Quiénes eran los demás? El mundo entero. Por supuesto, Charo, que había sido su ángel tutelar; pero también Gaspar Ley, que andaba a rastras, el pobre, visitando "monumentos"; y el señor obispo, que presidía todas las ceremonias; y 'El Niño de Jaén', al que encontraban en todas partes; y Cacerola, que andaba loco buscando un capuchón; y Manuel Alvear, el primo de Ignacio, que no paraba un minuto cumpliendo incesantes encargos de mosén Alberto, y que fue la única persona de la familia a la que Ignacio presentó a Ana María.
– Manuel, te presento a mi novia, Ana María…
Manuel se azoró mucho y balbuceó:
– Tanto gusto, señora…
¡Señora! ¡Ja, ja! Por Dios, no reírse, que Cristo había muerto… Todo salió a pedir de boca. La escalera de la Rambla a Ana María no le pareció sombría en absoluto. Todo lo contrario. Sólo al pensar que por allí subía el cartero para entregar sus cartas a la madre de Ignacio, la emocionó de tal forma que la muchacha se quedó plantada en medio de la calzada y dijo:
– ¿Sabes que la casa de Málaga, en que naciste, se parece mucho a ésta?
¡Cómo miró al balcón, cubierto con un crespón negro! ¡Cómo espió por si a través de los entreabiertos postigos vislumbraba el rostro de Carmen Elgazu o de Matías Alvear! Ignacio le advirtió, apretándole el antebrazo:
– No, a esta hora, no. Deben de estar en el comedor… En el comedor…
¿Por qué no podía ella subir y abrazarlos a los dos y decirles: "Tenéis otra hija"? ¿Y por qué no podía hacer lo propio con Pilar y con Mateo, subir a su casa y decirles: "Tenéis otra hermana"?
– No es posible aún, Ana María. Compréndelo. Pero me las arreglaré para que puedas verlos a todos, por lo menos de lejos.
Así fue. El muchacho se enteró de la hora exacta en que sus padres visitarían la parroquia del Mercadal, iniciando su tradicional recorrido para ganar la indulgencia plenaria. Y allá condujo a Ana María, hasta la esquina, a esperar.
Cuando se acercaron los padres de Ignacio, a los que la muchacha sólo conocía por un par de borrosas fotografías, Ana María los reconoció en el acto. Fue una corazonada. Carmen Elgazu tenía sin discusión "porte de reina". Lejos aún de la iglesia, andaba ya componiéndose la mantilla… Matías llevaba el sombrero en la mano y se golpeaba con él, ligeramente, la pierna derecha…
Uno y otro iban a pasar tan cerca, que Ana María retrocedió sin darse cuenta.
– Así, que son ellos…
– Sí…
La muchacha se emocionó sobremanera. "Tus padres…", murmuró. Y apretó fuerte, muy fuerte, la mano de Ignacio. Eran dos señores. Eran mucho más que eso: un hombre y una mujer como Dios mandaba.
El paso de Carmen Elgazu y de Matías duró unos segundos tan sólo. Pronto penetraron en el vestíbulo de la iglesia y desaparecieron en el interior. Allá dentro sería ya imposible localizarlos. El templo estaba abarrotado. Por lo demás, ¿a qué insistir?
– Te pareces mucho a tu padre. ¡Muchísimo! Y cuando los exámenes en Barcelona, con una revista que compraste, te pegabas en la pierna como él con el sombrero…
– Me alegra oírte decir eso… Me alegra de veras.
Ana María consiguió también ver a Mateo y a Pilar. Ignacio se enteró de que estarían presentes en la Catedral, en el Sermón de las Siete Palabras. Y allá se fueron. Los vieron sentados en los primeros bancos, reservados para las autoridades. Mateo vestía el uniforme de gala de Falange y Pilar, toda de negro, se había colocado en la cabeza la peineta y la mantilla, detalle que chocó a Ignacio.
Ana María se emocionó también mucho al verlos. Sin querer, los ojos se le fueron tras Mateo. "Tiene buena facha", dijo. Y era verdad. Pilar… cuando se levantaba parecía sostenerse con cierta dificultad. No estaba desfigurada. Un poco mofletuda y con los labios abultados.
– La pobre, claro… Estará completamente mareada…
– No creo -dijo Ignacio-. Hasta ahora lo pasa muy bien.
Una pregunta asomaba de continuo a los labios de Ana María… pero no pasaba de allí. ¿Dónde estaba Marta? Era su obsesión desde que se convino en que haría el viaje a Gerona: conocer a Marta, ver a la chica que durante años había ocupado el corazón de Ignacio.
Pero no se decidía, entre otras razones porque estaba con- vencida de que se encontrarían con ella -¡Gerona era tan pe quena!- y que el propio Ignacio le diría: "Aquélla es…"
No se equivocó. En la mañana del Jueves Santo vieron pasar a unos cien metros unas chicas de la Sección Femenina que se dirigían en formación hacia la Cruz de los Caídos que había precisamente frente a Telégrafos. Delante iba Marta, Ana María miró de tal modo a las chicas y sobre todo a la que las capitaneaba, que a Ignacio no le cupo más remedio que decir:
– Si quieres conocer a Marta… allí está.
Ana María la miró… y se le encogió el espíritu. Una mezcla de sentimientos. Celos retrospectivos, sensación de victoria, un poco de piedad. Marta le pareció distinguida, pero físicamente un poco aséptica. Carente de expresividad.
– Está muy delgada…
– Sí…
Fue como una decepción. Ana María casi hubiera deseado una rival más peligrosa. Por fin la piedad se impuso y la muchacha miró a Ignacio con los ojos húmedos.
– Ya no queda nada, ¿verdad? -le preguntó, innecesariamente.
– Nada absolutamente… Parece imposible, pero es así. ¡Bueno, Ignacio se había aprendido correctamente la lección! Fue el mejor guía de la Gerona histórica que un forastero, que un turista, podía apetecer. "El recinto romano de la ciudad tenía forma triangular… Los vértices los señalaban la torre Gironella, un ángulo de la plazoleta de San Félix y por último la calle de las Ballesterías…" "Ahí tienes la Catedral… En el siglo X era una iglesia primitiva. Pero había en ella tantas goteras, que el cabildo se dolía de que era imposible oficiar en los días de lluvia o de temporal. Entonces el obispo Pedro Roger proyectó levantar un nuevo templo y…" "Ese campanario de San Félix es el más bello de los campanarios de Cataluña… En Barcelona no tenéis ninguno que se le pueda comparar. La primera piedra la puso, en 1368, el obispo Iñigo de Valterra… y dirigió las obras el maestro francés Pedro Zacoma…" "Vamos ahora a San Pedro de Galligans… La portada de la iglesia es una joya del siglo XI, como también la nave central… Te encantará… estoy seguro. A mí San Pedro de Galligans me gusta muchísimo…"
Ana María, que para pasar aquellos dos días se había llevado tres trajes, sonreía por dentro viendo los esfuerzos de Ignacio. No lo interrumpía, aunque no retenía ni una sola fecha ni conseguía descubrir el significado de las formas de ningún capitel. Tan sólo, después de visitar los Baños Árabes, le sugirió:
– ¿Por qué no me llevas a las murallas, para ver el valle de San Daniel?
Hacía frío. Fue una lástima. Y había neblina en la ladera. El verde ubérrimo de la primavera había muerto. Sin embargo, era fácil imaginar lo hermoso que aquello podía ser… Y se veía el meandro del Ter a lo lejos y la inmensa cúpula arisca que formaban los desnudos árboles de la Dehesa.
Allí, acodados en los restos de un mirador, se dieron el único beso de aquellas dos jornadas; a doscientos metros escasos de donde Paz y Pachín se juntaron frenéticamente, por primera vez, sobre la hierba.
Más tarde, al visitar las avenidas de la Dehesa, en la que no había nadie, gozaron tanto pisoteando hojas, persiguiéndose entre los troncos, perdiéndose por la parte norte de la Piscina donde alguien, tal vez Rufina, la medio bruja de los traperos, había encendido una pequeña hoguera que olía como si fuera incienso, que no se acordaron de que los labios estaban hechos para unirse. Se abrazaron, eso sí. Con toda la fuerza de un bosque. Con toda la fuerza de un amor contenido normalmente por la distancia.
Ana María sólo veía a Charo y a Gaspar Ley a la hora de las comidas, en el mismo hotel en que se hospedaba Mr. Edward Collins, el cónsul inglés.
Charo le preguntaba:
– ¿Qué tal, Ana María?
– ¿Hace falta que te lo diga?
– No, estás rebosante…
– ¿Quieres que te cuente quién fue Pedro Roger…? Un arquitecto francés que puso la primera piedra de los Baños Árabes…
– Pero ¡qué barbaridad estás diciendo!
– Te lo juro, Charo. Ignacio está enteradísimo…
– ¿Habéis ganado ya la indulgencia plenaria?
– Hemos ganado diez o doce…
En un momento dado, Ana María, viendo que su amiga no le preguntaba nada sobre Marta, le dijo:
– ¿Sabes que he conocido a Marta?
– ¡Ah!, ¿sí?
– La vi de lejos…
– ¿Y qué tal es?
– Muy distinguida…
Hasta que llegó la hora de la procesión. Fue entonces cuando Ignacio no acertó a disimular por más tiempo y les comunicó a sus padres que Ana María estaba en Gerona.
– Manolo y Esther nos han invitado a ir a su casa, a su balcón. Haceos cargo…
Carmen Elgazu se tapó por un momento la boca con la punta de los dedos. ¡Le había dolido tanto lo de Marta! Pero era un hecho consumado y ahora se moría de ganas de conocer a Ana María.
Iba a decir algo, pero Matías se le anticipó.
– De acuerdo, hijo. Me parece muy bien.
Importante momento… Cuando Ana María entró en el piso de Manolo y Esther, Ignacio se dio cuenta de que aquél era sin duda alguna el ambiente de la muchacha. La manera como entregó el abrigo a la doncella que les abrió la puerta, indicaba que tenía el hábito de hacerlo… ¡Qué naturalidad! Y lo mismo al saludar a Manolo -flamante asesor oficial de la fábrica Soler, de mil y pico de obreros- y a Esther, que se había puesto, para la ocasión, un vestido negro infinitamente más acertado que el que llevaba Pilar en el Sermón de las Siete Palabras.
– Conque Ana María, ¿eh? Estás en tu casa, hija.
– Muchas gracias…
– ¿Quieres tornar algo?
– Café-café, si es que lo hay…
El inevitable retraso de la procesión, que, pese a los esfuerzos de mosén Alberto, maestro de ceremonias, salió de la puerta de la Catedral a las diez y media, permitió a los cuatro sostener un largo diálogo. Ana María no pareció extasiarse en aquel piso. Únicamente preguntó de qué siglo era una talla adquirida últimamente por Esther, que representaba un San Sebastián traspasado por varias flechas.
Esther y Ana María hicieron tan buenas migas, que daba gusto verlas juntas y aun dejarlas aparte. En cierto modo, parecían hermanas. ¡Si hasta llevaban casi idénticos zapatos!
Cada vez que Manolo e Ignacio salían al balcón para ver si la cabeza de la procesión asomaba por la esquina de la calle de Ballesterías -"uno de los tres vértices del recinto romano"-, Esther y Ana María se disparaban hablando.
– ¡Tenía unas ganas locas de conocerte!
– Y yo a ti…
– ¿Te llaman siempre Ana María o Ana-Mari?
– Ana María…
– Un poco largo ¿no?
– Tal vez…
Esther, en uno de esos cuchicheos, cantó las alabanzas de Ignacio.
– Te felicito. De veras… Llegará donde quiera.
– ¿Está Manolo contento con él?
– ¡Cómo! Lo quiere más que a mí. No te digo más…
Ana María le preguntó:
– ¿Y Gerona, qué tal…? ¿De verdad está esto tan soso?
– Un poco… Pero ésa es otra cuestión.
– A lo mejor vengo yo y entre las dos lo animamos…
– ¡Calla, en eso confío! Pero por lo que pueda ser, no tardes demasiado…
– Eso ya…
– ¡Bah! Todo acaba por arreglarse.
– ¿Qué remedio, verdad?
Manolo las llamó.
– ¡Esther, llama a los niños, que ya viene!
– ¿Quién viene, qué…?
– ¿Qué…? ¡La procesión!
– ¡Oh, perdona! Estábamos en el limbo…
La doncella trajo a la parejita de la casa, a Jacinto y a Clara, y Ana María los izó uno tras otro y los besó, al igual que Ignacio, quien acostumbraba a bromear mucho con ellos. Jacinto y Clara por fin se escabulleron y salieron rápidamente al balcón.
Todos los imitaron y se acodaron cómodamente en la barandilla. Ignacio miró el piso saliente del balcón y pensó, como otras muchas veces: "Pero ¿cómo es posible que esto no se caiga?".
El cortejo del Viernes Santo empezó a desfilar… Sí, todo aquello era muy solemne. Las antorchas, los caballos, los capuchones… Al lado de mosén Alberto, y vestido de monaguillo, Manuel Alvear… En el balcón de la Constructora Gerundense, S. A., de la calle Platería, los hermanos Costa, con traje oscuro, junto a sus esposas. A Manolo le sorprendió verlos allí. Había supuesto que desfilarían también bajo los capuchones de la Cofradía de la Purísima Sangre.
Cristo había muerto. Pero Ignacio y Ana María vivían. Vivían en aquel céntrico balcón, que no se caía por milagro, enlazados por la cintura y diciéndose:
– Simpática Esther, ¿verdad?
– Un encanto.
– ¿Sabes en quién he pensado al ver la procesión?
– No sé…
– En mosén Francisco…
– Mosén Francisco… ¡Qué hombre!
– ¿Me quieres?
Ana María despidió chispitas por los ojos.
– En este momento debería estar prohibido. Pero sí.
Jacinto y Clara, agarrados a los barrotes, miraban como hipnotizados al gran Cristo que, merced a un esfuerzo increíble, el doctor Andújar sostenía en lo alto, escoltado por Agustín Lago y por Mijares, que llevaban los cordones laterales.
Poco después pasó Jesús Yacente, joya de la iglesia de San Félix, dentro de la urna de cristal, con los soldados llevándolo en andas. Luego pasaron los penitentes con cadenas, con cruces… Penitentes anónimos, como los soldados. Cumpliendo probablemente promesas hechas durante la guerra.
Detrás, las autoridades. El fajín del general era como un clavel en la noche. El Gobernador no se había quitado las gafas negras. ¿Por qué? 'La Voz de Alerta' parecía un conde. El notario Noguer, un notario. Mateo, un centurión romano…
El obispo, doctor Gregorio Lascasas, avanzando con el báculo, parecía meditar hondamente, al tiempo que medía el enlosado y la piedad y el grado de penitencia de la ciudad.
– Mañana he de regresar a Barcelona… ¡Qué horror!
– Sí, esto habrá sido como un sueño.
No fue un sueño, fue una realidad.
Terminada la procesión, Ana María e Ignacio se despidieron de Manolo y Esther y de los chicos, y se lanzaron a la calle, mezclándose entre la multitud. Estuvieron andando hasta las tantas. Ana María iba mirándolo todo como quien se despide de algo muy querido. Los cofrades regresaban de la Catedral llevando en la mano el capuchón, que ahora parecía una prenda inútil.
Ana María se empeñó en pasar por centésima vez delante de la casa de Ignacio y luego delante del Banco Arús, que estaba casi al lado del hotel. Delante del Banco se paró y preguntó:
– ¿Cuántas veces barriste ese vestíbulo?
– ¡Huy! Y los días de lluvia, tenía que llenarlo de aserrín…
– ¿Te acuerdas mucho de aquella época?
– Más de lo que te figuras… Aprendí mucho ahí dentro.
Ana María miró a Ignacio. Y al llegar a la puerta del hotel comentó, al tiempo que le daba el beso de despedida:
– Una de las cosas que más me gustan de ti es que empleas a menudo la palabra aprender…