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Paz Alvear, declarada miss Gerona por Carlota, condesa de Rubí, se acordaba con frecuencia de su madre, pero sin angustia. Su madre fue en verdad un ser gris, apergaminado, que dejó huella escasa, excepto en el pequeño Manuel, que visitaba el cementerio de vez en cuando. Paz no quería ser cruel, pero cuando más la echaba de menos era cuando tenía que cocinar y fregotear. Había hecho donación del escasísimo ajuar de la mujer a una vecina medio paralítica y había tirado su peine, su cepillo de dientes y algunos otros chismes al cubo de la basura. Gol, el gato mascota de la casa, ahora se había acostumbrado a dormir en la cama que fue de "tía Conchi". Paz tenía… dos problemas: Manuel y Pachín. Manuel había caído de lleno en las garras de mosén Alberto. Paz hizo cuanto pudo para romper el cerco, pero fracasó. Continuó hablándole pestes de la Iglesia, que había consentido la muerte de su padre en Burgos. Continuó hurgando y criticando los libros de texto que su hermano llevaba en la cartera e incluso le enseñó un antiguo catecismo que le prestó el librero Jaime, editado en Gerona cuando la guerra de la Independencia, en el que se decía textualmente: -¿Qué son los franceses? -Antiguos cristianos y herejes modernos. -¿Es pecado asesinar a un francés? -No, padre; se hace una obra meritoria librando a la Patria de sus violentos opresores.
– ¿Comprendes, so tonto? Los curas han sido siempre así. ¡Fíjate en la fecha!: 1808… Ha pasado siglo y medio y siguen en las mismas.
Nada que hacer. Mosén Alberto ejercía sobre Manuel una influencia decisiva. Por otra parte, en el Museo Diocesano, cada día más enriquecido, el muchacho se había acostumbrado a considerar sagradas determinadas cosas, sobre todo al contemplar los cuadros que representaban a Cristo. Sí, la figura de Cristo había ido penetrando en él con intensidad creciente. ¡Manuel comulgaba ya una vez a la semana, sin que Paz se enterase!
Y al hacerlo sentía que en aquellas hostias elaboradas por las monjitas había algo más que pan… Había serenidad, buenos pensamientos, deseos de amar al prójimo y de perdonar. Aquel pan era la explicación de que no todo acaba aquí abajo, como su hermana pretendía. Era el pan con que César se alimentó siempre… ¡Oh, claro, César se había ido convirtiendo en el otro gran "opresor espiritual" de Manuel! Éste llevaba siempre en la cartera una fotografía de su primo, que Carmen Elgazu le había regalado. Y cada vez que la miraba pensaba que las teorías de su hermana fallaban por algún lado. O que por lo menos eran exageradas. Paz se daba cuenta y pensaba para sí: "¡Pues sí que estamos buenos! Lo dije en broma y va a resultar verdad: a ése me lo meten en el Seminario…"
El otro problema de Paz era Pachín. Pachín la quería más que nunca. Le decía en todos los tonos inimaginables: "Sin ti no podría vivir". Pero habían surgido dos amenazas. Una, Pachín terminaría en agosto el servicio militar y su familia residía en Asturias. Otra, el Club de Fútbol Barcelona había declarado públicamente que quería ficharlo para la próxima temporada. Pachín, gracias a sus testarazos, era el máximo goleador de Segunda División. Un dirigente del Barcelona lo había estado vigilando por esos campos de España y había dicho: "Es una tontería que ese chico se pudra en Segunda División. Tiene madera de jugador internacional". ¿Internacional? La palabra le había gustado a Paz, por aquello del himno del mismo nombre que ella canturreaba por lo bajines en Perfumería Diana. Pero si Pachín fichaba por el Club de Fútbol Barcelona, ¿qué iba a ocurrir? O se casaban -y Pachín no hablaba nunca de ello, "porque era muy joven y porque no le convenía engordar"-, o ella se iba tras él. De lo contrario, si te he visto no me acuerdo.
Pachín le decía que era pronto para preocuparse. "Estamos en mayo. Faltan tres meses para licenciarme. No tomaré ninguna decisión sin contar contigo. ¿Qué más puedo decirte? Pero tengo derecho a mejorar, ¿no? Ya buscaremos una solución…"
Paz descubrió que era muy celosa. Nunca lo hubiera imaginado. Era celosa no sólo de Pachín, sino de todo cuanto se refiriese a todos aquellos a quienes quería. Por ejemplo, últimamente tenía celos de Adela, porque un día advirtió que Ignacio al mencionarla lo hacía con una excitación especial. "¿Qué le encuentras a esa mujer…? Le quitas la faja y sales huyendo…" Ignacio se rió. Bueno, se rió sólo a medias, puesto que llevaba mucho tiempo sin poder abrazar a Adela, debido a que las sospechas de Marcos no se habían disipado.
En cambio, la muchacha había resuelto favorablemente el asunto del piso que andaba buscando. La Agencia Gerunda, a través de la Torre de Babel, acababa de conseguirle uno en la calle del Carmen, del que podría tomar posesión en agosto. Por cierto que la Torre de Babel retenía a Paz innecesariamente en la oficina, pues el muchacho se estremecía de pies a cabeza al ver a la prima de Ignacio. Por ello le daba largas al asunto. "Vuelve el sábado… Seguramente habrá algo". "Pásate por aquí el martes. ¿Te acordarás?". Hasta que Paz le dijo, haciendo un ademán chulesco: "Ya está bien, rico. Que el piso no va a ser para ti…"
También resolvió favorablemente su propósito de incrementar sus ingresos, a sabiendas de que con ello se distanciaba todavía más de sus antiguos slogans de la UGT. Aparte de que con la primavera la Gerona Jazz, había reanudado sus actividades -cada pueblo celebraría nuevamente la Fiesta Mayor-, la muchacha se aseguró sin gran esfuerzo otro sueldo no despreciable: se convirtió en la modelo de Cefe, el pintor de desnudos, gracias a los anuncios que éste, al igual que sus colegas, había ido publicando al respecto en Amanecer.
– Pero, ¡diablos! -exclamó el pintor, al ver a Paz-. No sabía yo que en Gerona existiera una sirena de esta categoría…
– No será porque me haya quedado encerrada en casita, ¿verdad?
El acuerdo fue completo, entre otras razones porque Cefe no sólo pagaba bien, sino que trabajaba sin malicia. Paz se dio cuenta de ello en seguida y simpatizó con el pintor, con el que charlaba a gusto a lo largo de las sesiones.
Y es que Ceferino Borrás -éste era su nombre- era un tipo singular. Se había criado en el Hospicio. Ahora tenía ya cincuenta años cumplidos y su mujer, al terminar la guerra, se le había ido a Francia con una de las Brigadas Internacionales. Estudió en Bellas Artes, en Barcelona, y era figurativo ciento por ciento, especializado en el retrato femenino.
– Cuando la Dictadura de Primo de Rivera -le contaba a Paz-, me hinché de pintar señoras con clavel en el escote; pero luego, cuando vinieron los tuyos, el Frente Popular, el negocio se fue al carajo.
Ahora la época le ofrecía de nuevo grandes perspectivas. "Sí, sí, que vengan condesitas a Gerona… Tarde o temprano, todas pasarán por este taller".
Se ejercitaba en el desnudo, precisamente porque exponer desnudos estaba prohibido y habían surgido compradores clandestinos, que no regateaban el precio. El trato con Paz había sido tajante: nadie la reconocería, pues le cambiaría la cabeza. "Pero ese cuerpo… Tienes un cuerpo delicioso, pequeña. ¡Ojalá te hubiera conocido yo a los veinticinco años! A ti no te hubiera dejado escapar…" Paz se reía. "¡Cefe, que ya no estás para estos trotes…!". "¡Ay, mi querida Paz! -exclamaba el pintor, mirándola de arriba abajo con un ojo cerrado y el pulgar en el aire-. ¿Cómo voy a contradecirte? No se me ocurre más que una palabra: Amén".
El pintor Ceferino Borrás llevaba lacito negro, de mariposa, en el cuello. Y una cabellera para ser esculpida. Era distraído, bohemio y charlatán: el tópico por excelencia. No le gustaba la política. Decía que si en los cuarteles la gente hiciera la instrucción con pinceles en vez de hacerla con fusiles, no habría guerra ni en el aire, ni en la tierra, ni en el mar. "Y esos alemanes… ¡que no me destruyan ahora una sola estatua de Grecia!
Si lo hacen, me uno a Inglaterra con mi arma secreta: la no-violencia".
Paz aprendía mucho con Cefe. Éste no se cansaba de asegurarle que lo bonito era no odiar a nadie y tener una visión virginal del mundo. "De esta forma se vive tranquilo y las arrugas tardan en llegar. No me gusta que te metas en jaleos de Socorro Rojo y demás, ni que clasifiques a las personas de buenas a primeras. ¿Por qué? Todo el mundo es como es, ¿no te parece?
– ¿Tú no odias a nadie, Cefe? -le preguntaba Paz.
– ¿Yo? ¿Qué voy a odiar? Odiar es perder el tiempo. ¿A ver ese busto…? Así… No odio ni siquiera a los cubistas, fíjate. Lo que pasa es que me dan lástima, eso es. Porque, vamos. Mientras haya mujeres como tú… ¡a mí que me den academia, mucha academia!
Paz temblaba a veces ante la posibilidad de que Pachín se enterase de que ella posaba para Cefe. ¡No era lo mismo ser vocalista -Pachín había dicho: "¡Adelante! ¡Tú y yo, los amos!"- que desnudarse ante otro hombre, aunque éste se llamase Ceferino Borrás! Pero no había peligro, de momento. ¡Pachín estaba tan seguro de sí!
En cambio, y sin saber cómo, se enteró de ello Ignacio. E Ignacio, que se llevaba muy bien con su prima, hasta el punto de que no pasaba nunca enfrente de Perfumería Diana sin detenerse para saludar a la chica desde fuera, le afeó su conducta.
– ¿No comprendes que Gerona es una ciudad carca y que esto te puede perjudicar?
Paz se defendió.
– ¡Pero si no lo sabe nadie! A menos que tú vayas por ahí pregonándolo…
– ¡Qué tontería! Pero Gerona es un pañuelo…
Paz se mordió la punta de la lengua.
– Claro, claro… -aceptó. Y volvió a lo suyo-: ¡Si se entera Pachín!
Al oír este nombre Ignacio tuvo una reacción inesperada. Movió la cabeza de forma tal que Paz se dio cuenta de que Pachín no le caía en gracia al muchacho. Alguna vez lo había sospechado, puesto que Ignacio no le hablaba nunca de él; pero ahora la cosa no dejaba lugar a dudas.
Ignacio se franqueó con Paz en este sentido.
– ¿Qué voy a decirte? Le conozco poco. Pero creo que podrías aspirar a algo mejor…
Paz se picó de tal suerte que le contestó:
– ¿Algo mejor? ¿Qué quieres? ¿Que me busque por ahí un Jorge de Batlle?
Ignacio procuró calmarla. El muchacho quería a Paz y herirla no fue ni sería nunca su propósito. Todo lo contrario. Ignacio se explicó. Le repitió lo que le había dicho en innumerables ocasiones, lo que Paz debía hacer era alternar con personas que pudieran elevar su nivel. En otras palabras, cultivarse. Cultivar su inteligencia, como había cultivado su voz y sus "tablas" en los escenarios, con la Gerona Jazz. La chica cometía horribles faltas de ortografía y lo más seguro era que ignorase el nombre del presidente de los Estados Unidos.
– ¿Crees que Pachín te solucionará esto? Ayer lo vi en el bar Montaña… ¡Sí, es un atleta! Pero ¿qué más? ¿Te has preguntado alguna vez qué será de él el día que tenga que colgar las botas?
Paz tuvo uno de sus desplantes.
– ¿Colgar las botas? ¡Hay tela para rato, querido! ¿Sabías que el Barcelona quiere ficharlo para la próxima temporada? Pues entérate de una vez… Además, le quiero, ¿comprendes? Le quiero y se acabó.
Paz añadió, después de una pausa:
– Por favor, Ignacio, no hablemos de cambiar de pareja… Mejor no tocar este asunto, créeme…
Esta vez quien se mordió la lengua fue Ignacio.
– De acuerdo, querida. Tú ganas.