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Traían fama de flemáticos los flamencos, pero de muy aplicados cuando mediaban intereses económicos o de poder, que viene a ser lo mismo. Al igual que cuando falleció Miguel, el unigénito de Isabel, hermana mayor de doña Juana, se apresuró Felipe el Hermoso a declararse príncipe de Asturias, y al fallecimiento de Isabel la Católica, rey consorte de Castilla; al morir el Rey Católico al tiempo que celebraban en Flandes las fúnebres exequias por el difunto, proclamaban rey de Castilla y Aragón al príncipe Carlos, haciendo caso omiso de la recomendación del Consejo de Castilla, quien mucho encareció al joven príncipe que para evitar motines y revueltas no tomara el título de rey mientras viviera su madre, doña Juana. Esto lo decían porque el pueblo, más dinástico que los nobles, veía en ella a su legítima reina y dudaban de la insania que se le atribuía.
Esto sucedía a primeros de marzo del 1516 y dos semanas más tarde, en la catedral de Santa Gúdula, de Bruselas, se proclamaba rey a don Carlos, en francés, entre otras razones porque la nueva majestad no sabía ni media palabra de español. El heraldo, después de anunciar la muerte del rey Fernando y guardar unos minutos de silencio, clamó: «Vive doña leanne et don Charles, par la grâce de Dieu rois catholiques.»
Como comenta uno de los cronistas más calificados de la infeliz reina, «así quedó cumplido en cuanto a la letra la recomendación del Consejo de Castilla, pero despreciado en cuanto a su sentido». Doña Juana, según esta fórmula, seguía siendo reina, y además ascendía a la condición de «reina católica», pero en paridad de gobierno con su hijo, tan rey católico como ella, pero con más posibilidades de hacer efectivos sus poderes.
Para que no quedaran dudas al respecto, el gran canciller Sauvage dispuso que el nuevo soberano había de trasladarse a Castilla acompañado de una corte que dejara bien claro quién había de mandar, en adelante, en aquellos territorios. A tal fin reunió en el puerto de Flesinga una armada compuesta por cuarenta naves, y el séquito de su majestad lo formaban cincuenta gentileshombres de cámara, cien criados entre camareros y coperos, doce ayudas de cámara, dieciséis pajes nobles y treinta caballerizos. En otras naos, de las denominadas vizcaínas, viajaba la gente de armas, la artillería y los caballos.
Antes de su partida, que tuvo lugar el 9 de setiembre del 1517, el futuro emperador hizo reunir en Gante a los Estados Generales de los Países Bajos y se despidió de ellos con una alocución tan sentida que hizo llorar a sus súbditos. Vino a decir que se marchaba por fuerza para tomar posesión de su nuevo reino y a dejar en él a quien pudiera gobernarlo en su nombre -y al decir esto miró a sus cancilleres Sauvage, Chièvres y Adriano de Utrecht- y que en cuanto pudiera retornaría allí donde estaba su corazón: Flandes.
Laurent Vital, ayuda de cámara de la nueva majestad, cuenta que las mujeres de la región de Flesinga alfombraron con flores los caminos por donde había de transitar el rey y a su paso le decían que hasta que regresara se sentirían viudas las casadas, y huérfanas las solteras.
Este Laurent Vital tenía veleidades de poeta y dejó un libro, escrito en francés, narrando el primer viaje de Carlos 1 a España. Da detalles de las embarcaciones reales y concretamente dice que la nao principal, en la que viajaba el rey Carlos, llevaba en la vela mayor una imagen del Cristo crucificado, y al pie de la cruz la Virgen María y Juan, el discípulo amado. En otras naves las velas iban adornadas con imágenes de la Virgen, de la Santísima Trinidad, y de Santiago, patrón de España. Esta imaginería tenía su sentido, y con ella quería hacer ver a los españoles su catolicidad, en unos tiempos en los que ya se barruntaba el peligro del luteranismo que, además de una herejía, era un movimiento germanista que pretendía realizar el ideal alemán, como opuesto a todo lo latino. En todo esto le aconsejó su canciller Adriano de Utrecht, que con el tiempo acabaría siendo Papa de Roma.
También cuenta Laurent Vital que al mediodía y al atardecer, el capellán de cada nave entonaba antífonas a la Virgen María, que en la nao principal eran presididas por su majestad, con la cabeza destocada, y que los marineros las cantaban con mucho amor y con un arte desconocido en España, salvados los países ribereños del golfo de Vizcaya. Pero admira que tanta devoción a la Virgen no fuera incompatible con la licencia de sus costumbres, ya que en las naves, al igual que ocurriera en el segundo viaje de Felipe el Hermoso a España, viajaban también mujeres de vida airada. Este detalle se conoce como consecuencia de un grave accidente que tuvo lugar en el tercer día de navegación en la nave en la que transportaban la caballeriza real. Durante la segunda vela de la noche comenzó a arder el aprovisionamiento de paja y hierbas secas, y pronto el fuego alcanzó grandes proporciones; la tripulación, en su obsesión de salvar lo que consideraban más principal, los espléndidos caballos de su majestad, descuidaron el pañol de las municiones y cuando las llamas alcanzaron la santabárbara hombres y bestias salieron volando por los aires. Detalla el cronista que en tan luctuoso suceso perdieron la vida los cien caballos reales, los ciento cincuenta hombres de la tripulación, más doce mujeres que, por fortuna, concluye, «todas ellas eran meretrices».
Este suceso entristeció notablemente a su majestad, y pensó en dar media vuelta por entender que a nada bueno podía conducir viaje que comenzaba con tan pésimos augurios, pero el canciller Adriano, deán de Lovaina, hombre virtuoso y notable humanista, que había sido su preceptor, le hizo comprender que no se conciliaba con su condición de príncipe católico el fiarse de augurios o presagios, y que sólo debía de atender a la voluntad de Dios, que en su caso no podía ser otra que la de ceñir sobre sus sienes la corona de Castilla y Aragón, por muy pesada que le pudiera resultar.
Prosiguió el viaje y lo único positivo que cuenta de él, el ayuda de cámara y cronista improvisado, Laurent vital, es que así como en las costas de Flandes la mar era oscura, verdosa y poco diáfana, al aproximarse a España se tornaba en azulada, muy clara y cristalina, por lo que eran aguas muy deleitosas para los delfines que saltaban graciosamente alrededor de las naves, entreteniendo a los pasajeros con sus alegres juegos. También fue motivo de agrado el que en el séptimo día de navegación una nave vizcaína, que viajaba de Sevilla a Flandes con un cargamento de vino y frutas, rindió homenaje a su majestad haciéndole llegar un cestillo con lo más selecto de ese cargamento.
Al duodécimo día de navegación alcanzaron las costas de España, pero por donde no debían y no eran esperados, ya que en lugar de fondear en la rada de Laredo, Santander, lo hicieron en Villaviciosa, Asturias, que tiene una ría que en nada se parece a la de Laredo. Mucho se lamenta el Laurent Vital del mal recibimiento que les hicieron los asturianos, que de primeras pensaron que se trataba de una flotilla de corsarios franceses, y se asombra de su torpeza, pero para nada comenta la de los marinos flamencos que de tal modo equivocaron la derrota.
A partir de ese momento siguen en aumento las lamentaciones del cronista, todas en desdoro de los españoles, sin pararse a considerar que si hubieran llegado donde eran esperados, otro hubiera sido el cantar ya que, Laredo, como puerto de arribada de las naves que venían de Europa, se hallaba en todo mejor acondicionado y los caminos que llevaban al interior de Castilla, aun siendo montuosos, estaban preparados para que por ellos circulasen caballerías y carruajes. Por contra Villaviciosa, aun siendo villa hidalga, muy orgullosa de la parte que le tocó en la reconquista de España, era muy pobre y sin provisiones para atender a tan inesperados visitantes.
A pesar de todo, bien porque no se fiase su majestad de que los pilotos de su armada acertasen a dar con Laredo, bien por tomar contacto con sus nuevos súbditos cuanto antes, se decidió que harían el viaje por tierra, con lo más escogido de su séquito. Tuvieron que atravesar las fragosidades de Asturias y Cantabria, muchos de sus tramos en mulas y teniendo que recurrir a los nativos para que porteasen a hombros los carruajes por los pasos más difíciles. Los cortesanos flamencos se hacían cruces ante lo que veían y, sobre todo, de tener que dormir sobre bancadas, cuando no en pajares. Cita el cronista que en Cabuérniga su majestad se tuvo que alojar en una hacienda cuyas paredes estaban cubiertas de pieles de oso, pero que carecía de un mal banquete para sentarse.
Para nada habla el cronista de la belleza de aquellos parajes, ni de la nobleza de sus gentes.
Por fin alcanzó el séquito real la ciudad de Valladolid, engalanada excepcionalmente para recibir a su nuevo rey, quien hizo su entrada triunfal en la catedral bajo palio de oro. A continuación desfiló por las calles principales, el pecho recubierto con armadura de acero, y sobre ella un manto de seda en amarillo, blanco y rojo, con adornos de aljófares y la cabeza tocada con un sombrero volado, adornado con plumas blancas.
Según Laurent Vital, en Valladolid nunca se había visto joven tan apuesto y todas las bellas mujeres hubieran deseado ser requeridas de amores por él. Para asombro de los españoles el caballo de tan apuesto galán se encabritó por culpa del barro, y su jinete, con mano firme, permaneció clavado en la silla hasta dominarlo. «Así -razona el cronista flamenco- demostró a los castellanos su firmeza en no consentir que se le encabritaran ni bestias ni personas.» Cronistas menos apasionados que el Laurent Vital nos dan un retrato más equilibrado del nuevo monarca, no demasiado favorable en su primera aproximación a los reinos de España.
Como consecuencia del juego de enlaces matrimoniales a los que tan aficionados eran los monarcas del Renacimiento, se concentraron en su persona cuatro importantes dinastías. Por parte de su abuelo paterno, el emperador Maximiliano 1, heredó los dominios de la Casa de Austria y los derechos al imperio alemán; de su abuela paterna, María de Borgoña, heredó los Países Bajos, Flandes, Brabante, Luxemburgo y el Franco Condado; de Fernando el Católico heredó los reinos de la Corona de Aragón, que comprendían Aragón, Valencia, Cataluña, Baleares, Navarra, Sicilia, Nápoles, y las plazas conquistadas en el norte de África; y de Isabel la Católica recibía los reinos de Castilla, las Canarias y todas las islas y tierra firme de la mar océana descubiertas o por descubrir.
El heredero de tan inmenso imperio era un muchacho de diecisiete años, que cuando llegó a España los retratistas nos lo presentan imberbe e indeciso, atento sólo a lo que le dijeran sus consejeros flamencos ya nombrados. Había recibido una educación exquisita de su sabio preceptor Adriano de Utrecht, pero poco práctica en lo que al oficio de gobernar se refiere. Huérfano de padre desde los seis años, y apartado de su madre doña Juana, recibió la influencia de su tía Margarita, con la que convivió durante su adolescencia. Margarita, gobernadora de los Países Bajos, era entusiasta defensora de los intereses de la Casa de Austria, cuyos principios inculcó al joven príncipe. Ella fue la que se opuso a que aprendiera el español que, a su entender, de poco le había de valer a quien estaba llamado a servirse tan sólo de la lengua del imperio. Por lo demás había sido instruido en la religión católica, con algunos puntos de erasmismo, y en cuanto a sus ideales eran los propios de un maestre de la orden del Toisón de oro, que obligaba a sus miembros al cumplimiento de estrictos preceptos morales y a un alto sentido del honor y de la lealtad.
Con los años se convirtió en un monarca de indiscutido valor personal, austero en sus costumbres hasta llegar al ascetismo, idealista, con una concepción ecumenista de los reinos europeos, y con un claro deseo de crear un imperio español, como columna del Occidente cristiano.
Pero en 1517, repetimos, era un joven imberbe dominado por una corte de flamencos que cayeron sobre la Península como verdaderas aves de rapiña.
Bartolomé de Las Casas, no menos infatigable escritor que viajero, nos da un retrato detallado del emperador, a quien conoció personalmente con ocasión de una audiencia que le concedió en la ciudad de Barcelona.
Era todavía clérigo regular, pero ya converso y a la sazón empeñado en llevarse a las indias labradores de Soria que trabajasen codo a codo con los indios, tratándoles como hermanos, enseñándoles no sólo la doctrina sino también la práctica del amor a Jesucristo. Entendía que esos establecimientos basados en la caridad fraterna habrían de prosperar más que los que tenían su fundamento en el odioso sistema de las encomiendas y en este intento encontró muchos alientos en los padres dominicos, en los teólogos de Salamanca y en el mismo canciller Adriano. El que eligiera labradores de Soria, siendo él de Sevilla, lo fundamentaba en que los sorianos eran muy buenos cristianos, que bendecían el pan que iban a comer con la misma unción con la que los sacerdotes consagran el cuerpo y la sangre de Cristo, y que en cuanto a trabajar eran capaces de tundirse los riñones escarbando en busca de bellotas para alimentar un cerdo. Consideraba que los de su Andalucía natal eran más sufridos a la hora de no comer, pero menos dados a labrar entre piedras. Si en Soria los labriegos eran capaces de subsistir en medio de tanto pedregal, en las dulzuras de las tierras de allende los mares se harían todos ricos y calzarían espuelas de oro. Por eso a la expedición que organizó con labradores sorianos a la Tierra Firme del Cumaná, la llamó la de «los caballeros de las espuelas de oro». Pero los encomenderos, y a su cabeza el gobernador de la Tierra Firme, Pedrarias Dávila, que por nada querían que desaparecieran las encomiendas, se encargaron de desbaratar la expedición por modos y maneras que no vienen al caso.
No cejó Bartolomé de Las Casas, que ya venía siendo conocido en las cancillerías por su tenacidad, y consiguió ser recibido en audiencia por el rey Carlos el 12 de diciembre del 1519.
Advierte Las Casas que todavía no había cumplido su majestad los veinte años y que no se le había quitado del todo el aire de indecisión que trajo al llegar a España. Le recibió en palacio, en presencia de todo el Consejo, «sentado en su silla real luciendo el Toisón de oro al cuello, como para dar mayor realce al acto, y la cabeza se la cubría con una gorrilla de terciopelo granate muy recamada. La barbilla la tenía muy prominente, y la boca se le quedaba entreabierta, como si fuera a balbucear, pero luego, aun no siendo hablador, decía las cosas con gran autoridad. Con sus consejeros hablaba en francés o flamenco, y con los demás se servía de intérprete, salvo cuando se dirigía a algún clérigo que lo hacía en latín. En bancas más bajas se sentaban el obispo de Badajoz y otras personas de alcurnia. Cuando alguno de ellos quería dirigirse a su majestad, abandonaba su sitial, se encaramaba a la peana de la silla del rey y allí, hincada la rodilla, le consultaba lo que procediera. Recibida la respuesta tornaban a su sitio, no sin antes hacer una reverencia. Con tal ceremonial se alargaban las audiencias, pero por contra se desarrollaban con tal respeto que nadie se atrevía a alzar la voz, o a decir algo que estuviera fuera de lugar. En semicírculo, detrás de su majestad, se sentaban los consejeros, y cuando el que era recibido en audiencia terminaba su petición, se levantaban a una el gran canciller Sauvage y el gentilhombre mayor de cámara, Chièvres, y uno por el oído izquierdo y otro por el derecho le decían lo que debía contestar, y de ahí que los españoles entendieran que no eran gobernados por su majestad, sino por los consejeros flamencos. De otra manera no podía ser -razona Las Casas- pues sería impensable que por muchas que fueran sus prendas, a tan corta edad pudiera acertar en el gobierno de un imperio de no ser aconsejado por la sabiduría que confieren los años. Cierto que estos consejeros eran flamencos y no españoles, pero en eso no tenía su majestad culpa alguna, pues no conocía a otros, no por su gusto sino porque así lo dispuso la gobernadora de los Países Bajos, que fue como una madre para su majestad».
Bartolomé de Las Casas disculpa en todo momento al emperador porque tanto él, como sus consejeros flamencos, principalmente Adriano de Utrecht, tuvieron en mucho sus consideraciones sobre el problema de las Indias y por su impulso se redactaron las Leyes Nuevas de Indias, que firmó el emperador Carlos V, en Barcelona, el 20 de noviembre del 1542. Gracias a ellas en las sucesivas conquistas en el continente americano no se produjo la extinción de la raza indígena, como ocurrió en las islas primeramente descubiertas.
En tanto tenía Carlos V a Bartolomé de Las Casas que quiso nombrarlo obispo del Cuzco, pero el fraile, que no quería ningún cargo ni prebenda, huyó a Valencia. Pero tanto insistió el emperador que, pasados unos años, logró que aceptara ser nombrado obispo de Chiapas, en México.
Pero lo que no cuenta Las Casas es que el joven rey, en este su primer viaje a España, para nada quería saber de consejeros españoles y muestra de ello es que antes de pisar territorio español hizo llegar al cardenal Cisneros un escrito firmado de su puño y letra en el que le decía que, atendida su avanzada edad, convenía que se apartase de los asuntos políticos y se retirase a descansar. Hay quienes piensan que fue del disgusto de lo que murió el anciano cardenal que siempre defendió, primero ante el Rey Católico, y luego ante el Consejo de Castilla, el derecho de Carlos a ocupar el trono de España. Otros sostienen que no fue así puesto que el cardenal falleció antes de que tan cruel escrito llegase a sus manos. Pero de lo que no cabe duda es de que un hombre tan sagaz y conocedor de los enredos de estado, como Jiménez de Cisneros, intuyó que el nuevo rey no contaba con él y eso ensombreció los últimos días de su vida.
No podían contar con él quienes, como los cancilleres Sauvage y Chièvres, venían dispuestos a depredar Castilla y Aragón, en provecho propio y, en lo que procediera, de los reinos de Flandes, como se relatará en su lugar.
Para empezar, supieron mostrarse avispados esos consejeros en encauzar el problema del gobierno conjunto de la madre y el hijo, y antes de la descrita entrada triunfal en Valladolid, cuidaron de pasar por Tordesillas, para obtener poderes de la reina loca, pero soberana legítima para su pueblo. No era empresa fácil habida cuenta de que la infeliz soberana seguía en la creencia de que su padre vivía y a él le había conferido la regencia del reino.
El encuentro tuvo lugar el 4 de noviembre del 1517 y en su preparación jugó un papel importante el ya citado Flaviano, hijo bastardo del conde de Bergenroth, que seguía rondando por el castillo de Tordesillas en busca de una oportunidad de medrar. Tan pronto supo que llegaba el futuro emperador, rodeado de una corte de flamencos, se apresuró a incorporarse al séquito, lo que no le resultó difícil en atención a su padre.
El consejero Chièvres, que era el más taimado de ellos, le interrogó sobre la vida en el castillo y sobre la salud mental de la reina, y el joven Flaviano le interpeló: «¿Qué os interesa? ¿Que esté loca o que esté cuerda?»
A lo que Chièvres respondió:
«Lo suficientemente loca para no poder gobernar, pero lo suficientemente cuerda para otorgar poderes en favor de su hijo, nuestro señor el rey.»
El cronista Raimundo de Brancafort, aquel que fuera caballero en la corte del archiduque de Borgoña, y ahora lo era en la del rey don Carlos, se refiere con comprensión a este episodio, justificando el comportamiento de Flaviano, quizá porque él mismo en su juventud había sido juglar y, como todos ellos, un tanto pícaro.
«Que se concertaran el señor de Chièvres y el hijo del conde de Bergenroth -discurre- es de natura, el primero porque era su deber asentar lo más posible a nuestro señor en el trono, y el segundo porque los que son bastardos se tienen que valer de estas artimañas para seguir cerca de los poderosos.»
La artimaña consistió en seducir mediante promesa de matrimonio a una doncella de la reina, de nombre Gertrudis, de la familia de los Verccelli de Nápoles, muchacha de carácter muy dulce que por aquellas fechas era la que mejor entendía a la reina y la que lograba atemperarla cuando le daban sus arrebatos, que por entonces no eran muchos pues todavía estaba bajo los efluvios de las buenas maneras que le inculcara el Hernán Duque. Se mostraba triste, añorando las atenciones del caballero, y a la única que le hacía confidencias era a Gertrudis Verccelli, a quien había tomado gran cariño, hasta el extremo de decirle que si encontraba un pretendiente de su gusto -se sobreentiende que del de la reina-, ella la dotaría para que pudiera bien casar. Esto lo decía porque la doncella era de noble linaje, pero sin fortuna. Doña Juana, excepto para sus manías, era muy avisada y pronto se apercibió de cómo bebía los vientos por Flaviano de Bergenroth, pero le advertía que no le convenía quien por su condición de bastardo difícilmente podría alcanzar el puesto que ella se merecía. No por eso le caía mal a la reina el joven Flaviano, que sabía ser seductor cuando quería, y los días buenos le invitaba a que las acompañara mientras hacían labores, y el caballero se lucía tocándoles la vihuela y recitándoles poemas. En alguna ocasión dijo de él que en apostura no le iba a la zaga a su llorado esposo, Felipe el Hermoso, y ése era el mayor elogio que podía hacer su majestad de un varón.