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CAPITULO XIII

EL ENCUENTRO DE TORDESILLAS

El consejero Chièvres instigó a Flaviano para que hiciera cuanto pudiera en favor del rey en el negocio de los poderes, y que él sabría recompensarle. El joven le dijo que podía hacer mucho por el ascendiente que tenía sobre quien gozaba del favor de la soberana, y pidió como recompensa el que se le nombrara alcaide del castillo de Tordesillas. Chièvres, que todavía no sabía que el Consejo de Grandes de España había designado para tal cargo al marqués de Denia, accedió a la petición. (El marqués de Denia no se haría cargo del castillo hasta el mes de marzo de 1518.) Quienes bien le conocían decían que lo hubiera prometido en cualquier caso, pues poco se le daba de cumplir las promesas cuando mediaban razones de estado, que también fueran de su conveniencia.

Este encuentro tuvo lugar en Noceda, en la raya de Asturias con Castilla, y Flaviano retornó a Tordesillas a uña de caballo. Con apasionamiento le hizo ver a Gertrudis Verccelli cuánto les iba en que la reina concediese poderes al rey Carlos para gobernar, porque a él le nombrarían alcaide y así se podrían casar. Y le razonó el provecho que se derivaría para su majestad, pues tendría como alcaidesa a quien tan bien la entendía y tanto la quería. La joven, rendida ante tan sabias consideraciones y al ardor que le mostraba su enamorado, se entregó a él.

Desde tal momento, y sabiendo que en el matrimonio con Flaviano estaba el remedio para su deshonor, se dedicó con alma y vida a hacerle ver a la reina las excelencias que concurrían en la persona de su hijo, él príncipe Carlos, que estaba en camino desde Flandes para rendirle pleitesía. Doña Juana se encontraba en una fase de melancolía pacífica y resignada, y se condolía de que siendo madre llevara doce años sin ver a quien estaba llamado a sucederle en el trono de Castilla. Gertrudis la consolaba y le decía que de allí en adelante lo tendría siempre muy cerca de ella, sobre todo si se quedaba en España gobernando el reino en nombre de su majestad. La reina suspiraba y sólo en una ocasión dijo:

«¿Cómo puede ser eso siendo regente mi augusto padre?»

Gertrudis le respondía que ella no entendía de negocios de estado, pero que todos los que iban conociendo al príncipe Carlos -nunca le nombraba como rey- según se acercaba a Valladolid, se hacían lenguas de su persona y decían que en todo era la viva imagen de su padre, Felipe el Hermoso.

Mientras Gertrudis insistía cerca de la reina, diciéndole cosas muy de su gusto, el Flaviano intrigó con un gentilhombre de cámara muy ambicioso, de nombre Estrada, que fue quien se encargó de concertar el encuentro con todo el boato que permitía la austeridad del palacio de Tordesillas.

Carlos I llegó acompañado de su hermana mayor, la princesa Leonor, de su ayudante de cámara Laurent Vital, del consejero Chièvres, y de dos caballeros flamencos y de dos damas de la corte cuyos nombres no constan. A la princesa Leonor, que a punto estaba de cumplir los veinte años y era la que más recuerdos conservaba de su madre, se le saltaron las lágrimas al ver el lugar en el que la tenían retenida. El encuentro tuvo lugar al atardecer de un mes de noviembre, de suyo oscuros en Castilla, y más oscuro todavía en aquel palacio que estaba concebido como fortaleza contra los moros, con más troneras que ventanas. Cierto que doña Juana gustaba de la penumbra, sobre todo cuando le entraba la melancolía, y de eso nunca se quejó. El Laurent Vital, oficioso como suelen ser los ayudas de cámara, viendo que disgustaba a sus altezas aquella oscuridad ordenó a los lacayos que encendieran hachones y él mismo tomó uno para alumbrar al rey, quien lo apartó de un manotazo reprendiéndole por querer disponer en casa ajena.

Por fin entraron en el salón en el que les esperaba la reina, a la que cumplimentaron con las tres reverencias a que estaban obligados ante una majestad quienes eran inferiores a ella. Una reverencia en el dintel de la puerta, como solicitando permiso para entrar, otra en el centro de la habitación, como señal de pleitesía, y la tercera a los pies, acompañada de besamanos que la reina no consintió tomándoles entre sus brazos y así les tuvo por un largo rato. El primero que se desasió fue el rey Carlos, quien cumplimentó a su madre, en francés, diciéndole que se alegraban de encontrarla en buen estado de salud, y que le expresaban su más sumiso rendimiento. La reina, en respuesta, musitó varias veces: «¡Mis hijos! ¡Mis hijos! ¡Cuántos años han pasado! ¡Cómo habéis crecido!» Y acarició los cabellos de su hija Leonor, a la que seguía manteniendo entre sus brazos.

Laurent Vital se admira de que en momento tan crucial para la historia de España, la reina dijera tan sólo frases banales, olvidando que también era madre. Y como madre pensó que estarían cansados después de tan largo viaje, y sin entrar a discurrir sobre asuntos de estado, les autorizó a retirarse a descansar.

La entrevista fue breve, pero muy sentida, y cuando la reina se quedó sola con su doncella se le saltaron las lágrimas, lo cual era muy buena señal. La Gertrudis Verccelli la consoló diciéndole la gracia que suponía para una majestad tener un hijo tan prudente y comedido, y como viera que la reina asintiera, se apresuró a salir fuera de la estancia y contarle a su enamorado las buenas disposiciones de doña Juana respecto de su hijo. Aquél, a su vez, se lo comunicó al canciller Chièvres aconsejándole que sin más dilaciones acometiera el negocio de los poderes. El consejero dudó por considerarlo en exceso precipitado, pero Flaviano le razonó que a fases de melancolía en su majestad, se sucedían otras de arrebato en las que se encerraba en sí misma, sin que saliera una palabra de su boca que no fuera para decir desaires.

Pidió permiso Chièvres para presentarse de nuevo ante la soberana, y con la habilidad de quien está hecho a urdir intrigas, con grandes rodeos y diciéndole cosas muy agradables, la persuadió de la conveniencia de descargar sobre los hombros de su hijo Carlos las pesadas tareas de gobierno, las cuales desempeñaría con la anuencia de la reina como hijo respetuoso y fidelísimo que era.

«Así debe ser -dijo doña Juana, sintiéndolo de corazón-. ¿Qué mayor satisfacción para una madre que el que su hijo le suceda en la administración de sus bienes? Y si esa madre, por la gracia de Dios es reina, y sus bienes son todo un reino, razón de más para que le ilustre sobre el mejor modo de gobernarlo. Sea como vos decís.»

Chièvres se deshizo en alabanzas por el buen juicio que mostraba su majestad y solicitó permiso para retirarse con la intención de volver con un escribano real, ante el que firmara la resignación de poderes en favor del príncipe Carlos. Pero Flaviano de Bergenroth, que le esperaba tras de la puerta, le advirtió que entre los desvaríos de la reina se contaba el de no firmar papeles, ni aunque vinieran del Papa de Roma, y que lo que hicieran habían de hacerlo de palabra. Aceptó el consejo el flamenco e hizo venir a la reunión al gentilhombre Estrada, a dos nobles que pertenecían al Consejo de Castilla, y al mismo confesor de la reina, que era un fraile dominico, y ante ellos reprodujo la conversación que habían tenido y la reina volvió a repetir el gusto que tenía en que su hijo gobernase en su nombre los reinos de Castilla, a la muerte de su padre Fernando el Católico. Al decir esto último algunos de los presentes miraron al suelo, avergonzados de que se le tuviera en tal engaño a la infeliz reina, pero luego todos concluyeron que puesto que el Rey Católico era fallecido, la resignación de poderes actuaba statim, de inmediato. Y en tal sentido se redactó un documento que firmaron los presentes y del que se sirvió Carlos I para gobernar todos los reinos de España, en nombre de su madre la reina doña Juana. Aquella misma tarde Chièvres le entregó a Flaviano de Bergenroth una bolsa de ducados de oro, por el buen servicio que le había prestado, y el joven, aunque agradecido, le recordó que lo que él deseaba era él nombramiento de alcaide, y el consejero le dijo que así se haría, y cuando no se pudo hacer tampoco le dio mayor importancia por entender que con los dineros quedaba suficientemente pagado. No fue del mismo parecer el joven Flaviano que de seductor, pasó a seducido y, muy enamorado de Gertrudis Verccelli, necesitaba aquella plaza para poder atender a la palabra de matrimonio que le había dado, y que se hizo más urgente de cumplir cuando a causa de aquellos amores la joven quedó encinta, con las consecuencias que veremos en su momento.

Mientras esto sucedía en la sala principal del castillo, otra escena no menos notable tenía lugar en el ala derecha, en la que la reina hacía la vida familiar en compañía de la única hija que le quedaba: la princesa Catalina, que a la sazón contaba diez años. Por ser la más pequeña, de la que nunca se había separado desde que nació, es lógico que sintiera especial predilección por ella. Ante esta niña procuraba moderarse en sus arrebatos y era la única que lograba hacerle sonreír en los días tristes. Decía que era la que más se parecía a su padre y que tenía una risa tan contagiosa como la suya.

Criatura de carácter angelical se hacía a todo, a vivir en un encierro durante el mandato del mosén Ferrer, y a disfrutar algo más de la vida en tiempos del benéfico Hernán Duque. Desde que éste se fuera la reina volvía a vivir más recluida, y la princesa Catalina se pasaba los días mirando desde la ventana cómo jugaban los niños del pueblo en la ribera del río que discurría al pie del castillo. Para que se acercaran más a la ventana y así poder charlar con ellos, les echaba moneditas de plata, cuando las tenía, lo cual no ocurría siempre. Cuando no había monedas no se acercaban porque los del lugar temían al castillo, y a las leyendas que corrían sobre lo que sucedía en su interior.

Uno de esos niños, hijo de un herrero, se sentía atraído por la princesa que, como todas las hijas de doña Juana, era muy hermosa; los cabellos los tenía rubios y su melena le llegaba hasta la cintura. La niña, consciente de su ascendiente sobre el muchacho, se servía de él para que le trajese cosas del mundo exterior, que sus gobernantas no le hubieran consentido; frutos silvestres, ranas del río, cañas para hacer flautas… También hacía que le contara cómo vivía la gente fuera de los muros del castillo. Era un muchacho de unos doce años, fuerte y mañoso, que para comunicarse con la princesa trepaba por un muro aprovechando un saliente. Era el único que se acercaba al castillo aunque no hubiera moneditas de plata; hasta que un día, sorprendido por un centinela durante la escalada, en su deseo de huir se cayó y se quebró una pierna. Desde entonces ya no volvió y por el pueblo corrió la especie de que la guardia le había castigado por su atrevimiento, y de ahí la rotura de la pierna. Los padres prohibieron a sus hijos acercarse por el castillo y la princesa se vio privada de ese pequeño entretenimiento con la natural contrariedad.

En esas circunstancias tuvo lugar su primer encuentro con la mayor de sus hermanas, ante cuya belleza y majestad quedó deslumbrada. La princesa

Leonor, que doblaba en edad a Catalina, estaba en vísperas de casarse con el rey Manuel de Portugal y traía consigo el ajuar de una reina, con la magnificencia propia de la corte flamenca. La hermana mayor, conmovida ante el encanto de la pequeña y admirada de la pobreza de sus vestidos, dispuso que descargaran uno de sus baúles y ordenó a sus doncellas que la vistieran como correspondía a una princesa.

Si la princesa Catalina disfrutaba con cualquier clase de juegos, excúsase decir lo que disfrutó con el que con tanto amor le preparó su hermana mayor, haciéndola pasar de niña a mujer al vestirla con trajes que apenas se conocían en Castilla, y cuánto menos en el encierro de Tordesillas.

Aquella misma noche, camino de Valladolid, la princesa Leonor le dijo a su hermano el rey que de ningún modo podían consentir que su hermana siguiera la triste suerte de su madre, y que convenía que la sacaran del castillo para educarla conforme a su condición. Satisfecho como estaba su majestad con el logro obtenido por Chièvres en el negocio de los poderes, se resistió por no alterar el delicado estado de ánimo de su madre no fuera a desdecirse en cuestión tan capital. Pero era mucho el ascendiente de la hermana mayor sobre el rey, pues no en vano se habían educado juntos, y acabó por ceder en los términos que nos cuenta el cronista Raimundo de Brancafort:

«Doña Leonor era la más empeñada en sacar a la princesa Catalina del castillo, pues es propio de la condición humana que nos conmueva más la suerte del niño que la del viejo, y si bien se compadeció de la de su madre, ésta le parecía ya anciana aunque todavía no hubiera cumplido los cuarenta años, mientras que Catalina era en todo un querubín que no se merecía vivir en un aposento oscuro, cabe el de la reina, sin más recreo que ver pasar desde la balconada que da al río a la gente que iba a misa al cercano monasterio de Santa Clara, o jugar por señas con niños que no eran de su condición. Por eso doña Leonor, después de obtener permiso de su majestad el rey, que se lo concedió con harto dolor de su corazón, y con muchos temores, se concertó con un criado flamenco, de nombre Bertrand de Plomont, para sacar del castillo a la princesa sin que se apercibiera su madre, creyendo que por su mala cabeza no advertiría su ausencia, o de advertirla pronto lo olvidaría. En cuanto a lo primero, lo hizo con tal maña el tal Plomont, quien valiéndose de un pico horadó el aposento de la princesa y se la llevó junto a una vieja criada, diciéndole que lo haría por orden del rey; pero en cuanto a lo segundo era no conocer a la reina el pensar que podía pasarse sin la luz de sus ojos, que no otra cosa era para ella la princesa Catalina. De primeras, como de costumbre, cuando reclamó la presencia dé la princesa y no supieron darle razón de ella, le entró un arrebato que daba espanto; pero luego vino lo peor, que fue quedarse en una tristeza muda, los ojos bien secos, perdidos, que conmovía a cuantos la veían.

»El mismo Plomont, pese a que había recibido su premio por lo que hizo, mostró compunción y les hizo saber a los soberanos la triste situación de la reina. Entretanto la princesa Catalina seguía con el corazón cerca de su madre, a la que amaba tiernamente, pero con el gusto muy complacido junto a su hermana Leonor, que la colmaba de toda clase de atenciones, joyas y vestidos; como para compensarla de las privaciones pasadas. Pero así que se enteró del pesar de su madre por su ausencia, de grado dijo que prefería volver junto a ella, lo que conmovió tan profundamente al rey don Carlos que accedió, aunque dispuso que la acompañara una pequeña corte de damas distinguidas, y le asignaron una doncella de sus años, de nombre Beatriz de Mendoza, para que con ella hiciera las cosas que convenían a su edad y educación. La alegría de la reina cuando le devolvieron a su hija no es para descrita; esta alegría le duró muchos meses y durante ellos se comportó tan cuerdamente que quien no la conociera no sospecharía el mal que llevaba dentro.»

Y concluye el cronista: «No se alcanza a comprender que majestad tan sabía como el rey don Carlos no aprovechara tan buenas disposiciones para tomar consigo a su madre la reina y a su hermana la princesa Catalina, sacándolas de aquel encierro y trayéndolas a la corte de Valladolid, para que pudiera llevar la vida que corresponde a una reina madre que ha confiado el gobierno de sus reinos a su hijo. Esto le aconsejaron el almirante de Castilla y otros nobles castellanos, pero los flamencos, sobre todo Sauvage, para nada querían oír hablar de la reina fuera del castillo y bajo siete llaves, por miedo a que se alzara con el poder. Y por esta codicia pusieron en grave aprieto a la Corona cuando se levantaron los comuneros bajo el mando de Juan Padilla.»