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CAPÍTULO PRIMERO

ALA SOMBRA DE LA REINA CATÓLICA

El cronista se asoma con prudencia a la vida de una reina de Castilla de quien dicen que de tal sólo tuvo el nombre, pues habiendo perdido el juicio por culpa de un mal de amores, ciñó corona, pero no gobernó como reina; se asoma con prudencia, pero no por eso menos dispuesto a hurgar en los entresijos de una locura que, por afectar a personaje tan principal, había de tener sonadas consecuencias para toda la cristiandad.

El pueblo llano la tituló «doña Juana la Loca de amor» y en eso no acertó el saber popular, pues siendo cierto que hay locuras de amor, éstas suelen ser de suyo gozosas ya que, aun penando, disfruta quien pierde el seso por tal motivo. Por contra, doña Juana la Loca fue en extremo desgraciada en este mundo, que para ella resultó valle de lágrimas amarguísimas, ya que le tocó apurar el cáliz hasta las heces.

Por estirpe y por las prendas naturales con que Dios la dotó al nacer, estaba llamada a ser la más dichosa de las criaturas; hija de los Reyes Católicos, fue educada con tal esmero que no sin justicia se dijo que era la princesa más instruida del Renacimiento. Se daba especial gracia para las artes musicales, y guardando el decoro que exigía la corte castellana, desde muy niña llamaba la atención por su encanto tanto en tañer el laúd, como en trenzar pasos de baile. De humanidades andaba sobrada, pues su madre se había cuidado de traer de Italia los mejores maestros, de manera que se expresaba en latín mejor que muchos canónigos. Pero por encima de todo destacaba por su hermosura, que apenas podía disimular la severidad en el vestir que impuso la reina Isabel en la corte, que exigía que los trajes fueran de paño de lana, hasta en los rigores del verano, y de color negro por ser éste más sufrido.

A los dieciséis años, siendo todavía doncella, en todo tenía el aire de una mujer, bien proporcionada, el rostro ovalado, con la frente muy despejada, el cabello recogido y trenzado, sobre la nuca, el cuello airoso, fino y alargado, y el busto bien dotado y poco recatado, según la costumbre de la época que vedaba a los caballeros el lucirlo, mas no así a las mujeres, pues como razonaba fray Hernando de Talavera, confesor que fuera de la Reina Católica, «verdad es que las mujeres que crían deben traer los pechos ligeros de sacar».

Los Reyes Católicos tuvieron cuatro hijas, más un hijo varón, pero así como éste salió en todo muy poco agraciado, escaso de luces, torpe en el hablar y con el labio inferior caído, las hijas fueron muy hermosas, estando concordes quienes las conocieron que, sobre todas, destacaba Juana, y a continuación Catalina, la que casó con Enrique VIII de Inglaterra, que enamoró a todos los ingleses y a su mismo y temible marido, que si más tarde se perdió fue por la concupiscencia de la carne, mal de la época en las testas coronadas, como habrá ocasión de comprobar. De ahí que la primera injusticia que cometa la historia con esta desgraciada reina sea titular a su egregio esposo como Felipe el Hermoso, cuando la verdaderamente hermosa fue ella.

En el 1492 se sucedieron tal cúmulo de acontecimientos en España, que el cronista no puede por menos de estremecerse al recordarlos. Los Reyes Católicos pusieron fin a la dominación árabe en la Península, haciéndose con su último reducto, el reino de Granada, lo cual permitió respirar a Europa entera y mirar hacia los inmensos territorios del continente africano, que tantas riquezas encerraban, al tiempo que almas que conquistar para la verdadera fe. Por la mar atlántica, un genovés visionario, gracias a la intuición femenina de la misma Reina Católica, descubre un mundo ignoto del que lo único que se sabía es que estaba habitado por unos seres primitivos, también necesitados de cristianización, que no tenían en estima los yacimientos de oro de sus tierras que tan útiles eran para las guerras entre cristianos a las que tan dados eran los monarcas en aquellos tiempos.

Conseguida la unidad de España, en las personas de los reyes de Castilla y Aragón, fueron tales los bienes que se derivaron en orden a la paz en los campos y la prosperidad en las ciudades, que sus católicas majestades tentaron en ese mismo año de reforzar la unidad mediante la uniformidad de las conciencias. A tal fin todas habían de convertirse a la religión católica, la única verdadera, de manera que en los territorios del reino todos los súbditos habían de ser católicos, bien por nacimiento, bien por conversión. Como colofón, en la misma Alhambra de Granada, el 30 de marzo de 1492, firmaron ambos monarcas el decreto de expulsión de los judíos que se negaron a bautizarse.

Admira al cronista que reina tan sesuda no atendiera en cuestión tan capital a las razones que le daban los teólogos de la Universidad de Salamanca, sapientísimos y de buena doctrina, que bien que le advertían cuán poco agradaban al Señor las violencias que se cometieran con las personas, so pretexto de convertirlas al cristianismo. Pero se hizo y de ello se derivaron no pocos males para España, ya que los judíos, pese a ser de suyo codiciosos de riquezas, con tal acierto sabían manejar los dineros que al tiempo que se lucraban ellos, beneficiaban a aquellos a quienes servían. Otro gallo le cantara al imperio español si hubieran sido judíos los que administraran las inmensas riquezas que llegaban allende los mares cuando reinaron los Habsburgo -a no mucho tardar-, que con una mano las cogían y con la otra las hacían llegar a Flandes, Nápoles o Sicilia, por un quítame allá estas pajas, de un linde de fronteras, que parecía que les iba la vida a los monarcas que estuvieran una cuarta más aquí o más allá, y pasados los siglos Francia sigue donde estaba, y lo mismo puede decirse de Alemania, Nápoles o Sicilia, por no citar las islas del otro lado del canal de la Mancha. Mientras tanto muchas madres se quedaban sin sus hijos, muchas esposas sin maridos, muchas doncellas sin honra, y muchas almas penando en el purgatorio o quién sabe si en los infiernos, pues habiendo dineros, guerras, mercenarios, saqueos, motines y violaciones, el demonio tiene grandes oportunidades de lucirse llevando a su redil a quienes en la sinrazón del combate olvidan toda justicia y caridad.

Por ser tiempos en los que los asuntos más capitales se resolvían, bien en los campos de batalla, bien en tálamos regios, los Reyes Católicos, deseosos de conseguir para Europa el fruto ya logrado para España, comenzaron a concertar matrimonios con los que soñaban obtener la unidad de los principales príncipes cristianos.

Al único hijo varón heredero de las coronas de Aragón y Castilla, se apresuraron a desposarlo a la temprana edad de dieciocho años con Margarita de Austria, hija del emperador Maximiliano, y casarse y morirse todo fue uno. Su maestro, el famoso dominico fray Diego de Deza, advirtió a la Reina Católica que si bien entendía oportuno el matrimonio por razones de estado, consideraba prudente dilatar su consumación, dado que el joven príncipe era de salud muy precaria. Pero la reina, bien por no separar lo que Dios había unido, bien por propiciar cuanto antes el nacimiento de un heredero que en su día ciñera la corona de ambos imperios, no consintió en la separación. Decidida la consumación, todos se aplicaron para que fuera fructífera y su ayo, Juan de Zapata, dispuso que se alimentara el príncipe de carne de tortuga por ser fama las virtudes de estos quelonios en orden a la procreación.

El príncipe Juan cumplió lo que se esperaba de él logrando dejar en estado de buena esperanza a su joven y encantadora esposa, pero falleció a los pocos días de unas fiebres muy súbitas, que poco tenían que ver con las del amor. No obstante, los cronistas de la época tejieron la leyenda de su pasión que ha llegado a nuestros días, por ser muy del gusto de poetas y juglares el escribir endechas sobre «un príncipe que murió de amor»; voces más autorizadas entienden que el mal estuvo en alimentación tan inadecuada, como fuera la de los citados quelonios. El caso es que murió, fue enterrado en el convento de los dominicos de Santo Tomás de Ávila, y poco después, muy cerca de él, recibió sepultura su ayo Juan de Zapata, que con tan buena intención tan mal le aconsejó.

La Reina Católica quedó sumida en el más profundo dolor ante la pérdida de su único hijo varón, con el solo consuelo del fruto concebido en las entrañas de la princesa Margarita, que poco le duró pues a los tres meses sufría el aborto de un feto varón.

Fallecido el príncipe de Asturias, sin herederos, la sucesión recaía en su hermana Isabel, hermosa como todas las hermanas, a la sazón casada con el rey Manuel 1 de Portugal. Esta joven princesa ya había estado casada con el infante Alfonso, también de Portugal, tan enamorada que, cuando el infante murió prematuramente, sintió tal desconsuelo que hizo el firme propósito de profesar en religión, pues ya no quería otro esposo que no fuera Nuestro Señor Jesucristo. Pero su madre no se lo consintió advirtiéndole que «no nos podemos permitir tales deleites las que hemos nacido para ser reinas». Casó, por tanto, con Manuel el Bueno por las mismas fechas en las que fallecía su hermano Juan, y en su momento la Reina Católica recibió la buena nueva de que Isabel estaba encinta, ya de meses mayores, dando a luz el 24 de agosto del 1498 a un varón, al que bautizaron con el nombre de Miguel, pero falleciendo la princesa reina ese mismo día a causa de un mal parto.

Ante desgracia tan seguida la Reina Católica quedó sumida en un dolor reconcentrado, muy aferrada a la cruz de Cristo y repitiendo una y otra vez la frase de la Escritura: «Dios me lo dio, Dios me lo ha quitado.» Su marido, el Rey Católico, pronto le hizo ver cómo era su obligación, pese a tanta adversidad, consolidar cuanto habían hecho por la unidad de España, extendiéndola a toda la península ibérica, en la persona del infante Miguel, y cómo convenía que fuera educado en Castilla quien estaba llamado a ceñir la corona de los inmensos territorios que, españoles por un lado y portugueses por el otro, estaban descubriendo para la cristiandad. Vino el infante a España, fue reconocido como príncipe heredero por castellanos y aragoneses, pero la adversa fortuna se cebó una vez más en tan preciaras majestades y el 20 de julio del año 1500, sin haber cumplido todavía los dos años, fallecía el príncipe Miguel en la ciudad de Granada. Cuenta Pedro Mártir de Anglería, notable humanista de la época, que la Reina Católica ante este nuevo lanzazo sólo acertó a decir, traspasada de dolor: «Cómo había de imaginar que ciudad que tan dichosa me hizo cuando entré en ella por vez primera había de ocasionarme pena tan acerba.»

Así se arruinaron sus esperanzas de proyectar un imperio desde la península ibérica, y se dio paso a la dinastía de los Habsburgo en la persona de doña Juana la Loca, casada en el 1496 con el archiduque de Borgoña, don Felipe el Hermoso.

Cuando se concertó este matrimonio todavía no se habían concitado tantas desgracias sobre los Reyes Católicos que, ufanos como estaban de sus logros en los campos de batalla, querían ahora roturar el camino hacia Europa casando a sus hijas con los más principales monarcas, salvado el rey de Francia, cristianísimo como ellos, pero con intereses encontrados desde que en el 1483 los franceses se apoderaran del reino de Nápoles; no podía consentir el Rey Católico semejante desmán ya que el citado reino pertenecía a la dinastía aragonesa, por lo que no cejó hasta recuperarlo dos años después, gracias al talento militar de don Gonzalo Fernández de Córdoba, a quien desde entonces se le conoció con el sobrenombre del Gran Capitán. Entre eso y los piques de fronteras que se traían, unas veces por la parte del Rosellón, otras por las de Fuenterrabía, las guerras entre ambos países se sucedieron durante generaciones y hay quien piensa que por tal motivo franceses y españoles siguen mirándose, hoy en día, con mal disimulado recelo.

Entendieron los Reyes Católicos que el camino de la paz pasaba por tener bien cercado a tan poderoso enemigo como era el rey de Francia, a la sazón Luis XII, hombre de mediano talento, pero monarca de un país tan rico, que siempre disponía de caudales para organizar ejércitos mercenarios, bien de suizos, bien de alemanes, que hicieron de su reinado una guerra sin fin. Fue monarca muy del agrado del pueblo por su benevolencia y sentido de la justicia, y si no consiguió mayor prosperidad para él fue por entender que por encima de todo estaba el honor de Francia que no consentía que resultara empeñado en los campos de batalla. En tal sentido mucho le hizo padecer el denominado Gran Capitán.

A tal fin, casaron los Reyes Católicos a su hija Juana con el archiduque y heredero del imperio de los Habsburgo, don Felipe el Hermoso, vecino de Francia por el linde norte, y a su hija Catalina con el rey de Inglaterra, Enrique VIII, vecino por la parte del canal de la Mancha. Pero en tanto tenían sus buenas relaciones con el imperio alemán que el enlace que concertaron fue doble: el citado entre Juana y Felipe el Hermoso, y el también ya mencionado, de infausto recuerdo, del príncipe Juan y la princesa Margarita. Y convinieron en que una armada de Castilla se desplazara a Flandes, llevando a la princesa que había de casar con el archiduque de Borgoña, y que a su regreso traería a la princesa Margarita para casar con el infortunado príncipe de Asturias.

Eso sucedía en el verano del 1495 y la Reina Católica, pese a su austero sentido de la vida, armó la expedición naval más fastuosa de la historia, para que tomaran conciencia todos los países ribereños del mar del Norte de cómo un oscuro condado de la altiplanicie castellana podía convertirse en dueño de los mares. Convenía tal alarde porque el reino de España no estaba todavía demasiado considerado por el resto de naciones europeas, ya que su población rondaba los ocho millones de habitantes, frente a los veinte que tenía Francia. En cuanto a sus ciudades eran tenidas por las más pequeñas de Europa, ya que la más principal, Valladolid, que hacía las veces de sede de la Corona, justo alcanzaba los veinticinco mil habitantes. No obstante, las riquezas que comenzaban a llegar de América pronto harían cambiar las cosas, aunque no todas ellas se emplearon como mejor convenía para el reino.

Dispuso la Reina Católica que todos los astilleros del Cantábrico y todas las ferrerías de Guipúzcoa se pusieran a trabajar para armar la que, sin exceso, acabó siendo calificada de ciudad flotante. Previsto inicialmente que la armada se compondría de doce barcos, fueron finalmente veintidós, todos muy bien dotados de artillería y gente de armas para que ni por mientes se le pasara al rey de Francia el interceptar convoy que tan en contra de sus intereses navegaba cerca de sus costas. Hasta el famoso almirante Cristóbal Colón fue requerido para que emitiese su juicio sobre las condiciones de la navegación por mares tan procelosos.

En el mes de agosto del citado verano la armada surta entre la peña de Santoña y la hermosa playa de Laredo. Se componía de dos carracas genovesas, barcos de buen calado, de navegar muy plácido, en una de las cuales, al mando de Juan Pérez, había de viajar la princesa Juana; más quince naos de las denominadas vizcaínas, gobernadas por pilotos de esa costa, todas ellas muy veleras, y cinco carabelas que habrían dé cerrar la marcha del convoy. La dotación de armamento era de cuatrocientos cañones, con sus correspondientes artilleros, no menos de tres por pieza, más doscientos escopeteros, quinientos ballesteros y tres mil lanceros. Las gentes de la costa no se cansaban de admirar tanto esplendor, y hasta el embajador del papa se desplazó a Laredo para comprobar con sus propios ojos lo que contaban y no acababan sobre aquella armada.

El armador principal era un tal Juan de Arbolancha, de quien no consta su procedencia, pero sí su condición de marinero audaz y aprovechado, con ribetes de corsario, ya que sí consta que sus hermanos, que en todo le estaban sujetos, asaltaban a los mercantes ingleses que se salían de su ruta. Esto bien lo sabía el Rey Católico, pero había de consentirlo por ser mal de la época la afición que tenían al botín cuantos andaban en empresas de armas.

Este Juan de Arbolancha fue quien tuvo la idea de que para que la armada luciera más en todo, habían de incorporarse al convoy todos los barcos laneros que hacían la ruta de Flandes, obligándoles a esperar a la marea más propicia para la armada real. Esto trajo retrasos y no pocos problemas, pues no todo lo que porteaban los mercantes eran lanas, ya que también llevaban frutas y otras materias perecederas y a la Corona le tocó soportar esas pérdidas.

Admira que para casar á una hija se mostraran sus majestades católicas tan desprendidas en el gasto, en comparación con las miserias que hubieron de pasar los que armaron las tres carabelas que dieron gloria imperecedera a la Corona de Castilla con el descubrimiento de América. Bien es cierto que si lleváramos un profeta en ancas, en todo acertaríamos, pero ni siquiera los reyes gozan de ese privilegio, como a la vista está en el caso de sus majestades católicas, los reyes Fernando e Isabel. Si la armada que queda descrita, tan dotada de soldados, como de sabios, teólogos, y demás gente principal -baste considerar que sólo la corte al servicio de la princesa Juana la componían 4 160 personajes-, en lugar de enviarla a un pequeño país de Europa, la hubieran mandado a las inmensidades descubiertas allende la mar atlántica, a éstas fechas es posible que todas aquellas tierras, desde Terranova hasta la Tierra del Fuego, hablasen español, incluida la ciudad de Nueva York.

Si en eso no acertaron sus majestades católicas, menos gracia tuvieron en los matrimonios de sus hijos. A los dos mayores, Juan e Isabel, les costó la vida, como queda dicho: al primero por casar demasiado pronto, y a la segunda por no dejarla profesar en religión. En cuanto a Catalina, por casar con Enrique VIII de Inglaterra, mucho hubo de sufrir, y a la postre el mayor daño fue para toda la cristiandad, pues por culpa de monarca tan venal como lujurioso se perdieron sus reinos para la catolicidad. De los cinco hijos que tuvieron los Reyes Católicos, sólo María alcanzó la felicidad en el matrimonio, y no por méritos de sus reales padres, que sólo miraban al casarla por sus intereses con el país vecino, sino porque su marido, Manuel I de Portugal -viudo de su hermana Isabel-, resultó tan justo y benéfico que mereció el sobrenombre unas veces de Manuel el Bueno y otras el Afortunado, pues ambos títulos se merecía. Es natural que quien supo hacer feliz a su pueblo, también hiciera dichosa a su joven y encantadora esposa. En cuanto a Juana ya se verá lo que tuvo de positivo su matrimonio con Felipe el Hermoso, y los daños que de ello se derivaron.

Esta obsesión de arreglar los reinos mediante matrimonios dinásticos era común a todos los monarcas cristianos, hasta el punto de que un teólogo de Salamanca, de nombre Bartolomé Márquez, de la orden de Predicadores, se atrevió a decir a la Reina Católica que mirase bien lo que hacía, pues Nuestro Señor Jesucristo había dispuesto el sacramento del matrimonio para fines que poco tenían que ver con tales arreglos; y que los Padres de la iglesia eran unánimes en determinar que matrimonio celebrado sin libertad ni consentimiento de los contrayentes, de tal sólo tenía la apariencia, pues «quod ab initio nullum est non potest tractus tempore convalescere», que era tanto como decir que eran nulos. ¿Y qué libertad podía haber en príncipes que se casaban tan forzadamente? La Reina Católica dicen que le escuchó con el respeto que le merecían los teólogos de tan ilustre universidad y prometió que les razonaría a sus hijos para que se casaran de grado, y no por fuerza. Ahora bien, qué es lo que entendía reina tan católica por casarse de buen grado, es algo que quedaba al fuero de su conciencia.