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CAPÍTULO IV

DOÑA JUANA, ARCHIDUQUESA DE BORGOÑA

Para contentar a los obispos de Jaén y Malinas, el día 18 de octubre se celebró una ceremonia religiosa en la catedral de Bruselas, con gran aparato, en la que renovaron sus promesas matrimoniales, en latín, por lo que los más de los asistentes entendieron que aquello era la boda, y así consta en los archivos de la ciudad, pero lo cierto es que casaron en el citado monasterio de Lierre en la noche del 12 de octubre.

Al almirante de Castilla, Fadrique Enríquez, viendo tan dichosa a su amada princesa, pronto se le pasó el enojo por no haber contado con él para la ceremonia. El obispo de Jaén lo llevaba peor y dijo, en su momento, que aquélla fue la primera muestra de locura que dio la infortunada hija de los Reyes Católicos.

Los jóvenes soberanos sólo tenían ojos el uno para el otro, tan entregados a su amor, que hasta se les olvidaban las razones de estado que motivaron su matrimonio. Juana, ya duquesa de Borgoña, estaba muy lejos de pensar que algún día podría ser reina de España, puesto que la precedían en la sucesión al trono su hermano Juan y su hermana Isabel, más los herederos que uno y otro pudieran tener. ¿Cómo imaginar que en el corto plazo de dos años ambos morirían, sin descendencia, o con descendencia que también se frustraría? Lo único que tenía cierto era la inmensa dicha de estar casada con el más gentil de los príncipes, al que se debía en cuerpo y alma, así como al reino del que ya era soberana.

Este reino era muy diferente del de Castilla, con unas hermosuras desconocidas en aquellas áridas altiplanicies. De aguas no se podía pedir más ya que, por doquier, se cruzaban ríos, arroyos y canales, tan bien distribuidos que la feracidad de sus campos admiraba a quienes tan resignados estaban a las temibles sequías de las estepas mediterráneas. La misma feracidad se mostraba en las familias, todas muy abundantes, de manera que los campos, siempre muy bien atendidos, se ofrecían amenos a la vista, muy poblados de gentes, tan llanos y fáciles de cultivar, que si no fuera por la maldición de las guerras, nunca hubieran sabido sus habitantes lo que era pasar necesidad. Sus vacas eran tan hermosas que tres de Castilla no hacían una de las de Holanda; y en cuanto a las gallinas, las había que ponían hasta dos huevos al día. De ovejas y corderos hacían tan poco aprecio que sólo se servían de ellos por la lana que daban; ésa sí la tenían en estima, por traer fama de ser los mejores tejedores de Europa. En alfombras y tapices no tenían rival y todos los palacios reales se preciaban de lucirlos. Como comerciantes eran también muy señalados, llegando con sus productos a todos los puertos conocidos, y se les daba poco de vender hasta a los turcos, si de ello sacaban provecho. En este punto eran muy poco escrupulosos, provocando en una ocasión el que el embajador del Papa de Roma amenazara de excomunión al gremio de tejedores de Amberes por negociar con los enemigos de la fe.

Cuidó Felipe el Hermoso de que todos sus vasallos conocieran reina de la que se sentía tan orgulloso y con ella viajó durante aquellos dos años de felicidad, por todo Flandes, Amberes, Gante, Brujas, La Haya, Haarlem y Leyden; su residencia más habitual era Gante o Bruselas. Siendo sus habitantes de muy diversa procedencia, pues los había descendientes de celtas y romanos, y también frisones descendientes de sajones, se hablaban no menos de tres idiomas -alemán, francés, flamenco-, además del latín, y la archiduquesa se daba maña para expresarse en uno, o en otro, según la región y las personas, lo cual llenaba de orgullo a su egregio esposo.

Un cronista holandés de la época, Raimundo de Brancafort, que acabaría siéndolo también del emperador Carlos V, escribió cuando se conoció la locura y consiguiente encierro de esta reina:

«No a todos los humanos les ha sido concedida la dicha de la que disfrutó nuestra señora, la duquesa de Borgoña, en sus primeros años de matrimonio en tierras de Flandes. Todos sus súbditos nos mirábamos en ellos y el amor que se tenían el uno al otro se mostraba tan impetuoso y poco recatado, que hasta la Reina Católica hubo de llamar la atención a su hija, sobre este punto, por medió de embajadores. Luego, cuando viajó a Castilla a recibir tan pesada herencia como es un reino mal avenido, se tornó la rueda de su fortuna hasta perder el juicio, como dicen que ahora le ha sucedido. Pero aun así, si de ella dependiera y le ofrecieran el volver a nacer, seguro que diría que sí solo por volver a vivir aquel amor tan subido.»

De este Raimundo de Brancafort se sabe que era también juglar y muy galán, de ahí el énfasis que pone en el amor humano, por efímero que éste pudiera ser. En cuanto a la intervención de la Reina Católica hay que entenderla no tanto en lo que al decoro de su hija se refiere, sino en lo que atañe a su comportamiento religioso, pues habían llegado noticias a España de que la archiduquesa descuidaba sus deberes piadosos, dejando de recibir la sagrada comunión en fiestas de la Virgen, muy señaladas. A tal fin, en el verano del 1498 llegó a Bruselas una embajada de los Reyes Católicos, de la que hacía cabeza el fraile dominico fray Tomás de Matienzo, inquisidor, discípulo de Torquemada, que peor no pudo ser recibida por la archiduquesa de Borgoña, pues tenía ella sus confesores y sólo a ellos debía dar cuenta de su conciencia. Cierto es que estos confesores eran flamencos, más ligeros y de menor doctrina que los españoles, pero no por eso con menos gracia para el sacramento de la confesión.

El primer encuentro entre la soberana y el inquisidor tuvo lugar el día 1 de agosto del citado año y la archiduquesa le trató en todo como a un súbdito, no consintiéndole que se sentara en su presencia, y despidiéndole con voces destempladas. Hay que considerar que doña Juana se encontraba en el sexto mes del embarazo de su primogénito, y con el carácter alterado como les suele suceder a las primerizas. Pero el que fray Tomás de Matienzo fuera inquisidor no quiere decir que no entendiera de cura de almas y con gran paciencia supo ganarse el favor de la soberana, haciéndole reflexiones muy sensatas sobre lo que le convenía. Prueba de ello es que cuando nació su hija Leonor, el 16 de noviembre, fue fray Tomás quien ofició como ministro del sacramento del Bautismo, que se celebró con gran solemnidad como correspondía a la primogénita de tales soberanos.

También tuvo el acierto el fraile dominico de no mezclar su misión espiritual con los negocios de este mundo, que tan preocupado tenían al Rey Católico, a quien sus embajadores habían informado de qué el archiduque de Borgoña por nada quería perder su amistad con Francia, con la que lindaba por tantas fronteras que por cualquiera de ellas podían colarse las temibles lanzas francesas. En este punto se mantuvo firme Felipe el Hermoso, tanto frente a su suegro, el rey Fernando; como a su propio padre, el emperador Maximiliano de Austria, ambos concertados contra el francés por la cuenta que les traía. Firme, pero conforme a la costumbre de la época, disimulando sus intereses, procurando contentar de palabra a quienes debía respeto como hijo y como yerno, al tiempo que a espaldas de ellos su embajador, el conde Nassau, concertaba alianzas con el rey de Francia.

Cuidó Felipe el Hermoso de apartar de su mujer a tantos cortesanos como se habían venido con ella de Castilla, pues siendo reina de los flamencos, y no de los castellanos, era natural que fueran los primeros, y no los segundos, quienes atendieran a su soberana y la ilustraran en las costumbres y necesidades de su nuevo reino. La reina Isabel había soñado con una corte muy española para su hija, con nobles de la más alta alcurnia, como don Rodrigo Manrique, mayordomo mayor, don Francisco Luján, caballerizo mayor, y don Martín de Tavera y don Hernando de Quesada, maestresalas, pero todos ellos fueron sustituidos por flamencos, de los que hacía cabeza el príncipe de Chimay, y los nobles españoles tuvieron que regresar a Castilla en navíos mercantes y de fiado. ¡Qué diferencia de la majestad con la que llegaron un año antes en aquella expedición naval que asombró a media Europa!

No parece que estos cambios afectasen demasiado a doña Juana, hecha como estaba a no volver a Castilla, y muy decidida a ser en costumbres y maneras muy del gusto de su regio esposo que, salvado el asunto de la infidelidad conyugal, comenzaban a coincidir con los suyos. En uno de los informes que fray Tomás de Matienzo envió a la Reina Católica le cuenta los progresos que hace la archiduquesa en sus prácticas religiosas, pero advierte a su soberana que:

«No es de pensar que doña Juana vuelva a estar ahormada al parecer de su majestad, como cuando vivía con vuestra majestad, pues ahora se ajusta más a las costumbres de este reino y en no faltando a Dios es de natura que así sea.»

En el asunto de la infidelidad conyugal la costumbre en los matrimonios reales era que cuando llegaban los meses mayores del embarazo se abstuvieran de relaciones carnales, para asegurar su feliz término, y si bien hubo reyes prudentes y temerosos de Dios, que no por ello faltaban el respeto debido al sagrado vínculo matrimonial, los más se permitían licencias cantando con la comprensión, y hasta la complicidad, de quienes debían cuidar su alma.

A la Reina Católica mucho le tocó padecer en este punto con su esposo el rey Fernando, pero acertó a disimularlo. No así su hija Juana, que no supo «ahormarse» a la conducta de su madre y reprendió públicamente a su esposo por el desvío que le mostró durante aquellos meses; no que le constara que tuviera amante, sino que no la atendía en el lecho conyugal como le era debido, dándosele poco de que fueran meses mayores o menores. En este punto la reprendió fray Tomás de Matienzo haciéndole ver que una vez que diera a luz las aguas volverían a su cauce, y que tomara ejemplo de su egregia madre, que hasta consintió que fueran educados en la corte los hijos bastardos de su esposo, el rey Fernando. A lo que la archiduquesa replicó que estaría conforme si su marido también lo estaba en tomar ejemplo de su tío, el rey Enrique IV de Castilla, que consintió en que su esposa, la reina, tuviera una hija con don Beltrán de la Cueva, a la que reconoció como propia, pese a que pasó a la historia con el sobrenombre de «la Beltraneja».

En la fiereza de semejante respuesta, impensable en una reina cristiana, se empezaron a columbrar los primeros indicios de lo que acabaría en desvarío, según el parecer de fray Tomás de Matienzo. Pero acertó el fraile en sus buenos consejos y, al poco del nacimiento de la primogénita Leonor, volvieron las aguas a su cauce y de nuevo se mostró el archiduque Felipe como rendido enamorado. Dicen que el esplendor de la belleza en la mujer tiene lugar después de ser madre por vez primera, y en el caso de la reina doña Juana fue esto tan cumplido que no sólo los cortesanos, sino también los extranjeros, se hacían lenguas de tanta hermosura. Contaba diecinueve años y sus formas se habían redondeado, lo que era más del gusto de los flamencos, sin perder por eso la gracia de un talle gentil. El embajador de Venecia escribió a su señor duque:

«Si tuviéramos en Venecia una Madona tan bella, al tiempo que candorosa, no necesitarían los pintores otro modelo para representar la armonía del universo. Verla con su hija en brazos, en posición lactante, es lo mismo que imaginar a Nuestra Señora la Virgen con el niño en su regazo.»

No es de extrañar que al embajador veneciano le llamara la atención lo de la posición lactante, puesto que las reinas no acostumbraban a criar a sus hijos a sus pechos, sino que recurrían a nodrizas, no sólo por comodidad, sino por entender los médicos que mediando parentesco entre los cónyuges reales, lo cual era muy frecuente, la leche ajena de mujer robusta, aunque fuera de baja condición, convenía más para la salud del recién nacido. Pero en el caso de doña Juana era tan portentosa su vitalidad -salvado siempre lo que a la mente se refiere- que tuvo que amamantar a sus hijos, por lo menos a los tres mayores, pues era tal la abundancia de su leche que de no darle salida por modo natural, se le hacía insufrible el dolor en sus pechos. Don Felipe se ufanaba de esta condición de su regia esposa y gustaba que las damas de la corte, y hasta algunos caballeros, estuvieran presentes cuando daba el pecho a la infanta Leonor. De esta época es un cuadro de la escuela flamenca, atribuido a un discípulo de Roger Van der Widen, en el que aparece doña Juana luciendo un justillo muy ceñido, de escote generoso, que apenas alcanza a disimular la exuberancia de sus formas. Al mismo pintor se le atribuye un cuadro que, trasladado a Castilla, se tituló el de la Virgen de la Buena Leche, que parece haber tomado como modelo a su ilustre soberana.

La ufanía de don Felipe tenía su fundamento, pues aquella salubridad hacía presagiar una buena fecundidad, tan deseada por los monarcas, que veían en los hijos la seguridad dé la Corona y la expansión a otros reinos, mediante los consabidos matrimonios reales. En esto no le defraudó doña Juana, que en aquellos tiempos de malos embarazos, peores partos, y muertes prematuras, alcanzó a dar a luz a seis hijos, todos los cuales vivieron y llegaron a ser reyes, aunque esto último no pudo llegar a verlo el archiduque de Borgoña, fallecido en plena juventud. La primogénita, Leonor, fue reina de Portugal y, después de enviudar, también de Francia; Carlos, el primogénito varón, fue rey de España y emperador de Alemania; su hermano Fernando sucedió al anterior como emperador de Alemania; Isabel fue reina de Dinamarca; María, de Bohemia y Hungría, y Catalina, la más joven y la más amada de su madre, como se verá, de Portugal.

Volvieron las aguas a su cauce, como queda dicho, y el entusiasmo amoroso pronto dio nuevos frutos, quedando doña Juana preñada de quien habría de ser, dicen, el hombre más poderoso de la tierra, el emperador Carlos V. Otra virtud, y grande, de esta reina era que durante los embarazos no tenía dengues ni molestia de clase alguna, ni se le alteraba el talle, ni se privaba de montar a caballo, ni de acompañar a su marido en los recreos físicos que estaban a su alcance. También parece que hasta que la gestación no estaba avanzada no daba cuenta de ella a nadie, para que su marido no comenzara con la historia de la abstención durante los meses mayores.