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El 24 de febrero del 1500 nació en Gante el primogénito varón de los archiduques de Borgoña, y pocos meses después, el 22 de julio del mismo año, por fallecimiento de su primo Miguel, unigénito de Isabel, la hermana mayor de doña Juana, se abría la sucesión en España a la casa de Austria, que haría del recién nacido rey de España y emperador de Alemania.
Felipe el Hermoso se apresuró a declararse príncipe de Asturias siguiendo las instrucciones de sus consejeros más principales, el arzobispo de Besançon y Filiberto de Vere, y desde ese momento, como diría el cronista holandés, Raimundo de Brancafort, tornaría la rueda de la fortuna para la que hasta entonces sólo era reina de los borgoñones. Este mismo cronista escribe que:
«Nuestra señora, la Reina, era presa de encontrados sentimientos, pues si bien en todo seguía queriendo dar gusto a su marido y señor, no podía olvidar que estaba llamada a ser reina de Castilla y Aragón y, por tanto, que no sólo había de mirar a los intereses de su nueva patria, sino también a los de los territorios que en su día había de gobernar.»
Desde que se supo que la archiduquesa de Borgoña era heredera de los Reyes Católicos, y se tenía noticia de los inmensos territorios, muy bien provistos de riquezas, que los castellanos estaban descubriendo allende la mar atlántica, aumentó la solicitud de Felipe el Hermoso y al año y pico del nacimiento del príncipe Carlos, el 27 de julio de 1501, la reina daba a luz a una nueva hija, a quien pondrían de nombre Isabel en atención a su abuela materna.
Pero esa solicitud estaba mezclada con la concupiscencia del dinero del que siempre andaban tan precisados los monarcas europeos, para mantener sus ejércitos que, desde la invención de la pólvora, eran siempre mercenarios. Se habían terminado los siglos gloriosos de los caballeros armados que dirimían sus contiendas en singular combate, y las lanzas se habían tornado por cañones y arcabuces, manejados por suizos y alemanes, siempre en filas apretadas.
Lo que pasados los siglos se calificaría de corrupción era moneda corriente en aquellos tiempos, y lo primero que hacían los dignatarios al tomar posesión de cualquier cargo u oficio público era asegurarse cuantas más prebendas mejor, sin mirar que éstas fueran eclesiásticas, reales, u obtenidas con el sudor de los más pobres. Si bien esto en Castilla estaba más disimulado por los buenos principios de la Reina Católica, en Flandes se mostraba de todo punto desaforado, y parecía que cada cortesano llevara un comerciante dentro de sí, dispuesto a vender la Sábana Santa si la ocasión se presentara.
Todavía no era reina de Castilla doña Juana y ya la acosaban sus cortesanos pidiéndole rentas, para cuando lo fuera, y su marido, don Felipe el Hermoso, no se quedó atrás en este punto. Tenía doña Juana una doncella muy querida de ella, de nombre Beatriz de Bobadilla, de noble linaje, pues era hija de los marqueses de Moya, muy agraciada como todas las que fueron a Flandes en compañía de la princesa. Don Felipe el Hermoso, bien en persona, o por mediación de sus vicarios reales, Filiberto de Vere, señor de Berghen, y el arzobispo de Besançon, se había apresurado a concertarles, a las más adineradas de ellas, matrimonios con nobles de su corte, conviniendo que un tercio de la dote de las doncellas había de ir a parar al tesoro real. Pero esta Beatriz de Bobadilla le confesó a su señora, la princesa, que estaba enamorada de un joven castellano, que no le iba a la zaga en lo que a alcurnia se refiere, y le suplicó que la dejara volver a España para casarse con él. No pudo negarse doña Juana, mujer enamorada, a petición tan razonable de otra mujer enamorada, y dio su consentimiento. Cuando se enteró don Felipe montó en cólera, muy azuzado por el señor de Berghen, que había echado el ojo a la Beatriz de Bobadilla para casarla con un sobrino suyo. Pero no cedió doña Juana y su joven doncella casó con quien quiso.
(Cosa curiosa, a su padre, don Fernando el Católico, no le pareció bien esta decisión de su hija, pues el rey aragonés también era de los que se ganaban el favor de la gente mediante dádivas, y por aquellas fechas había mandado a su embajador especial, Gutiérrez Gómez de Fuensalida, para repartir rentas entre los altos oficiales de la corte flamenca a fin de que inclinasen el ánimo del archiduque para que consintiera en enviar a su primogénito Carlos a educar a España, puesto que estaba llamado a ser rey de los españoles. En este punto siempre hubo gran porfía entre el Rey Católico y los Habsburgo, sin que el primero lograra salirse con la suya, y por eso pudo decirse cuando Carlos V entró por vez primera en España que el que venía a gobernar a los españoles era un rey extranjero.)
A raíz del incidente hubo nueva ocasión de alboroto en el matrimonio real, y esta vez cedió la princesa, aunque muy a su pesar. Se encontraba, ya, en el octavo mes del embarazo de la infanta Isabel, y en extremo fatigada ya que el príncipe Carlos había padecido una escarlatina, tan aguda, que hasta temieron por su vida. La princesa se mostró como madre amantísima, velando el lecho del pequeño enfermo, noche y día, sin apenas comer y dormir, dando una vez más muestras de su prodigiosa naturaleza. En éstas, la ciudad de Bruselas, que se traía grandes piques con la de Gante, ofreció a su soberano cinco mil florines, en oro, si su regia esposa daba a luz en su ciudad, sólo por poder alardear de ello. Don Felipe accedió en el acto y doña Juana se resistió a tan penoso viaje, aunque terminó por consentir, pero admirada de que su esposo tuviera en más cinco mil florines que el buen fin del embarazo. Como ambos incidentes vinieron uno detrás del otro, la princesa comentó que como futura reina de España se debía a sus vasallos, en clara referencia a Beatriz de Bobadilla, pero como esposa debía estar sujeta a su marido y si éste quería que su hijo naciera en Bruselas, a ella sólo le tocaba obedecer. Con motivo de este viaje el embajador Gómez de Fuensalida escribió a los reyes de España, loando la conducta de su hija, y augurando un feliz reinado a quien tan buen juicio había demostrado tener, por lo que no parece que el embajador de su majestad católica gozara del don de profecía.
El 27 de julio del 1501 nacía en Bruselas la infanta Isabel, y en otoño de aquel mismo año los archiduques emprendían viaje hacia España para ser reconocidos por las Cortes como herederos de la corona de Castilla y Aragón. En este viaje estaban muy empeñados los Reyes Católicos, no sólo por el reconocimiento, sino también porque quienes estaban llamados a ser reyes de España debían conocer el país que habían de gobernar. A eso se añade que la Reina Católica seguía muy disgustada con las noticias que le llegaban sobre las licenciosas costumbres de la corte flamenca, tanto en lo que a la moral se refiere, como al tráfico de oficios y beneficios con desdoro de la Corona y de la iglesia. Sin embargo, en tanto tenía este viaje que ella misma consintió en aquel tráfico como único remedio para vencer la resistencia de los consejeros del archiduque. Éstos se resistían, porque si bien estaban conformes en que sus soberanos lo fueran también de España, no veían la necesidad de emprender tan largo y peligroso viaje, cuando había otros medios para que las Cortes españolas les prestasen el juramento preceptivo.
El arzobispo de Besançon cambió de parecer en cuanto que el Rey Católico le ofreció el obispado de Coria, muy rico en beneficios eclesiásticos, y lo mismo le ocurrió al otro consejero principal, Filiberto de Vere, del que lo único que consta es «que recibió dádivas suficientes y muy de su agrado». Cambiar de parecer los dos consejeros, y hacer lo mismo Felipe el Hermoso fue todo uno. Por su cuenta el archiduque obtuvo el siguiente beneficio: se encontraban fondeadas en el puerto de Brujas seis cocas vizcaínas, cargadas de lana, y dijo al embajador Gómez de Fuensalida que las precisaba para emprender el viaje a España. Eran estas embarcaciones de buena capacidad, pero muy rústicas, como correspondía a su condición de mercantes, por lo que se admiró el embajador de que tales realezas fueran a viajar en ellas. No obstante, como buen diplomático, nada objetó, y los funcionarios de Felipe se encargaron de descargar la lana, para arreglar las naves, y el único arreglo fue que tanto la lana como las embarcaciones las vendieron por cuenta del tesoro real. La explicación que recibió el embajador Gómez de Fuensalida fue que estando el invierno próximo era más seguro viajar por tierra que aventurarse en las procelosas aguas del mar del Norte; esto le pesó más al embajador que las cocas que le birlaron, pues viajar por tierra era tanto como decir que iba a ser huésped de los franceses, cuyas tierras había de atravesar. Y si algo temían sus Majestades Católicas, los reyes de España, eran los arreglos que se pudieran traer los monarcas de Borgoña y de Francia a sus espaldas.
Razón no les faltaba, pues si don Fernando el Católico andaba siempre con el pío de su reino de Nápoles, que se lo disputaba el rey de Francia, don Felipe el Hermoso decía tener más altas miras y quería la concordia de toda Europa, la cual se conseguiría cuando se restableciera el imperio de Carlomagno en la persona de su hijo primogénito, caso de que éste casara con una princesa de Francia. De ahí la ilusión que tenía puesta en este viaje, ya que al tiempo que se confirmarían en su condición de herederos del reino de España, trataría de concertar el matrimonio de su hijo Carlos con Claudia, hija del rey de Francia, como así fue. Con lo cual toda Europa, desde Gibraltar hasta los países del norte, estaría bajo una misma corona.
Doña Juana escuchaba con gusto a su esposo, que tanto miraba por el futuro de su hijo primogénito, pero advirtiéndole que por nada de este mundo quisiera engañar a su regio padre, pues bien claro tachaban las Sagradas Escrituras de mal nacido al hijo que no supiera corresponder al desvelo de sus padres. Por esta cuestión comenzaron algunas discusiones entre el matrimonio, sobre todo porque doña Juana quería llevarse consigo, en aquel viaje, a su hijo Carlos, a lo que Felipe se opuso, siempre temeroso de que los Reyes Católicos lo retuvieran y lo educaran más para ser rey de los españoles, que de flamencos y alemanes. Pero siendo doña Juana mujer apasionada y enamorada acababa por ceder ante los halagos y caricias de su esposo. Cedía siempre que no anduviera por medio el honor de Castilla, como se verá por el incidente del castillo de Blois.
El viaje comenzó en el mes de noviembre del 1501 con tal aparato y alarde de grandezas, que no desmerecía de la magna expedición naval que cinco años antes llevara a la princesa al reino de Flandes. Baste considerar que sólo para transportar el equipaje real fueron precisos cien carros de los de vara larga, algunos hasta con seis ruedas, y todos cubiertos de telas enceradas. Si a esto se unen los carros que transportaban los equipajes de la corte, más los carruajes de los nobles, la tropa de a caballo y de a pie, y las carrozas reales que eran cinco, se comprenderá que más parecía un ejército en marcha que un cortejo de paz.
Luis X11, que en tanto tenía la amistad y buenas relaciones con los borgoñones, y lo mucho que esperaba de las alianzas que se estaban concertando en las personas de sus hijos, dispuso que Felipe el Hermoso fuera recibido como monarca y árbitro de la paz europea. El viaje, que podía haberse hecho en un mes, duró más de dos, pues allí por donde pasaba el cortejo no faltaban los tedéums, festejos y torneos a los que tan aficionado era el archiduque. A tanto llegó la cosa que el rey francés concedió a don Felipe el privilegio de indultar a condenados a prisión, como si fuera el mismo Papa de Roma.
A la altura de Chartres, ya entrado el mes de diciembre, les cogió una nevada de tales proporciones que parecía que con aquella pesada impedimenta no habían de poder salir de allí en mucho tiempo. Pero el rey Luis, que les aguardaba en su castillo de Blois, el más hermoso de toda Francia, a la sazón, dijo que su impaciencia por estrechar entre sus brazos a príncipes tan queridos no consentía más demora, y ordenó movilizar a todas las gentes de la región para que, si preciso fuera, se trajeran los carros en andas. Mandó también herreros que, con grandes calderos de carbones encendidos, fueran desparramándolos por los caminos para derretir la nieve.
Así consiguieron alcanzar el castillo de Blois en lo más crudo del invierno, donde fueron recibidos con una calidez que hizo olvidar a los archiduques las penalidades del viaje. Calideces y cortesía no faltaron por parte de Luis XII, pero cuidando de que Felipe no olvidara que por parte de su madre era un francés y, como tal, podía ser considerado súbdito del cristianísimo rey de los galos. Durante los primeros días de su estancia en tan hermoso lugar se sucedieron las fiestas y agasajos, y doña Juana, que seguía conservando aquella hermosura sin parangón en las cortes europeas, tuvo ocasión de lucimiento bailando las danzas castellanas, apenas conocidas por aquellos pagos.
Pero llegó el domingo en el que hubo tedéum de acción de gracias por el feliz encuentro, seguido de misa muy solemne, y en el momento del ofertorio la reina de Francia hizo llegar a doña Juana, por medio de un paje, una monedita de oro para que la echara en la bandeja de las ofrendas; otro tanto había hecho el rey, con don Felipe el Hermoso, siguiendo la costumbre de los Valois de distinguir a sus nobles, permitiéndoles que hicieran la ofrenda por ellos. Don Felipe accedió y echó la monedita, mas no así doña Juana, que sin recato alguno miró la moneda por una y otra cara, y como si se le hiciera poco, o no le satisficiera la efigie en ella acuñada, se la devolvió al paje, se quitó uno de sus zarcillos engarzado en piedras preciosas y lo puso en la bandeja de las ofrendas. Todo esto lo hizo con pausa y majestad para que quedara constancia de que quien estaba llamada a ser reina de España no podía ser tributaria de nadie, ni siquiera en la casa del Señor.
La esposa del rey de Francia, a la sazón Ana de Bretaña, que ya había estado casada con Carlos VIII, antecesor de su marido, y que por tanto era una reina muy bregada y acostumbrada a mandar, tan a mal tomó el gesto de la princesa que no la quiso esperar a la salida de la misa, y desde aquel día evitó el encontrarse con ella. Por contra, a don Felipe el Hermoso, pasado el primer enfado, le agradó la dignidad de la que hizo gala su esposa, y su única preocupación fue recuperar la joya para que no quedasen desparejados pendientes de tanto valor. Mandó rescatarlo del capellán real, mediante compensación en doblones de oro de Castilla, y se lo hizo llegar con una tarjeta amorosa a doña Juana. Ésta dijo que no podía recibir con más gusto tal presente, viniendo de quien venía, pero que aceptarlo sería tanto como privar al Señor de lo que ya era suyo; y para que no apenase su adorado esposo porque los zarcillos quedasen desparejados, ordenó que se entregaran los dos al capellán real. Éste era un abate franciscano, muy devoto de la Virgen quien, conmovido por la generosidad de la princesa, dispuso que se engarzasen en la corona de una imagen de Nuestra Señora, venerada en la región del Vendôme de la que era oriundo; posteriormente fue trasladada a la catedral de Chartres, en la que recibió culto bajo la advocación de Nuestra Señora de las Lágrimas, hasta que desapareció con ocasión de la Revolución francesa.
El 20 de enero del 1502, festividad de San Sebastián, hicieron su entrada en España, por Fuenterrabía, los archiduques de Borgoña, con mal pie por lo que a don Felipe se refiere por razones que cronistas pudorosos tratan de disimular.
Cierto que el cambio entre la dulce Francia y las montuosidades del País Vasco, y más tarde las asperezas de Castilla, no fue del agrado de los flamencos, que se admiraban del aire adusto de los que salían a recibirles, tan comedidos en sus manifestaciones de regocijo ante sus futuros soberanos; pero el verdadero mal fue que a la altura de Bayona tuvieron que abandonar carros y carruajes, que con tanta impedimenta no podían atravesar los tortuosos pasos de la frontera, y hubieron de montar sobre mulas y acémilas navarras, con tan mala fortuna que a don Felipe le dio un fuerte ataque de hemorroides que le hacía cabalgar en un ¡ay! Siendo jinete avezado y muy sufrido para el ejercicio físico, no quiso admitir su mal hasta que estaba muy avanzado y difícil remedio tenía. El cronista holandés, Raimundo de Brancafort, comenta lacónico:
«Nuestro señor, el archiduque don Felipe, entró en tierras de Castilla y Aragón con lágrimas en los ojos, y no por lo que dejaba a sus espaldas, o por lo que tenía frente a sí, sino por un mal del que ni las testas coronadas están dispensadas.»
Por tal motivo, en un pueblecito de Guipúzcoa hubo de detenerse la comitiva durante casi una semana y personas tan nobles como las que iban en ella hasta llegaron a pasar hambre, pues no había forma de encontrar alimentos para tanta gente en lugar donde no eran esperados. Mucho admiró a los flamencos el que vascones y castellanos comieran sólo una vez al día, y no todos los días, y los más sin mucho fundamento, cuando en sus países no se hacían con menos de cuatro o cinco comidas por jornada. Algunos nobles tentaron de volverse por donde habían venido, pero les disuadió el arzobispo de Besançon, no sólo por respeto a los archiduques, sino también por las sinecuras que les esperaban, ya que había duques en Castilla que entre lo propio y lo que comenzaba a llegar de las nuevas indias alcanzaban rentas que superaban los doscientos mil florines al año.
Por su parte, doña Juana dio nuevas muestras de su carácter decidido y dijo que de allí no habían de moverse, por mucha que fuera la necesidad, mientras su regio esposo no pudiera cabalgar con la gallardía que requería su dignidad. (Esto lo decía porque en las últimas jornadas había tenido que cabalgar a lo amazona, y no en horcajadas.) No consentía que nadie que no fuera ella misma, con sus propias manos, le curase de su mal con un ungüento que le facilitaban los cirujanos reales, aunque poco le aliviaba. A su vez, el archiduque sólo encontraba consuelo, en su desconsuelo, con los cuidados de su esposa, y en aquella contrariedad, una vez más, marido y mujer parecían los jóvenes enamorados que tanta admiración producían en el pueblo llano.
Según el cronista Raimundo de Brancafort eran unos tumorcillos que, al tiempo que dañaban la parte afectada, trastornaban el carácter de quien los padecía, hasta el extremo de hacerle desear la muerte. En éstas tuvo noticia la princesa, por una mujer del pueblo, de que no lejos de allí había un curandero al que llamaban Aita Sorgin, que en su habla quiere decir padre de los brujos, que se daba mucha maña en curar toda clase de dolencias, en especial las más vergonzosas. La princesa le hizo llamar en contra del parecer de los médicos y hasta de su capellán, que le advertía que en habiendo brujos por medio, el diablo no andaría muy lejos; a esto le replicó doña Juana que nunca se había oído decir, ni en ninguna parte de las Escrituras estaba escrito, que el demonio se interesara por partes tan viles del cuerpo humano. De este Aita Sorgin se decía que tenía el don de la clarividencia, y que con sólo mirar la cara del enfermo sabía cuál era su mal. Hicieron la prueba con el archiduque y acertó a la primera y a continuación con el remedio que, además de hierbas, fueron unos lavados que le hizo él con sus propias manos.
Al sentirse curado en apenas veinticuatro horas, el archiduque, que no cabía en sí de alegría, le hizo venir a su presencia dispuesto poco menos que a concederle el título de cirujano real. Cuando le preguntó qué es lo que deseaba, el hombre le contestó que se fueran de allí cuanto antes, pues de seguir otra semana terminarían de arruinar al pueblo. Esta respuesta enturbió la alegría de don Felipe, pues le parecía que por boca de hombre tan sabio hablaban muchas gentes de aquel extraño país, que no le querían entre ellas.
Aliviado de su mal, pero con el ánimo confuso, ordenó reemprender la marcha el archiduque y dieron vista a la ciudad de Burgos mediado el mes de febrero del 1502. De ahí en adelante todo fueron recepciones solemnes allá por donde pasaban, siempre con tedéums y festejos, y hasta corridas de toros, que fueron muy del gusto de don Felipe, que tuvo ocasión de lucirse alanceando un toro, y más hubiera hecho si no fuera porque su real esposa no le consentía que pusiera en riesgo su vida.
Con todo esto se iba confortando el ánimo de don Felipe, y congraciándose con los españoles cuando, como una premonición de lo que habría de ocurrirle en su siguiente viaje a España, cayó de nuevo enfermo, en esta ocasión de más cuidado, pues contrajo un sarampión en Olías, cerca de Illescas, que por ser dolencia impropia de su edad, resultó más grave. Doña Juana mandó mensajeros, a uña de caballo, para que trajesen al Aita Sorgin del villorrio vascongado, pero no le pudieron hallar ya que dicen que oír hablar de correos reales que iban en su busca y desaparecer, todo fue uno. Estuvo una semana con fiebres muy altas que hicieron temer por su vida, y el Rey Católico, que les aguardaba en la ciudad de Toledo, donde había reunido a las Cortes que habían de prestarles juramento, viajó hasta Olías como muestra de solicitud hacia un yerno a quien todavía no conocía. En este punto el cronista Raimundo de Brancafort hace la siguiente reflexión:
«Su Majestad Católica supo mostrarse muy compungido con aquel mal que aquejaba a don Felipe, como corresponde a un príncipe cristiano, lo que habla en su favor, pues más le iba que se lo llevara el Señor a su seno, ya que así doña Juana se hubiera quedado de regenta de los Países Bajos, en nombre de su hijo don Carlos, a quien los Reyes Católicos hubieran podido educar a su conveniencia.»
Sanó don Felipe y, por fin, las Cortes castellanas juraron el 22 de mayo del 1502 a los archiduques de Borgoña como herederos del trono y sucesores de Isabel la Católica; a don Felipe, por ser extranjero, le tocó a su vez jurar a las Cortes que había de respetar los fueros, costumbres y privilegios de Castilla. Lo hizo con gusto pues era mucho lo que ganaba con ello. Pero no tanto como para quedarse a vivir en España, como era la intención de sus regios suegros, y por ahí comenzaron los piques entre unos y otros, y quién sabe si no fue por esa trocha por donde le entró la locura a doña Juana.
La princesa heredera más ufana no podía estar; a su marido le tenía muy sujeto, pues al no conocer la lengua castellana, y valerse mal del latín, en todo dependía de ella para comunicarse con los reyes y los nobles castellanos. A eso se unía el que, de nuevo, se encontraba en estado de buena esperanza, en esta ocasión del infante don Fernando, que con el tiempo llegaría a ser emperador de Alemania, y tan insólita fecundidad en un enlace real se entendía como bendición muy señalada del cielo. No podía caber mayor dicha para una reina joven y enamorada.
Una vez más dio muestras de su privilegiada salud y, pese al embarazo ya bastante avanzado, viajó para atender a las obligaciones propias de una princesa heredera de Castilla y Aragón, bien en carruaje, bien a lomos de mula cuando los caminos estaban poco transitables, lo cual ocurrió con frecuencia en aquel año de gracia, pero que para España lo fue de desgracias, pues llovió y nevó a destiempo, esquilmando los campos y anegando las cosechas. Pero la princesa cumplió y hasta presidió Cortes en Aragón, que se mostraban más reacias a admitir como príncipe heredero a un extranjero; pero al fin se logró con algunas condiciones que no son del caso.
Cuenta el cronista Raimundo de Brancafort que si bien el suegro y el yerno se trataban con gran deferencia, ambos se miraban con un punto de desconfianza, ya que el Rey Católico tenía a don Felipe por un mal yerno por no querer quedarse a vivir en España y traerse a sus hijos consigo. Que don Felipe añoraba Flandes parece ser cierto y no se recataba de reconocerlo, por entender que los negocios que allí le aguardaban eran más importantes que los de España, amén de que éstos estaban muy bien cuidados por reyes tan excelsos como doña Isabel y don Fernando. Y en esto no le faltaba razón. En cualquier caso, si mal yerno era por no quedarse en España, mal hijo hubiera sido para su padre, el emperador Maximiliano, si no retornara a los Países Bajos para cuidar de los intereses de flamencos y alemanes. Bien es cierto que, estando Francia por medio, según soplaran los vientos, lo que convenía a unos no convenía a los otros. Y aquel año soplaron del aquilón para los Reyes Católicos, pues la cosecha fue tan mala por las razones dichas que la sombra del hambre se cernió sobre la Península; a eso se añadía el quebranto económico por los gastos de guerra, en Italia, que aumentaban de día en día para evitar el repliegue de las tropas del Gran Capitán ante la superioridad de las lanzas francesas; y, por último, la deseada alianza con Inglaterra había quedado en suspenso como consecuencia del prematuro fallecimiento del príncipe de Gales, Arturo, casado con la excelsa Catalina de Aragón. Habrían de pasar muchos años para que se reanudase la alianza mediante el nuevo matrimonio de Catalina con Enrique VIII, que la historia nos enseña que ojalá no se hubieran casado nunca, por el gran daño que se derivó para toda la cristiandad.
Un acontecimiento luctuoso, del que apenas hacen mención los cronistas de la época, influyó en la firme decisión del archiduque de volver a Flandes. Se atribuye a don Felipe una cierta abulia para los negocios de estado, ya que consentía que fueran sus consejeros los que decidieran por él, lo cual no es mala virtud en un monarca si tiene acierto en elegir a los que deben de aconsejarle. En el caso de don Felipe los dos más señalados fueron los ya citados arzobispo de Besançon y el señor don Filiberto de Vere. El primero había venido a España muy gozoso para hacerse cargo del obispado de Coria que le concediera el Rey Católico, no porque pensara atender la sede, sino por sus rentas y beneficios eclesiásticos, que eran cuantiosos. Pero salvada esta obsesión por las sinecuras, de las que pocos se salvaban, en lo demás era hombre de buena doctrina y prudente consejo, y don Felipe hizo cosas buenas por su orientación. Como hombre consagrado a Dios cuidaba mucho de no participar en tercerías que facilitaran la pasión carnal de su señor y, siempre que estaba en su mano, se oponía y le hacía ver cómo debía respetar el sagrado vínculo del matrimonio, espejo en el que debían mirarse sus súbditos.
Pero quiso el destino que encontrándose a las puertas de Coria le entrara un mal de corazón y muriera sin llegar a conocer la sede por la que tanto había suspirado. Cuenta Raimundo de Brancafort que, tomando conciencia dé que estaba en las últimas, se encomendó con mucha devoción a dom Íñigo Navarrón, primer prelado de la diócesis de Coria-Cáceres, famoso por su santidad, y dijo:
«Si me hubiera acercado a esta sede con el desprendimiento de aquel santo varón, no habría ahora de purgar tanto como he de hacerlo en la otra vida, siempre salvada la misericordia de Dios, que no me reserve una suerte aún peor.»
Fallecido el arzobispo quedó como único y omnímodo consejero Filiberto de Vere, señor de Berghen, que no tenía más escrúpulos que estar a bien con el rey de Francia y de él se decía que era «más francés que los propios franceses». De tercerías y otras malicias se le daba poco con tal de tener contento a su señor, al tiempo que se contentaba él pues también era hombre dado a pasiones carnales.
Lo primero que dispuso fue que los negocios de Flandes no podían esperar más y que debían de emprender viaje, de inmediato, pero atravesando Francia, para cerrar el trato sobre el matrimonio entre el futuro Carlos V y la princesa Claudia de Francia. En esto no puso dificultades el propio Rey Católico, pensando que de ese compromiso habría de obtener alguna ventaja, que buena falta le hacía, ya que las cosas en Italia no le iban bien y por la parte del Rosellón un ejército francés se disponía a atacar Cataluña.
Tratado hubo en Lyon entre el rey de Francia y don Felipe el Hermoso, pero pese a lo mucho que se concertaron sobre la boda entre los príncipes y consiguientes acuerdos de paz, la historia nos muestra que ni Carlos casó con Claudia, ni Claudia con Carlos, y que las guerras no por eso cesaron. El cronista contemporáneo saca la impresión de que los reyes, según firmaban el acuerdo comenzaban a discurrir sobre cómo incumplirlo.