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Fallecer don Felipe el Hermoso y convertirse Castilla en el puerto de Arrebatacapas todo fue uno. Por ser tiempos en los que no había más riquezas que las que se poseyeran materialmente, los dignatarios flamencos se apresuraron a hacerse con cuanto hallaron a mano, puesto que ya no podían esperar las sinecuras que les prometiera su soberano fallecido. Consta que el conde Nassau y el señor de Isseslstein sé hicieron con tal cantidad de joyas, tapices y cubertería de plata, que tuvieron que fletar un barco, en el puerto de Bilbao, para trasladarlas a su tierra.
Por su parte, los nobles de Castilla, como si hubieran vuelto los viejos tiempos del feudalismo, se dedicaron a armar ejércitos privados para resolver antiguas diferencias y quitarse unos a otros ciudades y plazas fuertes. Y todos procuraban hacerlo en nombre de su señora, la reina doña Juana, mientras ésta se ocupaba de las exequias de su difunto esposo. Cuenta la leyenda que la reina se dedicó a pasear el féretro de don Felipe, de plaza en plaza, de noche, a la luz de las antorchas, esperando que de un momento a otro pudiera resucitar. Y si bien es cierto que se dice entre cronistas que, en caso de duda, entre la realidad y la leyenda más conviene quedarse con esta última, no ha lugar en el que nos ocupa, pues bien claro nos cuenta la historia que nunca soñó doña Juana tamaño disparate, y que sus extravíos fueron por otras trochas. Cierto que mandó embalsamar su cadáver, como era costumbre hacer con los monarcas, y cierto que lo hizo depositar en la Cartuja de Miraflores, próxima a Burgos, a la que cada dos o tres días iba a rezarle misas, pero lo hacía por vía de sufragios para que cuanto antes saliera del purgatorio, en el que pensaba que se encontraba por sus muchas codicias y pecados de la vida pasada. Cierto también que en ocasiones le hablaba, no porque esperase respuesta, sino por el gusto de comunicarse con los seres queridos mediante la comunión de los santos. De ahí que le dijese -según testigos de vista- cosas tales como, «que sola me he quedado sin mi rey y señor», lo cual era cierto pues no tenía más compañía que la de su hijo Fernando, que a la sazón tenía cuatro años de edad, y todos los demás de cuantos la rodeaban sólo estaban a sacarle mercedes, empezando por el arzobispo Jiménez de Cisneros, que la tenía por reina, pero su único pío era que le firmase poderes para gobernar en su nombre.
En cuanto al Rey Católico, cuando falleció don Felipe andaba por tierras de Italia, muy afanado como siempre con su querido reino de Nápoles, tomando sus disposiciones para Castilla, que no podían ser otras que resucitar el codicilo de Isabel la Católica, por el que se le declaraba regente en caso de que no pudiera gobernar doña Juana. Pero todo con gran cautela pues si se declaraba incapaz a su hija, los nobles castellanos que no le querían, y que eran los más, invocarían el Tratado de Villafáfila por el que había renunciado a Castilla, en cuyo caso, sería declarado sucesor el príncipe Carlos, y como regente vendría a España el emperador Maximiliano que tenía mejor derecho por ser abuelo por línea paterna.
Esa cautela consistió en que en el ínterin gobernase el arzobispo Cisneros, pero no a título de regente, sino en nombre de la reina doña Juana. Este ser y no ser reina en mucho perjudicó a doña Juana y la hizo desvariar más que la muerte de don Felipe, que una vez acaecida y no teniendo remedio, la afligió no más que a otras viudas enamoradas que, como es de natura, tienden a recordar lo bueno y no lo malo del difunto y por eso se dice que cualquier tiempo pasado fue mejor. Gustaba doña Juana hablar de don Felipe, pero siempre para recordar sus donaires, y el buen trato que le dio en tal sitio y en tal otro.
En cuanto a sus famosas procesiones con el féretro de don Felipe a cuestas, a la luz de las antorchas, lo único que consta es que la misma epidemia que acabó con la vida de su esposo seguía enseñoreándose de Castilla, y cuando el mal llegó a Burgos, la reina se trasladó a Torquemada, y de allí a Hornillos y después a Arcos, siempre huyendo de la mortal enfermedad, de lo que se colige que no tenía tanto afán, como se ha dicho, en reunirse en el otro mundo con su amado esposo.
Entretanto, y pese a tantas penas como le ocasionaba la desgobernación de su reino, dio a luz con la soltura en ella habitual a su última hija, la infanta Catalina, el 14 de febrero del 1507. Después de los partos era tal el amor que le entraba por la criatura recién nacida, que en todo se comportaba como madre tiernísima, aunque había quien tachaba de extravío el que gustara servirse de sus propios pechos, en lugar de valerse de nodrizas como era costumbre real. En cambio, el arzobispo Jiménez de Cisneros alababa este hábito, y quizá era en lo único que coincidían ambos próceres, pues en lo demás nunca acertaba el arzobispo a hacer nada que fuera de su gusto.
En este ser y no ser reina, según la conveniencia de unos y otros, apareció un tercero en discordia en la persona de su viejo enamorado el rey Enrique VII de Inglaterra, que la pidió en matrimonio. La propuesta le vino a través del embajador del rey inglés pasando por su padre el Rey Católico, a quien no le pareció mal el proyecto por entender que a su hija le podría convenir, para su salud, un cambio de aires, y a él la posibilidad de que se aplicase el codicilo de la Reina Católica, por ausencia de Castilla, de la reina doña Juana. Pero de primera intención le hizo saber al embajador inglés que antes preferiría tener que arrancarse todas las muelas que comenzar a discutir con el monarca inglés la dote de su hija. Esto lo decía por lo mucho que había penado y seguía penando con la dote de su otra hija, Catalina de Aragón, a punto de casarse con el príncipe de Gales. A lo que Enrique VII contestó que en este caso no habría cuestión y se conformaría con unas pocas rentas de las muchas que traían los barcos de las indias, pues la mejor dote era la seguridad de tener descendencia estando por medio mujer tan prolífica y amorosa como había demostrado ser la reina Juana. Mas como no se fiara el Rey Católico del desprendimiento del monarca inglés, le replicó que no le parecía decoroso el que doña Juana se convirtiera en suegra de su hermana pequeña, la princesa Catalina de Aragón, cosa nunca vista; y de paso, le advirtió que doña Juana no siempre estaba en su ser natural y le daban arrebatos seguidos de melancolía, por lo que algunos la tenían por lunática.
Cuenta el cronista inglés Edmond Blot que Enrique VII estaba tan prendado de la reina castellana y de la posibilidad de tener hijos con ella que asegurasen más su descendencia (sólo tenía un hijo varón), que si le hubiera apretado el rey aragonés hasta hubiera renunciado a la dote; y en cuanto a su condición de lunática, bien sabida y hasta exagerada en las cortes europeas, contestó que:
«Según nuestro entender esos arrebatos eran debidos a mal de amores por la mucha juventud que tenía el archiduque don Felipe el Hermoso, de feliz memoria, que hacía recelar a su egregia esposa, pero tales recelos no tendrán lugar compartiendo su vida con hombre maduro y temeroso de Dios, por lo que es de suponer que se le sosegará el ánimo.»
Estos primeros tratos entre ambos monarcas les llevaron no menos de cuatro meses, habida cuenta de que el Rey Católico se encontraba, todavía, en tierras de Italia y los correos entre las islas Británicas y Nápoles tardaban más de un mes. Es fama que muchos de los logros políticos del rey aragonés fueron por acertar a no decir ni que sí, ni que no, sino dejar correr los negocios para que ellos mismos encontraran su cauce. En esta ocasión, como no sabía qué es lo que más le convenía para hacerse con Castilla, dejó que la propuesta del monarca inglés llegara hasta la verdadera interesada, la reina doña Juana.
El encargado de comunicárselo fue el arzobispo Jiménez de Cisneros en persona. De este arzobispo conviene saber que siendo monje franciscano, famoso por su virtud y austeridad, le sacó la Reina Católica de sus casillas, primero haciéndole su confesor y a renglón seguido arzobispo de Toledo; desde esta mitra, la más importante de España, reformó con tanto acierto toda la vida religiosa de conventos y monasterios, amén de evangelizar a los moros granadinos, que la reina le pidió que arreglase otros asuntos del reino que poco tenían que ver con la religión. Parece que al principio se negó y quería volver a su vida monacal, pero al final accedió y, es de suponer, que acabó por tomarle afición. Mucho bien hizo a España mediando en tantas desavenencias como había entre unos y otros, y en todo acertó salvo en su trato con la reina doña Juana, la cual llegó a decirle en uno de sus arrebatos que le parecía un ave de mal agüero, cosa que el arzobispo como buen cristiano supo perdonar, pero no olvidar, y fue siempre de los convencidos de que la reina no estaba en su sano juicio, y no convenía que gobernara en Castilla.
En esta ocasión tampoco acertó pues la reina, de primeras, le espetó que cómo se atrevía a hablarle de matrimonio estando todavía insepulto su primer esposo. (Insepulto habría de estar durante mucho tiempo y no por otra razón sino porque el archiduque había manifestado su deseo de ser enterrado en la catedral de Granada, la cual se encontraba en terreno de nobles levantiscos, contrarios a don Fernando, y hasta que no se pacificase toda la Andalucía, no se consideraba prudente el que viajara allá la reina al frente del fúnebre cortejo.) El arzobispo demostró en esta ocasión ser poco conocedor del alma femenina, pues ante semejante réplica no insistió más, sin caer en la cuenta de que toda mujer se siente halagada cuando es requerida de amores, aunque éstos sean reales y, por ende, más arreglados que sinceros. Pero por otros caminos más fluidos que los del arzobispo le llegaron a doña Juana noticias de lo mucho en que la tenía el rey de Inglaterra.
En el año largo que tardó el rey Fernando en volver de Italia, la única corte que había en España era la que se movía en rededor de doña Juana, pues aunque había dudas sobre lo que sería de ella cuando regresara su padre, de momento era el único sol que calentaba. Sus doncellas recibieron con alborozo la noticia de, las pretensiones del rey inglés, pues en todo tiempo las bodas reales han sido muy del gusto de las gentes, y una dama muy sesuda, de la familia de los Moya, de nombre Balbina, le dijo que pensara muy bien lo que había de hacer, ya que antes o después casarse había de casar; pues no se conocía de ninguna reina viuda que a los veintiocho años -que eran los que tenía a la sazón doña Juana- no volviera a matrimoniar, aunque sólo fuera por razones de estado. Doña Juana recibía todos estos consejos haciendo dengues, pero provocando para que le contaran más cosas de su pretendiente. Cuando le dijeron que recién había cumplido los cincuenta años, preguntó un tanto risueña: «¿No se os hace un poco mayor para seguir con el empeño de tener hijos?» A lo que doña Balbina le contestó que antes perdía el viejo el diente que la simiente y, en medio de grandes risas, no quisieron continuar la conversación por esa trocha, en atención a las doncellas que estaban presentes.
Estas doncellas eran las más interesadas en que el proyecto se llevara a cabo, pues ya se veían viajando en una armada real camino de Inglaterra, para ser recibidas con grandes honores y ser solicitadas en matrimonio por caballeros ingleses, como era costumbre. Y estas mismas doncellas eran las que traían noticias, que decían conocer por parientes nobles, de cómo era la corte de Inglaterra y cómo suspiraba el monarca inglés por ella. Doña Balbina de Moya, que por pertenecer a familia tan importante estaba bien informada y columbraba que nada bueno le esperaba a su señora cuando volviera el Rey Católico, también le hacía mucha fuerza para que aceptara. Y un día la reina le confesó que, sólo por el placer de tener cerca de sí a hermana tan querida como era Catalina de Aragón, aceptaría el casarse con quien en ningún caso podría borrar de su corazón el recuerdo de don Felipe el Hermoso.
Estaba doña Juana decidida a volver a hablar con el arzobispo Jiménez de Cisneros, y hasta a dejarse aconsejar por él en cuestión tan capital, cuando el ilustre prelado tuvo que partir para Granada, que parecía un hervidero entre la sublevación de los moriscos de la Alpujarra y la de los nobles andaluces que andaban dirimiendo diferencias entre ellos, y sólo se ponían de acuerdo para discutir la autoridad real. Durante estas esperas la reina doña Juana cuidaba de acicalarse con esmero y gastaba bromas sobre el modo de hablar de los ingleses y sobre otras costumbres de ellos, que recordaba de los meses que, por culpa de la mar, había pasado en Inglaterra. Entretanto regresó don Fernando de Italia, pero ya apenas hubo ocasión de hablar del posible enlace, pues de allí a poco fallecía Enrique VII de una tisis galopante que se lo llevó a la tumba en un abrir y cerrar de ojos. Y así nunca se sabrá si hubiera sido otra la suerte de doña Juana de haberse coronado reina de Inglaterra, en lugar de ser prisionera de su destino en Castilla. Lo que sí se sabe es que doña Juana supo corresponder a las atenciones del monarca que la pretendía y mandó que se celebrasen funerales por su alma, que durante el primer mes no desmerecían de los que seguían celebrándose por don Felipe el Hermoso.
Regresó don Fernando el Católico muy decidido a poner orden en el reino, que más desordenado no podía estar, y hasta los nobles levantiscos comenzaban a darse cuenta de que de seguir por aquel camino, acabarían como los moros con sus reinos de taifas, que fueron su perdición.
Don Fernando, como no podía ser de otra manera, entró en España respetando la autoridad de su querida hija, la reina doña Juana, pues como tal había sido reconocida por las Cortes de Valladolid. Lo de que era reina no tenía duda, pero no tanto el que fuera su hija muy querida, como siempre se hacía escribir en sus documentos, no por maldad de corazón, sino porque padre e hija habían tenido tan poco trato que apenas se conocían, ya que cuando doña Juana partió a Flandes tenía diecisiete años y los años anteriores se los había pasado don Fernando, o bien peleando con los moros en Granada, o con los franceses en Italia.
Don Fernando se encontró con que doña Juana tenía la potestad real y el arzobispo Jiménez de Cisneros los dineros para administrar esa potestad. Es de admirar que siendo el arzobispo de la orden de San Francisco de Asís y como su fundador muy entregado a la pobreza (que en su persona la vivía esmeradamente) se hubiera dado tanta maña en hacerse con todos los dineros de Castilla, organizando los impuestos de manera que todos hubieran de pasar por él, amén de cuidar de que no llegara ningún navío de las Indias que no cumpliera en el acto con el quinto debido a la Corona. Y tener dinero era tener ejército pues, como ya se ha explicado, desde que se inventó la pólvora todos ellos eran mercenarios.
Corte tenía doña Juana, pero quien la mantenía y de quien cobraban era del arzobispo; baste considerar que la guardia real había prestado juramento de fidelidad a Jiménez de Cisneros, como único remedio para poder percibir su soldada.
Cuando se supo que don Fernando estaba en viaje para España, un gran número de nobles y grandes de España, que temían las represalias del Rey Católico, se apresuraron a firmar un documento, que lleva fecha de 19 de junio del 1507, jurando fidelidad a la reina doña Juana, y sólo a ella. Por lo que si de juramentos hubiera dependido, doña Juana hubiera gobernado por años sin fin. Cuando el arzobispo Cisneros tuvo noticia de ese documento, y de la amenaza de los grandes de sublevarse contra el rey aragonés, dijo con la mesura en él habitual:
«Sublevarse? Para sublevarse hacen falta dineros, y los nobles sólo tienen palabras.»
Como don Fernando el Católico fuera del mismo parecer, lo primero que hizo al poner el pie en España fue entregarle el capelo cardenalicio que había obtenido para él del Papa de Roma, Julio II, en prueba de agradecimiento por los servicios que había prestado a Castilla durante su ausencia. Don Fernando, como rey prudente que era, miró a uno y otro lado, y pronto se apercibió de que para gobernar a los ariscos castellanos, no le quedaba más remedio que contar con la autoridad regia, en la persona de su hija, y con la autoridad efectiva representada por los cañones y los soldados del cardenal Cisneros. Por eso procuró contentar a uno y a otro; a Jiménez de Cisneros de la forma dicha y a su hija enviándole cartas muy amorosas, y titulándola siempre de reina. Doña Juana correspondió disponiendo que allí por donde pasase su padre, recibiera los mismos honores que ella misma.
El encuentro entre el padre y la hija tuvo lugar en Tórtoles, cerca de Burgos, y el cronista Pacheco lo cuenta así: «Nuestra señora, la reina, recibió con gran emoción a su augusto padre, y aunque no pudo por menos de admirarse de lo avejentado que lo encontraba, supo disimularlo; la reina llevaba una negra caperuza que le cubría todo el rostro, como correspondía a su condición de viuda, pero en lo demás iba muy bien trajeada y tan lozana como de costumbre. Ante la presencia del rey don Fernando se destocó, mostrando un rostro arrasado por las lágrimas, muy hermoso, y tomó la mano de su padre para besársela, al tiempo que iniciaba una reverencia, pero no se la consintió don Fernando para que quedara constancia de quién era la majestad en aquel trance, y para honrarla como tal hincó la rodilla en su presencia. No permitió la hija tal sumisión, poniéndose también ella de hinojos y en esa humilde postura, que en esta ocasión a ambos enaltecía, se abrazaron estrechamente. Después comieron juntos en el palacio que hay en esa villa, y a su término anunció el rey don Fernando que estando su hija en su sano juicio, le había cedido a él la administración del reino. Para nada se habló de regencia, ni de firmar acuerdos, sino que de palabra le había encargado dicho cuidado. Esto era de sentido pues siendo la reina poco experimentada en los negocios del reino, y su padre muy avezado en ellos, es de natura que le hiciera esa confianza, como antes se la había hecho doña Isabel la Católica, que con ser tan buena reina nada gustaba de hacer sin el consejo de su augusto esposo. Pero lo que es de admirar es que el cortejo de doña Juana volviera muy menguado al lugar que habitaba en Tórtoles, pues en menos de lo que canta un gallo, que de una vez á otra no pasan veinticuatro horas, todos los que estaban con la reina se pasaron al cortejo de don Fernando; entre los que se pasaron al Rey Católico se encontraban los obispos de Málaga y Mondoñedo, a los que la reina tenía por fidelísimos, y la que más le dolió fue doña María de Ulloa, dama de su mayor confianza.»
Pero la reina supo disimular su pesar y eso le valió el que cesaran en tacharla de lunática y la dejaran vivir tranquila en Arcos, adonde se trasladó con el féretro de don Felipe, en espera de poder darle sepultura definitiva en Granada. Allí se estuvo nueve meses, durante los cuales el rey Fernando, con la ayuda del cardenal Cisneros, arregló en gran parte los desórdenes de Castilla, salvada Andalucía, para la que dispuso una expedición de castigo como se merecía su díscola condición. Pero no le pareció prudente al Rey Católico marcharse tan lejos, dejando a la reina en una plaza desguarnecida, como era la de Arcos, con el riesgo de que la pudieran tomar como rehén sus enemigos, que seguían siendo muchos, o que la obligaran a firmar lo que no convenía para el reino. Por eso pretendió trasladarla a Burgos, plaza fortificada a salvo de algaradas, y por ahí comenzaron los problemas.
Esta villa de Arcos era muy risueña y en ella se encontraba muy sosegada doña Juana en todo entregada a los dos únicos hijos que habían nacido en España, el infante Fernando y la infanta Catalina, a los que amaba con especial ternura por el mucho trato que tenía con ellos. Por eso, cuando su padre le propuso trasladarse a Burgos se resistió y como una premonición de lo que le esperaba dijo que por nada de éste mundo le gustaría encerrarse en plaza amurallada, que era tanto como enterrarse en vida. El Rey Católico respetó su decisión, pero se llevó consigo al infante don Fernando que, a punto de cumplir los seis años, ya se mostraba buen jinete, digno hijo de su padre, y en él tenía puestas sus complacencias su egregio abuelo por razones fáciles de comprender.
Por aquellas fechas ya se barruntaba que no acertaba en lo de tener hijos con su joven esposa Germana de Foix, por lo que todo hacía suponer que uno de sus nietos sería llamado a sucederles tanto en Aragón como en Castilla; ése debía ser el primogénito don Carlos, a quien el Rey Católico no conocía ya que se estaba educando en la corte flamenca bajo el influjo del emperador Maximiliano, lo cual no resultaba de su agrado. ¿Cómo había de ser buen rey de España quien se educaba tan lejos de ella, que ni siquiera conocía su lengua y sus costumbres? Por eso sus preferencias, y su mismo corazón, se inclinaban por el infante don Fernando, nacido y criado en Castilla, y siempre que se le presentaba la ocasión lo tomaba consigo ya que hasta había encargado a juristas de Salamanca que estudiaran unas pragmáticas del rey don Alfonso el Sabio, según las cuales la primogenitura cedía en favor del siguiente hermano en determinadas circunstancias.
La reina doña Juana se sentía muy halagada de que su padre tuviera en tanto a hijo suyo tan querido y se complacía viéndolos cabalgar juntos, el nieto tan rendido al abuelo, y el abuelo tan tierno con él que no parecía ser el rey.
Pero en esta ocasión, un día aciago, aquella doña Balbina de Moya que bien la quería, pero no siempre acertaba en lo que le decía, hizo algún comentario del que podía deducirse que otras eran las intenciones del Rey Católico al llevarse al hijo preferido de doña Juana, quién sabe si encerrarlo en el castillo de Burgos, para que a la reina no le quedara más remedio que ir tras él si no quería perderlo. Eran estos Moya de los que se habían sometido al rey aragonés de mal grado y lo que dijo, o dejó de decir doña Balbina, nunca se supo, pero es de suponer que lo dijo estando la luna llena, que era cuando más indefensa se encontraba la reina frente al mal que llevaba dentro. El caso es que aquella misma noche, a las doce en punto, se despertó doña Juana tan cierta de que le habían tomado a su hijo como rehén, que se desató en ella una furia que no se le conocía desde que cortara los cabellos a la dama de Bruselas. Comenzó a dar órdenes sin concierto alguno, disponiendo que le ensillaran caballerías para salir en busca de su hijo, y amenazando de muerte a quienes no las cumplieran en el acto. Bien se cuidaron sus servidores de no obedecerla, por mucho que les gritara que era la reina y que en todo le debían obediencia.
Comenta un cronista anónimo de la época que «el mal que tenía nuestra señora la reina era que cuando le daban estos arrebatos, de nadie se dejaba aconsejar, ni dejarse ver de médicos, ni cirujanos, y tan pronto se le pasaba el arrebato se hundía en una melancolía que traspasaba el corazón el verla con la mirada perdida, sin querer comer ni beber, tan abandonada en toda su persona, que la que pocas horas antes admirara por su hermosura, se tornaba en la más miserable y harapienta de las criaturas, pues tampoco era extraño que durante esos arrebatos se arrancara sus regias vestiduras, dándosele poco que se le quedaran al aire sus augustos pechos. ¿Quién no habría de conmoverse viendo a una madre que de tal manera suspiraba por el hijo que entendía que le habían robado?»
Puede que también se conmoviera el rey don Fernando cuando le llegaron estas noticias sobre el estado de su hija, pero no por eso dejó de tomar las disposiciones que entendía que eran más convenientes para la seguridad del reino. Sobre todo cuando el obispo de Málaga, que no por haberse pasado al bando del Rey Católico dejaba de seguir amando a la reina, le comunicó que no sólo no comía ni dormía, sino que pasaba muchas noches al raso, mirando el camino por el que se fuera el infante don Fernando, sin querer echarse ni siquiera una manta por encima de sus hombros; de resultas de lo cual le había entrado una tos que nada bueno hacía presagiar.
Con independencia de lo que le dictara su corazón de padre, de ningún modo podía consentir que muriera su hija, porque sería tanto como dar entrada en España al infante don Carlos, bajo la regencia de los Habsburgo, y por eso dispuso que se le devolviera el hijo por el que tanto suspiraba.
Pero el mal ya estaba hecho y, extremada como era en todo cuando se salía de su ser, no consentía que el niño se separara de ella, lo cual tampoco era oportuno para quien había nacido para ser rey y, por tanto, educado como tal.