38492.fb2 Juicio Final - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 20

Juicio Final - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 20

18

Desde el momento en que Juan Lloris, en concurrida rueda de prensa, hizo pública su candidatura al Ayuntamiento, se dio el pistoletazo de salida de la precampaña electoral. De hecho, aquel mismo día le acompañaba en la mesa el presidente de la Agrupación de Peñas Valencianistas, el incendiario Rafael Puren, defensor encarnizado del empresario y hombre con gran poder de convocatoria entre los aficionados y socios del club, que si antes, socialmente, se circunscribía a la metrópolis, ahora abrazaba una fidelidad capaz de englobar distintas comarcas, tan sólo compitiendo con el Villarreal, que en las últimas campañas había cobrado fuerza en las comarcas castellonenses. Todas las peñas del Valencia radicadas en la ciudad recibirían la visita de Juan Lloris y Rafael Puren. Los peñistas y los vecinos del barrio asistían, y muchos se afiliaban con entusiasmo al partido «Valencians, Unim-nos», por la simbólica cantidad de un euro. No debían pagar más, ya que el candidato se comprometía a rebajar los impuestos de forma drástica. Una promesa que él mismo ejemplificaba con el euro simbólico. Ayudar a transformar Valencia en una ciudad única, incomparable en Europa (a Lloris España se le quedaba pequeña), no debía costar más que el esfuerzo de conseguirlo (todo el mundo iría casa por casa a explicar su programa) y la recompensa de sentirse orgulloso de tan loable tarea.

Todos los días, Juan Lloris iba al local de una peña. En casi todas la adhesión era absoluta. Y si en alguna un simpatizante socialista o un afiliado del Front osaba formular una pregunta incómoda, recibía una enorme bronca por parte de un público fervoroso, convencido de la necesidad de un hombre enérgico, directo, sin ambages, con un lenguaje llano y reconocible y un mensaje muy concreto: una Valencia de Champions que competiría -era la primicia mundial- por unos juegos olímpicos, tan pronto como Juan Lloris llegara a la alcaldía. Porque él sería alcalde, y el público no tenía ni la menor duda al respecto. Los inundaba en retórica grandilocuente con delirios de patriarca. Era un triunfador surgido de la nada, un hombre del pueblo acostumbrado al trabajo incansable, de esa clase de tipos en que los fracasados, los huérfanos de autoridad, los golpeados por el infortunio delegan resentimientos seculares. Una corriente subliminal que Lloris dominaba a la perfección desde que había accedido a la presidencia del Valencia C. F. Él, un outsider.

Liam Yeats comprobaba la inmensa popularidad del personaje como una dificultad añadida a su trabajo. Allí donde iba Lloris, allí acudía el irlandés, siempre que el local no fuera pequeño, porque su aspecto, que destacaba entre el resto del público, llamaba excesivamente la atención. Entonces se quedaba fuera, buscaba el bar más cercano y esperaba a que saliera el candidato, que todavía se entretenía un buen rato con abrazos altruistas, besos a los niños, firmas a mansalva en fotografías de sí mismo con una camisa remangada y sentado tras la mesa de un despacho casualmente similar al del actual alcalde, pero con muchos más papeles, muchas carpetas que recordaban su irrenunciable compromiso de trabajo. A un lado, una visible señera valenciana.

Con una motocicleta alquilada, Liam seguía el coche del candidato conducido por un chófer, un servidor militante operativo cuando fuera menester. Pero a veces Lloris, apenas llegar al centro, se despedía de Puren y del chófer y se iba al piso de Merceditas, una ex prostituta de nacionalidad colombiana. Junto a dos inmigrantes más, Merceditas había empezado a trabajar como prostituta de alto standing en un pequeño apartamento de un edificio del centro de la ciudad. Sus clientes acudían respetando un horario acordado. Durante sus primeros encuentros, con la presencia de Lloris, las otras dos tenían que irse. El candidato pagaba lo que hiciera falta por la intimidad. Con el tiempo, Merceditas se había convertido en la niña de los ojos de Lloris. A tal extremo llegó su hechizo que la colombiana le tenía sorbido el seso y Lloris se torturaba pensando en los hombres que acogía su cuerpo, en el placer que tan reacio era a compartir. Pensaba en todo menos en lo que tenía que pensar. Entonces resolvió comprar aquel piso a nombre de ella, asignarle un mantenimiento más que digno a cambio del privilegio de poseerla en exclusiva, a la hora y el día que él quisiera. Y la deseaba a menudo, porque Merceditas, de historial poco afortunado, sabía darle no sólo el placer, sino también la comprensión, el amparo que necesitaba el guerrero para su reposo. Un amor que apenas parecía venal ofrecido por una auténtica profesional.

Liam sabía quién era y qué hacía Merceditas. Habitualmente, Lloris se encontraba con ella a media tarde o por la noche. Cuando se quedaba allí a dormir, a las ocho de la mañana Merceditas salía con una bolsa de deporte y llamaba a un taxi para que la llevara al gimnasio del hotel Hesperia. En el mismo hotel, a mediodía, hacía un poco de spa, tomaba una comida dietética, de escasa digestión pero nutritivamente muy completa. Un horario que, a veces, se prolongaba con la esteticista o bien con un masaje de relax para tonificar su piel.

Lloris no efectuaba apariciones públicas con Merceditas. No la conocían ni su chófer ni Rafael Puren, su hombre de confianza. El propósito de ser alcalde aconsejaba que cuidara de su imagen moral para evitar líos como los de un pasado que aún tenía presente en la memoria. Una cosa era tener una amante normal, del país, y otra muy distinta era que fuese colombiana. Todo el mundo le acusaría de aprovecharse de una pobre inmigrante.

Así pues, Liam controlaba los horarios de Merceditas. Tras una semana de intenso seguimiento a Lloris y a la colombiana, se hacía una idea exacta del momento y el lugar en que eliminaría al empresario. Una vez cumplido el encargo, no se quedaría demasiado tiempo en Valencia. Como mucho, las horas que le hicieran falta para cobrar del cliente el resto del pago acordado. Asimismo, tenía todos los detalles de su huida planificados. Dejaría el coche y la moto abandonados en cualquier rincón de la ciudad; en el hotel comunicaría que se quedaba una semana más, y del piso adelantaría un dinero, quizá cuatro o cinco días.

Sin caer en la tentación de la excesiva confianza, le pareció un trabajo sencillo. No acababa de entender por qué los franceses no lo habían aceptado. A lo mejor disfrutaban de una sólida situación económica. De hecho, acompañado por Maria, había observado los alrededores del pub y a los asistentes al local el pasado sábado. Quizá no quisieran complicarse la vida. Tal vez se llevaran una suculenta comisión sólo por hacer de intermediarios. Daba igual. Sin prisas, Liam cumpliría el encargo; con un mínimo de logística bastaba. Sería más fácil de lo que se temía en principio, tratándose de una figura política. Trabajos similares llevados a cabo en África habían sido más complejos. Ahora bien: los periódicos se harían eco de la eliminación de Lloris, y la policía, ante la magnitud de la noticia, desplegaría un número considerable de efectivos. Para darse tiempo ocultaría el cadáver. Al menos tendría el margen de unos días.

Con todos los cabos atados, se relajó. Llevaba tres días sin ver a Maria. Tras recurrir a la excusa de una breve escapada a Barcelona, los había aprovechado para completar casi todo el horario de los hábitos de Lloris. Tres días que utilizó también para reflexionar sobre la conveniencia de seguir viéndola. No quería comprometerla, aunque el hecho de que Gil y los dos franceses no la conocieran le evitaba problemas. Estaba, además, su relación. Por primera vez en muchos años tenía la oportunidad de frecuentar a una mujer con cierta normalidad. ¿Impedía ella que cumpliera el encargo con rapidez y se fuera? En otras circunstancias y con un trabajo similar ya lo habría hecho, habría cobrado y de nuevo se iría a otro país, el retorno a una vida de solitario mientras esperaba un nuevo encargo. Se veía obligado a reconocer que María era el motivo, al menos en parte, de la poca prisa que se daba.

Estaba, también, la cuestión de Irlanda de nuevo cuestionada. Y también Maria era el motivo. Pese a la prevención de ambos, los acontecimientos sentimentales se precipitaban. A Maria le atraía poderosamente alguien con un escepticismo que ella creía obligado por las circunstancias. Por poco que rascó en el espíritu de Liam, se encontró con un hombre que se entregaba sin darse cuenta, pese a una resistencia de base que no sabía exactamente de dónde procedía. ¿Qué ocultaba aquel canadiense en gran medida enigmático? Pero no era la curiosidad de descubrirlo, sino la ternura que en ella despertaba su desconcierto vital, lo que suscitaba su atracción. En su tercer encuentro, mientras daban un paseo por uno de los márgenes del antiguo cauce del río, Maria le cogió de la mano. El gesto estuvo precedido por el delicioso propósito de pasar un rato sin decirse nada. Por un instante, a Liam le pareció que el paraíso era demasiado accesible; pero luego apretó su mano sin mirarla, en silencio, pese a los numerosos mensajes que ella recibía a través de aquel contacto tan firme como el de un náufrago que se aferrase a su última tabla de salvación. Aquello sintió Maria; aquello era lo que de nuevo se interponía en el regreso a Irlanda. Entonces Liam, deteniéndose, sin atreverse a mirarla fijamente a los ojos, le dijo:

– Me gustaría irme con una mujer como tú a un país lejano.

¿Por qué le había dicho «con una mujer como tú» y no «contigo»? Lo ignoraba, no sabía desenvolverse con soltura en aquel terreno. Quizá necesitara escapar con alguien a donde fuese. Él se dio cuenta de lo banal de su propuesta. Por desgracia, el silencio de Maria lo avalaba.

– ¿Sabes? -añadió-, estoy cansado de mi oficio. De la vida que llevo.

– ¿Tan extraña es tu vida?

¿Qué podía o debía responderle? ¿Quién sabe cómo tiene que vivirse realmente una vida? Tal vez fuese su escasa práctica en asuntos sentimentales lo que hacía que no supiera plantear una propuesta coherente. Ignoraba cómo era el afecto amoroso. ¿Tenía lugar cuando alguien se volvía imprescindible? ¿Había de mitigar con él el repentino deseo de enmendar su destino? Liam no tenía respuesta para la pregunta de Maria. No la tenía porque debía continuar mintiéndole. ¿No era la vida de él tal como se la había contado, tan rutinaria como la de millones de personas? Ella, cuando la relación se consolidara un poco más, quizá estuviera dispuesta a irse a vivir con él a Canadá. En Valencia, María no disponía de apenas salidas profesionales. Sin embargo, Liam tenía un proyecto empresarial consolidado. Él tendría que insistir en el tópico de que el negocio le aburría, de su falta de motivación, de su necesidad de cambiar de vida. Pero aquello no era una respuesta convincente para alguien que buscaba precisamente una normalidad, una seguridad en el futuro y no la aventura de un país lejano.

¿Por qué Liam, pensaba además Maria, le había propuesto marcharse sin haber pasado aún por su preceptiva primera noche? A ella le parecía extraño que él se adelantara a un precedente que proporciona la confianza para emprender proyectos posteriores. Era obvio que Liam se había precipitado. Lo sabía, pero tenía urgencias, prisas que ella ignoraba y que le evitarían la determinación del retorno a Irlanda cuando empezaba, quizá, a presentir el embrión de un motivo. Todo era demasiado confuso para Maria, y por eso Liam le dijo que la entendía. Eran, añadió, sus ganas de cambiar de vida lo que había propiciado una propuesta singular. Entonces, sin que él soltara su mano, siguieron caminando en silencio. Se planteó si era demasiado brusco pedirle que pasaran la noche juntos. Excesivamente frío, quizá. Y sin embargo, Maria lo deseaba. Irlanda, el encargo, sus enfermedades, el pasado que todo lo condicionaba… Liam tenía la cabeza hecha un lío. Cada paso le devolvía al mismo callejón. De nuevo se dejaba llevar por su sino. No encontraba el modo de cambiarlo. Impulsado por el desorden de sus pensamientos, la besó. Si el gesto no pareció imperativo fue porque hacía mucho que Maria lo esperaba.