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La actitud en principio conciliadora y más tarde severa de Higinio Pernón obligó a Juan Lloris a negociar enseguida con Francesc Petit. El consorcio representado por Higinio mostraba su preocupación porque se dilatase el acuerdo político. Asimismo, el intermediario aconsejó a Lloris que aceptara las reivindicaciones del ex secretario general del Front en lo referente a las compensaciones económicas para su nuevo partido. Sin embargo, la exigencia del candidato de prescindir de Júlia Aleixandre no fue atendida. El consorcio valoraba los conocimientos que de la situación política valenciana tenía la asesora. Pese a todo, a Juan Lloris le dejaban un generoso margen de actuación como muestra de confianza.

Lloris y Petit se vieron en el despacho del candidato justo después de la clase de historia de Miquel Pons, que enseguida informó del encuentro a Albert. Aunque Petit había pedido que Júlia estuviera presente en la reunión, Lloris no lo consintió. No obstante, matizó la negativa amparándose en que ambos ya habían mantenido reuniones preliminares (Lloris, con ironía). Ahora les correspondía a ellos, los primeros espadas, reafirmar los puntos tratados.

– Entonces -dijo Petit-, ¿estás de acuerdo con mis demandas?

– No.

– Pues no entiendo de qué han servido las conversaciones entre Júlia y yo.

– Algo habrás sacado.

– Explícate, porque no lo capto.

A Lloris le sobrevino el ramalazo de decirle en qué habían consistido sus reuniones. Le sacaba de quicio que le tomaran por idiota, pero entonces Petit habría sabido que vigilaba a Júlia y, además, recordó la severidad del consorcio, los intereses del Parc Central y la sociedad compartida con ellos en Gibraltar.

– Hay algo en que no quiero transigir.

– Discutámoslo.

– La confección de la lista.

– No renunciaré al segundo puesto.

– Te pertenece, pero situar a todos tus hombres en puestos de salida es algo que no acepto. Entre los tuyos y los de ella podéis embaucarme.

– Nosotros sólo seremos cuatro. Tendrás el poder de decisión si los demás son tuyos.

– Aun así, si quisieras quitarme la alcaldía, podrías hacerlo con tus concejales.

– Si quisiera ir junto a conservadores y socialistas ya lo habría hecho. De los conservadores me separa la ideología, y de los socialistas Horaci Guardiola.

– En cuatro años de legislatura las cosas cambian.

– Tienes razón. Te entiendo, pero si no sitúo bien a los míos, me abandonarán. Entonces ya no será mi partido, Democracia Valenciana, quien se coaliga con «Valencians, Unim-nos», sino Francesc Petit quien, por intereses personales, se alía con Joan Lloris. ¿Entiendes el argumento?

– Sí.

– Pues actúa en consecuencia.

– Lo haré: quiero un acuerdo firmado que diga claramente que durante los cuatro años no me joderás la alcaldía para dársela a conservadores o socialistas.

– Tú mismo me has recordado que durante una legislatura las cosas pueden cambiar. ¿Y si llevas una política inexplicable para mi electorado?

– Muy sencillo: abandonáis las concejalías pero me mantenéis como alcalde. Así te conservarás puro.

– Eso es contradictorio.

– En absoluto. Echáis por tierra algunos de mis proyectos puntuales. En cambio, hay otros que me causa muchísima ilusión sacar adelante.

– ¿Por ejemplo?

– El Parc Central.

– ¿Por intereses personales o políticos?

– Exclusivamente personales. -Petit se sorprendió ante la sinceridad de Lloris-. El Parc Central es la mayor obra que un alcalde pueda hacer por su ciudad. Será una transformación que quedará en el tiempo. Un orgullo y una satisfacción a los que no quiero renunciar. Quizá te resulte chocante mi vanidad, pero quiero dejar mi sello, un proyecto que a lo largo de los años recuerde a los ciudadanos que Juan Lloris fue alcalde y fue capaz de construir lo que nadie más pudo.

– Pasar a la historia, vamos.

– En efecto.

– No estoy en contra de ese proyecto, sino del modo de ejecutarlo.

– Respetaré tus sugerencias.

– Me gustaría que un treinta por ciento de la edificación fuera de protección oficial.

– Son muchas viviendas en una zona tan céntrica.

– Nos ganaríamos el voto de los jóvenes. Demostraríamos que también tenemos un programa social. Mira, Lloris, cuando nuestro pacto se haga público, algo que retrasaremos por estrategia política, personalmente daré la impresión de ser un arribista, de haber traicionado mi ideario. Conservadores y socialistas, y especialmente mis antiguos compañeros, me atacarán con dureza. Necesito fomentar un programa de contenido social y valencianista que desmonte la campaña que organizarán en mi contra.

– Lo consideraré.

– No firmaré el acuerdo si no figura esa cláusula.

– Déjame pensarlo.

– Hay tiempo. ¿Qué me dices de mis otras peticiones?

– ¿Las económicas?

– Sí.

– Desde que te conozco prefiero no calcular cuánto dinero me has sacado, primero como secretario del Front y ahora con tu nuevo partido.

– Recuerda que te hice presidente del Valencia C. F. y que actualmente puedo hacerte alcalde. Un proyecto como el Parc Central vale la pena.

La última ironía fue de Francesc Petit.

* * *

Considerado uno de los más completos de Europa, con treinta mil metros cuadrados de superficie, el club social de la Calderona era el lugar ideal para pasar dos días de reposo. Contaba con todo tipo de servicios, como pistas de tenis, minigolf, pádel, un extenso y bien dotado gimnasio, squash… Pero Liam acabó eligiéndolo por la información que había leído sobre el spa (con sauna, piscina de agua fría y caliente, baño turco, templos de ducha, piscina térmica…), la clínica especializada en dolores de espalda, el restaurante y el hotel. Los paseos por las instalaciones o fuera de ellas, a campo abierto, ocupaban con Maria el resto de las horas. Largas conversaciones que evidenciaban el cambio de vida que anhelaba Liam, como si de repente lo tuviera al alcance, como si el destino que pretendía controlar, antes tan inaprensible, se transformara en una posibilidad real. No en vano él había elegido a conciencia un lugar en el que Maria se sintiera cómoda y así pudiera acrecentarse la confianza que entre ambos se había iniciado en la intimidad de sus últimas noches. También él necesitaba conocerla más a fondo. A veces suele ocurrir que una relación incipiente pero intensa da lugar a un deseo de compartirlo todo, que en otras circunstancias reivindicaría más tiempo.

Si de nuevo le planteaba la propuesta quería estar seguro de obtener una reacción positiva. Incluso estaba dispuesto a cuestionarse el encargo que le había llevado a Valencia, aunque a medida que pasaban los días, y la decisión de Maria se retrasara, tendría que cumplirlo. No le preocupaba en exceso porque estaba seguro de que se trataba de un trabajo sencillo. Eran la desaparición de Lloris y el posterior revuelo en los medios (había constatado el apasionamiento de la prensa local con los sucesos) lo que volvía su tarea más acuciante. Por eso, en aquellos dos días de intensa relación Liam buscaba el convencimiento de Maria, borrar lo que de oferta había tenido su propuesta de irse, corregir la precipitación con que la había formulado. Aunque ella se sentía feliz a su lado, todo estaba pasando demasiado deprisa; se le acumulaban las dudas, como si estuviera en un concurso en el que, con un margen de tiempo reducido, tuviera que dar con la respuesta. Un extranjero había llegado a su vida y la había vuelto patas arriba. Más que un turista de paso, le daba la sensación de que Liam era alguien que huía de un pasado.

– ¿Qué te parece Valencia? -le preguntó en uno de los plácidos paseos que la primera tarde daban por los alrededores de la Calderona.

– Es bonita.

– Quizá también sea un buen lugar para vivir.

– No me gustan las ciudades.

Con la pregunta de Maria, Liam había obtenido la mitad de la respuesta. Ella no rechazaba su propuesta, pero necesitaba meditarla. Si Liam se quedara unos meses quizá Maria tendría el tiempo que necesitaba para decidirse. Entonces todo sería distinto. Quedarse, en efecto, era una posibilidad. Instalarse fuera de la ciudad, en un pueblecito del interior. La pregunta de Maria también era una oferta, una invitación a reflexionar que Liam no desdeñaba. Devolvería el dinero adelantado del encargo. Se ocultaría unos meses bajo el pretexto de que no le apetecía vivir en la ciudad y esperaría a que ella aclarase sus dudas. Pensó que aún tenía el destino en sus manos. Pero las cosas no eran tan fáciles. Renunciar al encargo acarrearía problemas a los franceses, que seguramente recibirían la orden de matarle. ¿Convencería a Gérard el hecho de que nunca le hubiera denunciado por las atrocidades africanas? No. Si habían acudido a los franceses era porque alguien conocía el pasado de ambos, un dossier que los amenazaba. Liam estaba al corriente de la metodología. ¿Hacer venir a un extranjero cuando disponían de dos profesionales en casa? Era evidente que Gérard había desistido a cambio de ofrecer una alternativa a su nombre. Tenía una vida establecida aquí y prefería, pese a la buena recompensa económica, no complicarse el porvenir. Sin embargo, si Liam decidiera abandonar, los franceses se verían obligados no sólo a liquidar al candidato, sino también a deshacerse de él, un testigo molesto que en última instancia, y sin ninguna explicación convincente, se había echado atrás.

Fue aquella tarde, de nuevo en la habitación de hotel, mientras Maria se duchaba, cuando Liam revisó sus mensajes de correo electrónico. Tenía uno de la Escuela de Acogida de Lima, agradeciéndole, con algo de retraso, una reforma de obras que habían efectuado en el centro, los regalos de cumpleaños de Rubén. El segundo era de Manuel Gil. Pocas palabras: el encargo se suspende. Miró la fecha, era de la noche anterior. A Liam le pareció extraño que no se añadiera explicación alguna. Un trabajo de importancia, del que había cobrado la mitad de lo establecido, se zanjaba con pocas palabras. Entonces conectó el móvil provisional. Tenía cuatro llamadas de un número desconocido. El contestador le comunicó el mensaje de Lluís Lloris. Primero, el hijo del candidato se presentaba como su cliente. Luego revocaba la orden que había recibido por correo electrónico. Había sido un error que necesitaba, con urgencia, de un encuentro entre ellos. Liam salió al corredor y marcó el número de Lluís. Sin apenas dejar que le contase nada, el irlandés le convocó dos días más tarde, a las nueve de la mañana, media hora después de que Maria entrase a trabajar. Lluís insistió en verle «hoy mismo», pero Liam insistió en la hora y el día indicados. Bajo ningún concepto renunciaría a sus dos días con Maria. Además, no sabría cómo explicárselo.

* * *

Seis horas de vigilancia ante la empresa de Manuel Gil sin sacar nada en claro hicieron que Tordera y Butxana decidieran retirarse. Quedaron con Albert en el VIPS de la Gran Vía. El periodista había obtenido un resultado similar, por una negligencia que ni el ex comisario, ni el detective, ni el propio Albert conocían. Manuel Gil había entrado en su piso a las nueve y media de la mañana, hora a la que Albert salía de casa para ir, en primer lugar, a la redacción. A mediodía, sobre las doce y cuarto, Gil volvía a salir a la calle, pero Albert, escribiendo unos apuntes sobre la novedad del encuentro entre Lloris y Petit -información que había recibido de Miquel Pons mientras estaba en la sede del periódico-, tampoco le veía. Para no hacer enfadar a Butxana, Albert mintió asegurando que a las ocho y media de la mañana ya hacía guardia ante el portal de la finca de Gil.

– Parece que no te fíes de mí.

– Eres periodista.

– También soy persona.

– Una persona periodista con un gran reportaje a su alcance.

– En efecto, pero necesitaría pruebas que no tengo para publicarlo.

– Mira, Albert, en este asunto la confianza es básica.

– De acuerdo, te seré sincero.

Tordera y Butxana se temieron lo peor. El detective se acercó un poco más a Albert, sentado enfrente de ambos en una mesita del local, como si quisiera presionarle.

– ¿Qué está pasando? -le interrogó Tordera.

– Nada. Podéis estar tranquilos. Sencillamente he llegado a las diez y media al edificio de Gil y quizá ya hubiese salido.

– ¿Sólo eso?

– Te doy mi palabra.

– ¿Te has dormido?

– No. Me he dejado caer por el diario. Hacía días que no iba y no quería levantar sospechas.

– De acuerdo, no pasa nada. Pero no vuelvas a mentirnos -le amonestó Tordera. Sin embargo, Butxana continuaba con un semblante serio-. En definitiva, Gil ha salido de casa, no ha pasado por su empresa y no sabemos dónde está. No obstante, es evidente que volverá a casa. ¿A qué hora? No lo sé, pero tendrá que volver. ¿Solución? Montaremos turnos de guardia. Me reservo las horas diurnas. ¿Y tú, Toni?

Toni Butxana mantenía la cabeza gacha, como enfadado. Albert sabía que estaba molesto con él.

– No volverá a repetirse -dijo Albert-. Me gustaría que renovaras tu confianza en mí.

– No puedo renovar algo que nunca he tenido.

– Hombre… -Al ex comisario Tordera le parecieron excesivos el tono, el gesto y las palabras de Butxana.

– Verás, Albert, yo tuve un amigo, Héctor Barrera, que por cierto trabajaba para tu periódico…

– Le conozco de oídas.

– Pues bien, Héctor llegó a jugarse la vida por un buen reportaje. Sentía su profesión como una droga de la que no podía prescindir. Hasta que se desencantó, claro. Pero antes de llegar a ser un conformista al que le daba igual todo, que lo único que deseaba encarnizadamente era otra vida fuera de su oficio y de esta ciudad, era capaz de lo más extremo por una buena noticia. Tú eres joven, aún estás empezando, ansioso por ser un periodista admirado. Normal, lo entiendo. Como normal es que lo que tenemos entre manos te quite el sueño, porque es una bomba informativa. Quizá la mejor exclusiva que jamás se haya publicado en la historia del periodismo de Valencia. La tentación de descubrir cosas por tu cuenta es enorme. Lo habría sido también para Héctor… con la salvedad de que tú y yo acabamos de conocernos, y Héctor y yo éramos amigos. Amigos con todo lo que la palabra implica. ¿Por qué debería confiar en ti?

– Porque soy una persona de principios.

– Los principios tienen finales.

– Porque soy amigo de Miquel, con quien me une una amistad como la tuya con Héctor Barrera. Él me ha hecho prometer que no publicaré nada que vosotros no sepáis. Él me ha rogado que respete todo lo que sea confidencial. Como tú, está convencido de que Lloris pagará espléndidamente por la información. Necesita el dinero para ayudar a su madre, que trabaja día y noche. Miquel confía en mí. Nunca le traicionaría. Es el único amigo que tengo. Y, además, de este asunto quedarán noticias jugosas por publicar sin necesidad de contar lo esencial.

– El chaval es de confianza -dijo un Tordera enternecido mirando a Butxana.

– ¿Sólo has pasado por el diario para dejarte ver y no para ir contando lo que descubres cada día a tu jefe de sección?

– Sólo para que me vieran. Sólo para evitar que me hiciesen preguntas. De hecho, he informado de que Lloris y Petit se han entrevistado por primera vez. Tengo que darles algo para que comprueben que estoy trabajando, que hago progresos.

– ¿Por qué no te ordenan que lo publiques?

– Porque consideran más importantes los detalles del pacto que el propio encuentro o pacto.

– Es convincente -dijo Tordera-. ¿No crees, Toni?

– Sí. Confío un poco más en ti.

– Aún te diré más: en el diario, excepto el jefe de la sección de política, nadie más sabe que investigo el pacto entre Lloris y Petit. Todo el mundo cree que me dedico a la regional valenciana.

– ¿Regional valenciana?

– Fútbol comarcal.

– Brillante futuro -concluyó Tordera-. ¿A un tío que se dedica a la regional valenciana le destinan al seguimiento de los detalles del pacto que cambiará la política en esta ciudad?

– Porque Albert ha convencido al jefe de política de que tiene un garganta profunda.

– En efecto, no por méritos míos. Yo soy un parvenú…

– Paciencia. Con las sobras del caso bastará para subir al escalafón de los mejores de la profesión.

– No le hará falta escalar mucho -remató Tordera.

* * *

Liam citó a Lluís Lloris en el paseo de la playa de Pinedo. En los días que llevaba en Valencia, el irlandés se había interesado por las afueras de la ciudad. Quedó con él a las nueve y media de la mañana, pero media hora antes inspeccionó los alrededores de la zona con el coche, a pesar de que a las nueve cambió el lugar del encuentro. Le indicó que se acercara con su vehículo, un BMW negro, hasta el final de la calle que llevaba a la playa. Apenas llegó, Liam le ordenó que condujera rumbo al Saler. Hablarían por el camino, en inglés, idioma que previamente Lluís había confirmado que dominaba a la perfección. Entonces Liam le preguntó cuál había sido el motivo del cambio de planes. Lluís argumentó que aquel mail no había sido enviado por él, sino por la otra parte contratante. Con gesto adusto, el irlandés exigió que se lo explicara todo o, amenazó, no cumpliría el encargo.

– ¿Podemos parar en algún sitio?

– No -Liam, expeditivo.

Entonces pasaban por el pueblo del Saler y seguían en dirección al Perellonet, el siguiente municipio del litoral.

– ¿Quién representa a la otra parte y por qué ha decidido paralizar el encargo?

– Se llama Júlia Aleixandre y es asesora de mi padre.

– ¿Qué motivos tenía?

– Económicos y supongo que políticos.

Lluís añadió sus propias razones. Le confesó a Liam el odio que sentía por su padre, aparte del móvil económico. Ignoraba por qué Júlia había desistido. Quizá por miedo a verse implicada. Pero él estaba dispuesto a seguir con el plan. Le pagaría más, si hacía falta. Entonces Liam le preguntó si se había entrevistado con Júlia, si le había comunicado que él seguiría adelante. Como Lluís tardó un poco en responder, el irlandés le advirtió que si sospechaba que mentía abandonaría de inmediato.

– Ha sido Manuel Gil, el hombre que contactó contigo, quien me lo ha dicho.

– ¿Es de tu confianza?

– Sí.

– Si traiciona a Júlia, ¿por qué no haría lo mismo contigo?

– No tengo respuesta para eso, pero puedo comprarle.

– Ella también. ¿Cuánto hace que le conoces? -De nuevo Lloris se demoraba al responder-. ¿Quién le conoció antes, Júlia o tú?

– Júlia.

– Es decir, Júlia le ordena que detenga el encargo. Él lo hace, pero luego te lo dice a ti. U os está cobrando el favor a los dos o me está preparando una trampa.

– ¿Cuál?

– Atraparme cuando liquide a tu padre o antes.

– ¿Con qué finalidad?

– Denunciar un complot político que, aunque no pudiera demostrarse, salpicaría a la oposición.

– Pero tus declaraciones…

– Los muertos no declaran.

– Es extraño ese cambio de actitud en Júlia. Odia a mi padre.

– Quizá las cosas hayan cambiado. Si tu padre es un firme candidato a la alcaldía, seguro que hay enormes intereses de por medio.

– ¿Quieres decir que él le ha prometido algo?

– Es posible. Si me matan, además, le deberá la vida. Incluso podría acusarte a ti, con la complicidad de Gil, ante tu padre.

– La verdad es que todo eso tiene cierta lógica. -Lluís conducía, pensativo-. ¿Llevas muchos años siendo profesional?

– Tantos como para saber que todo es posible.

– Entonces, ¿qué hacemos?

– ¿Dónde vive Manuel Gil?

Le dio la dirección.

– ¿Continuarás con el encargo?

– Antes debo hablar con este individuo.

– ¿Qué harás con él?

– Lo decidiré sobre la marcha.

– Él… Él…

– Junto a otros sería un testimonio en tu contra.

– Eso es lo que pensaba.

– Ya lo sé. Y preferirías que le liquidara.

– Me la está jugando.

– Incluso a Júlia. Él es el testigo privilegiado del plan. Quizá tenga grabaciones.

– Es extraño que pese a todo el trabajo que lleva a cabo apenas pida nada por el riesgo que asume.

– Muerto tu padre, y habiéndome ido yo, entrará en escena. Entonces sabrás cuál es su precio.

– Liquídale.

– Gira en dirección a Pinedo -le ordenó Liam.

En la tercera rotonda del Saler, antes de llegar al lago de la Albufera, Lluís dio la vuelta. Pausadamente, Liam le indicó ciertas cosas que debería cumplir a rajatabla. Sobre todo recalcó una imprescindible: que evitara a Gil y a Júlia Aleixandre.

– Gil sabe que te pediré que sigas con el encargo.

– Si te pregunta algo, y lo hará, dile que no me has localizado. O, mejor, llámale por teléfono preocupado porque no has podido contactar conmigo.

En la entrada de Pinedo, Liam bajó del coche. Antes advirtió a Lluís que no hablara con él si no era absolutamente imprescindible. El irlandés buscó su vehículo cuando vio marcharse a Lluís. No pasaría por el hotel Astoria. Hacía unos días que no iba y quizá hubiesen dado parte a la policía. Ahora se arrepentía de haberse inscrito con su nombre auténtico. Los planes casi siempre sufren alguna alteración. Él tenía experiencia en aquello, pero no podía suponer que el hecho de haber conocido a Maria iba a cambiar todo cuanto había previsto.

* * *

El día anterior, en el aeropuerto de Manises, Gérard recibió a dos irlandeses procedentes del vuelo de las diez de la noche Dublín-Valencia. Eran jóvenes, con pinta de turistas de baja estofa, y llevaban como equipaje una bolsa de deporte cada uno. La tipología de los dos hombres que tenían que venir era algo sugerido por el propio francés. Pasaron por delante de dos policías que los observaron con curiosidad. Los irlandeses reconocieron a Gérard por la camisa blanca, la americana negra y unos pantalones grises. Se presentaron sin decir sus nombres. En el coche, el francés les entregó dos pistolas. Uno, en el asiento del acompañante, le tendió un fajo de billetes. Gérard comprobó que el pago era en euros.

En 2005, el IRA estaba inmerso en un proceso de reflexión después de tres décadas de lucha armada. Desde hacía unos años, algunos de sus militantes, convencidos de que el fin de la organización era irreversible, se dedicaban al robo y la extorsión. Pagar no era un problema para ellos. Cuando llegaron al pub, Jean-Luc les preparó la cena. Gérard les explicó en qué consistía el plan, reiterando que debían seguir las pautas marcadas. Se alojaron en el despacho.

Al día siguiente, Gérard llamó por teléfono a Liam. Era importante, urgentísimo, que se vieran. Tanto el irlandés como Gérard sabían de la inconveniencia de hablar por teléfono. Liam accedió, pero exigía la presencia de Jean-Luc. Deseaba tenerlos a los dos enfrente. Se citaron ante la puerta de la basílica, en la plaza de la Virgen. El irlandés les dijo que acudieran a las cinco de la tarde.

Convencidos de que minutos antes cambiaría la hora y el lugar, Gérard y Jean-Luc llegaron pasadas las cinco. Diez minutos antes, desde la barra de la cafetería Roma, cuya fachada acristalada permitía ver casi toda la explanada de la plaza, Liam había recibido un mensaje en su móvil particular. Había acudido allí media hora antes para controlar cualquier movimiento y, en efecto, tenía previsto cambiar el lugar del encuentro poco antes de la hora acordada, pero cuando leyó el mensaje del español Martínez lo dejó estar: «Dar pregunta por Saúl.» Dar es Salaam; el encargo en la ciudad de Tanzania ocasionaba problemas. Presionada por la policía, la joven negra, la negra espléndida de piel tersa y ojos enormes, había confesado. No había sido parte de la solución y ya era parte de su problema. Parecía probable que la víctima fuese un importante ciudadano británico. El asunto, en manos de la Interpol, que debía de haber rastreado el pasaporte falso y llegado a Francia y quizá hasta Andorra. La policía española ya tendría la orden de busca y captura. ¿Habrían accedido a su cuenta bancaria de Andorra? No era fácil, pero tampoco descartable. Se imponía actuar con rapidez. De repente, las dudas no tenían cabida en él; de nuevo el destino le situaba en una huida hacia adelante. En un rincón de la cafetería, apartado de la gente, llamó por teléfono a Lluís Lloris. Le dijo que no hablara y escuchara: Sigo con el trabajo. Y a continuación el nombre andorrano de Martínez y su número de cuenta. Colgó. Gérard y Jean-Luc estaban ante la puerta de la basílica. Fue a su encuentro. A medida que se acercaba resucitaban imágenes imborrables: Ruanda, Angola, Sierra Leona… Era quizá su imagen la que también se le aparecía representada: la de una vida cada vez más sitiada. Gérard le recordaba cuál era su destino, que apenas hacía un día que luchaba por cambiar. Cada paso que daba era otro tramo hacia el fin. Ahora incluso se enfrentaba con decisión a todo ello.

– Hola, irlandés -le saludó Gérard.

Liam respondió con una leve inclinación de cabeza. No se dieron la mano. Nada de cortesías. Liam prefería un encuentro más enjuto. Con las frases justas, con aquella disposición sin cabida para la tregua de las palabras. Observó maquinalmente los alrededores y a Jean-Luc.

– ¿Preferirías conversar en un sitio más cómodo?

– Estoy cómodo aquí.

– No tienes buen aspecto.

– No tengo un buen oficio.

– De eso quería hablar contigo.

Jean-Luc encendió un cigarrillo y miró hacia la calle peatonal que llevaba al parlamento autóctono. Los dos jóvenes irlandeses, cada uno en una acera, no perdían detalle del encuentro. Instintivamente Liam también miró hacia allí, pero sólo vio la enorme afluencia de personas por toda la plaza. Tras cuatro o cinco caladas tiró el cigarrillo al suelo. Estaba inquieto, Jean-Luc; una intranquilidad que contrastaba con la actitud más fría de Gérard, un profesional que entendía a qué lenguaje debía recurrir.

– Me han ordenado que te liquide.

Liam no respondió, le miraba fijamente a los ojos.

– Pero no quiero hacerlo.

– Pues no lo hagas.

– Tienen un dossier completo sobre mí, pero podemos arreglarlo a nuestra manera. Me das tus efectos personales: llaves, pasaportes, el arma, la bolsa de viaje… Con eso y unas cenizas estarás muerto. Les he dicho que haría desaparecer tu cadáver. No quedaría ni rastro de ti y evitaríamos una investigación que por tu pasado implicaría problemas.

– Lo único que tengo que hacer es abandonar el encargo y desaparecer.

– Exacto.

Gérard le ofreció un cigarrillo a Liam. Jean-Luc les dio fuego. No debería haberlo hecho. La inseguridad de sus manos denotaba la fragilidad del trato.

– Irlandés, te estoy agradecido por varios motivos -añadió Gérard-. Deja que te lo pague.

– Si tan agradecido estás, déjame hacer mi trabajo.

– Ojalá pudiera.

– El dossier que tengo sobre ti, y que lleva años en mi cabeza, es más completo que el suyo.

– No lo dudo.

– Pero también sabes que jamás lo utilizaría.

– Lo sé. Reconozco que puedo confiar en ti. Pero te has convertido en un estorbo para ellos y, en consecuencia, para mí. Mira, Jean-Luc y yo tenemos ya una vida aquí. Nos ha costado mucho. Hace demasiado tiempo que escapamos de un sitio a otro. Estamos cansados.

– Todos estamos cansados.

– Entonces, ¿por qué no te vas?

– Porque cada día tengo menos lugares a donde ir.

Gérard suspiró con un gesto teatral. Daba la sensación de que le preocupaba no dar con ninguna solución. Liam le ofreció una:

– Cumplo con el encargo, cobro y te doy mis efectos personales.

– Lloris debe vivir.

Entonces alguien tendrá que morir, pensó Liam.

– Me tomaré unos días para responderte -dijo, no obstante.

– No hay plazos -suspiró de nuevo Gérard-. Lo siento, de verdad que lo siento. El único pacto posible es que te vayas. Ahora mismo. Entrégame tus efectos personales y vete. Ya has cobrado la mitad. Sé que es un trabajo bien remunerado. Tienes bastante. África es un buen lugar para ti.

África. Liam pensó en Tanzania. Pensó que cualquier país ya no era un buen lugar para él. Observó de nuevo los alrededores. Había mucha gente en la plaza. De nuevo pensó en todas aquellas vidas normales. En el deseo de compartir con alguien una rutina diaria. No era el momento de desear, sino de pensar en un presente cada vez más turbio. Pisó el cigarrillo. Sentía dolores en el abdomen y una molestia incipiente en la pierna.

– Sé pragmático. Si te quedas, todos tendremos problemas.

– Te enviaré mis efectos personales cuando esté fuera del país. Mañana mismo.

– Dame tu palabra.

– Vale tanto como la tuya. En eso compartiremos el riesgo.

– De acuerdo. No se hable más. Adiós, irlandés. Te deseo suerte.

Seguido por Jean-Luc, Gérard anduvo en dirección opuesta al punto donde estaban los irlandeses, sentados, uno distanciado del otro, en la barandilla de la fuente de la plaza, cerca de la puerta de la basílica. Liam seguía a los franceses con la mirada. Cuando estaban a cien metros empezó a andar en su misma dirección. Ambos entraron en el parking de la plaza de la Reina. Liam esperó unos minutos con tal de comprobar que no salieran de allí. En una cafetería pidió una agua mineral y se tomó una Buscapina. Descansó un rato para que se le pasara la molestia de la pierna, ya un dolor agudo.

No tenía la menor duda de que Gérard le engañaba. Lo de sus efectos personales sólo era una estratagema para que se confiase. Sin la evidencia del cadáver -como noticia de prensa o verificada in situ-, nadie pagaría por un asesinato. Era cierto, y en eso creía al francés, que se veía obligado a matarle y que lo aceptaba a regañadientes. No era un encargo cuya víctima estuviera desprevenida, sino que, además, ambos se conocían perfectamente. De modo que Liam reordenó la estrategia para llevar a cabo, por una parte, el trabajo de liquidar a Lloris en el mínimo tiempo posible, y para evitar por otra enfrentarse a los franceses. Las pistas falsas que había dejado, el hotel Astoria y los traficantes de armas, ya serían conocidas por Gérard. Más que pensar en su plan, tenía que pensar en el de ellos. Probablemente hicieran lo mismo sin dejar de mantenerse cerca de Lloris, aunque quizá también les interesaba controlarle. Seguro que Gérard se imaginaba que los había seguido hasta el parking. Era una precaución básica. Aunque, si él fuese Gérard, habría ordenado a Jean-Luc salir por otra puerta del garaje. De modo que tendría cuidado con su socio, comprobaría que no le pisaba los talones. Se imponía otro detalle: irse del piso lo antes posible. Por la noche liquidaría el asunto Lloris. Ya había decidido hacerlo en el piso de su amante. Pensó en Dar es Salaam, en la joven negra, en el error de haber dejado cualquier testigo. También pensaba en Maria, en la necesidad de no ponerla en peligro. Era la única persona que conocía la ubicación del apartamento y podía presentarse de improviso.

Cuando salió de la cafetería, en vez de continuar por la plaza de la Reina, por la que transitaba mucha gente, dio la vuelta por la estrecha calle de la Correjería. Había algunos vecinos en los portales de los edificios y un grupo reducido de extranjeros que visitaban el casco antiguo de la ciudad. No vio a Jean-Luc. Ni a los dos irlandeses, cercanos al grupo, como si formaran parte de él, aunque tampoco le hubieran llamado la atención, dado el carácter turístico de la zona. Tan pronto como llegó al final de la calle, empezó a andar con más rapidez hacia la de San Vicente. La Buscapina le había hecho efecto. Apenas notaba el dolor en la pierna. Se metió por un callejón peatonal que llevaba al estanco. Antes de llegar se cercioró en tres ocasiones de que no le siguieran. En todo caso, el hecho de entrar a un estanco no levantaba sospechas. Por eso había decidido hablar con Maria allí. Se dirigió a la cava de los puros. Maria comprendió que quería verla. Su compañera se encargó de los clientes del mostrador. Liam palpaba un puro, comprobando su firmeza y humedad. Por una intuición no necesariamente femenina, Maria estaba convencida de que la inesperada visita de Liam era un mal augurio. El gesto inquieto de él también lo delataba así.

– No te esperaba.

El irlandés observó otras cajas de puros. Resultaba evidente que no era un fumador habitual de habanos, iba de una a otra sin decidirse. En realidad, no sabía qué hacer, cómo decírselo.

– Tengo que irme unos días a Madrid.

– ¿Cuántos?

– Dos o tres. Mi socio me ha llamado por teléfono. Tenemos un problema con una remesa de muebles que ha llegado dañada. Me ha pedido que lo compruebe.

– ¿Por eso estás tan serio?

– Me cabrea tener que ir.

– Parece que te vayas al fin del mundo.

Lo parecía. La conversación se volvía un lastre para Liam. Empezaba a darse cuenta de que quizá no tendría que haberle dicho nada. Marcharse sin decir adiós. Con el tiempo, y quién sabe si con muy poco, ella habría descubierto sus motivos. Unos motivos que él desearía explicarle personalmente, aunque Maria en ningún caso los entendiera. Pero no era capaz de irse de su vida sin verla por última vez, aquel encuentro inútil al que él intentaba dar sentido, para no dejar tras de sí un vacío absurdo, una huida inexplicable. Aunque no sabía cómo enfrentarse al momento, por lo menos estaba allí para evidenciar, aunque fuese con su estúpida presencia, un interés honesto. Un gesto simbólico de despedida que pretendía evitar la salida por la puerta falsa. Pero ni podía ni sabía cómo hacerlo, y además era consciente de que ella lo estaba intuyendo todo. La cogió con afecto por los brazos. No decía nada, pero su gesto lo explicitaba. Maria observó a la gente que se congregaba en el mostrador. Su compañera le hizo una señal para que se diese prisa con el cliente de la cava. Dio un paso atrás, separándose con suavidad de sus brazos. Tenían que dejarlo, como una de tantas aventuras parecidas que acontecen a diario en todo el mundo. ¿Por qué debería ser distinto para ella? Quizá había sido una ingenua, casi convencida de la sinceridad apresurada que él le había ofrecido. Al fin y al cabo, sólo era un turista con otra vida en otro país; tal vez un visitante de los que aprovechaban la oportunidad de una aventura. El comportamiento extraño de Liam se ratificaba en aquel encuentro. Debían dejarlo allí. Días atrás había entrado como un cliente y como un cliente se iría.

– Adiós, Liam. Dondequiera que vayas, que tengas buen viaje.

Maria se dirigió al mostrador. Liam todavía permaneció unos minutos allí, quieto ante una caja de puros. Lanzó un profundo suspiro, con un nudo en la garganta. Habría dado lo que fuese por desmentirle lo que pensaba. Sin embargo, se daba cuenta de que era tarde; sería inútil, ella no le creería. Además, cualquier cosa que hiciese podría implicarla. El tiempo se le agotaba, pero aún tenía el suficiente para al menos dejarla al margen. Cerró de un golpe la caja de puros. Salió del estanco sin el valor de mirarla, con una inequívoca sensación de pérdida. En realidad, sólo había ganado el paréntesis de unas semanas. No podía agradecer mucho más a su destino. Se sentía mal por ella, por el desencanto y la tramposa impresión que le dejaba. Ahora sólo se enfrentaba al único futuro que le esperaba: elegir, si todo salía bien, un lugar para morir.

Mientras atendía con desgana a los clientes, ella se resistía a pensar en la pérfida actitud de Liam. Cuesta dejar atrás unos hechos que han creado cierta ilusión, incluso tras la decepción. Demasiado enrevesado para entenderlo; demasiado reciente para asumirlo. A pesar de todo, le habría pedido una explicación si Liam no hubiera elegido el estanco para despedirse, un sitio donde, él lo sabía, a aquellas horas en ningún caso podrían conversar durante más de cinco minutos. Él había escogido las formas y ella se quedaba con todas las dudas, la incomprensión, la niebla ya empañándole cualquier pensamiento.

* * *

– Toni, no quiero estar presente cuando interroguéis a Gil.

– No lo estarás, ya nos ocuparemos de eso Tordera y yo. Si estás de guardia aquí, conmigo, es porque creo que debes conocer todos los detalles de la investigación. Quizá algún día (un día lejano) puedas publicar toda esta historia. Es mi regalo por tu cooperación.

– Te lo agradezco, pero sé que me tienes a tu lado para controlarme. No acabas de fiarte de los periodistas.

– Bien, digamos que hay un poco de todo. Reconozco que soy un poquito paranoico. Deformación profesional, supongo.

– Entiendo tus precauciones, para ti este trabajo es muy importante. También lo será para mí. Realmente sería un gran reportaje. Aunque si pasa mucho tiempo…

– Pues será el tiempo que habrás dedicado a la investigación. El reportaje tendrá más valor. Además, con tantos personajes implicados, necesita meses y meses de trabajo.

– Pensándolo bien, dudo que la dirección del diario se atreviera a publicármelo. Harán falta muchas pruebas claras.

– Las tendrás. Gil nos lo contará todo. -Butxana le mostró una pequeña grabadora-. Es la más potente del mercado. ¿Conoces El Hogar del Detective, esa tienda que está junto a la avenida Antic Regne?

– Nunca había oído hablar de ella.

– Tienen todo tipo de material sofisticado. Esta minúscula grabadora es capaz de registrar conversaciones con nitidez a una distancia de diez metros, incluso desde el bolsillo de la americana. Eso sí, en un recinto cerrado donde no haya ruido de fondo; es muy sensible.

– ¿Cómo has dicho que se llama?

– El Hogar del Detective. Te sorprendería.

– Propondré un reportaje para el dominical.

En el interior del coche de Butxana, aparcados junto al umbral de la finca de Manuel Gil, el detective y el periodista controlaban el flujo de gente que entraba y salía del edificio mientras esperaban a que llegara el ex comisario Tordera. Eran las cinco y cuarto de la tarde y habían visto entrar a Gil sobre las cuatro. Butxana había llamado a Tordera en tres ocasiones. En dos de ellas, el móvil del ex comisario estaba fuera de cobertura. Pero al tercer intento respondió que estaba en camino. El detective permanecía inquieto, ansioso por obtener la información de que precisaba y reunirse enseguida con Juan Lloris, cuya agenda del día le había comunicado Miquel Pons. Tordera llegó en taxi. Albert bajó del coche y le hizo señas con los brazos. El periodista se sentó en la parte de atrás. Tordera lo hizo delante, nervioso y con un semblante satisfecho que rozaba la euforia.

– Tenemos a nuestro hombre.

– Nuestro hombre es Gil. ¿Por qué has tardado tanto?

– Paso casi todos los días por Jefatura Central. Mira. -Le enseñó una foto de ordenador con el rostro del irlandés y todo tipo de detalles físicos escritos en uno de los márgenes del folio-. Se llama Liam Yeats y le busca la Interpol por el asesinato del responsable financiero de la embajada británica en Tanzania.

– ¿Saben que está aquí?

– Todavía no.

– ¿Y por qué crees que es nuestro hombre?

– Porque recordaba haberlo visto en el Astoria durante los días que pasé haciendo guardia. Para comprobarlo he ido al hotel, he mostrado la foto en recepción y me lo han confirmado.

– Ahora ya lo sabrá la policía.

– No tardará mucho en saberlo. En el momento en que distribuyan su foto por los hoteles, los del Astoria se pondrán en contacto con ellos.

– ¿Entonces se hospeda en el Astoria?

– Se le ve muy poco. De hecho, hace unos días que no aparece por allí.

– Claro, deja pistas falsas.

– Exacto.

– Pues no podremos dar con él.

– Ni falta que hace. Con las declaraciones de Gil y la foto del irlandés, convencerás a Lloris.

– No me habías dicho que tenías un informador…

– No tengo ninguno. He pasado más de veinte años destinado en Jefatura Central. Me dejo caer por allí, me tomo una cerveza y comentamos algo del oficio. No suelen abundar casos así. Generalmente la Interpol les pide que se encarguen de desapariciones. Si no están en alerta, no prestan demasiada atención. Simplemente toman las precauciones habituales. Pero todo se pondrá en marcha cuando el hotel les informe.

El detective se sacó el móvil del bolsillo.

– ¿Qué haces?

– Llamar a Miquel. Albert y él harán guardia en el hall del hotel.

– Te he dicho que lleva días sin aparecer por allí.

– Tendrá que recoger su maleta. No sabe que la Interpol le busca.

– Da igual. No irá. Lo hizo durante los primeros días para no llamar la atención, pero ya no volverá. ¿Le crees tan idiota para cometer un error indigno hasta de un principiante? Además, el irlandés es asunto de la policía. Nosotros debemos ocuparnos de Gil y luego tú de Lloris. ¿Por qué coño debes enfrentarte a un asesino profesional?

– La Interpol pagará muy bien la información. Si Miquel y Albert están allí, lo sabrán antes que la policía.

– Es Lloris quien nos pagará muy bien.

– Y Júlia -añadió Albert, que no había abierto la boca porque escuchaba con interés.

Tordera y Butxana se volvieron hacia él.

– Si tú -dijo el periodista dirigiéndose al detective- se lo cuentas todo a Lloris, él sabrá de la implicación de su hijo y de la asesora.

– Justo lo que pensaba decirle.

– Sin embargo, no podrá acusarles. El escándalo sería tan grande que le perjudicaría políticamente. ¿Os imagináis que un candidato acuse a su propio hijo y a su persona de confianza de intentar asesinarle? Lloris tomará nota, pero callará. Estoy seguro de que Júlia seguirá siendo su asesora para guardar las apariencias.

– Pero nosotros lo sabremos y podríamos cobrar por nuestro silencio.

– ¿Estás insinuando un chantaje? -le preguntó Tordera a Butxana.

– Sólo he apuntado una idea -se defendió Albert-. Al fin y al cabo, todo lo que estáis haciendo es por dinero.

– Normal, los servicios se cobran.

– Un momento… un momento… No nos desviemos de las prioridades. -El ex comisario intervino ante el nuevo cariz que tomaba el proyecto-. Primero viene Gil y luego Lloris. ¿Queda claro? Ni Júlia ni menos aún el irlandés nos interesan.

– A mí, sí-dijo Albert con energía-. Veréis, quiero pediros un favor a cambio de mi colaboración. Sobre todo a ti, Toni.

– De acuerdo.

– En un futuro, toda la información de política municipal que necesite podría facilitármela Júlia Aleixandre a cambio de mi silencio.

– Me he precipitado en la concesión -reconoció Butxana.

– Es justo que se lo concedamos -dijo Tordera.

– Muy bien, pero que sepas que acabamos de renunciar a una buena fuente de ingresos.

– Aunque esté jubilado, aún me considero un policía honesto. No participaría en una extorsión.

– ¿Quieres hacerme creer que en cuarenta años como policía nunca te has dejado untar?

– Butxana, me estás ofendiendo.

– No era mi intención, pero además de idiota me parece raro.

– ¿Tú lo habrías hecho?

– Yo no he sido policía.

– Clarísimo: lo habrías hecho.

– ¿Y si dejarais de discutir y subierais a interrogar a Gil? -levantó la voz Albert.

– El chaval tiene razón. Estamos perdiendo el tiempo con estupideces -admitió el ex comisario.

– De acuerdo, vamos allá. Tú serás el poli bueno y yo el malo.

Una mujer de edad respetable, con cara de compradora que no quiere que la estafen con la báscula y aire de viuda taciturna, salía del portal de la finca. Butxana aceleró un poco el paso y aún llegó a tiempo de mantener la puerta abierta y dejarla pasar.

– Gracias -con indiferencia.

– Señora, ¿tienen portero?

– Murió la semana pasada. Consulten los buzones -dijo seria y muy digna. De inmediato, con cierta anorexia comunicativa, les informó-: El ascensor no funciona.

– No me extraña que la diñara el portero -dijo Tordera, cabreado.

El piso de Manuel Gil era el sexto.