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24

Manuel Gil tuvo que hacer dos veces la misma confesión. La grabadora minúscula más potente, adquirida por Toni Butxana a precio abusivo en El Hogar del Detective, no funcionó bien la primera vez. Por suerte, el rigor policial de Tordera aconsejó al ex comisario comprobar la grabación, y entonces se dieron cuenta de que lo mejor era sacarla del bolsillo del detective y situarla muy cerca del interrogado a cambio de darle la oportunidad de que se fuera para evitar las más que justificadas iras de Júlia Aleixandre y Lluís Lloris, y el más que probable ajuste de cuentas de los escabrosos franceses. Con lo que había explicado, a punta de pistola, el coordinador del complot, Tordera y Butxana, acompañados por Albert, se dejaron caer por la sede de la Agrupación de Peñas Valencianistas. El único de los tres que pudo acceder fue el periodista, que tomó asiento en el espacio reservado a la prensa. El ex comisario y el detective se quedaron fuera, con el rostro de Liam Yeats en mente, al acecho, por si en un desesperado intento el irlandés decidía liquidar al candidato. Mientras Tordera permanecía en la puerta, Butxana vigilaba los coches aparcados cerca de la sede y los balcones y las azoteas de los edificios. Dentro, y justo cuando Lloris acababa su disertación sobre los numerosos proyectos de su programa electoral, Albert se abrió camino entre la legión de peñistas que felicitaban al candidato.

– Señor Lloris…

– No hay declaraciones -le espetó al observar el carnet de periodista que colgaba del bolsillo de su camisa.

Albert se esforzaba inútilmente por echarle del local con rapidez. Pero los peñistas, cabreados ante el trato que por parte de un sector de la prensa recibía Lloris, le apartaron mal y de mala manera. A fin de evitar una agresión que se palpaba en la euforia del ambiente, Albert resolvió salir e informar a Butxana de sus fallidos intentos por advertir a Lloris de que debía hablar urgentemente con el detective al que había contratado.

Así pues, los tres se situaron junto a la puerta. Un cuarto de hora más tarde, el candidato, rodeado de peñistas, ya estaba en la calle. Entonces la educación y la identificación de comisario caducada de Tordera convencieron a Lloris de que tenía que entrar en seguida a su coche.

– ¿Qué pasa? -preguntó, inquieto, el candidato.

– Necesito tener una conversación con usted -le dijo Butxana.

– ¿Ahora?

– En su despacho -respondió el detective ante la presencia del chófer.

Lloris ordenó al conductor que le recogiera al día siguiente, a las doce, en la sede de su partido. Tordera también bajó del coche. El candidato y Butxana se dirigieron al discreto piso que Lloris tenía en la avenida de Aragón, lugar de encuentro habitual entre ellos. Durante el trayecto, Lloris le preguntó qué significaba la presencia del policía.

– Su placa era falsa.

– ¿Falsa?

– Tenía que convencerle de que habláramos.

– Espero que la información sea importante. Todavía tengo citas pendientes.

– Se lo contaré en el despacho.

De mala gana, visiblemente enfadado, Lloris condujo con rapidez, también ansioso por saber lo que el detective quería contarle con urgencia. Llevó el coche hasta el garaje del edificio y tomaron el ascensor privado hasta su piso. El candidato jugaba con las llaves y hacía preguntas a las que el detective no respondía. Apenas entraron en el piso se fue directo al sofá del despacho. Butxana permaneció de pie.

– Señor Lloris, he descubierto un complot para asesinarle.

Como impulsado por un trampolín flexible, el señor Lloris se levantó y su rostro, más allá de la indignación, dibujaba una considerable sorpresa.

– Me lo temía -dijo casi a gritos-. Claro, no pueden ganarme en las urnas y vienen a por mí.

– No es la oposición.

Por unos instantes pareció decepcionado.

– ¿Ah, no? Entonces, ¿quién?

Butxana tardó unos segundos en decírselo.

– Júlia Aleixandre y su hijo.

– ¡Mi hijo! -Lloris dio dos vueltas completas al despacho-. ¡Mi propio hijo!

Se paró de repente y miró al detective como si necesitara tener al culpable allí delante y allí mismo infligirle el más severo castigo.

– Su hijo y Júlia Aleixandre -repitió Butxana.

– De esa serpiente sin escrúpulos me lo espero todo. Pero ¡¿mi hijo?!

– Llevo muchos años en la profesión y le aseguro que no es el primer hijo, ni será el último, que quiere liquidar a su padre.

Entonces Butxana se sentó mientras Lloris permanecía de pie, con las manos en las caderas, todavía incrédulo, como si de repente hubiera descubierto que era un ser normal y mortal. El detective esperó no tanto a que se tranquilizase como a que recuperara la predisposición a escuchar.

– Siéntese -le dijo casi como si le diera una orden.

Lloris obedeció haciéndolo en la butaca de la mesa del despacho, que aún conservaba todos los elementos ornamentales con que le habían hecho las fotos de precampaña. Suspiró y tendió los brazos sobre la mesa.

– Usted me contrató para que siguiera a Júlia día y noche. Pues bien, gracias a ese intenso seguimiento descubrí que se ha citado varias veces con su hijo, siempre en sitios discretos. El hecho (que ya sabía porque es público) de que usted y él no mantenían relaciones había suscitado mi interés.

– No me has informado de ello.

– Si uno quiere llegar hasta el final, cualquier investigación tiene que llevarse con mucha discreción. Conociendo su carácter, preferí ocultárselo.

– ¿Y si mientras investigabas me hubieran matado?

– Era un riesgo que debía asumir.

– ¡El que asumía el riesgo era yo!

– Ninguno de los dos se hubiera atrevido. Así que tenía que esperar a conocer al hombre que se encargaría del trabajo sucio.

– ¿Quién es?

– Manuel Gil.

– ¿Ese inútil?

– Gil ha buscado los contactos. Entonces contraté a un amigo para que me ayudara en la investigación (el hombre que le ha enseñado una placa falsa de comisario). Gracias a él supe que se trataba de un tipo de oscuro pasado, lo cual confirmaba mis sospechas. El tal Gil contactó con dos franceses que tienen un pub en el centro comercial de la carretera de Alicante, para que le liquidasen. Pese a que los amenazó con un dossier, los franceses se negaron, pero a cambio le ofrecieron los servicios de un profesional del crimen, un ex mercenario como ellos. Se llama Liam Yeats y es irlandés. Quizá aún siga en Valencia, esperando el momento oportuno para liquidarle. -Butxana le ocultó la orden de busca y captura de la Interpol-. En resumen, ésta es la historia con un matiz que le cuento ahora. -Sacó un cigarrillo-. ¿Le molesta que fume?

– Continúa.

– A última hora, Júlia se echó atrás. Puedo imaginar por qué, pero lo importante es que su hijo se entrevistó con el irlandés con tal que siguiera adelante con el plan. Incluso pagándole más de lo que habían acordado.

– Hay algo que no encaja.

– ¿El qué?

– ¿Cómo has llegado tú a saberlo todo?

– En primer lugar, porque he contado con la ayuda de tres personas. Y luego por las declaraciones de Gil.

Butxana acercó la grabadora hasta Lloris. La puso en marcha. De modo perfectamente audible, Gil explicaba con todo lujo de detalles, en orden cronológico, el resumen del detective. El candidato escuchaba con atención, dijo que reconocía la voz de Gil (también la de Butxana), pero pasados diez minutos pulsó el stop de la grabadora.

– Dura unos cuarenta minutos -le informó el detective.

– Tráeme a Gil inmediatamente.

– Imposible. -Miró su reloj-. Ya se ha ido de la ciudad.

– ¿Por qué le has dejado escapar?

– Hemos llegado a un trato a cambio de una confesión completa. Me interesaban sus declaraciones.

– Es cierto. Con eso basta para denunciar a Júlia y a mi hijo.

– Usted no denunciará nada. Si pone en práctica el sentido común se dará cuenta de que no le conviene. Quiere ser alcalde de Valencia, ¿no? ¿Quién votaría a un candidato al que su persona pública de confianza y su propio hijo pretenden liquidar? Y eso sin tener en cuenta que Francesc Petit renunciaría enseguida a aliarse con su partido. Periodistas amigos míos me han informado de que el ex secretario general del Front quizá sea decisivo en su éxito electoral. Entiendo que el silencio le indigne, pero, en cualquier caso, Júlia ya no quiere acabar con usted.

– ¡Pero mi hijo sí! -Se levantó con rabia Lloris y efectuó nerviosos trayectos por todo el despacho. Se sentó de nuevo-. Oye, te contrato para que le controles las veinticuatro horas del día.

– No, señor Lloris. Mi trabajo ya ha terminado.

– ¿Y qué voy a hacer yo?

– Contratar a un grupo de guardaespaldas de excelente curriculum. Por otra parte, también puede hablar con su hijo y disuadirle. Si sabe que lo sabe, quizá desista. Yo lo único que deseo es que me pague.

– Sí, hablaré con él, le amenazaré. Es más: hablaré con su madre para que se entere de qué hijo tenemos. Ella que cree tener una perla de valor incalculable…

La mujer tenía dos perlas incalculables, pensó el detective.

– Pásame la minuta con los días de trabajo.

Butxana sonrió tras lanzar un suspiro y pasarse la mano por la barbilla.

– Señor Lloris, usted pretende pagarme como si se tratase de un trabajo cualquiera, y eso no es justo.

– Te gratificaré con mil euros más.

– Quiero insistir en que le he salvado la vida.

– Muy bien, te daré dos mil.

– Mire -dijo Butxana con paciencia-, si me hubiera ceñido al encargo de controlar a Júlia y no hubiese contratado a tres ayudantes, porque tenía la intuición de que se preparaba un complot, usted estaría muerto.

– ¿Qué quieres, una medalla? Te he ofrecido otro trabajo.

– Su vida no es la de un ciudadano normal y corriente. Quiero decir que, si hubiera evitado el asesinato de una persona modesta, habría aceptado la gratificación y punto. Pero usted disfruta de una vida de lujo y no es de justicia que no me pague de acuerdo con la perspectiva de un futuro esplendoroso. ¿Qué patrimonio tiene? ¿Doscientos, trescientos, quinientos millones de euros? No tengo muchas nociones de economía, pero una fortuna así no se acumula trabajando en la cadena de una empresa de automóviles. Es más: cuando llegue a la alcaldía posiblemente multiplique por diez su riqueza, dado su talento innato para los negocios. Jamás he entendido que un millonario se dedique a la política si no es para incrementar su patrimonio.

– Soy valencianista y quiero servir a Valencia.

¡Políticos! Ya va siendo hora de que los pongan a todos en un puto museo. Pero prefirió ir al grano:

– Soy un profesional deseoso de que le paguen sus servicios como merece.

– Acabemos. ¿Cuánto quieres?

Con la intención de evitar expresiones malsonantes por parte de Lloris, quizá rehuyendo la simple crudeza de las palabras de Butxana, vete a saber si por deferencias de la negociación, el detective le escribió la cantidad en un papel: cinco millones de euros.

Durante el silencio que sucedió a la petición, Butxana encendió otro cigarrillo.

– Rata de alcantarilla, rastrero, mal nacido…

Mientras de nuevo el candidato se levantaba y proseguía con la retahíla de insultos (sin mucha imaginación, todo sea dicho, ya que los repetía), el detective fumaba y a la vez observaba un par de cuadros con motivos valencianos.

– ¿Crees que me dejaré extorsionar?

– Está en un error. No se trata de una extorsión, sino de una sencilla correspondencia entre el servicio de salvarle la vida y el valor que tiene. Si se fija bien, se dará cuenta de que sólo le cobro el uno por ciento de su patrimonio actual. He tenido la deferencia de no añadir sus beneficios como alcalde. Tranquilícese y sopese cuánto ganará pagando un miserable uno por ciento y cuánto perderá si no lo hace.

Butxana se levantó de la butaca y aplastó el cigarrillo en el cenicero.

– Le dejo la cinta para que reflexione. Tengo una copia. Pero le aconsejo que no tarde en decidirse. Otra cosa. -Se situó a un palmo de él-: Si vuelve a decirme que le extorsiono, si me vuelve a insultar, aumentaré el precio. Y, ahora que lo pienso, cada día que pase sin darme una respuesta, también. Buenas noches, señor Lloris.

– No te vayas.

– Aún no lo he hecho.

– Negociemos el precio.

– ¿Qué quiere negociar? ¿Medio millón? ¿Un millón? Le falta el orgullo de los ricos. Además, no es posible. Me han ayudado tres personas a las que no quiero decepcionar. Las he convencido de que usted sería espléndido.

– ¿Espléndido? ¡Me estás atracando! Tenías decidida la cantidad desde el principio.

– Lo cierto es que tenía decidido pedirle un buen precio, pero la confesión de Manuel Gil ha hecho que aumente.

– ¿Por qué?

– Si hubiera escuchado la cinta completa lo sabría. Júlia se echó atrás después de haberse entrevistado con un tal Higinio Pernón, al que Gil investigó: un intermediario de holdings empresariales con grandes intereses económicos en Valencia. Gil supuso, y yo también, que a Júlia le prometió una buena compensación económica si con su inestimable labor de intrigante política le convertía en alcalde. No en vano se ha enrollado con Francesc Petit. Por cierto, si yo fuera usted, Júlia o su hijo, vigilaría de cerca a Gil. Ahora que se ha ido, tendrá tiempo para pensar por qué ha tenido que marcharse él, mientras los demás implicados siguen viviendo, y bien, como si nada hubiera ocurrido.

– ¿Y tú? ¿Por qué tendría que fiarme de ti?

– Buena pregunta. Me la esperaba. Yo soy un detective modesto y sin ambiciones profesionales. De hecho, usted acudió a mí porque con poco dinero podía comprar mi discreción. En una agencia trabaja mucha gente y alguien se va de la lengua: el candidato investiga a la asesora. Es cierto que soy un conformista, ya se lo expliqué el día que me contrató. Pero he tenido la suerte de encontrarme con un caso que no tiene más remedio que agradecerme con lo que vale. Nada, en definitiva, que le lleve a la ruina. Antes me ha ofrecido un trabajo. A partir de ahora ya no quiero trabajos. Ni como detective ni de ningún otro tipo. Digamos que me prejubilo. Esté tranquilo, con su dinero preferiré no buscarme complicaciones.

– ¿Y la copia de la cinta?

– Comprobado el mal carácter imperante entre cierta gente de las altas esferas, prefiero quedármela. Un seguro de vida.

– ¿Me consideras un criminal?

– Tampoco lo habría pensado de su hijo. Sinceramente, el encargo le ha salido por una ganga. Le quedan por delante años de glamour político y riqueza para disfrutar. Pero, francamente, no le envidio.

– Te lo pagaré. Vuelve mañana.

– ¿A este despacho?

– Sí.

– En efectivo, en billetes de quinientos euros repartidos en dos bolsas de deporte.

– ¿Te imaginas que tengo tanto dinero en negro?

– Ni lo dudo. Bien, supongo que no querrá que le prepare un informe por escrito.

– Sólo quiero que te largues.

* * *

Fue puntual. Todo el mundo fue puntual aquel día precedido por una noche ilusionante del ex comisario Tordera. Pese a que insistió a Butxana -por teléfono, a las diez de la noche- para que le dijera con qué compensación económica regraciaría Juan Lloris la advertencia sobre el complot y el peligro que corría su vida, el detective, haciéndose el longuis, prefirió convocar al grupo a las doce del mediodía. Tordera se despertó más temprano que de costumbre, hizo la compra -también el periódico, que leyó con el pensamiento en otra parte, quizá en la que calculaba qué le correspondía-, arregló un poco el piso, como hacía a menudo, limpiando a diario para que la suciedad no se acumulara y a la vez para matar el tiempo. Al hilo de la reflexión que le tenía preocupado, recordó que necesitaba un par de compras: un sofá nuevo, más cómodo y más grande, y un televisor extraplano de dimensión panorámica. Le gustaban los documentales, en especial los de casos archivados del FBI. Quizá tuviera bastante con dos mil euros. No, pongamos tres mil. ¿Suponía un abuso exigirle a Butxana una cantidad similar? Aunque complementaria, creía que su contribución al caso había sido fundamental. La defendería. Al fin y al cabo, de no ser por él, Butxana se habría dispersado y el asunto se les habría ido de las manos. Con su sentido pragmático había ordenado las prioridades, al margen de las informaciones sobre algunos de los personajes centrales de la trama. Toni estaba obligado moralmente a ser generoso. Entonces cayó en la cuenta de que, si sólo una vez por trimestre le pedía ayuda profesional, redondearía un «sueldo» mensual decente. Antes de acudir a la cita, como aún faltaba más de hora y media, resolvió dar un paseo diario de sesenta minutos exactos, pero cambió su rumbo habitual de todos los días y anduvo en dirección al barrio del detective. Tenía buenas vibraciones, se sentía útil.

Miquel Pons se presentó a las nueve de la mañana en la sede de «Valencians, Unim-nos», pero el señor Lloris, según una de las excelentes azafatas que pululaban por el local, no llegaría hasta las diez. Pons se sentó en el vestíbulo y mató el tiempo hojeando una especie de boletín que, desde hacía unos días, editaba el nuevo partido. Le habían ofrecido colaborar como corrector de estilo y ortográfico, y también aportando algún artículo didáctico sobre historia valenciana. Les había dicho que lo pensaría. Una excusa, la primera que se le pasó por la cabeza. Le daba asco participar con su nombre en un boletín cuyo contenido, al margen de evidenciar un escaso interés por la maquetación, provocaba vergüenza ajena. El señor Lloris llegó a las diez y cuarto. Miquel se levantó, le saludó mientras observaba su aspecto. Estaba ansioso por comprobar qué actitud mostraría tras su cita con Toni Butxana.

– Buenos días, señor Lloris.

– Vuelve mañana -respondió el candidato sin mirarle, caminando deprisa al mismo tiempo que se quitaba la chaqueta y una atenta azafata la recogía al vuelo. Miquel aún lo ignoraba, pero al día siguiente no volvería.

En el periódico, Albert se enteró de la muerte de un extranjero en un apartamento de la calle Xátiva. Uno de los redactores de sucesos todavía intentaba descubrir la identidad de la víctima. Habló un rato con el jefe de la sección de política. No sobre el extranjero, sino para quejarse de la lentitud con que se producían las noticias alrededor de las negociaciones entre Francesc Petit y Juan Lloris. Veterano en el oficio, Antoni Guixà le pidió calma, paciencia y perseverancia. Una vez tengas el hilo en la mano sólo habrá que tirar de él. Lo más importante, ya te lo he dicho, son los detalles internos, lo que ellos no contarán y tú, gracias a tu informador, sabrás. Contrastados, eso sí, concluyó Antoni, temiendo la desbordante imaginación de Albert, que, por suerte, nunca tendría que contarle todo cuanto sabía. Durante el trayecto al piso de Butxana, las emisoras informaban de la identidad del extranjero, poniendo un énfasis entusiasta en el historial del individuo, pompa en la efectividad de la policía, que, por orden de la Interpol, llevaba días buscándole con todos sus operativos disponibles. Al llegar al piso, Albert informó de ello a los demás, que ya llevaban un buen rato allí, sobre todo Tordera, que había acudido al lugar media hora antes de las doce. En el estanco donde trabajaba, Maria no escuchaba la radio. Pero al día siguiente vería la foto de Liam en las portadas de todos los periódicos.

Pasaron un rato hablando del caso de Liam, desde el convencimiento de que los franceses le habían liquidado. Toni Butxana se congratulaba por haber informado a Lloris a tiempo, medalla que enseguida le arrebató Tordera al recordarle que, si no se hubiese mostrado insistente, el detective habría seguido profundizando en el caso con la curiosidad innata que le caracterizaba. Pero no era un día para discutir, exclamó eufórico Butxana dirigiéndose a la salita, abriendo la puerta de par en par, mostrándoles una mesa rebosante de exquisiteces: caviar, salmón, jamón ibérico, ensalada verde con gambas, cigalas y bogavantes, al estilo señorito, todo bien pelado, con dos botellas de vino blanco en una cubitera transparente, un Vega Sicilia del ochenta y dos que el detective se apresuró en aclarar que estaba en buenas condiciones, manteca francesa… Un almuerzo frío que dejó boquiabierto al grupo, que, no obstante, recibió un atisbo de suspicacia por parte de Tordera:

– Me gustaría pensar que esta mesa tan bien surtida no es el pago.

– Es el aperitivo. La antesala de la recompensa. -Ufano, Butxana también exhibió una caja de puros marca Trinidad-. Para luego, tengo en el congelador dos cavas de indiscutible calidad y un Bollinger.

– Toni…

– Tordera, no te impacientes.

Entonces el detective dejó la salita y se dirigió a su dormitorio. Antes de entrar, les hizo una señal para que se acercaran. Con los tres a su lado, abrió la puerta y se echó atrás para que pudieran observar el espectáculo. Divididos en tres partes, fajos de billetes de quinientos euros se esparcían por encima de la cama, por las dos mesitas y por el suelo. En un rincón, dos bolsas de deporte de un tamaño apreciable. Casi transcurrió un minuto sin que ninguno de los tres dijera nada. Por fin, el ex comisario Tordera osó penetrar en la estancia y, cogiendo uno de los billetes, escrutarlo a contraluz.

– Son de curso legal -notificó Butxana.

– ¿Cuánto dinero hay? -preguntó Miquel.

– ¿Cuánto diríais que hay?

Se miraron. Nadie se atrevía a dar una cifra.

– Mucho, muchísimo -dijo Tordera mientras observaba, también a contraluz, billetes de varios montones.

Albert y Miquel decidieron entrar en el cuarto. Butxana permanecía en el umbral de la puerta, apoyado con un brazo en el marco, observando con satisfacción la inenarrable sorpresa del trío.

– Tocadlos, pero dejadlos donde estaban. La división está hecha.

– Toni -Tordera, algo asustado-, es mucho más de lo que podía imaginar. Dime cuánto hay, por favor.

– Cinco millones -Butxana, con naturalidad, como si para él fuese una cifra de lo más normal-. Cuidado con pisarlos. Son frágiles.

Los tres volvieron a la puerta. Desde allí siguieron observando escépticos el desparrame.

– ¿Están limpios? -inquirió Albert-. Quiero decir si…

– ¿Si son el fruto de una extorsión? ¿Un chantaje a cambio de silencio? Pues no. -El detective se separó de la puerta. Los demás aún miraban empanados el interior de la habitación-. En realidad, el señor Lloris ha sido un roñica; alguien que no ha sabido valorar como merecía su propia vida, el esfuerzo de una investigación vital. ¿Cinco millones de euros? -se preguntó el detective con desdén-. ¿Qué representan para un hombre al que le sale el dinero por las orejas? Quizá un uno por ciento de su actual patrimonio.

– O sea, que te has enfadado mucho con él -comentó el ex comisario.

– Pues no he llegado a verbalizarlo, pero no me parecía justo.

– Debo reconocer que eres un buen negociador. Con cinco mil euros yo me habría conformado. Por cierto, ¿has sido tú quien le ha pedido los cinco millones o te los ha dado él?

– Te lo explicaré.

– Estoy ansioso.

– Tras escuchar atentamente mi resumen del caso y la grabación, el señor Lloris se quedó, como podéis imaginar, en silencio un buen rato. Normal. Tened en cuenta que su hijo, su propio hijo, estaba implicado. Pasados unos minutos, durante los que no sabía qué hacer ni qué decir, me expresó su más profundo agradecimiento y me dijo que al día siguiente, a las nueve, me pagaría el trabajo. Por educación, por cortesía, digamos por lo que se llama ser un señor, no le pregunté de qué cantidad se trataría. Sinceramente, el hombre estaba jodido y yo respeté lo trágico del momento. Hoy, a esa hora en punto, he ido a su despacho privado. El señor Lloris mostraba otro semblante, diríase que decidido, como el de quien ha resuelto asumir el mal trago. Sobre la mesa había dos bolsas. Tras darle las gracias me las ha acercado.

– Por cortesía, no has contado los billetes delante de él.

– En efecto, Tordera. Me he despedido con rapidez, he cogido un taxi (durante el trayecto he echado un vistazo a las bolsas) y apenas llegar al piso he empezado a contarlos ávidamente. Parece increíble, pero, al volcar el contenido sobre la cama, me he hecho una idea aproximada de la cifra.

– Tienes una vista espléndida. Ni contándolos habría adivinado yo cuánto dinero hay.

– Bien, Tordera. Me pediste que fuera generoso contigo y pienso serlo. -Butxana entró en el dormitorio-. Y también lo seré con nuestros amigos. Esta parte de aquí es para ti. -La parte ocupaba más de la mitad del espacio del lado izquierdo de la cama-. Un millón de euros.

– Ciento setenta millones de pesetas -tradujo el ex comisario maquinalmente.

– Más o menos. ¿Contento?

– Muy satisfecho. Inmensamente agradecido.

– No hace falta que me beses. Para nuestros amigos, tan jóvenes, tan llenos de vida y ganas de disfrutarla, la otra parte de allí. -El lado derecho de la cama. Miquel se acercó-. Otro millón de euros para repartíroslo como buenos amigos.

– Señor Butxana -dijo Miquel, emocionado-, usted, usted…

– Sobran las palabras. -El detective observó el aspecto poco expresivo del periodista-. ¿Alguna queja, Albert?

– No… no…

– ¿Entonces?

– Disculpad, pero no me quito de encima la sensación de que me han comprado.

– El precio es razonable -intervino Tordera.

– Eso demuestra que eres una persona íntegra, un periodista con principios. Pero, al margen de que es una sensación errónea, con el tiempo y con tu oficio es un tipo de objeción que acabará normalizándose. Al fin y al cabo, también tendrás con Júlia Aleixandre las informaciones municipales que te convengan. Llegarás a ser una estrella del periodismo.

– Informaciones a cambio de tu silencio -añadió Tordera, que le dio unos golpecitos en la nuca mientras le dedicaba una sonrisa-. Una pequeña extorsión profesional.

– Aún sé más cosas que me callaré -se defendió Albert.

– Así lo deseo. No olvides que soy yo quien ha dado la cara ante Lloris. No quisiera jugármela. En el precio va incluida la discreción total. Ya habéis comprobado cómo las gastan.

– Pero tenemos la cinta -respiró, aliviado, Tordera.

– No tenemos nada. Se la ha quedado él.

– ¿Estás loco?

– Le he dicho que conservo una copia.

– ¡Qué frivolidad!

– Si tú fueras Lloris, ¿pensarías que no me quedo con ninguna copia? -Tordera se mostró satisfecho con la respuesta-. Bien, señoras y señores del jurado, el resto, tres millones de euros, es para mí. Si pasan tres segundos sin que digáis nada en contra es que estáis de acuerdo. Muy bien, primero almorzaremos y luego os llevaréis el dinero.

Comieron, hablaron de proyectos. Comieron a gusto, disfrutando de productos de calidad, de marcas de élite. Albert, más locuaz, reflexionó en voz alta sobre el gran reportaje que tenía el irlandés. Preguntó al ex comisario si podía conseguir que algún pez gordo de la policía le diera acceso al historial oculto de Liam, a la parte no oficial. Era algo complicado, ya que la policía sólo tendría los datos facilitados por la Interpol. Aun así, lo intentaría.

Sin embargo, el ex comisario no entendía que tras embolsarse medio millón de euros no se diera prisa por disfrutarlo. Unas vacaciones. Un periodista no descansa. Él era un reportero siempre en busca de la gran exclusiva. ¿Y tú, Miquel? Miquel le contaría a su madre que había dado con un trabajo extraordinario, bien remunerado, que aliviaría el de ella. Un buen hijo, aprobó Tordera. El detective intervino para hablar de los euros recién mencionados, y les advirtió que se trataba de dinero negro, de modo que no podían ingresarlo de una vez en ninguna entidad bancaria. Según él, a partir de tres mil euros ingresados, Hacienda lo detectaba. ¿Soluciones? Un poco complejas, ciertamente; pero, al fin y al cabo, un problema agradable. Alquilar un piso para guardar el dinero era una de las salidas. También las cajas de seguridad de los bancos o blanquearlo poco a poco. Por ejemplo: compras un piso o una casa y, de acuerdo con el propietario, pagas una mitad en negro y la otra a través de un préstamo hipotecario avalado por un puesto de trabajo. O sea, de momento es oportuno trabajar. Todos los meses, vas ingresando dos mil quinientos euros de dinero negro en la cuenta. Al cabo de un tiempo, problema resuelto.

Dejaron el cava para otra ocasión. Albert y Miquel tenían que irse. Aunque no hiciera falta, antes de que se fueran, Butxana les pidió discreción. El detective les dio una bolsa regalada por una agencia de viajes. En el rellano, esperando al ascensor, la inquietud de Miquel, con la mano firme en las asas de la bolsa, era patente. Volverían a verse, por lo menos durante los primeros meses. Sin mencionarlo, Butxana pretendía controlar el uso que hacían del dinero. Eran jóvenes con la costumbre de no haber tenido un duro y con una bolsa llena a rebosar de euros.

El detective cerró la puerta. Luego sacó del congelador una botella de cava. Estaba fresquísima, tanto que prefirió trasladar a la parte superior de la nevera las otras tres. Llevó dos copas a la mesa, las sirvió y conminó a Tordera a brindar.

– ¿Me contarás ahora la verdad?

– Morirás policía. Vamos, salud.

Butxana se lo bebió todo de un trago y volvió a servirse. Tordera dio un pequeño sorbo.

– Pensándolo bien, no hace falta que me lo cuentes.

– Supongo que te lo imaginas.

– Sería capaz de relatarte paso a paso todo cuanto hiciste y le dijiste. ¿Se enfadó mucho?

– ¡Bah!, un poco. Total, el uno por ciento.

– ¿Cuándo decidiste jugársela?

– En cuanto supe lo del complot. Las partidas se ganan cuando se amañan.

– ¿Sabes qué? He sido un policía honesto. Nunca participé en ninguna de las martingalas de mis compañeros. -Tordera dio otro sorbito. Chasqueó la lengua contra el paladar. Luego dejó la copa en alto, observando el color del cava-. No me arrepiento de ser tu cómplice.

– ¿Ah, no?

– Pues no. Se la hemos jugado a un millonario.

– No me quites méritos: la encerrona es mía. Te diré algo más.

– Di lo que quieras, el alcohol está haciéndome efecto.

– Siempre había deseado ponerme a prueba, saber de qué era capaz.

– Tienes una moral relativa. No se la hubieras jugado a un pobre, a un cliente normal.

– No.

– Haré de abogado del diablo.

– Aprovéchate. He bebido más que tú.

– ¿Qué diferencia encuentras entre matar a un rico o a un pobre?

– Ninguna.

– Exacto. Hablamos de un asesinato. ¿Y robar a uno u otro?

– El porcentaje. El derecho lógico. Si tú matas a un pobre y a un rico, a ambos les has quitado la vida, lo único que no pueden recuperar. Sin embargo, tú robas a un rico y aún le queda mucho. Un jurado popular lo entendería. Así pues, digamos que he robado en nombre de la justicia, de la equidad.

– Añadamos que sólo nos queda el individualismo que atenta, con criterios de proporcionalidad económica, contra la propiedad privada y dormiremos tranquilos.

– A mí no me quitará el sueño. ¿O es que quizá no hemos arriesgado la vida? Tanto el irlandés como los franceses eran gente peligrosa. Tipos así te amargan la existencia. A decir verdad, hemos cobrado por la vida de Lloris y por la nuestra.

– Admitamos que el kilo de la nuestra se ha disparado. -Entonces sí que se bebió la copa de una vez-. Tengo la sensación, imagino que subjetiva, de llevar cincuenta años haciendo el idiota.

– No te preocupes. En el dormitorio te espera una bolsa objetiva que te compensará por la negligencia.

* * *

Apenas habían transcurrido ocho días cuando tuvo lugar el incidente. Albert, más periodista que nunca, tan periodista como siempre, lo escuchó desde el aparato que interceptaba la frecuencia de la policía, siempre en marcha en la sección de sucesos. Un sábado, a las diez de la mañana, después de tomarse un café con las señoras de la limpieza, antes de leerse los periódicos de cabo a rabo, de preparar la regional valenciana del día siguiente, se enteró del incendio en el pub La Escapada. Enseguida llamó por teléfono a Butxana, éste a Tordera y los tres quedaron en el centro comercial de la carretera de Alicante.

A pesar de la hora, un numeroso público presenciaba el incendio. Se acercaron hasta donde les fue posible gracias a la placa -auténtica- de comisario jubilado de Tordera. Abriéndose paso casi rozaron un brazo del español Martínez, mezclado entre el gentío, con un semblante triste que ocultaba tras gafas oscuras, aún recordando en silencio con la oración del kadish a su amigo perdido.

El día anterior, Martínez había llegado a un hotel céntrico de la ciudad. Por la tarde se había reunido con un agente inglés del Mossad, en la cafetería del hotel. Un hombre y una mujer jóvenes llevarían a cabo la operación, asimismo ingleses, también del Mossad. El inglés, de cincuenta y cinco años, con el nombre en clave de Kevin, un hombre de constitución atlética con la cara surcada por las arrugas del sol africano, bajo el que había conocido a Liam, le explicó todos los detalles. Kevin siempre había informado a Martínez cuando éste le preguntaba por las actividades del irlandés, desde que el Mossad abandonó sus operaciones africanas. Martínez le había pedido ayuda en el ajuste de cuentas que los agentes israelíes tenían como precepto, aunque fuese para vengar a un «katsa dormido», que era lo que había seguido siendo Liam. Kevin era lo que se solía llamar un especialista en la preparación de planes, una especie de comandante de grupos operativos. Proyectaba las actividades, de qué modo debían llevarse a cabo, sin intervenir en ellas personalmente pero eligiendo a las personas idóneas. Años atrás, el inglés Kevin había formado parte de una célula Kidon, el servicio más especial y especializado del Mossad. Kevin, pues, se trasladó a Valencia cuatro días antes de su encuentro con Martínez. Había tomado unas copas en el pub La Escapada, tres veces a distintas horas. Cuando lo tuvo listo ordenó a los dos jóvenes que acudieran allí. Les explicó con todo lujo de detalles la operación, que ignoraban antes de llegar a la ciudad. Incluso el viernes, a mediodía, fue con ellos al pub. Él entró separado de la pareja, advirtiéndoles que no accediesen al comedor; era pequeño y Gérard y Jean-Luc solían comer allí. Les indicó quiénes eran los dos tipos, les dio las llaves de un coche aparcado junto a la puerta del pub, con tres bidones de gasolina en el maletero. Tenían dos armas en la guantera. El trabajo debía ser limpio, rápido. Luego, en el coche, se irían rumbo a Alicante. Pasados cuatro kilómetros encontrarían un puente a mano derecha y, al final, un Volkswagen Polo, de color negro, con dos maletas y dos pasaportes británicos. Kevin estaría allí para encargarse del cambio de vehículo, proporcionado por un sayanim, un «ayudante» de los miles de nativos de origen judío que el Mossad tenía reclutados por todo el mundo para que llevaran a cabo trabajos de logística sin hacer preguntas.

A las once de la noche, la joven inglesa, con el pelo teñido de un rojo llamativo, se instaló en la barra y pidió un gin-tonic. Media hora después entró su acompañante. Se sentó a una mesa del fondo del local. Un camarero le sirvió una cerveza y un sándwich que pagó en el acto. El pub estaba animado, ruidoso. Clientes de todas las edades que pasaban el día en el centro comercial y lo remataban allí. La joven le contó a Jean-Luc que iba camino de Barcelona. Venía del sur, de Cádiz. Se hospedaba en el hotel de al lado, un edificio altísimo cuyo nombre no recordaba. Lo había elegido por su situación, al lado de la carretera. Se iría al día siguiente. Era atractiva y parecía ociosa, como si buscara compañía. De vez en cuando Jean-Luc les echaba una mano a los camareros, cinco los fines de semana, pero volvía con la inglesa, que bebía un gin-tonic tras otro. Hacia las dos de la madrugada, antes de que el local empezara a vaciarse, su acompañante fue al lavabo. Se quedó allí. Cerraban a las tres. En eso eran estrictos para evitar las multas gubernativas, cualquier inspección inoportuna. Las cosas volvían a funcionar, el hilo de la normalidad, pese a lo frágil, se retomaba. Gérard bajó del despacho a falta de diez minutos para el cierre. Los camareros pedían a la clientela que abonara sus consumiciones. Ardua tarea, la gente siempre exigía la última copa. A la inglesa no le dijeron nada; charlaba animadamente con Jean-Luc. Gérard le observaba complacido mientras ordenaba y contaba la recaudación de las dos cajas registradoras. El local se quedó vacío. Entonces Jean-Luc preguntó a la joven qué le apetecía. Tomar otra copa. La inglesa era una esponja, pensó el francés. Los camareros se despidieron, bajaron la persiana metálica. Jean-Luc presentó a la inglesa a Gérard. Una ciudad aburrida, dijo la joven con un deje de desprecio. Jean-Luc se arrogó la responsabilidad de demostrarle lo contrario. Sólo un minuto, para que cogiera su americana, y se desplazarían a la ciudad. Ni se imaginaba el vicio nocturno que encontrarían. Subió al despacho, deprisa. Volvió en apenas treinta segundos y se encontró a la inglesa apuntando con una arma a Gérard, a tres metros de la barra, en perpendicular al francés, dominando el espacio por donde él mismo bajaría. La inglesa no mostraba una actitud nerviosa, sino tranquila, muy profesional, circunstancia que inquietó a Gérard, temor que enseguida captó Jean-Luc. En aquel comporte se reconocía a los ex mercenarios, a los veteranos. La joven ordenó a Gérard que se pusiera al lado del otro, fuera de la barra, a su extremo, junto a la escalera que conducía al despacho y, a la izquierda, a los lavabos. Lo hizo. Con sigilo, el inglés salió del lavabo y se situó tras los franceses. Ninguno de los dos reparó en su presencia. Con parsimonia, el inglés recogió el dinero que Gérard había sacado de las cajas y que estaba encima de la barra. Un atraco. Los franceses respiraron, aliviados. Fue su último suspiro. Dos tiros, uno en la nuca de cada uno, y cayeron de bruces contra el suelo.

Junto al precinto que separaba a los civiles del lugar de actuación de los bomberos, Butxana, Albert y Tordera comentaban el suceso. Se preguntaban quién lo habría hecho, quién había sido el inductor, pero sin dar con ninguna respuesta convincente. ¿Lluís Lloris, para eliminar testigos? ¿Júlia Aleixandre, por los mismos motivos? Manuel Gil, descartado. Le convenía una larga estancia dondequiera que estuviese. Por otra parte, a Juan Lloris, todo un candidato, no le convenía en absoluto verse salpicado por algo así. Nunca llegarían a aclararlo, aunque tenían la respuesta a su alcance, a unos diez metros de distancia, desde donde el español Martínez observaba el incendio. Kevin estaba a su lado, esperando; esperaba a que los bomberos rescatasen los cadáveres. Lo hicieron. Entonces, Martínez le miró y se despidieron con un gesto imperceptible. Aún se quedó allí unos minutos, hasta que el inglés se perdió en el gran centro comercial. Entonces fue a una parada de taxis y volvió a Valencia. Lléveme al centro de la ciudad, a la plaza en la que está el Ayuntamiento.

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Bajó en la central de Correos. Recogió una carta de Eddy Yeats enviada por su hijo Ian, el permiso familiar, documentado, para hacerse cargo de las cenizas de Liam. Dio una vuelta por la plaza, observó sin apenas interés algunos de sus edificios, dejando que transcurriese algo de tiempo. Nunca había estado en Valencia. No volvería. Luego, siguiendo las indicaciones que le había dado el irlandés, buscó la calle paralela a la plaza; una calle peatonal con un estanco prácticamente en medio. Lanzó un profundo suspiro antes de entrar. Enseguida la reconoció. Su altura, su físico delgado pero estilizado, la cara más bien alargada con unas gafas cuya montura, aunque un poco gruesa, evidenciaba unos ojos casi apagados por una soledad profunda, quizá una tristeza crónica, una melancolía incipiente. Tres hombres y dos mujeres hacían cola y esperó curioseando entre las postales de un mostrador vertical. Cogió un puñado.

Quedaba un cliente. Entonces Martínez las dejó sobre el mostrador de cristal. Maria le observó. El vistazo de costumbre. Se acercó a él. Lentamente, con la rutina de los días, introdujo las tarjetas en un sobre blanco. Recitó el precio con desgana. El la miró, pensaba en todo lo que tenía que contarle aquel día, en cómo tendría que hacerlo, en el punto de vista que debería adoptar, en defensa de un hombre, para ella, para todo el mundo, notoriamente inmoral y violento; también pensó en las vidas que el destino truncaba. Al repetirle el precio, que él no había escuchado, en aquella mirada extraña y a la vez íntima que de repente compartían, Maria encontraría la respuesta:

– Soy Francesc Romeu y era amigo de Liam.