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22 DE MAYO

El lunes, el éxito del avance francés fue un golpe incluso para el curtido Kesselring. Mientras los oficiales estuvieron juntos, nadie manifestó abiertamente su consternación. En privado, Westphal comentó:

– Bora, esto es un desastre. No podemos llevar agua en un cedazo. En cuanto vuelva a Roma, empiece a organizar las primeras fases de la retirada. Luego corra a Frascati… vea con sus propios ojos cuál es la situación. Sobre todo, averigüe qué está ocurriendo en Cisterna. Los aliados intentarán reunirse en la tierra desecada. Llame desde Frascati. Después quédese en Roma hasta que yo regrese.

Bora aterrizó en la zona sitiada de Centocelle tras un vuelo muy movido. Se habían encontrado con una tormenta y el fuego enemigo había alcanzado el frágil aparato de un solo motor, de modo que los últimos diez minutos avanzaron a trompicones por encima de unos campos planos y verdes, rozando los árboles y perdiendo velocidad.

– ¿Cuándo tiene que volver? -le preguntó el piloto alegremente, mientras Bora bajaba de la avioneta-. Necesito un buen rato para arreglar esto.

– Esta noche no, gracias -respondió Bora con alivio. Aunque la lluvia todavía no había llegado a la ciudad, en el este un oscuro muro de nubes creaba una ciudadela de almenas cambiantes. El aire estaba cargado de humedad e impregnado del aroma de los jazmines en flor que crecían en los márgenes del aeródromo. Cuando Bora llegó al cuartel general para volver a organizar los movimientos de la retirada, cuatro meses después de la última vez que lo había hecho, soplaba un fuerte viento.

Dos horas más tarde, sobre la acera caían unas enormes gotas en forma de estrella. Descendían con un sonido restallante, corno si se dirigiesen hacia la tierra una por una, y una vez más el viento transportaba el perfume de jardines visibles e invisibles. Bora creía haberse entrenado hasta tener un control casi perfecto de sí mismo, pero el aroma de la tierra mojada por la lluvia le resultaba extrañamente excitante. Se preguntó si había desperdiciado sus noches en Roma, ahora que tenía que irse y no quería hacerlo. Debía dejar de pensar en la señora Murphy y encontrar a otra mujer. Otra mujer. Ignoraba cuántos días le quedaban, pero tenía que conocer a otra mujer y no partir de Roma sin haber hecho el amor al menos una vez tal corno lo deseaba, largo rato, despacio, con intensidad, sin buscar excusas, sin beber, sin preocuparse por las enfermedades.

– ¿Adónde, mayor? -preguntó el conductor del ejército, en posición de firmes.

– A Frascati.

La tormenta que azotaba Roma era formidable, cargada de una electricidad que provocaba extraños fuegos de San Telmo en los cables de teléfono y sobre las iglesias más altas. Un cielo amarillo bordeaba las oscuras nubes de color acero allí donde la tormenta ya había pasado. El blanco brillaba fosforescente y los rojos se destacaban como sangre; los demás colores estaban apagados, turbios. A Bora le pareció que dejaba atrás una ciudad que ardía lentamente bajo una bíblica cortina de humo. Cuando empezó a llover, no pudo distinguir nada hacia delante ni hacia atrás, pero por la ventanilla lateral vio que las cunetas se llenaban rápidamente de una corriente turbulenta y fangosa.

Seguía recordando la conversación que había mantenido el día anterior con Borromeo, quien había accedido a reunirse con él en el hospital por cuestiones de privacidad o incluso (¿por qué se le ocurría pensar tal cosa?) para que viera a la señora Murphy. Corno segunda condición, Bora había formulado al cardenal preguntas muy concretas, del tipo «¿Hizo usted…?» o «¿No hizo…?», y Borromeo no admitió nada de forma directa. «Pero indirectamente -pensó el mayor- me dio a entender que estaba arrepentido… tan arrepentido corno puede estar Borromeo de algo, y que me facilitará la información más adelante. Asegura que nosotros teníamos que saber lo que estaba pasando, que forma parte de la misión humanitaria de la Iglesia, aunque su concepto de persona necesitada de ayuda es tan amplio que incluye tanto a monárquicos como a partisanos, soldados enemigos y agentes dobles. Admite que a veces hubo errores… No logro acostumbrarme al modo que tiene el clero de hablar de los errores, como si éstos surgieran por sí mismos, como si no fuesen culpa de nadie. Peor aún, reconoce que las cosas se le fueron de las manos alguna vez, hasta el punto de no saber qué ocurría después de prestar el socorro. Eso podría significar varias cosas, entre ellas lo que yo creo que ocurrió. Dios mío, espero que la Iglesia sea tan generosa con nosotros cuando necesitemos ayuda…»

24 DE MAYO

El miércoles, a las seis menos diez de la mañana, Bora entró en su oficina v encendió la luz. El teléfono sonó casi de inmediato. Descolgó el auricular y escuchó el informe de un intenso bombardeo en el oeste.

– ¿Cuándo empezó?

La voz de su interlocutor parecía llegar de otro mundo.

– Hace cinco minutos.

Bora tomó nota de la hora (5.45) y formuló las preguntas de rigor.

– Llámeme cuando acabe -concluyó.

Acababa de hablar con Westphal por otra línea cuando volvieron a telefonearle desde las afueras de Anzio. El bombardeo había terminado. Bora consultó el reloj. Cuarenta y cinco minutos. No era algo inusitado, pero se sintió intranquilo.

– ¿Ha sido muy intenso?

– Mucho, mayor, un infierno de fuego y humo. No se ve nada más allá.

Bora contempló el mapa. Su atención seguía volviendo a Cisterna, donde se cruzaban varias carreteras, entre ellas una muy estrecha que conducía a Valmontone a través del puerto de las montañas Lepini. A sólo a trece kilómetros de Frascati, Cisterna custodiaba los lagos de los montes Albani. Bora se quedó de pie junto al escritorio mientras esperaba a hablar con Westphal de nuevo, sumido en unas preocupaciones demasiado vagas para expresarlas en términos militares. `Cómo podía decir que al cabo de dos semanas se dirigirían hacia el norte de Roma a causa de lo que estaba ocurriendo en ese momento? Su informe fue sucinto v ceñido a los hechos, pero debió de transmitir su estado de ánimo, porque Westphal hizo una pausa y luego observó:

– Esperemos que la situación no sea tan grave.

El miércoles Guidi se mudó del apartamento de via Paganini. La signora Carmela no hizo nada para retenerle e incluso le ayudó a preparar el equipaje.

– Le diré adiós a Francesca de su parte.

– Sí, por favor. Creo que tendrá bastantes comestibles hasta que ella vuelva mañana. Mientras tanto haré lo que pueda para que liberen al profesor. Le he visto esta mañana y me ha dicho que está bien… ha hecho algunos amigos entre los trabajadores. Cree que ha encontrado una moneda antigua mientras cavaban en la orilla del río. No se preocupe por él.

Con las maletas a los pies, Guidi decidió llamar al despacho de Bora antes de marcharse. Se oía música (Signorine Grandi Firme…) procedente del apartamento de Pompilia, así como el sonido de zapatos que se movían al bailar. Para ser un manojo de nervios, parecía muy capaz de entretener a dos o tres hombres a la vez, sobre todo adolescentes ingenuos a los que conseguía conocer quién sabía cómo y dónde. Las carcajadas inmaduras y estridentes de los jovencitos también llegaban hasta allí.

Tuvo que aguardar varios minutos hasta que el mayor se puso al aparato.

– Soy Bora -se identificó el alemán con brusquedad, y a la pregunta directa de Guidi respondió-: Sí, lo he hecho. Merlo ha admitido que regaló las braguitas a la chica; dice que ella las llevaba puestas aquel día y que se vieron para un polvo rápido por la tarde. Puesto que Magda no las llevaba cuando murió, parece razonable pensar que el asesino las tiró a la basura con el resto de los objetos que encontramos allí.

Por el mal humor de Bora, Guidi sospechó cuán desesperada era la situación militar. Sin embargo, tenía que aprovechar las escasas ocasiones en que podía hablar con él.

– Bien -dijo pensando en voz alta-, supongamos que la manta y demás objetos pertenecían al inquilino misterioso y que ella se los había proporcionado. Supongamos que él la mató, por el motivo que sea. ¿Por qué iba a entretenerse en tirar todo eso a la basura, cuando lo más apremiante era huir?

Bora se quedó callado unos segundos, durante los cuales se oyó ruido de papeles. Luego dijo:

– Sí, tal vez fuera más apremiante, pero no necesariamente lo más oportuno. Después de todo, tenía un escondite seguro. En la confusión que siguió al asesinato, probablemente tuvo tiempo suficiente para cerrar la puerta de Magda, coger las llaves, sacar todas las pruebas que pudo del siete B, tirarlas a los cubos de basura de la calle y huir. Los informes policiales dicen que eran las ocho cuando llegaron al lugar y el Servicio de Seguridad tardó una hora más en llegar.

Había llegado el momento, pensó Guidi, de mostrar sus cartas.

– Excepto el capitán Sutor, que según los informes estaba en el edificio cuando Magda murió.

Bora guardó silencio de nuevo, y esta vez ni siquiera se oyó el ruido de papeles al otro lado de la línea.

– No voy a preguntarle cómo lo sabe -repuso por fin, con cierta crispación en la voz-, ya que debe de tener sus fuentes, pero dígame: ¿cree que fue él quien la mató?

– Primero contésteme, mayor: ¿le acusaría usted si le dijera que sí?

– Desde luego.

Guidi no dudaba que así sería.

– Respondiendo a su pregunta, le diré que no lo sé todavía.

Le informó brevemente de los movimientos de Sutor, según le había explicado el miliciano que Merlo había enviado tras él.

– Se oyó a Magda discutir con un alemán poco antes de su muerte, mayor, y alguien tiró a la basura una manta alemana y unas revistas alemanas. La persona a la que Magda escondía pudo ser testigo inocente de otra relación, y también del asesinato.

– Quizá. Se me ocurre otra teoría que me parece creíble, pero no tengo tiempo para exponérsela ahora. Si eso es todo por el momento, inspector, debo volver al trabajo.

Guidi se aclaró la garganta.

– Ya que hablamos, déjeme preguntarle por la liberación del profesor Maiuli. ¿Hará lo que pueda para…?

– No haré nada en absoluto.

– Considere los beneficios de un acto de benevolencia en estos momentos.

– ¿En estos momentos? Este momento es como cualquier otro. No me dé la lata, Guidi.

– Perdóneme por insistir, pero dudo que las cosas estén como de costumbre -replicó el inspector.

Bora colgó.

Reacio a aceptar la negativa, Guidi volvió a marcar el número. Al principio comunicaba y luego alguien atendió la llamada y le explicó en un mal italiano que el mayor había salido de su despacho. El inspector pensó que era una excusa, pero lo cierto era que Bora había partido hacia Cisterna, amenazada directamente por las tropas americanas.

Desde su balcón en via Monserrato, donna Maria observaba las evoluciones de los aviones en el cielo, veloces cazas que daban vueltas y se zambullían en el combate. Cuando el sol incidía en las cabinas o en las alas, de ellas surgía un destello como un relámpago; luego volvían a elevarse y se veían otra vez pequeños y oscuros. Bora los miraba también desde su coche, en la carretera 7, apenas pasado el puente Lungo. A diferencia de donna Maria, él sabía, gracias a los prismáticos, que los aviones que se precipitaban describiendo un amplio arco eran alemanes. Descendían sobre las verdes lomas del este o sobre la cicatriz color crema de la cantera de caliza, hacia Tivoli.

Al día siguiente los americanos atacaron Cisterna. Las tropas enemigas se reunieron en la tierra desecada, junto a Latina, lo que significaba que ya no cabía esperar gran cosa. Westphal se derrumbó durante una reunión y fue hospitalizado por agotamiento, de modo que Bora ocupó su lugar en Frascati, donde pasó todo el día con el mariscal de campo Kesselring.

Francesca regresó a casa el jueves por la mañana, sola, como si nada hubiese ocurrido. Su cuerpo volvía a ser delgado bajo las ropas, aunque el pecho y el vientre no habían recuperado aún su forma. Entró y fue derecha a la habitación de Guidi, ahora vacía.

– ¿Puedo quedármela? -preguntó a la signora Carmela-. Me gusta más esta cama.

– Y el niño… ¿dónde está?

– Con mi madre.

La signora Carmela pareció hundirse bajo el peso de su joroba.

– ¿No va a traerlo aquí?

– Por ahora no. Si no le importa, quitaré la imagen de ese santo… Me da escalofríos.

– ¿San Genaro? ¿Escalofríos? ¡Pero si es el más poderoso de todo el santoral! Y se ofende enseguida. No debe quitarlo, que da mala suerte.

Francesca, que ya había cogido el cuadro, lo descolgó de la pared.

– Tenga. -Se lo entregó a la signora Carmela-. Póngalo en su habitación, para que le dé buena suerte.

– Ya tengo a santa Lucía y san Carlos, y no se llevan bien con san Genaro.

– Pues tendrá que hacerle un hueco en el armario, porque yo no lo quiero.

– A san Genaro no le gustará.

– Ya se acostumbrará. ¿Qué hay para comer? -Siguió a la resignada signora Carmela a la cocina-. ¿Me ha llamado alguien mientras estaba fuera?

– Sólo su madre, hace una hora. Quería saber si ha tenido un niño o una niña y qué tal se encuentra.

Francesca sonrió mientras se echaba el cabello hacia la espalda.

– Debe de haber llamado justo antes de que yo llegara a su casa con el niño.

En cuanto a Guidi, le gustaba su alojamiento en via Matilde di Canossa. Tenía un apartamento con tres habitaciones, al que se llegaba después de subir por dos tramos de escaleras desde la calle, en un barrio de casas para trabajadores (case popolari) construidas por el régimen en una zona donde hasta hacía poco sólo había campos y pequeñas viviendas aisladas. Al otro lado de via Tiburtina se curvaba el muro del cementerio del Verano, asediado por todas partes por bloques de pisos y casas modernas, algunas de ellas con las señales de casi un año de ataques aéreos.

Ahora tenía una radio para él solo. Por las noches escuchaba Radio Bari y las transmisiones de la BBC después de oír la emisora nacional, Radio Roma, para tener una visión de los acontecimientos más veraz. Cassino, Fondi y Terracina estaban en manos de los aliados. No quedaba nada del aeropuerto fascista de Guidonia. Las explosiones habían continuado todo el día, más cerca y fácilmente localizables en la región lacustre de los montes Albani, donde se decía que la lucha era encarnizada.

No tenía ningún motivo para pensar en ello, pero se preguntaba qué sentiría Bora en aquellos días hechos para agudizar la resistencia de un hombre si está ganando y para desgastarla si está perdiendo… Seguro que se debatía entre la arrogancia y la generosidad, con esa incapacidad suya de expresar ningún sentimiento. Habían estado a punto de ser amigos sólo porque Bora lo había querido de un modo tiránico. Aunque nunca se le había pasado por la cabeza que el hecho de que inesperadamente el alemán hubiera dejado de insistir en el caso Hohmann-Fonseca podía deberse al deseo de protegerlo, Guidi se entristeció al pensar en la amistad que le había ofrecido Bora. Ser incapaz de sentir antipatía por él era peor incluso que despreciarle.

El teléfono estaba en el rellano de la escalera, en el piso de abajo. El jueves por la noche, Guidi llamó a la signora Carmela y acabó hablando con Francesca. La joven le contó que acababan de liberar al profesor y luego le pidió que a la mañana siguiente la llevara en coche a piazza Ungheria.

– Debo volver al trabajo, ¿sabes?

Por pura costumbre el inspector aceptó, aunque no le venía bien.

Más tarde, a las dos de la noche, le despertó una fuerte explosión que hizo temblar toda la casa como si la sacudiera un terremoto. No era una bomba aérea, a menos que hubiesen arrojado sólo una. Probablemente los alemanes estaban volando depósitos de municiones e instalaciones militares antes de iniciar la retirada. Oyó más ruidos y, cuando cesaron todos excepto el fragor de los cañones al que ya se había acostumbrado, volvió a dormirse.

Era Bora quien había dado la orden de destruir el depósito. Se quedó con los ingenieros para ver el resultado y pensó que la furia del fuego, que crecía con las sucesivas deflagraciones, era bella en la oscuridad. Desde luego, más impresionante que la voladura de los dos aeropuertos de la ciudad horas antes. Nadie despegaría de ellos nunca más. Carreteras cortadas, puentes derruidos, vías férreas destrozadas. La náusea que había sentido en Stalingrado volvía a dejarse notar, pero lentamente. Estaban empezando a matar aquella ciudad y la simple la idea le resultaba insoportable, por más que en el maletín llevara las órdenes para hacerlo.

***

Los ataques aéreos machacaron las afueras de Roma la mañana del 26. Las explosiones agitaban el aire y aquí y allá, en los jardines y espacios abiertos, la dinarnita demolía todo cuanto los alemanes no podían llevarse consigo. Bora estaba en la ciudad de Valmontone cuando los bombarderos enemigos atacaron los depósitos de Tivoli y, aunque el espolón montañoso de Palestrina separaba su posición de la cornisa calcárea de Tivoli, el ruido era ensordecedor. Veinte kilómetros más allá, al otro lado del valle, Cisterna había caído ante el enemigo.

Cuando regresó a Roma, se percibía una actividad desacostumbrada en la ciudad. Diplomáticos y periodistas alemanes habían abandonado la mayoría de los hoteles. Los oficiales fascistas, con esposas, amantes y maletas llenas de dinero, se habían desvanecido de la noche a la mañana, mientras que los de rango inferior seguían allí, desanimados, con sus camisas negras, para hacer frente a lo que se avecinaba. Los camiones del ejército se dirigían hacia el norte. Los tanques avanzaban pesada y lentamente hacia el norte. La artillería motorizada rodaba hacia el norte. Columnas de hombres con andar cansino se desplazaban, como cintas grises, hacia el norte, flanqueadas por oficiales fantasmales sucios de polvo y sangre seca. En las calles la gente (refugiados, familias cuyo hogar había sido bombardeado, partisanos, sacerdotes, falsos sacerdotes, prostitutas) estaba furiosa. Las putas practicaban su inglés con unos folletos manoseados: «Camon, Yoni, Yoni, uant to meik loj? Ai gota sister, Yoni, liter sister…»

Su oficina estaba vacía. Entró para descolgar las acuarelas de Roma de las paredes. Sacó su diario de la caja fuerte y lo guardó en el maletín. De éste sacó una P38, no la suya, sino otra pistola del ejército que tenía desde Rusia, cogida a un prisionero soviético que sin duda se la había quitado a su vez a un soldado alemán. La había probado en Valmontone y ahora la limpió laboriosamente, por si le resultaba útil antes de deshacerse de ella. Aunque su cita con Treib no era hasta al cabo de dos días, ya se había quitado el cabestrillo y empezaba a usar el brazo izquierdo. No le dolía demasiado.

Después de salir del Flora ordenó a su chófer que le llevase al centro de la ciudad. Durante el trayecto no miró las filas de civiles de rostro atezado ni los vehículos del ejército que avanzaban lentamente por las calles estrechas en dirección opuesta a la suya. Se apeó ante la escalinata de piazza di Spagna para comprar flores a un vendedor de cabello cano que estaba acuclillado junto a un montón de fragantes ramilletes. Dejó el coche al pie de la colina del Capitolio y con los brazos cargados de lilas y mimosas subió por la larga escalinata hasta la plaza, donde la corola de adoquines en forma de telaraña del pavimento rodeaba el vacío pedestal del monumento de Marco Aurelio.

Dentro del museo cerrado, Bora lo sabía muy bien, la tensa loba enseñaba los dientes por encima de los sacos de arena, como si triunfase sobre lo que éstos representaban. Con las orejas aguzadas, se mantenía vigilante entre los frescos que a Bora tanto le habían impresionado cuando volvió a Roma. Las pinturas narraban la historia de la defensa del Capitolio contra los invasores bárbaros y, por más que él hubiera querido verse del lado de los romanos, estaba muy claro que pertenecía al otro bando.

Tras rodear el pedestal, inútil sin su jinete imperial y que proyectaba una larga sombra, caminó hacia la doble rampa de escaleras del Capitolio. Allí, dentro de su nicho, flanqueada por estatuas yacentes de antiquísimos dioses, se hallaba la estatua de Roma como Minerva, entronizada por encima de la vacía pila de piedra de la fuente de los ríos. Vestida de pórfido y armada, sostenía el globo terráqueo, como rezaba el antiguo verso latino, en la mano izquierda extendida. Roma, caput mundi. Bora sintió una renovada envidia de la cultura que representaba. Y vergüenza por la suya propia, arrepentimiento y culpa. Dejó las flores en el borde de la fuente cuidadosamente, se puso firmes, saludó y se fue.

En su oficina, Eugene Dollmann era como una isla de elegante indiferencia en medio del caos. Supervisaba el embalaje de varias botellas de un vino muy oscuro, casi negro. El ordenanza rasgaba y luego estrujaba las páginas del/ Messaggero para colocarlas entre las botellas de modo que no chocasen durante el viaje.

– Así me mantendré informado -bromeó el coronel-. El secreto mejor guardado de la región, este vino Cesanese: espeso, suave y con cuerpo, pero que engaña… un gran vino para pasarlo bien. Mancha tanto como las bayas de saúco. Dígame, Bora, estoy buscando un regalo para el general Wolff. Algo artístico pero que no pese mucho. ¿Qué me aconseja?

Bora agradecía aquella ligereza, que contrastaba con el frenesí reinante.

– Si le gustan los óleos, Coleman es una buena elección. Si prefiere las acuarelas, yo me inclinaría por Roesler Franz.

– ¿Vendrá conmigo a via del Babuino mañana? Pensaba pasar por Perera o alguna de las otras tiendas.

– Ahorre tiempo, coronel. -Bora abrió su maletín-. Aquí tiene mis acuarelas de Franz… regáleselas al general.

– ¿Está seguro de que quiere desprenderse de ellas?

– Sí. Ya he hablado con el mariscal de campo y voy a volver al frente en cuanto salgamos de la ciudad. No necesitaré a Roesler Franz donde voy.

– ¿Ha obtenido el mando de un regimiento?

Bora asintió.

– Me reuniré con los hombres en el lago Bolsena.

Una vez empaquetado el vino, el ordenanza salió de la habitación.

– ¿Y lo del domingo? -preguntó entonces Dollmann, muy serio.

– Lo haré tal como está planeado.

– ¿Quiere que vaya con usted?

– No es necesario. Ya he sufrido toda la ansiedad que podía sentir en la vida y conozco al dedillo todos los detalles. Desde la Ética de Aristóteles hasta las Meditaciones de Marco Aurelio he vuelto a Leibniz, nacido en Leipzig como yo, y su frase: «Debe hacerse y se hará.» Lo que me resultará más dificil es negar la operación si llegara el caso… Se me da mal mentir.

Dollmann le miró ligeramente alarmado.

– No tiene elección. Piénselo… Daría al traste con la operación. Westphal se sentiría muy violento, yo mismo me vería impli cado, su familia caería en desgracia, y no digamos lo que podría ocurrirle a usted.

– Sí, ya he considerado todo eso y ahora estoy bien.

En cuanto a donna Maria, no se dejó engañar por el autocontrol de Bora. Aquella noche, le observaba con ojos recelosos, temerosa de lo que el mayor había decidido no contarle.

– Martin, nos conocemos desde hace veintitrés años y eres para mí el hijo que nunca he tenido. Por favor, no me asustes. Dime qué piensas hacer mañana.

Bora negó con la cabeza, más para prohibirse a sí mismo hablar que como respuesta a la petición de la anciana.

– No puedo decírselo, donna Maria. Si todo sale bien, vendré a verla mañana por la noche.

Los hombros de la mujer se encorvaron.

– Me asustas. No tiene nada que ver con la guerra, ¿verdad?

– Todo tiene que ver con la guerra. No puedo apartarme de ella.

– Puedes quedarte aquí y no hacerlo.

– No puedo. Por favor, vaya a misa por mí mañana.

Bora se quedó en casa de la dama hasta muy tarde. Poco a poco, distraídamente al principio, empezó a hablarle de Rusia, de la muerte de su hermano, de Stalingrado. Las terribles historias salían por su boca como si estuviese relatando un sueño pero, como los crímenes no eran suyos, no podía liberarse hablando de ellos; era un testigo encadenado para siempre a esas imágenes por el recuerdo.

Ah, lo que había visto, lo que había visto y llevado consigo durante todos esos años: las largas fosas abiertas en el este, con las víctimas preparadas para caer en ellas; las iglesias y los pueblos incendiados, de los que surgía, como de un festín incestuoso y corrompido, el hedor de la carne humana quemada… Moscas azules que asediaban los cadáveres; cadáveres y más cadáveres que mancillaban la primavera e infectaban el aire estival y en invierno se quedaban rígidos por su propia sangre congelada como en un crujiente manto de eternidad. Cómo había atravesado siguiendo las huellas de las SS, sin culpa alguna y sin embargo atormentado por los remordimientos, las regiones Judenfrei, donde durante semanas la sangre se había podrido en los cadáveres hinchados. Al darles la vuelta el nauseabundo olor a sangre putrefacta se elevaba del líquido espeso y negro que rezumaba de la boca y la nariz, y que la primera vez hizo que se tambaleara, a punto de perder el conocimiento.

Habló a donna Maria sin encontrar alivio de la terrible experiencia, incapaz de contener las palabras hasta haberlo contado todo. Después no permitió que la anciana le tocara, y tampoco la tocó.

– Vaya a misa por mí mañana por la mañana, donna Maria.

Era más de la una de la noche cuando volvió al hotel. Empezó a desnudarse, pero no se acostó. Notaba el calor de la estación en el torso, bajo las axilas, una suave humedad, como cuando se abraza a alguien estrechamente, aunque Dios sabía que estaba solo. La soledad del moribundo, pensó, sólo puede compararse con la soledad del que está a punto de matar.

Sentado en la cama de la impersonal habitación de hotel, quitó el cañón de la pistola rusa y lo colocó en su propia arma. Desmontarla con una mano era difícil, pero había practicado tanto que sin el menor esfuerzo separó las piezas y luego las unió de nuevo. Calculó cuánto tiempo tardaba en sacar la P 38 de la pistolera, apuntarla, apretar el gatillo y devolverla a la funda. Y también en cambiar el cargador, operación que debía efectuar sujetando el arma contra el pecho con la muñeca izquierda. Hizo esto durante casi una hora. Aunque realizaba prácticas de tiro por lo menos una vez a la semana desde que llegó a Roma, empuñó la pistola a la altura de los ojos y comprobó la firmeza de su pulso. Si el teléfono hubiera sonado en ese momento, le habrían arrancado de su concentración como a una rama de un árbol. Su mente trabajaba del mismo modo que durante las horas que había pasado en el coche después de que su mujer le dejara, una función puramente mecánica de los centros nerviosos. Un pensamiento seguía a otro, como un reloj eléctrico une segundos y forma minutos con su manecilla roja. Se quitó el escapulario del cuello y lo dejó a un lado. Apoyado sobre el maletín escribió dos cartas, las cerró y las guardó en el bolsillo interior de la guerrera que iba a ponerse a la mañana siguiente.

Los regalos a la dignidad de un hombre son desesperados y tan caros que exceden todo cálculo.

28 DE MAYO

El domingo por la mañana, Treib echó un vistazo a los sobres que había encima de su escritorio, miró a Bora y de nuevo bajó la vista. Uno estaba dirigido al general Westphal y el otro a Franz y Nina Bora von Sickingen, los padres del mayor, supuso. A continuación éste dejó también un diario de tapas de tela gastada y muy bien atado.

– ¿Qué es esto? ¿Va a volver al frente ruso?

Bora, que acababa de arrojar la pistola rusa al Aniene desde el puente Salario, negó con la cabeza y respondió:

– No lo creo.

– ¿Cuánto tiempo quiere que guarde todo esto? -preguntó el doctor entonces.

– Hasta que nos vayamos de Roma. El diario vendré a buscarlo mañana.

– ¿Y si no viene?

– Entonces déselo a mis padres.

Ya estaba todo dicho. Treib guardó los objetos en su cajón y lo cerró con llave.

En su apartamento de via Matilde di Canossa, Guidi se preparaba para su día libre. Al mediodía saldría a comer algo, quizá daría un paseo, y volvería a casa para holgazanear. Quería ponerse al día leyendo y atendiendo su correspondencia mientras esperaba, como todo el mundo, a que llegasen los americanos. Las cosas estaban cambiando imperceptiblemente. Aunque no hablaba con Caruso ni le veía desde su escena en marzo, corrían rumores de que el jefe de policía estaba muy preocupado por la retirada alemana. A buen seguro se iría con ellos, aunque los alemanes le despreciaban y algunos (como Bora) demostraban abiertamente su antipatía hacia él.

Debido a los desperfectos que habían sufrido los acueductos, no había agua en el apartamento, pero Guidi no necesitaba afeitarse aquel día y tampoco pensaba cocinar; en un cubo tenía la suficiente para el inodoro y para lavarse los dientes. Tumbado en la cama, abrió un periódico y empezó a leer.

En aquel momento Bora salía en su coche de piazza Vescovio en dirección a la de San Juan de Letrán.

Desde su habitación junto a la escalinata de Trinitá dei Monti, Eugene Dollmann miraba la ornada columna que sostenía la estatua de la Inmaculada Concepción, que cumplía noventa años. Más abajo, como un jarrón rematado por una corona y una cruz, el extraño campanario barroco de Sant'Andrea delle Fratte se elevaba por encima de los tejados. Estaba nervioso por tener que confiar en otra persona para alcanzar su objetivo y sinceramente preocupado por Bora. La pasión por la intriga tenía tanto que ver con todo aquello como su sentido de la justicia. Durante las dos semanas anteriores, más de una vez se había sentido tentado de anular el plan, pero sabía que, silo hacía, Bora no aceptaría las acciones que tenía en mente. Para éstas se había limitado a añadir una confirmación exterior. De modo que Dollmann se quedó en su habitación paseando arriba y abajo durante un rato. Luego volvió junto a la ventana, tras la cual navegaban unas gruesas nubes primaverales, barcos cargados tras la Madonna vencedora de la serpiente.

Bora dejó atrás Santa María la Mayor, en el otro extremo de via Merulana desde Letrán.

Donna Maria daba de comer a los gatos, con un oído puesto en los cañonazos que despertaban a las piezas de porcelana en los estantes. Martin debía de haber pasado muy temprano aquella mañana para dejar un ramo de flores ante su puerta; no había ninguna nota. La criada entró y preguntó:

– ¿El mayor vendrá a cenar?

Donna Maria, distraída, acarició al gato más viejo, un macho negro decrépito con una mancha blanca como un alzacuellos, conocido como Monsignore.

– Eso espero -respondió-. Espero que venga.

Bora entró en la plaza desde via Merulana y aparcó el coche.

Era un hermoso domingo de mayo, lleno de sombras azules que, más o menos profundas, se extendían bajo los arcos de la logia papal y los edificios, y junto al obelisco que se alzaba detrás de la basílica. Las sotanas de los jóvenes sacerdotes revoloteaban dentro y fuera del palacio de Letrán. Al otro lado se encontraba el antiguo hospital de San Giovanni, a cuya entrada Bora aparcó el coche, frente a la calle del mismo nombre.

Las imponentes fachadas renacentistas orlaban el amplio espacio irregular de ladrillos, piedra y molduras ornamentadas. En aquella plaza, durante mil años, los papas se habían asomado desde sus apartamentos, se habían celebrado aniversarios, se había ejecutado a rebeldes y asesinos. Bora dejó puesta la llave de contacto y salió del coche.

Observó a la gente que poblaba la plaza. Dos soldados estaban sentados en la barandilla que rodeaba el obelisco de granito rojo traído desde Tebas hacía siglos. Al otro lado, una mujer empujaba un cochecito de bebé en dirección al baptisterio, hacia via Amba Aradam. Más allá, un joven soldado sacaba fotos de la logia con sus diez arcos, mientras un grupo de sacerdotes con carteras de piel caminaban presurosos por un costado del palacio de Letrán y luego entraban en él. Todo le recordaba los primeros días de los alemanes en Roma, cuando había tiempo para el turismo y para hacer fotos.

Mientras Bora estaba junto a su coche, una anciana pareja (un hombre de rostro macilento, apoyado en su mujer) salió del hospital, que quedaba a su espalda. Ambos caminaban muy lentamentehacia la parada del tranvía o el autobús que se hallaba, al otro lado de la plaza, junto a la zona verde que había frente a la basílica. Al lado de su automóvil había una ambulancia, sin nadie en su interior.

A la entrada de via Tasso, dos manzanas más allá de donde se encontraba Bora, dos hombres de las SS que montaban guardia en la esquina seguían con la mirada a un grupito de muchachas alegremente vestidas que pasaban junto a la puerta de la Scala Santa.

Bora consultó el reloj que llevaba en la muñeca derecha. Eran las once menos cuarto. A las once, una vez al mes, el informante acudía puntualmente a la cita con un oficial de la Gestapo de paisano y entregaba la lista a cambio de dinero. No se veía por ningún lado al oficial de paisano, que quizá aguardaba en via Tasso o en su paralela, via Boiardo.

Bora notaba la agradable calidez del sol en los hombros. Había reflexionado cuidadosamente cada detalle y a esas alturas ya lo había sopesado todo. En un lado las dudas, en el otro las certezas, y éstas superaban claramente a las primeras. La cuestión era por cuál de las siete calles que conducían a la plaza llegaría el informante… su capacidad de actuar dependía de ello. Si entraba desde la Scala Santa, disparar ante los ojos de los SS sería imposible. Peor si la reunión tenía lugar junto a via Boiardo. Esperaba que el informante se aproximase por via Merulana o via San Giovanni, mejor por esta última.

Mientras tanto, se fijaba en todo cuanto le rodeaba: olores, colores, sonidos, dimensiones. Era como si su ojo fuese la lente de una cámara o un mecanismo de precisión, que nunca miente, pero tampoco siente nada. El cielo, con golondrinas. Los ecos del frente que se aproximaba. Una de las muchas ventanas del palacio de Letrán estaba abierta. La iglesia se alzaba como un gigantesco pecio aterrizado desde un planeta de autocrática antigüedad.

El joven soldado de la cámara subía por los escalones de la logia y entraba en la sombra para tomar una foto de la plaza. La mujer que empujaba el cochecito de bebé casi había llegado al baptisterio, pero se detuvo para sacar al niño y calmarlo. Bora esperaba que diesen las once en punto. En su interior la calma había alcanzado el punto máximo. ¿Se podía estar demasiado calmado? Tanta seguridad, tanta seguridad.

Los SS encendieron sendos cigarrillos y se sentaron en el capó de su automóvil. Desde la zona verde que había ante la basílica se aproximaban dos hombres de la Luftwaffe con su uniforme de color gris humo. Descansando cada cinco pasos, la pareja anciana pasó ante el obelisco. A las once menos diez, como una nota discordante, una incipiente ansiedad se abrió camino en el interior de Bora: el informante podía no aparecer o escapar; de hecho, el domingo anterior ya lo había esperado en vano. Respiró hondo y procuró tranquilizarse. Los soldados sentados junto al obelisco se levantaron y se dirigieron hacia las escaleras de la logia. Los hombres de la Luftwaffe eran un sargento y un soldado, y también llevaban cámaras; el segundo tenía la cabeza vendada bajo la gorra.

El domingo era un buen día, desde luego. Ni Kappler ni Sutor estarían en via Tasso. Probablemente el oficial que estuviese de guardia no le conocería. Un autobús se detuvo en la entrada de via Amba Aradam, pero nadie se apeó. Bora empezó a cruzar la plaza describiendo una amplia curva en torno al obelisco. La anciana hizo una seña. El autobús no se paró; continuó hacia la zona verde y pasó junto al imponente costado del palacio. El soldado de las fuerzas aéreas tomó una foto del sargento, que posaba ante el obelisco.

Las once menos cinco. El corazón de Bora empezó a latir deprisa. El informante se aproximaba por via San Giovanni. Lo reconoció por la foto que Dollmann le había enseñado, y se olvidó de todo lo demás: SS, oficial de paisano, testigos… Lo observó fríamente desde su lugar junto al coche, con la mano sobre el pecho para abrir la pistolera. Decidió esperar a que su objetivo entrase en la plaza y dejase atrás via Merulana, pero sin llegar a via Boiardo.

El joven soldado seguía haciendo fotos. La mujer con el cochecito había doblado la esquina y pronto habría desaparecido por via Amba Aradam. Faltaban sólo unos minutos para las once. Los SS charlaban.

Los pasos del informante no eran ni apresurados ni lentos, como si conociese el camino de memoria y lo recorriese sin pensar, con la actitud despreocupada de quien va a atender un recado. De repente a Bora se le ocurrió que era como la discreta entrada de un virus mortal en el organismo, donde se introduce con el poder latente de matar. Pronto el objetivo se encontraría a tiro. Treinta y cinco pasos de distancia, treinta y cuatro, treinta y dos. Treinta. Veinticinco.

Desenfundó la Walther y la empuñó con firmeza. Los hombres de la Luftwaffe empezaron a conversar con el soldado de la cámara fotográfica. Un sacerdote salió del palacio con la nariz pegada al periódico.

Bora estiró el brazo hasta que el ojo, la mira del arma y la cabeza del informante quedaron alineados. En aquel momento ningún pensamiento ocupaba su mente. Disparó una sola vez.

La presa cayó, desmadejada súbitamente como un animal a quien se asesta un golpe mortal. Bora guardó la Walther en la pistolera, que a continuación cerró. Tardó cuatro segundos. La gente se volvió para ver qué había ocurrido y si el disparo procedía de la plaza. Los SS todavía no se habían dado cuenta. Bora caminó hacia el cuerpo sobre el asfalto ablandado por el sol. Tardó diez segundos en recorrer los veinte pasos. El soldado más joven había soltado la cámara, que colgaba de la correa que llevaba al cuello.

Otros empezaban a acercarse en su dirección, pero no demasiado. El sargento de la Luftwaffe sacó la pistola. Bora miró hacia abajo. La mujer había recibido el disparo en la sien y estaba muerta. Tenía los ojos abiertos de par en par. La sangre se escurría rápidamente por su oído, por su cuello, por el vestido azul con ribetes blancos, hasta llegar al suelo. Bora se inclinó para coger un trozo de papel que llevaba en la mano, y ya se oía el alboroto procedente de la entrada de via Tasso, donde habían alertado a los SS. Bora se metió el papel en la manga izquierda, pero no se movió. Después de enviar a su compañero a buscar ayuda, el otro SS corría en su dirección.

Habían transcurrido menos de veinte segundos desde el disparo. Desde via Boiardo, el oficial de paisano corrió hacia el lugar donde se encontraba Bora y empezó a cachear el cuerpo: manos, bolsillos, el bolso de paja, el sujetador, las ligas.

Fríamente, Bora le preguntó:

– La conosce? -Lo dijo en italiano, para seguir el juego de la falsa identidad del otro.

El hombre de la Gestapo levantó el rostro, congestionado.

– ¿Ha visto a alguien disparar?

Bora se limitó a repetir la pregunta en alemán.

– ¿La conoce?

El hombre reparó en las rayas color escarlata de los pantalones del mayor y, fuese cual fuese la respuesta que tenía pensada, se la guardó.

Aparecieron los SS, que empujaban a la gente hacia el centro de la plaza, dirigidos por el joven teniente que había discutido con Bora en el funeral. Luego, con sus gritos ásperos de costumbre, se dispersaron para vigilar todas las entradas de la plaza.

Bora se quedó quieto, con un inmenso autocontrol. Algunos SS habían empezado a ordenar a todos los soldados presentes que sacasen sus armas; tocaban el cañón para comprobar la temperatura y se lo acercaban a la nariz para descubrir si olía a pólvora. Bora les observaba. El joven teniente se volvió hacia él.

– ¿Y su arma? ¡Sáquela, Bora!

– No pienso hacerlo.

– ¡He dicho que la saque!

El rostro de Bora se endureció.

– No se acerque -dijo silabeando, y su voz era tan amenazadora que por un momento el joven teniente se acobardó. Luego intentó aproximarse un poco.

La voz de Dollmann sonó detrás de ellos.

– No será necesario, teniente. El mayor estaba conmigo.

Bora se volvió; el coronel estaba un paso más allá, pálido, elegante y tranquilo. No sabía de dónde había salido, pero enseguida estaban codo con codo.

– Coronel -protestó el teniente-, tengo que…

– ¿Está poniendo en duda mi palabra? Vaya a registrar las casas de alrededor. Puede que todavía estemos en la mira del asesino.

Las palabras galvanizaron al teniente, que de inmediato ordenó a sus hombres que se dispersaran hacia los edificios que rodeaban la plaza. Dollmann miró a Bora, que respiraba lenta, profundamente.

– Deshágase de la lista. Puede dármela a mí.

Bora no le miró, pero se relajó visiblemente. Dos soldados retiraron el cuerpo de la mujer y en el lugar sólo quedó una mancha de sangre. Había salido un médico del hospital, pero los SS no le permitieron acercarse para examinarla. La gente empezaba a arremolinarse allí. Un soldado joven tomó una foto de los hombres que se llevaban el cadáver y un SS le quitó la cámara, la abrió y expuso la película, lo que hizo sonreír a Dollmann.

– Siguen siendo unos idiotas, ¿verdad?

Bora por fin levantó la vista.

– Voy a llevar la lista al Vaticano, coronel. Gracias.

– ¡Nadie saldrá de esta plaza! -El teniente tomaba venganza así. Todos los presentes, incluidos Dollmann y Bora, debían esperar hasta que llegase Sutor, ya que Kappler estaba con una amiga y no había forma de localizarle.

Sutor no apareció hasta las once y veinte, y entonces Dollmann le montó una escena furibunda.

– ¡Tenía una cita con el vicecónsul hace diez minutos y por culpa de esta idiotez llegaré tarde, Sutor! ¡Espero que tenga alguna razón mejor que la muerte de una puta italiana para retenerme aquí!

– Standartenführer, la embajada está sólo a una manzana de distancia; no veo motivo para que se enfade tanto. Estos hombres han hecho lo que se les ha ordenado.

– Esto no quedará así, se lo aseguro.

Sutor estaba furioso. Se olía una trampa. Volviéndose airado hacia Bora, preguntó:

– Y usted, mayor, ¿qué hacía aquí?

– Venía a hablar del interrogatorio de Antonio Rau con usted.

– ¿En domingo?

– ¿Cómo podía saber que usted no estaba? Yo suelo trabajar los domingos.

Sutor hervía por dentro. Durante un instante de locura se sintió tentado de detener a los dos hombres y encerrar a Bora en la cárcel, pero temía la reacción de Wolff o Kesselring. Demasiado furioso para hablar, se atragantó con su bilis mientras dejaba ir a ambos.

Dollmann subió al coche de Bora y atravesaron via Tasso hacia la cercana Villa Wolkonsky, donde se apeó. El mayor giró hacia la izquierda y cruzó Roma en zigzag por via Manzoni hacia la orilla del Tíber, junto al puente Vittorio, donde se detuvo para arrojar al río el cargador y el cañón usados. De vuelta en el automóvil, puso su cañón a la P 38, la limpió bien y colocó un nuevo cargador.

La cita era en los Museos Vaticanos, pero Borromeo no estaba allí. Fue el secretario de Estado, el cardenal Montini, quien recibió la lista; la miró con una expresión de dolor en su rostro aguileño. Con la espalda apoyada contra la ventana de la pequeña habitación, Bora le observó mientras leía los nombres de los judíos protegidos por las instituciones religiosas y de los que vivían con identidad falsa, junto con sus direcciones y encondites.

– Eminencia -dijo-, quiero confesarme por la muerte de la mujer que llevaba la lista.

– Le enviaré un sacerdote. -Montini se dispuso a salir de la habitación.

Bora se colocó ante la puerta para impedírselo.

– Desearía que la oyese usted.

Con el periódico doblado bajo el brazo, Guidi caminaba por la calle donde tenía su apartamento hacia una trattoria sin nombre, popular entre los ferroviarios y funcionarios. Se sentó justo al lado de la puerta, por donde entraba la tibieza de la acera, una corriente muy agradable que de vez en cuando levantaba el borde del mantel. Al otro lado de la calzada, ante uno de los muchos comedores de caridad organizados por el Vaticano, una cola casi inmóvil de refugiados y desempleados serpenteaba hasta doblar la esquina. Las puertas se habían abierto hacía poco rato, a las doce en punto.

El camarero le conocía porque Guidi había comido en el local los dos días anteriores.

– Inspector -dijo guiñándole el ojo mientras le llevaba una pequeña garrafa de vino-, los norteamericanos están a cuatro días de Roma.

– ¿De veras?

El camarero movió la cabeza hacia la habitación del fondo, lo que podía indicar tanto que había una radio escondida allí como que alguien había llegado de los montes Albani con la noticia.

– Les han visto.

Guidi no hizo ningún comentario. Esperaba que fuese verdad por el bien de la ciudad. Por el bien de los Maiuli. Por el bien de Francesca y los que eran como ella. Estaba a la mitad de un plato de pasta cuando el camarero le dio un discreto golpecito en el hombro y le hizo mirar hacia la puerta. Pasaban unos camiones alemanes con la lona bajada por la parte de atrás; o estaban vacíos o llevaban cargas que no querían que viesen los romanos. Quienes guardaban cola ante el comedor de caridad levantaron el rostro con expresión de odio, pero no dieron voz a su exasperación. A continuación pasó una fila de ambulancias maltrechas y cubiertas de barro, con las ventanillas salpicadas de gris. La sangre chorreaba de ellas como si fuesen carros del matadero. Guidi recordó el camión de la carne donde lo habían metido para llevarlo a las Fosas y cómo el olor a muerte animal penetraba en la nariz de aquéllos a quienes iban a asesinar.

– ¿Ve cómo es verdad? -dijo el camarero.

Sin embargo, cuando un coche del ejército alemán se detuvo delante del local y entró un joven oficial de rostro femenino para pedir algo de beber, amablemente sacó una jarra de agua y un vaso. Guidi observó al recién llegado con los párpados entornados y se fijó en que el interior de su boca parecía rosa y en carne viva en contraste con la máscara de yeso de su cara.

Después el camarero, con un paño colocado sobre el antebrazo y una sonrisita en los labios, se apoyó contra el marco de la puerta, mientras el coche arrancaba y se alejaba hacia el norte.

– Guardo siempre varios litros de agua para los alemanes, especial para ellos. Le echo un vaso de orines. Ellos no lo notan, pero yo me divierto cuando se la beben. Están demasiado ocupados para darse cuenta. Y si dicen algo, les suelto que todo el mundo sabe que el agua de Roma apesta y que los papas pagaban una fortuna para beberla y echar las piedras del riñón. -De pronto le asaltó una duda-. Inspector, ¿cree que un vaso de orines es suficiente para que les siente mal?

– Probablemente no.

En su despacho solitario, Bora bebió un poco de agua y dejó el vaso. Le costaba tragar, como si tuviese la garganta cerrada, bloqueada, y el líquido descendía con dificultad mientras el aliento subía. El alivio de la tensión resultaba siempre mucho más doloroso que la propia tensión. Había estado tan tenso que todas las fibras de su cuerpo habían ansiado la acción. Lo que más le avergonzaba, lo que le parecía insoportable en aquellos momentos, era que se había sentido tentado de disparar al teniente de las SS que había insistido en ver su arma. Por ese motivo había llevado dos cargadores… no para ocultar que había usado su pistola, sino para matar a otros alemanes si llegaba el caso. Al reconocerlo, la sangre afluyó a su rostro. Esta parecía encresparse en su interior y sus venas no eran más que canales por los que fluía o refluía movida por la pasión o el arrepentimiento.

Todas las partes de su cuerpo se liberaban de la tensión poco a poco y con dolor. Los muslos, los hombros, los músculos del torso, las paredes del estómago. A las punzadas que sentía en el brazo izquierdo ni siquiera les prestaba atención. No quería pensar en la posibilidad de que volviese a aparecer el dolor crónico. Apartó el vaso de agua deseando el aturdimiento, pero la angustia crecía en su interior, transportada por la sangre, que le hacía enrojecer y palidecer. Como detritos, todos los dolores y sufrimientos, las pérdidas, las separaciones, los distanciamientos, las derrotas corrían por su sangre. El rostro de la muerte presenciada y causada y de la que aún había de presenciar y causar: las muertes que se avecinaban, incluida la suya.

Por suerte tenía órdenes de viajar hacia Valmontone, al norte de la cual la única ruta posible para la salvación del X Ejército, que se hallaba casi cercado, discurría por la ladera de la montaña.

***

– La ingratitud reina en el mundo. -En su salón, el profesor Maiuli compartía con su esposa un inusitado momento de amargura-. Querida mía, había enseñado a Antonio Rau casi hasta la cuarta declinación y tenía previsto explicarle las cinco excepciones, assentior, experior, metior, ordior y orior. Por fin había conseguido que aprendiera los verbos reflexivos incoativos (excepto dos), ¿y qué hizo él, sino traicionar nuestra confianza? Puedo perdonarle que contribuyera a mi arresto, pero casi causó el de Francesca, que es una chica muy rara pero está libre de toda sospecha política.

La signora Carmela enderezó un pañito de ganchillo que había tras la cabeza de su esposo.

– Dicen que ha muerto.

– ¿Y cómo lo saben?

– Francesca lo ha oído por ahí.

– Por cierto, ¿dónde está? Pensaba que volvería para comer.

– Yo también. Mantengo su plato caliente. -La signora Carmela dejó escapar un quejumbroso suspiro-. Las cosas han cambiado desde que no está el inspector Guidi, que era el único inquilino digno de confianza que teníamos. No dijo por qué se fue, sólo que no tenía nada que ver con la manera en que nosotros le tratábamos.

– Bueno, esperemos que al menos ella se quede.

Guidi pagó la cuenta y volvió a la mesa para acabarse el vaso de vino. Mientras tanto entró un sacerdote con un revoloteo negro de la sotana y el Osservatore en la mano. Era evidente que el camarero lo conocía bien.

– Don Vincenzo, buenos días. ¿Lo de siempre?

– Lo de siempre.

Guidi se bebió el vino. Mientras salía de la trattoria, oyó que el sacerdote contaba en voz baja al camarero que los alemanes acababan de matar a una mujer en la plaza de San Juan.

El camarero se lo toma con filosofía.

– O sea, nada nuevo, don Vincenzo -comentó.

28 DE MAYO, POR LA TARDE

El bombardeo de Valmontone era ensordecedor. Algunos proyectiles atravesaban la llanura desde las posiciones norteamericanas en Artena, cuya cornisa calcárea estaba suspendida sobre barrancos profundos y secos, a sólo tres kilómetros de la estación de ferrocarril de Valmontone.

Bora se tapó el oído derecho para captar, más bien leyéndoles los labios, lo que le decían los oficiales de la 65a División. Arriba, la iglesia de la Collegiata, expuesta como el vástago de una planta en el centro de la ciudad, resistía los obuses y las nubes de humo. Abajo, los escombros de las casas alcanzadas por las bombas ofrecían algún refugio, pero se desprendían tejas, vigas, tabiques enteros, algunos de los cuales parecían mantenerse en pie sólo gracias al papel pintado.

Después de varias interrupciones e intentos frustrados Bora consiguió establecer contacto con Kesselring, que estaba en Frascati. El único lugar que los técnicos de comunicaciones habían encontrado para colocar el teléfono era una letrina al fondo de una tienda de comestibles, que ahora se usaba para albergar heridos y cadáveres. Bora vociferaba al aparato, de pie ante un retrete rebosante de excrementos hediondos y sanguinolentos. No había agua corriente, y por una buena razón, ya que fuera de aquella habitación no quedaba ni una sola tubería. La artillería atacaba algún lugar próximo, tan cerca que la pared de la letrina temblaba de tal modo que caían capas de yeso dejando los ladrillos al descubierto. Mientras Bora hablaba, entró un capitán y, con cuidado de no pisar el charco amarillo sobre las baldosas, se desabrochó la bragueta para aliviarse. Bora le dio la espalda sin dejar de vociferar ante el auricular. Cuando por fin sdió, vio que trasladaban al interior de la tienda a paracaidistas de 12 29a unidad de granaderos acorazados, pálidos por el sufrimiento y la pérdida de sangre, que yacían encamillas improvisadas, algunas de ellas simples puertas arrancadas de sus goznes.

No era aconsejable recorrer los casi treinta kilómetros que distaban de Roma hasta que hubiese anochecido, de modo que Bora esperó a que las explosiones llenaran la oscuridad. Las llamaradas de magnesio eran largas y brillantes. Los obuses surcaban el cielo nocturno como fantásticos meteoros, fuegos artificiales, bengalas, una fabulosa boca del infierno abierta hacia el sur y el oeste para dejar al descubierto la maldad que había debajo. Subió a su coche a las nueve en punto. Los dos kilómetros hasta la cercana Labico serían los más peligrosos, ya que las colinas cercaban estrechamente la carretera y la convertían en una especie de zanja. Mientras se alejaba, le pasó por la cabeza que las SS podía estar esperándole en Roma.

Al cabo de una hora divisó la Porta Maggiore, la puerta de mármol del acueducto por la cual la carretera 6 entraba en la ciudad. Roma parecía abandonada. Como espectros, los acontecimientos de aquella mañana fluían por las calles que recorría. Peor aún, se sintió obligado a atravesar la plaza de San Juan, aunque se desviaba de su camino. La cruzó despacio, yen dos ocasiones le detuvieron patrullas alemanas que entraban y salían de ella. Alguien había dejado un ramito de flores en el lugar donde había caído la mujer.

Guidi no sintió curiosidad acerca de la identidad de la mujer a la que habían asesinado los alemanes hasta el domingo por la tarde, cuando llamó a su despacho y lo preguntó. No disponían de información sobre ella, aparte de que su muerte parecía ser un desgraciado accidente. No contaban con ninguna descripción y no estaba claro quién había disparado ni por qué.

En via Paganini, la signora Carmela calentó el plato que había guardado para Francesca y se lo sirvió a su marido.

– Tendrá que conformarse con un bocadillo si viene ahora -comentó-. Intento cuidarla, pero no se deja. -Miró con cariño al profesor mientras éste sorbía la sopa-. Come, come; tienes que recuperar fuerzas después de todo lo que has pasado.

***

Bora estaba acostumbrado a la heterogénea población del hotel, a la que miró distraído mientras entraba en el vestíbulo. Siempre estaban los mismos en el bar, o arrellanados en butacas antes de subir a sus habitaciones. Apenas disimulada, se ejercía la prostitución, y todas las apariencias de decoro quedaban en nada cuando se oían las conversaciones entre los oficiales y las mujeres.

Se disponía a cruzar el vestíbulo para subir por las escaleras cuando reconoció a la señora Murphy, que estaba sentada en un silloncito con una expresión controlada de ansiedad en el rostro y las manos en el regazo. Su presencia en el hotel lo hizo enrojecer. Esperó un momento, sólo un momento… y, cuando la mujer le vio y se puso de pie, se apresuró a acercarse.

– Señora Murphy, ¿ocurre algo?

Ella pareció agradecer que el mayor no malinterpretase el motivo de su presencia allí.

– Mayor, tengo que pedirle un favor. Fui a ver a su comandante hace unas horas, pero el ordenanza me dijo que no regresaría esta noche. Entonces recordé que el cardenal Borromeo había comentado que usted se alojaba aquí.

«¿Ah, sí? ¿Y por qué se lo dijo? ¿Por qué a ella precisamente?»

– Esto es muy embarazoso, la verdad. No debería haber venido.

– No, no, por favor. Dígame, ¿en qué puedo ayudarla? Ella intentó controlar su ansiedad, mientras alzaba apenas su hermoso rostro hacia él.

– Ni siquiera estoy segura de que pueda salir ahora. Llevo dos horas aquí. Ha pasado el toque de queda. Sería terrible si no pudiera…

Su angustia despertó la ternura de Bora, la urgente necesidad de protegerla y complacerla.

– No se preocupe, yo la acompañaré. De todos modos, es mejor que no hablemos aquí.

Junto a la acera de la calle estaban aparcados el coche de Bora y el de la señora Murphy.

– Podríamos ir a otro sitio -propuso él con tono vacilante-. No sé adónde. No esperaba…

– Es sólo un momento.

– Entonces vayamos a mi despacho.

Una vez allí, ella recuperó la compostura, mientras Bora, inseguro, pensaba que tendría que haberse afeitado, abrillantado las botas…

– Espero que comprenda que esta visita debe quedar entre nosotros dos, mayor. No deseo que Su Santidad sepa que he venido a rogar a alguien de su posición. Como seglar, esto es exclusivamente iniciativa mía.

Bora no pudo evitar preguntarle:

– ¿Su marido no sabe que está aquí?

– Tengo aún menos deseos de incomodarle a él.

Ahora que la señora Murphy se había quitado los guantes de encaje, sus manos aparecían como lirios en las mangas de la chaqueta. Bora las miró, se fijó en el anillo de boda e hizo girar con el pulgar la inútil alianza de oro que lucía en la mano derecha.

– Lo comprendo.

– Quería verle a usted porque tuvimos ocasión de hablar en días pasados.

Bora la invitó a sentarse. La señora Murphy tomó asiento, y él ocupó su lugar detrás del escritorio. Le habría gustado que ella hubiese visto el despacho con las acuarelas de Roma en las paredes, menos desnudo que ahora. El vaso de agua medio vacío que había sobre el escritorio le recordó la angustia que había vivido unas horas atrás. El disparo de aquella mañana aún resonaba en sus oídos… ni siquiera el furioso bombardeo de Valmontone había logrado apagarlo. No obstante, estaba tranquilo. Se controlaba. Sólo la mirada escrutadora de la mujer lo debilitaba. Apartó el vaso un poco más.

La señora Murphy le miraba con expresión reflexiva. Sin sombrero, su cabeza se dibujaba perfecta contra la pared blanca, una mujer joven y hermosa, y sólo la firmeza de su voz revelaba que era consciente de que él la observaba.

– Recuerdo que usted mencionó que le gustan mucho los niños, mayor Bora, de modo que le ofrezco la oportunidad de demostrarlo. Como sabrá, hay un cargamento de leche en polvo enviado por la Cruz Roja americana que lleva tres semanas retenido en un almacén, por orden de su ejército. Ustedes no lo necesitan, o al menos no tanto como los niños romanos. He venido a pedirle que lo entregue al Vaticano para que pueda repartirlo.

Bora no sabía nada. Sacó un bloc de notas del cajón.

– De modo que a eso se dedica, a trabajar con los niños.

– Y con las madres. Trabajo como voluntaria en la sala de ginecología. -Hizo una pausa, como si hubiera olvidado por un momento lo que la había llevado allí-. Esta mañana he ayudado en un parto por primera vez.

Bora experimentó una turbación masculina al oír estas palabras.

– Debe de ser… por supuesto, no sé nada de eso… pero tiene que ser dificil. Para la madre, y también para la persona que la asiste.

– Creo que es muy hermoso.

Bora apartó la vista con súbita timidez. Se sentía vulnerable porque ella parecía capaz de ver en su interior y silenciosamente ya estaba haciéndolo. No deseaba escapar, tan sólo esperaba que ella viese de verdad lo que había en él. Ojalá pudiera decirle… El rostro de ella, limpio, delicado y sano, lo arrojaba a un torbellino de confusión. Con inútil resentimiento sintió que su matrimonio había sido un desperdicio.

– ¿Por qué me mira así? -preguntó al fin, ya bastante afligido por su mutilación sin necesidad de la serena observación a que lo sometía la mujer desde su asiento.

– Espero su respuesta. Quiero saber si me ayudará.

– Debe saber que para mí es un honor que me lo pida. La señora Murphy pasó por alto sus palabras.

– Me temo que soy práctica. Sus emociones son bastante transparentes, mayor.

– No para mí.

– Bueno, no soy una interesada, pero debo hacer lo que creo conveniente para aquellos que están a mi cuidado. -Estaba muy erguida en el asiento, con los hombros rectos bajo la ligera tela azulde la chaqueta, tan poco dispuesta a demostrar su debilidad como él-. Confío en que no me pida un precio que no pueda pagar.

– Mis emociones no deben de ser muy transparentes si cree que lo haré.

– No creo que vaya a hacerlo. Creo que podría hacerlo.

Bora suspiró. Se sentía cansado, sin ganas de luchar. Tenía la mente clara, pero sus sentimientos eran muy confusos. Su sufrimiento era emocional. Sencillamente quería ganarse el aprecio de la mujer.

– Haré lo que pueda.

– ¿Qué significa eso?

– Obtendré la leche en polvo para usted.

– ¿Cuándo?

– Mañana.

– ¿Tiene usted autoridad para conseguirlo?

– Sí. -Bora se arrellanó en la silla y la miró intensamente, pero no como quien desea intimidar, sino más bien como alguien que deja que la visión de la otra persona le haga daño a propósito. Sabía que ella percibía el deseo que sentía, la necesidad física e intelectual por un ser afín y la terca incapacidad de expresarla.

La señora Murphy le sostuvo la mirada. Bora era lo que las mujeres llaman apuesto, incluso atractivo; el hecho de que además fuese honrado la turbaba, porque aun así seguía sin caerle bien. No obstante, creía comprenderlo, aunque era algo que no dejaba ver. En cambio, mostraba un asomo de inquietud e irritación, como una hoja escondida pero de filo lo bastante afilado para cortar.

– Gracias. ¿Y qué pide a cambio?

– Nada.

– ¿Nada?

– Tenga. -Bora le tendió un papel donde había escrito algo-. Es un salvoconducto para que pueda volver a casa.

Cuando la señora Murphy se levantó de la silla, los guantes se deslizaron al suelo desde su regazo como aves de encaje. Cayeron como una parte condescendiente e irreflexiva de ella… y la imagen provocó dolor a Bora, como si vislumbrase una parte íntima de la mujer, revelada pero intocable. Antes de que pudiera agacharse a cogerlos ella ya los había recuperado y la imagen se había esfumado. Desde el otro lado del escritorio la señora Murphy le tendió la mano, pero él se limitó a bajar la cabeza en un impasible y contenido saludo militar. Luego ella salió del despacho.

Bora se quedó un rato sentado al escritorio después de su marcha, no para relajarse, porque de hecho le estaba ocurriendo justo lo contrario. Sentía la peligrosa necesidad de rendirse. Peor aún, había alcanzado y traspasado un umbral de tolerancia muy bajo. Lamentaba haberla dejado marchar sin exigirle al menos que aceptara las razones que lo movían. ¿Acaso no se daba ella cuenta? Y si se daba cuenta, ¿por qué no había dicho: «No puedo, pero lo comprendo»?

Mantenerse firme ya no bastaba. Durante un año entero había vivido un tiempo prestado, con una calma impostada, levantando un muro casi infranqueable de autodominio e incluso de jovialidad, y sólo ahora comprendía que el hecho de no haberse parado a afrontar los problemas no hacía más que multiplicar su peso. Durante el año anterior se había movido a un ritmo cada vez mayor, pero por inercia, como si ganara velocidad debido a la pendiente emocional por la que descendía. Esta noche no aguantaba más. De alguna manera la visita de la señora Murphy le había arrancado toda determinación. El tejido de su interior empezaba a ceder, a deshilacharse. ¿Qué le ocurría? No era capaz de pensar. Todos los pensamientos que pasaban por su cabeza le herían. Aquella noche, era incapaz de alejar de sí ninguna preocupación. Los anaqueles bien ordenados de su mente se desmoronaban y se negaban a volver a su sitio. Sin ánimos para colocarlos de nuevo en sus huecos, Bora dejó que cayeran.

Recorrió en coche las tristes calles de Roma para huir de sí mismo, pasó junto al Vaticano, condujo en dirección a la plaza de San Juan, pero sin llegar a ella. Dio vueltas por la ciudad y fue a parar a via Monserrato, donde se vio asaltado por la inexorable sensación de estar perdido y sin posibilidad de salvación. La antigua verja de la casa de donna Maria era como un puerto para él.

La anciana permaneció en silencio cuando Bora entró en su saloncito de música. Había estado muy angustiada por él y, ahora que por fin lo veía, advirtió que, aunque físicamente estaba bien algo terrible ocurría. Sin embargo, conocía a los hombres y sabía que no les gusta que les hagan preguntas cuando acaban de llegar, de modo que continuó trabajando en la labor de encaje, siguiendo el dibujo formado por las agujas en el mundillo, cruzando delicadamente los bolillos de marfil.

Bora se había quitado la gorra, desabrochado la pistolera, arrojado cuero y metal al sillón, y empezaba a desabotonarse el cuello. Donna Maria seguía sus movimientos sin levantar la vista, por el rumor de la tela cuando se quitó la guerrera y la lanzó al respaldo del sillón; la prenda resbaló y cayó al suelo con un blando sonido. Las llaves del coche salieron del bolsillo del pantalón y las botas recorrieron sin hacer ruido la alfombra en dirección al piano, donde las dejó.

La dama le oía jadear, y por fin levantó la vista. Bora estaba en medio de la habitación, con los labios apretados, parpadeando para mantener el control, que sin embargo perdía rápidamente. Ella notó que se desmoronaba por dentro, pieza a pieza, tan deprisa que ni siquiera una oposición tenaz podía evitarlo. Desde hacía tiempo esperaba aquel momento, sin saber si quería presenciarlo. La almohadilla del encaje abandonó su regazo y fue a parar a la cesta que tenía al lado, porque a veces el regazo de una mujer es el lugar al que acuden los hombres que sienten una gran angustia y dolor. Sin embargo, donna Maria seguía sin mirarle, por compasión sobre todo. Hacía muchísimo tiempo que un hombre no iba a llorar a su lado…