38578.fb2 La Aventura De Miguel Littin Clandestino En Chile - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 3

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– Oígame, sargento -dijo- ahí está una señorita rubia preguntando por este caballero.

Era la Ely, sin duda. El sargento salió a hablar con ella. Mientras tanto, los soldados nos contaron que los habían sacado desde la madrugada, que no habían desayunado, que tenían orden de no aceptar nada, que tenían frío, que tenían hambre. Lo único que pudimos hacer por ellos fue dejarles nuestros cigarrillos.

En esas estábamos cuando el sargento volvió con un teniente que comenzó a identificar a los prisioneros para llevárselos al estadio. Cuando me tocó el turno, el sargento no me dio tiempo de contestar.

– No, mi teniente -le dijo a su oficial-, este señor no tiene nada que ver, vino aquí a presentar un reclamo porque unos vecinos le destrozaron a palos el automóvil.

El teniente me miró perplejo.

– ¿Cómo puede ser tan huevón para reclamar nada en este momento? -exclamó-. ¡Mándese a volar!

Eché a correr, convencido de que me iban a disparar por la espalda con el eterno pretexto de la ley de fuga. Pero no fue así. La Ely, a quien un amigo le había dicho que me habían fusilado frente a Chile Films, venía a recoger el cadáver. En varias casas de la calle estaban izando banderas, que era la clave acordada para que los militares reconocieran a sus partidarios. Por otra parte, ya habíamos sido denunciados por una vecina que conocía nuestra relación con el gobierno, mi participación entusiasta en la campaña presidencial de Allende, las reuniones que se hacían en mi casa mientras el golpe militar iba haciéndose inminente. De modo que no volvimos a casa, sino que pasamos un mes cambiándonos de un lugar a otro, con los tres niños y las cosas más indispensables, huyendo de la muerte que nos pisaba los talones, hasta que el cerco se hizo tan asfixiante que nos metió a la fuerza por el túnel del exilio.

3 – También los que se quedaron son exiliados

A las ocho de la mañana le pedí a Elena que se comunicara con un número telefónico que sólo yo conocía, y preguntara por alguien que prefiero llamar con un nombre falso: Franquie. Le contestó él mismo, y ella le pidió sin más explicaciones, de parte de Gabriel, que fuera a la habitación 501 del hotel El Conquistador. Llegó antes de media hora. Elena estaba ya lista para salir, pero yo permanecía en la cama, y cuando oí tocar a la puerta me cubrí con la sábana hasta la cabeza. En realidad, Franquie no sabía a quién iba a ver, pues estábamos de acuerdo en que todo el que lo llamara con el nombre de Gabriel era enviado por mí. En los últimos días lo habían llamado los tres Gabrieles que dirigían los equipos de filmación, inclusive Grazia, y no tenía por qué sospechar siquiera que este nuevo Gabriel era yo mismo.

Eramos amigos desde mucho antes de la Unidad Popular, habíamos trabajado juntos en mis primeras películas, nos habíamos encontrado en varios festivales de cine, y nos habíamos visto por último el año anterior en México. Pero cuando me descubrí la cara no me reconoció, hasta que solté la risa, que es mi rasgo inconfundible. Esto me dio una mayor confianza en mi nueva apariencia.

Franquie había sido reclutado por mí a fines del año anterior. Fue el encargado de recibir por separado y de impartir las instrucciones preliminares a los equipos de filmación, y de hacer una serie de arreglos básicos que facilitaran nuestro trabajo sin interferir las orientaciones de Elena. Tenía un expediente limpio: es chileno, se había exiliado en Caracas por decisión propia después del golpe militar, sin que hubiera ningún cargo contra él, y había cumplido desde entonces numerosas misiones ilegales dentro de Chile, donde se movía con entera libertad con una cobertura intachable. Su popularidad entre la gente de cine, sustentada por su simpatía personal, su imaginación y su audacia, lo convertían en el socio ideal para aquella aventura. No me equivoqué. De acuerdo conmigo había entrado solo por tierra desde el Perú una semana antes, para recibir y coordinar por separado a los tres equipos, y éstos se encontraban ya trabajando. El equipo francés andaba por el norte del país, filmando desde Arica hasta Valparaíso, de acuerdo con un plan minucioso que su director y yo habíamos acordado meses antes en París. El equipo holandés hacía lo mismo en el sur. El italiano permanecería en Santiago trabajando bajo mi dirección personal, y preparado además para acudir a filmar cualquier acontecimiento imprevisto. Los tres tenían la consigna de interrogar a la gente sobre Salvador Allende siempre que tuvieran una ocasión de hacerlo sin riesgos ni despertar sospechas, pues pensábamos que el presidente mártir era el mejor punto de referencia para establecer la posición de cada chileno en relación con el país actual y sus posibilidades futuras.

Franquie tenía el itinerario preciso de cada equipo, así como la lista de los hoteles donde iban a estar, de manera que podía comunicarse con ellos en cualquier momento. Esto hacía posible que yo les diera instrucciones personales por teléfono. Para mayor seguridad, Franquie sería mi conductor, con un automóvil alquilado que cambiaríamos cada tres o cuatro días en distintas agencias. Durante todo el tiempo que duró la filmación nos separamos muy pocas veces.

Tres degollados tumban a un general

Empezamos a trabajar a las nueve de la mañana. La Plaza de Armas, a pocas cuadras del hotel, era más conmovedora en la realidad que en mis recuerdos, bajo el sol pálido y tibio del otoño austral que se filtraba por los grandes árboles. Las flores de siempre, que son renovadas cada semana, me parecieron más frescas y luminosas que nunca. El equipo italiano había empezado una hora antes a filmar la rutina matinal: los jubilados que leían el periódico en los escaños de madera, los ancianos que les daban de comer a las palomas, los vendedores de baratijas, los fotógrafos con sus cámaras anacrónicas de manga negra, los dibujantes que hacían caricaturas en tres minutos, los limpiabotas sospechosos de ser informadores del régimen, los niños con sus globos de colores frente a los carritos de helados, la gente que salía de la Catedral. En un rincón de la plaza estaba el grupo habitual de artistas cesantes en espera de ser contratados para fiestas imprevistas: músicos conocidos, magos y payasos de niños, travestis con ropas y maquillajes extravagantes cuyo sexo real es imposible determinar. A diferencia de la noche anterior, aquella hermosa mañana estaban apostadas en la plaza varias patrullas de carabineros, acuciosos y bien armados, de cuyos autobuses con potentes equipos de música salían canciones de moda a todo volumen.

Más tarde descubrí que la escasez de fuerza pública en las calles era una pura ilusión para recién llegados. A toda hora hay patrullas de choque escondidas en las estaciones principales del tren subterráneo, y camiones provistos de mangueras de agua a alta presión en las calles laterales, listos para reprimir con una saña brutal cualquier brote de protesta de los tantos intempestivos que ocurren a diario. La vigilancia es más intensa en la Plaza de Armas, centro neurálgico de Santiago, donde está la sede de la Vicaría de la Solidaridad, que es un gran bastión contra la dictadura auspiciado por el cardenal Silva Henríquez y con el apoyo no sólo de los católicos sino de todos los que luchan por el retorno de la democracia en Chile. Esto le ha dado un fuero moral difícil de contrariar, y el amplio patio soleado de su casa colonial parece a toda hora una plaza de mercado. Allí encuentran refugio y amparo humanitario los perseguidos de todos los colores, y es una vía expedita para dar ayuda a quienes la necesiten, con la seguridad de que llegará a donde debe llegar, en especial a los presos políticos y sus familias. También desde allí se denuncian las torturas y se fomentan campañas por los desaparecidos y por toda clase de injusticias.

Pocos meses antes de mi ingreso clandestino, la dictadura lanzó contra la Vicaría un desafío sangriento que se volvió contra la propia Junta Militar y puso en peligro su estabilidad. A fines de febrero de 1985, en efecto, tres militantes de la oposición fueron secuestrados con un alarde de fuerza que no permitía poner en duda quiénes eran los autores.

El sociólogo José Manuel Parada, funcionario de la Vicaría, fue aprehendido en presencia de sus pequeños hijos frente a la escuela donde éstos estudiaban, mientras el tránsito estaba suspendido por la policía tres cuadras a la redonda y todo el sector era controlado desde helicópteros militares. Los otros dos fueron secuestrados en distintos sitios de la ciudad, con pocas horas de diferencia. Uno era Manuel Guerrero, dirigente de la Asociación Gremial de Educación de Chile, y el otro era Santiago Nattino, un dibujante gráfico con un gran prestigio profesional, de quien no se sabía hasta entonces que tuviera una militancia activa. En medio del estupor nacional, los tres cadáveres degollados y con huellas de una sevicia salvaje aparecieron el 2 de marzo de 1985, en un camino solitario cerca del aeropuerto internacional de Santiago. El general César Mendoza Durán, comandante del cuerpo de carabineros y miembro de la Junta de Gobierno, declaró a la prensa que el triple crimen era el resultado de pugnas internas de los comunistas, dirigidos desde Moscú. Pero la reacción nacional desbarató el infundio y el general Mendoza Durán, señalado por la opinión pública como el promotor de la matanza, tuvo que abandonar el gobierno. Desde entonces, el nombre de la calle Puente, una de las cuatro que salen de la Plaza de Armas, fue borrado en la placa por manos desconocidas, y puesto en su lugar el nombre con que se le conoce ahora: calle José Manuel Parada.

“Lo felicito por ser uruguayo”

El malestar de aquel drama salvaje estaba todavía en el aire la mañana en que Franquie y yo llegamos como dos transeúntes más a la Plaza de Armas. Vi que el equipo de filmación estaba en el lugar que Grazia y yo habíamos acordado la noche anterior, y que ella se percató de nuestro paso. Pero por el momento no dio ninguna orden al camarógrafo. Entonces Franquie se separó de mí, y yo asumí la dirección personal de la película con el método que había establecido de antemano con los directores de los tres equipos. Lo primero que hice fue un recorrido preliminar de los senderos adoquinados, deteniéndome en distintos lugares para indicarle a Grazia los momentos y la dirección en que debían filmar cuando yo repitiera el recorrido. Ni ella ni yo debíamos buscar por el momento ningún detalle que hiciera evidente el régimen represivo latente en las calles. Aquella mañana se trataba sólo de captar la atmósfera de un día cualquiera, con un énfasis especial en el comportamiento de la gente, que seguía pareciéndome, tal como lo percibí la noche anterior, mucho menos comunicativa que en otros tiempos. Andaban más de prisa, sin interesarse apenas por lo que sucedía a su paso, y aun los que conversaban lo hacían con un aire sigiloso y sin acentuar sus palabras con las manos, como yo creía recordar que lo hacían los chilenos de antaño, y como seguían haciéndolo los del exilio. Yo caminaba por entre los grupos, llevando en el bolsillo de la camisa una grabadora en miniatura, muy sensible, con el fin de captar conversaciones que me sirvieran para organizar mejor no sólo aquella primera jornada, sino el conjunto de la película.

Después de señalar los puntos de filmación, me senté a escribir mis notas junto a una señora que tomaba el sol en uno de los escaños de la plaza, en

cuyos listones pintados de verde había nombres y corazones inscritos a navaja en la madera por varias generaciones de enamorados. Como siempre olvido la libreta de apuntes, tomaba mis notas en el revés de las cajetillas de “Gitane”, los célebres cigarrillos franceses, de los cuales había comprado una buena provisión en París. Así lo hice a lo largo de la filmación, y aunque no fue con ese propósito que conservé las cajetillas, las notas me sirvieron como un diario de navegación para reconstituir en este libro los pormenores del viaje.

Mientras escribía aquella mañana en la Plaza de Armas, noté que la señora sentada a mi lado me observaba de soslayo. Era de edad tranquila, y estaba vestida al modo anticuado de la clase media baja, con un sombrero muy usado y un abrigo con cuello de piel. Yo no entendía qué hacía allí, sola y callada, sin mirar hacia ningún punto definido, sin inmutarse por las palomas que revoloteaban sobre nuestras cabezas y nos picoteaban los bordes de los zapatos. No lo hubiera entendido nunca si no hubiera sido porque ella me dijo más tarde que se había enfriado durante la misa y quería tomar el sol unos minutos antes de meterse en el tren subterráneo. Fingiendo leer el periódico, noté que me examinaba de pies a cabeza, sin duda porque mis ropas eran menos corrientes que las de quienes solían andar a aquellas horas por la plaza. Le sonreí, y ella me preguntó de dónde era. Entonces puse en marcha la grabadora con una presión imperceptible sobre el bolsillo de la camisa.

– Uruguayo -le dije.

– Ah -dijo ella-. Lo felicito por la suerte que tienen ustedes.

Se refería al retorno del sistema electoral en el Uruguay, y hablaba de eso con una tierna añoranza de su propio pasado. Yo me hice el distraído, tratando de que ella fuera más explícita, pero no conseguí que me hiciera alguna confidencia sobre su situación. Sin embargo, me habló sin reservas de la falta de libertades individuales y los dramas del desempleo en Chile. A un cierto momento me mostró los escaños de desempleados, los payasos, los músicos, los travestis, cada vez más numerosos.

– Mire esa gente -me dijo-. Pasan días enteros esperando ayuda, porque no tienen trabajo. Hay hambre en nuestro país.

La dejé hablar. Luego inicié el segundo recorrido de la plaza cuando calculé que había pasado media hora desde el primero, y entonces Grazia dio al camarógrafo la orden de filmar sin acercarse a mí, y cuidando de no ser muy evidente para los carabineros. Pero el problema era el contrario: era yo quien no perdía de vista a los carabineros, porque seguían ejerciendo sobre mí una fascinación difícil de resistir.

Aunque los vendedores callejeros han existido siempre en Chile, no recuerdo que hubiera tantos como ahora. Es difícil concebir un sitio del centro comercial donde no se les encuentre en largas filas silenciosas. Venden de todo, y son tan numerosos y disímiles, que revelan con su sola presencia todo un drama social. Al lado de un médico cesante, de un ingeniero venido a menos o de una señora con aires de marquesa que rematan por cualquier precio sus ropas de mejores tiempos, hay niños sin padres ofreciendo cosas robadas o mujeres humildes tratando de vender panes amasados. Pero la mayoría de esos profesionales en desgracia ha renunciado a todo, menos a la dignidad. Detrás de los puestos de baratijas siguen vestidos como en sus prósperas oficinas de antaño. Un chofer de taxi que había sido un próspero comerciante de textiles me hizo un recorrido turístico de varias horas por media ciudad, y al final se negó a cobrarme el servicio.

Mientras el camarógrafo filmaba el ambiente de la plaza, yo andaba por entre la gente captando fragmentos de diálogos que habían de servirme después para un comentario ilustrativo de las imágenes, cuidando de no comprometer a nadie que luego pudiera ser identificado en la pantalla. Grazia me observaba con atención desde otro ángulo, y yo la observaba a ella. Estaba siguiendo mis instrucciones de iniciar las tomas en los edificios más altos, y luego descender poco a poco, desplazar la cámara hacia los lados, y terminar filmando a los carabineros. Queríamos captar la tensión de sus rostros, mucho más notable a medida que aumentaba la animación de la plaza por la proximidad del mediodía. Pero ellos notaron muy pronto la trayectoria de la cámara, se sintieron observados, y le exigieron a Grazia el permiso para filmar en la calle. Yo vi cómo lo mostró, vi la rapidez con que el agente se dio por satisfecho, y continué mi recorrido con un sentimiento de alivio. Más tarde supe que aquel carabinero le había pedido a Grazia que no los filmaran a ellos, pero no tuvo argumentos cuando ella le replicó que esa excepción no figuraba en el permiso, e invocó su condición de italiana para no aceptar órdenes inconsultas. El dato me interesó, porque demostraba que, en efecto, el hecho de ser un equipo europeo tenía en Chile las ventajas que habíamos previsto.

También los que se quedan son exiliados

Los carabineros se me habían convertido en una obsesión. Pasé varias veces muy cerca de ellos, buscando una ocasión para conversar. De pronto, por un impulso irresistible me acerqué a una patrulla, y les hice algunas preguntas sobre el edificio colonial de la municipalidad, averiado por el terremoto del marzo anterior, que estaba siendo reconstruido. El agente que me contestó lo hacía sin mirarme, pues no perdía de vista ni un detalle de lo que ocurría en la plaza. La actitud de su compañero era igual, pero de vez en cuando me miraba de reojo con una impaciencia creciente, porque empezaba a notar la necedad deliberada de mis preguntas. Después me miró de frente con un ceño temible, y me ordenó:

– ¡Circule!

Pero yo había roto el hechizo, y la inquietud que me causaban se había convertido en una cierta embriaguez. En vez de obedecerle, me puse a darle una lección sobre el comportamiento que la policía estaba obligada a observar ante la curiosidad de un extranjero pacífico. No me daba cuenta, sin embargo, de que mi falso acento uruguayo no soportaba una prueba tan difícil, hasta que el carabinero se hartó de mi discurso cívico y me ordenó identificarme.

Tal vez en ningún momento del viaje sufrí una descarga de terror como aquella. Pensé en todo: ganar tiempo, resistir, y aun escapar a toda prisa a sabiendas de que sería alcanzado. Pensé en Elena, que estaba quién sabe dónde a esa hora, y sólo vi como una lucecita remota que el camarógrafo lo

filmara todo y que aquella prueba irrefutable de mi captura se divulgara en el exterior. Además, Franquie andaba cerca, y conociéndolo como lo conocía estaba seguro de que no me había perdido de vista. Lo más fácil, por supuesto, era identificarme con el pasaporte, ya probado en varios aeropuertos. En cambio, le temía a una requisa, porque sólo en ese momento me acordé de un error mortal que arrastraba conmigo. En la misma cartera en que llevaba el pasaporte, tenía mi verdadera carta chilena de identidad, que había dejado allí por descuido, y una tarjeta de crédito con mi nombre real. Consciente de que no me quedaba más remedio que asumir el riesgo menos grave, mostré el pasaporte. El carabinero, tampoco muy seguro de lo que debía hacer, le echó una mirada a la foto, y me lo devolvió con un gesto menos áspero.

– ¿Qué es lo que quiere saber de ese edificio? -me preguntó.

Yo respiré a pleno pulmón.

– Nada -dije-. Era por joder.

Aquel incidente me curó por el resto del viaje de la inquietud que me causaban los carabineros. Desde entonces los vi con tanta naturalidad como los veían los chilenos legales, y aun los clandestinos -que son muchos-, y dos o tres veces tuve que pedirles favores ocasionales que ellos me hicieron de buen grado. Entre otros, nada menos que guiarme hasta el aeropuerto con un automóvil patrullero, para que pudiera alcanzar un avión internacional minutos antes de que la policía descubriera mi presencia en Santiago. Elena no pudo entender que alguien desafiara a la policía sólo por aliviar la tensión, y nuestras relaciones de trabajo, que ya tenían varias grietas peligrosas, empezaron a resquebrajarse.

Menos mal que yo me arrepentí de mi imprudencia desde antes de que ella ni nadie me la hiciera notar. Tan pronto como el carabinero me devolvió el pasaporte le hice a Grazia la seña convenida para que diera por terminada la filmación. Franquie, por su parte, que había visto todo desde un lado de la plaza con tanta ansiedad como la mía, se apresuró a reunirse conmigo, pero yo le pedí que fuera a recogerme en el hotel después de almuerzo. Quería estar solo.

Me senté en un escaño a leer los periódicos del día, pero pasaba las líneas sin verlas, porque era tan grande la emoción que sentía de estar sentado allí en aquella diáfana mañana otoñal, que no podía concentrarme. De pronto sonó el cañonazo distante de las doce, las palomas volaron espantadas, y los carillones de la Catedral soltaron al aire las notas de la canción más conmovedora de Violeta Parra: Gracias a la Vida. Era más de lo que podía soportar. Pensé en Violeta, pensé en sus hambres y sus noches sin techo de París, pensé en su dignidad a toda prueba, pensé que siempre hubo un sistema que la negó, que nunca sintió sus canciones y se burló de su rebeldía. Un presidente glorioso había tenido que morir peleando a tiros, y Chile había tenido que padecer el martirio más sangriento de su historia, y la misma Violeta Parra había tenido que morir por su propia mano, para que su patria descubriera las profundas verdades humanas y la belleza de su canto. Hasta los carabineros la escuchaban con devoción sin la menor idea de quién era ella, ni qué pensaba, ni por qué cantaba en vez de llorar, ni cuánto los hubiera detestado a ellos si hubiera estado allí padeciendo el milagro de aquel otoño espléndido.

Ansioso de ir rescatando el pasado palmo a palmo, me fui solo a una hostería en la parte alta de la ciudad, donde la Ely y yo solíamos almorzar cuando éramos novios. El lugar era el mismo, al aire libre, con las mesas bajo los álamos y muchas flores desaforadas, pero daba la impresión de algo que hacía tiempo había dejado de ser. No había un alma. Tuve que protestar para que me atendieran, y tardaron casi una hora para servirme un buen pedazo de carne asada. Estaba a punto de terminar cuando entró una pareja que no veía desde que la Ely y yo éramos clientes asiduos. El se llamaba Ernesto, más conocido como Neto, y ella se llamaba Elvira. Tenían un negocio sombrío a pocas cuadras de allí, en el cual vendían estampas y medallas de santos, camándulas y relicarios, ornamentos fúnebres. Pero no se parecían a su negocio, pues eran de genio burlón e ingenio fácil, y algunos sábados de buen tiempo solíamos quedarnos allí hasta muy tarde bebiendo vino y jugando a las barajas. Al verlos entrar cogidos de la mano, como siempre, no sólo me sorprendió su fidelidad al mismo sitio después de tantos cambios en el mundo, sino que me impresionó cuánto habían envejecido. No los recordaba como un matrimonio convencional, sino más bien como dos novios tardíos, entusiastas y ágiles, y ahora me parecieron dos ancianos gordos y mustios. Fue como un espejo en el que vi de pronto mi propia vejez. Si ellos me hubieran reconocido me habrían visto sin duda con el mismo estupor, pero me protegió la escafandra de uruguayo rico. Comieron en una mesa cercana, conversando en voz alta pero ya sin los ímpetus de otros tiempos, y en ocasiones me miraban sin curiosidad, y sin la menor sospecha de que alguna vez habíamos sido felices en la misma mesa. Sólo en aquel momento tuve conciencia de cuán largos y devastadores eran los años del exilio. Y no sólo para los que nos fuimos, como lo creía hasta entonces, sino también para ellos: los que se quedaron.

4 – Los cinco puntos cardinales de Santiago

Filmamos en Santiago cinco días más, tiempo suficiente para probar la utilidad de nuestro sistema, mientras me mantenía en contacto telefónico con el equipo francés, en el norte, y el equipo holandés, en el sur. Los contactos de Elena eran muy eficaces, de modo que poco a poco iba concertando las entrevistas que queríamos hacer a dirigentes clandestinos, así como a personalidades políticas que actúan en la legalidad.

Yo, por mi parte, me había resignado a no ser yo. Era un sacrificio duro para mí, sabiendo que había tantos parientes y amigos que quería ver -empezando por mis padres- y tantos instantes de mi juventud que deseaba revivir. Pero estaban en un mundo vedado, por lo menos mientras terminábamos la película, de modo que les torcí el cuello a los afectos y asumí la condición extraña de exiliado dentro de mi propio país, que es la forma más amarga del exilio.

Pocas veces estuve desamparado en las calles, pero siempre me sentí solo. En cualquier lugar en que estuviera, los ojos de la resistencia me protegían sin que ni yo mismo lo notara. Sólo cuando tuve entrevistas con personas de absoluta confianza, a las cuales no deseaba comprometer ni ante mis propios amigos, solicitaba de antemano el retiro de la custodia. Más tarde, cuando Elena terminó de ayudarme a encarrilar el trabajo, ya tenía yo bastante entrenamiento para valerme solo, y no tuve ningún percance. La película fue hecha como estaba prevista, y ninguno de mis colaboradores sufrió la menor molestia por un descuido mío, o por un error. Sin embargo, uno de los responsables de la operación me dijo de buen humor cuando ya estábamos fuera de Chile:

– Nunca, desde que el mundo es mundo, se habían violado tantas veces y en forma tan peligrosa tantas normas de seguridad.

El hecho esencial, en todo caso, era que en menos de una semana habíamos sobrepasado el plan de filmación en Santiago. Un plan muy flexible, que permitía toda clase de cambios sobre el terreno, y la realidad nos demostró que era la única manera de actuar en una ciudad imprevisible que a cada momento nos daba una sorpresa y nos inspiraba ideas insospechadas.

Hasta entonces habíamos cambiado tres veces de hotel. El Conquistador era confortable y práctico, pero estaba en el núcleo de la represión, y teníamos motivos para pensar que era uno de los más vigilados. Lo mismo ocurría sin duda con todos los de cinco estrellas donde había un movimiento constante de extranjeros, los cuales son sospechosos por principio para los servicios de la dictadura. En los de segunda categoría, sin embargo, donde el control de entradas y salidas suele ser más rígido, temíamos llamar más la atención. Así que lo más seguro era mudarnos cada dos o tres días sin preocuparnos por las estrellas, pero sin repetir nunca un hotel, pues tengo la superstición de que siempre me va mal si regreso a un sitio donde he corrido un riesgo. Esta creencia se afincó en mí el 11 de setiembre de 1973, mientras la aviación bombardeaba La Moneda y la confusión se apoderaba de la ciudad. Yo había logrado escapar sin molestias de las oficinas de Chile Films, a donde había acudido para tratar de resistir al golpe con mis compañeros de siempre, y después de llevar en mi automóvil hasta el Parque Forestal a un grupo de amigos que tenían motivos para temer por sus vidas, cometí el grave error de regresar. Me salvé de milagro, como ya lo he contado.

Como una precaución adicional en los cambios de hoteles, Elena y yo decidimos tomar habitaciones separadas después de la tercera mudanza, cada uno con una nueva personalidad. A veces me inscribía yo como gerente y ella como secretaria, y a veces como si no nos conociéramos. Por lo demás, esta separación paulatina correspondía muy bien al estado de nuestras relaciones, muy fructíferas en el trabajo, aunque cada vez más difíciles en el plano personal.