38579.fb2
El rato en el hotel no había sido agradable (“Menos mal que saqué las fotografías”, pensó) y lo molestaba bastante la sospecha de que Mascardi lo seguía para protegerlo. Habían llegado a la puerta de la pensión. Griselda preguntó:
– ¿Entendiste o no por qué fui a Brandsen? Quería evitar que te complicaran en algo que no te interesa.
Atrás de la hija apareció el padre, que preguntó animosamente:
– ¿Paseando? ¿No entra?
– Le agradezco. Voy al laboratorio.
Don Juan dijo a Griselda:
– Vos y tu hermana tendrán mucho que contarse. A ver si se dan una vueltita y dejan la pieza libre. Hay un asunto de importancia que yo quiero conversar con el señor.
Entraron en la casa. Julia bajó con los chicos, hablaron todos un instante y don Juan dijo:
– Almanza, ¿me sigue?
Ya en el cuarto, don Juan cerró la puerta y se dejó caer en una silla. Señalando otra con el índice, ordenó:
– Tomala y arrimate a esta mesa.
Hubo un silencio. Por último preguntó Almanza:
– ¿Quería hablarme?
– Parece que de una manera u otra entraste en la familia.
– Usted dirá.
– Tengo entendido que un sentimiento, por cierto amistoso, te une a mis hijas. Si me equivoco, te ruego que sin más procedas a enmendarme. ¿Estamos?
– Estoy oyendo.
– Por mi parte, y no corresponde que yo lo diga, te doy un trato bastante especial.
– Lo valoro.
– Te noticié de asuntos personales, de historias de familia muy dolorosas. Fui más lejos: te puse en el lugar de mi hijo.
Con gravedad contestó Almanza:
– Tal vez antes de comprobar si yo lo merecía.
– No me digas que te has olvidado, hijo mío, de tu sangre. Me diste tu sangre. Yo lo recuerdo. La sangre une, ata -aquí el señor hizo una pausa, como para recalcar las palabras-. Entre personas de la misma sangre podemos hablar claro.
– Usted lo dice.
– ¿Cómo, yo lo digo? ¿Debo entender que, según tu mejor criterio, entre parientes hay que andar con tapujos?
– No, señor. Me expresé mal.
– Te voy a rogar, entonces, que al hablar conmigo no lo hagas. Me molesta.
– Disculpe.
– Estás disculpado. De una vez por todas, ¿puedo decir lo que pienso?
– Hable, señor.
– Una plata que me van a mandar de Brandsen no ha llegado.
Almanza pensó rápidamente: “Ya lo noté. Si a uno le pasa algo, se encuentra con otro, al que le pasa lo mismo”.
– Preciso cincuenta pesos.
Se levantó Almanza, metió una mano en el bolsillo y sacó un fajo de billetes y unas monedas. Abriendo la mano dijo:
– Todo lo que me queda son veintidós pesos con treinta centavos.
Pensó: “Tenerlos o no tenerlos, tanto da”. Don Juan dijo:
– Igual los agradezco.
Los agarró y lo abrazó con fuerza.