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Mientras regresa la gente a sus hogares y la vida recobra poco a poco, como suele decirse, el curso normal, van viento en popa los debates entre los científicos sobre las causas del desvío in extremis de la península, cuando ya nada parecía poder evitar la catástrofe. Las tesis son diversas, casi todas antagónicas entre sí, lo que, matemáticamente, contribuye a la irreductibilidad de los sabios polemistas.
Una primera tesis sustenta la absoluta casualidad del nuevo rumbo, dado que, formando un ángulo rigurosamente recto con el anterior, sería y inaceptable cualquier explicación que supusiera, llamémosle así, un acto de voluntad, que además no se sabría a quién atribuir, dado que nadie osará pretender que una enorme masa de piedra y tierra en la que se agitan varias decenas de millones de personas, pueda producir, por simple adición o multiplicación recíproca, una inteligencia y un poder capaces de conducirse con una precisión, apetece decirlo, diabólica.
Otra tesis defiende que el avance de la península, o, con más rigor, su progresión, y luego veremos por qué se usa esta palabra, se hará, cada vez, en un nuevo ángulo recto, lo que, ipso facto, permite admitir la asombrosa posibilidad del regreso de la península al punto de partida, tras una sucesión, o, aquí está, progresión de lances, que podrán ser, a partir de un momento determinado, menos que milimétricos, hasta el ajuste final, perfecto.
La tercera tesis propone la hipótesis de que exista un campo magnético o fuerza similar en la península, que, ante la aproximación de un cuerpo extraño suficientemente voluminoso, reaccione y desencadene un proceso de rechazo de naturaleza muy particular, dado que este rechazo, como se vio, no procede en sentido inverso del sentido del movimiento inicial, o último, pero sí, para usar una comparación procedente de la práctica de la conducción de automóviles, derrapando, por qué hacia el norte o por qué hacia el sur, fue una cuestión que la propuesta se olvidó de contemplar.
Finalmente, la cuarta tesis, más heterodoxa, recurre a las potencias que llama metapsíquicas, afirmando que la península fue desviada de la colisión por un vector formado por la concentración, en una décima de segundo, de las ansias de salvación y de los terrores de las poblaciones afligidas. Esta explicación ganó gran popularidad, sobre todo cuando, para hacerla accesible a los cerebros del vulgo no preparado, su defensor usó un símil de los dominios de la física, mostrando cómo la incidencia de los rayos solares sobre una lente biconvexa logra la convergencia de los rayos en un punto o foco real, con los conocidos resultados, calor, quemadura, fuego, luego, por tanto y por consiguiente, el efecto intensificador de la lente tiene paralelo obvio en la fuerza de la mente colectiva, que sería aquí el caótico sol, estimulada, concentrada y potenciada, en un momento de crisis, hasta el paroxismo. La incongruencia de la explicación no asombró a nadie, al contrario, no faltó quien propusiera que de ahora en adelante todos los fenómenos de la psique, del espíritu, del alma, de la voluntad, de la creación, pasaran a ser explicados en términos físicos, aunque por simple analogía o por inducción imperfecta. La tesis está siendo estudiada y desarrollada con vistas a la aplicación de sus principios fundamentales a la vida cotidiana, en particular al funcionamiento de los partidos políticos y las competiciones deportivas, por citar sólo dos ejemplos comunes.
Argumentan, no obstante, algunos escépticos que la prueba real de todas estas hipótesis, visto que de eso no pasan, se verá de aquí a unas semanas, si la península prosigue la derrota que ahora lleva y que la acabará incrustando entre Islandia y Groenlandia, tierras inhóspitas para portugueses y españoles, generalmente habituados a las suavidades y abandonos de un clima templado que tiende a caliente la mayor parte del año. Si tal acontece, la única conclusión lógica que se puede sacar de cuanto se vio hasta ahora es que, al fin, el viaje no valió la pena. Lo que, por otra parte, sería, o será, una simplificación excesiva en el planteamiento de la cuestión, pues ningún viaje es él solo, cada viaje contiene una pluralidad de viajes, y si, aparentemente, uno de ellos parece tener tan poco sentido que nos apresuramos a sentenciar, No valió la pena, mandaría el sentido común, si por prejuicio o pereza no lo obliterásemos tantas veces, que comprobáramos si los viajes de que aquél fue contenido o continente no serán lo bastante valiosos para, por fin, haber valido la pena y las penas. Todas estas consideraciones reunidas nos aconsejan suspender los juicios definitivos y otras presunciones. Los viajes se suceden y acumulan como las generaciones, entre el nieto que fuiste y el abuelo que serás, qué padre habrás sido, Pues ya ves, aunque malo, necesario.
José Anaiço hizo cuentas del viaje que nos espera, por caminos que no serán los más directos si quieren evitar las grandes laderas de los montes del Cantábrico, y comunicó los resultados, De Palas de Rei, donde más o menos ahora estamos, hasta Valladolid, serán unos cuatrocientos kilómetros, y de ahí hasta la frontera, perdón, aquí en este mapa todavía tengo una frontera, son otros cuatrocientos, en total, ochocientos kilómetros, un gran viaje a paso de caballo, De caballo, no, eso se acabó, y no va a ser al paso, sino al trote, enmendó María Guavaira. Dijo entonces Joaquim Sassa, Con dos caballos tirando, y se interrumpió en este lugar de la frase, con la expresión de quien ve una luz en el interior de su propia cabeza, y se echó a reír, Lo que son las cosas, dejamos un Dos Caballos y ahora vamos a viajar en otro, propongo que la galera se llame Dos Caballos, de facto y de jure, como parece que se diría en latín, que yo latín no aprendí, es sólo de oreja, como decía un abuelo mío que tampoco conocía la lengua de sus antepasados. Dos Caballos comió heno, en la revesa de la galera, la matadura del alazán sanó por completo, y el pigarzo, si no rejuveneció, sí mejoró de aspecto y de fuerza, levanta menos la cabeza que el otro, pero no hará mala figura en la pareja. Retornó Joaquim Sassa la pregunta después de la risa general, Decía yo, con dos caballos tirando, cuántos kilómetros de media andaremos a la hora, y María Guavaira, Unas tres leguas, Quince kilómetros en medida moderna, Exactamente, Diez horas a quince kilómetros son ciento cincuenta, en menos de tres días estamos en Valladolid, con otros tres llegarnos a los Pirineos, es rápido. María Guavaira puso gesto de consternación y respondió, No es mal programa, especialmente para reventar a los animales en un amén, Pero tú has dicho, Dije quince kilómetros, pero eso en terreno llano, y en cualquier caso los caballos nunca andarán diez horas diarias, Con descanso, Menos mal que no te has olvidado del descanso, por la ironía del tono se veía que María Guavaira estaba casi enfadándose.
En ocasiones como ésta, aunque no entren caballos en el caso, los hombres permanecen en actitud humilde, es una verdad que las mujeres generalmente ignoran, reparan sólo en lo que les parece ser despecho masculino, reacción de la autoridad contrariada, es así como surgen equívocos y malentendidos, probablemente la causa de todo esto está en la insuficiencia del aparato auditivo de los seres humanos, de las mujeres en particular, aunque presuman de finísimas oyentes, Realmente de caballos no sé nada, soy de infantería, rezongó Joaquim Sassa. Asisten los otros al duelo verbal, sonríen porque el caso no es serio, el hilo azul es la más fuerte atadura del mundo, como pronto se va a ver. María Guavaira dijo, Seis horas por día será lo máximo, pudiendo ser andaremos las tres leguas por hora, no pudiendo será lo que los caballos den, Saldremos mañana, preguntó José Anaiço, Si están todos de acuerdo, respondió María Guavaira, y con su voz de mujer, hacia Joaquim Sassa, Te parece bien, y él, súbitamente desarmado, Me parece bien, y sonrió.
Aquella noche hicieron balance de los haberes en numerario, tantos escudos, tantas pesetas, algún dinero extranjero de Joaquim Sassa, que lo consiguió cuando salieron de Porto, hace tan pocos días y parece que hayan pasado siglos, reflexión que nada tiene de original, si alguna lo tiene, pero irresistible, como tantas otras vulgaridades. Los víveres que han traído de casa de María Guavaira están llegando a su fin, hay que reforzar la despensa, y no va a ser fácil, con todo este desconcierto de los abastecimientos, esta multitud devoradora que por donde pasa ni tallos de col deja tras de sí, sin hablar de los gallineros saqueados, consecuencia también de la indignación de los necesitados, a quienes se pedía una fortuna por un pollo en los huesos. Cuando la situación empezó a normalizarse, los precios bajaron un poco, pero no volvieron a lo que eran antes, ya se sabe, nunca vuelven. Y el problema es que ahora no hay de nada, hasta robar sería difícil, si es que quieren continuar por ese camino perverso, el caso del caballo fue especial, si no sufriese aquella matadura aún dormiría en la caballeriza y ayudaría en los trabajos de su antiguo dueño, que del destino del animal sólo se sabe que se lo llevaron dos maleantes y un perro, allá estaban las huellas. Se dice y se insiste en que hay males que vienen por bien, hay tanta gente que lo afirma, tanta lo afirmó, que bien puede ocurrir que se trate de una verdad universal, desde que nos demos el trabajo de separar cuidadosamente la parte de bien y la parte de mal que hay en las cosas, y a quién una y otra cayeron en suerte. Dijo pues Pedro Orce, Vamos a tener que trabajar para sacar algún dinero, la idea pareció lógica, pero, tras el inventario de las profesiones, se llegó a la desoladora conclusión esperada, así, Joana Carda, pese a tener licenciatura en letras, nunca ejerció su carrera, fue siempre, desde que se casó, ama de casa, y aquí en España no es tanto el interés por la literatura portuguesa, aparte de que los españoles, en estos días, tienen otra cosa en que pensar, Joaquim Sassa ya dijo irritado que es de infantería, cosa que, en su boca, significaba que pertenecía a la base de los oficinistas, preciosa actividad, nadie lo pone en duda, pero sólo en épocas de calma social y negocios prósperos, Pedro Orce se ha pasado su vida preparando remedios, cuando lo conocimos estaba preparando cápsulas de quinina, qué pena que no se le ocurriera traerse consigo la farmacia, podía ahora hacer consulta pública y ganar buen dinero, pues en estos parajes rurales quien dice boticario dice médico, José Anaiço es maestro de chiquillos, y con esto está dicho todo, sin hablar ya de que está en tierra de otra geografía y otra historia, cómo va a explicarles a los niños españoles que Aljubarrota fue una victoria cuando están acostumbrados a olvidar que fue una derrota, sólo queda por hablar de María Guavaira, es la única que puede ir a pedir trabajo por esas heredades, y hacerlo en proporción a sus fuerzas y a su sabiduría, que no llegan a todo.
Se miran unos a otros, sin saber qué vueltas darle a la vida, y Joaquim Sassa, vacilante, dice, Como tengamos que andar parándonos constantemente para sacar algún dinero, nunca vamos a llegar a los Pirineos, dinero así ganado es dinero que no dura, visto y no visto, la solución sería hacer lo que los gitanos, me refiero a los que van de tierra en tierra, de algo han de vivir, era una pregunta, una duda, tal vez les cayese el maná del cielo a los gitanos. Pedro Orce fue quien respondió, por ser de tierras del sur, donde la especie más abunda, Los hay que tratan en caballos, otros venden ropa en las ferias, otros comercian de puerta en puerta, las mujeres dicen la buenaventura, Historias de caballos no queremos más, para vergüenza bastó ésta, aparte de eso es oficio del que nada sabemos, y en cuanto a leer el futuro, ojalá el nuestro no nos traiga demasiados problemas, Sin contar con que para vender caballos es necesario comenzar por comprarlos antes, a tanto no nos llega el dinero, si hasta el caballo que llevamos tuvimos que robarlo. Se hizo un silencio, cómo consiguió hacerse, no se sabe, y cuando estuvo del todo hecho, dijo Joaquim Sassa, que se está revelando como espíritu convenientemente práctico, A esta situación sólo le veo una salida, compremos ropa en una de esas tiendas de ropavejero, seguro que las hay en la primera ciudad por donde pasemos, y luego la vendemos por las aldeas, con un lucro razonable, de la contabilidad me encargo yo. La idea les pareció buena, a falta de otra mejor se haría la experiencia, ya que no pueden ser agricultores, ni boticarios, ni maestros, ni esquiladores, serían buhoneros y ropavejeros ambulantes, venderían ropas de hombre, mujer y niño, que no es deshonra alguna, y con buena administración les dará para ir tirando.
Trazado así el plan de vida, se fueron a acostar, siendo éste el momento de decir que lo hacen los cinco en la galera que ahora se llama Dos Caballos, y de este modo, Pedro Orce se queda delante, atravesado, en un jergón estrecho que da justo para él, después Joana Carda y José Anaiço, a lo largo, en el espacio lateral que queda de una parte de los objetos con que viajan, y lo mismo sucede con María Guavaira y Joaquim Sassa, más atrás. Hay telas colgadas que forman simbólicas divisorias, el respeto es grande, si Joana Carda y José Anaiço, que ocupan el medio de la galera, necesitan salir al aire libre durante la noche, pasan por el lado de Pedro Orce, que no se queja, la incomodidad, aquí, se comparte como se comparte todo. Y los besos, y los abrazos, los desahogos carnales, cuándo se practican y ejercitan, preguntarán aquellos espíritus curiosos a quienes la naturaleza dotó de una inclinación particular para la malicia. Digamos que ha habido dos maneras de satisfacer los amantes los dulces impulsos de la naturaleza, o van por esos campos en busca de un lugar aislado y apacible, o aprovechan el alejamiento temporal y propositado de sus compañeros, para lo que ni precisas son palabras, hay señales de gran elocuencia, sólo haciéndonos los desentendidos, aquí el dinero faltará, pero no el entendimiento.
No partieron al romper el alba como aconsejaría la poética, para qué madrugar si ahora tienen todo el tiempo del mundo para ellos, pero no fue ésta la única razón ni la más fuerte, ocurrió que se demoraron en los arreglos corporales, afeitados los hombres, pulidas las mujeres y las ropas cepilladas, en un rincón adecuado de la arboleda, adonde llevaron en cubos el agua de la ribera, se lavaron uno por uno, las parejas no se sabe si enteramente desnudas porque de ello no hubo testigos. Pedro Orce fue el último en bañarse, le acompañó el perro, parecían dos tontos, tanto reía el uno como el otro, el perro empujando a Pedro Orce y Pedro Orce tirándole agua al perro, un hombre de esta edad no debería exponerse tanto al ridículo público, alguien que pasó dijo, debería tenerse más respeto, que ya tiene edad. Del campamento no quedaron casi señales, sólo el suelo pisado, el charco del baño bajo los árboles, cenizas y piedras requemadas, los primeros vientos lo barrerán todo, el primer chaparrón alisará la tierra levantada, diluirá las cenizas, sólo las piedras mostrarán que por allí hubo gente, y si es preciso servirán para otra hoguera.
Está bonito el día para viajar. Desde la cuesta del cabezo donde se habían abrigado bajan a la carretera, de cochera va María Guavaira que no confía las riendas a nadie, es preciso saber hablar a los caballos, hay piedras, peñascos, partirse allí un eje sería el fin de los trabajos, dejemos el agüero. El alazán y el pigarzo aún no se entienden bien, Al parece desconfiar de la seguridad de los jarretes de Pig, y Pig, tras ser uncido en pareja, tiene tendencia a tirar hacia el lado de afuera, como si quisiera apartarse del compañero, obligando a Al a un esfuerzo suplementario de compensación. María Guavaira observa la falta de entendimiento, cuando lleguen a la carretera pondrá a Pig en orden, con dosis equilibradas de buenos modos, chicote y juego de riendas le enmendará la querencia. Los nombres de Pig y Al los inventó Joaquim Sassa, teniendo en cuenta que estos Dos Caballos no son como los del automóvil, que aquéllos, viviendo tan juntos, no se distinguían, y ambos querían lo mismo y al mismo tiempo, mientras que los de ahora son diferentes en todo, en color, en edad, en fuerza, en porte, en temperamento, entonces se justifica y se necesita que cada uno lleve su nombre propio, Pero Pig, en inglés, quiere decir puerco, y Al es abreviatura de Alfred, por ejemplo, protestó José Anaiço, a lo que Joaquim Sassa respondió, No estamos en tierra de ingleses, Pig es pigarzo, Al es alazán, y yo soy el padrino, Joana Carda y María Guavaira cambiaron sonrisas ante el infantilismo de sus hombres. Y Pedro Orce, inesperadamente, Si fueran yegua y caballo y tuviesen un hijo, podíamos llamarlo Pigal, los más informados de la cultura europea lo mirarán sorprendidos, cómo se habría acordado Pedro Orce de Pigalle, pero el equívoco sería suyo, coincidencias las ha habido siempre, y algunos juegos de palabras bien trabados son fruto involuntario de un momento. Pedro Orce, de Pigalle, no sabe nada.
En este primer día no recorrieron más de setenta kilómetros, en primer lugar porque no era bueno forzar a los caballos después del largo descanso en que habían vivido, uno por la matadura, otro por la espera de decisiones que tardaban, y en segundo lugar porque fue preciso pasar por Lugo, que les quedaba un poco fuera de camino, al nordeste, donde se abastecieron de mercancía para el negocio del que contaban poder vivir. Compraron un diario de la ciudad para saber las últimas noticias, lo más elocuente que encontraron fue una fotografía de la península, con un día de retraso, y era evidente el desplazamiento hacia el norte a partir del sentido de la derrota anterior, didácticamente señalada con un trazo por la redacción. No había dudas, el ángulo era tan recto que no podía serlo más. Pero sobre las célebres tesis en debate, ya aquí resumidas, poco adelanto había, y en cuanto a la posición propia del periódico se notaba, tal vez fruto de antiguas desilusiones, cierto escepticismo, quizá saludable, pero también podrá atribuirse a la reconocida cortedad de vista de una capital provinciana.
En las tiendas de confección, las mujeres, pues a ellas correspondió, naturalmente, la elección de la mercancía, con Joaquim Sassa al lado haciendo cálculos, dudaron mucho en cuanto a los criterios a seguir, si ropa para el invierno que se aproximaba, o, si trabajando a medios plazos, para la próxima primavera, Creo que no se dice a medios plazos sino a medio plazo, corrigió Joana, a lo que Joaquim Sassa respondió, con sequedad, En mi oficina decimos así, a cortos, medios y largos. Para la decisión final fueron determinantes sus propias necesidades, era evidente que iban todos mal trajeados, con ropas de media estación, añadiéndose a esto la imposibilidad de evitar que María Guavaira y Joana Carda cedieran a algunas tentaciones personales. Armonizándolo todo, pudo concluirse la adquisición de las mercancías en términos de buenas perspectivas cara al futuro, si es que la demanda resultaba a la altura de la oferta. Joaquim Sassa iba un tanto inquieto, Hemos metido en esto más de la mitad del dinero que teníamos, si dentro de una semana no hemos recuperado la mitad de esa mitad, vamos a tener problemas, en casos como el nuestro, sin reservas ni posibilidades de acudir al crédito bancario, es fundamental la buena gestión de los stocks, una perfecta armonía entre entradas y salidas, sin estrangulamientos, ni en déficit ni en superávit. Este discurso lo hizo Joaquim Sassa en la primera parada después de la salida de Lugo, con autoridad de administrador, benévolamente aceptada por los otros.
Que el negocio no iba a navegar en un mar de rosas lo entendieron todos cuando el talento regateador de una compradora los llevó a rebajar el precio de dos faldas hasta arrasar la posible ganancia. Por azar, la vendedora fue en esta ocasión Joana Carda, que pidió luego disculpas a la sociedad y prometió que, en el futuro, sería la más feroz de todas las vendedoras en activo de la península, Es que si no andamos con cuidado, hacemos un negocio como Juan de las cabras, nos quedamos sin negocio y sin mercancía, recordó una vez más Joaquim Sassa, no se trata sólo de nuestra subsistencia, tenemos además tres bocas que sustentar, el perro y los caballos, El perro se las arregla solo dijo Pedro Orce, Hasta ahora se las ha arreglado, pero si un día le va mal la caza ya lo veréis volver con el rabo caído, y a ver qué pasa si entonces no tenemos nada que darle, La mitad de mi ración para él, Muy bonita tu actitud, pero nuestra preocupación no es dividir la pobreza, sino aumentar la riqueza, Riqueza y pobreza, en este caso, observó José Anaiço, son maneras de decir, pero en este momento de nuestras vidas somos más pobres de lo que realmente somos, la situación es extraña, vivimos como si hubiéramos elegido ser pobres, Si se tratara de una elección, creo que no sería de buena fe, fueron las circunstancias, pero de ellas sólo aceptamos algunas, las que servían para nuestros fines personales, somos como actores, o somos sólo personajes, si, por ejemplo, yo volviera con mi marido, quién sería yo, el actor fuera de su personaje, o un personaje haciendo el papel de actor, entre uno y otro, dónde estaría, esto dijo y preguntó Joana Carda. María Guavaira la estuvo oyendo callada, ahora decía como quien inicia una nueva conversación, quizá no hubiera entendido bien lo que los otros dijeron, Las personas nacen todos los días, sólo de ellas depende seguir viviendo el día de ayer o empezar de raíz y desde la cuna el día nuevo, hoy, Pero está la experiencia, todo lo que fuimos aprendiendo, recordó Pedro Orce, Sí, tienes razón, dijo José Anaiço, pero la vida la hacemos generalmente como si no tuviéramos ninguna experiencia anterior, o nos servimos sólo de aquella parte que nos permite insistir en errores, alegando explicaciones y lecciones de la experiencia, y ahora se me ocurre una idea que tal vez os parezca absurda, un contrasentido, que tal vez el efecto de la experiencia sea mucho mayor en el conjunto de la sociedad que en cada uno de sus miembros, la sociedad aprovecha la experiencia de todos, pero nadie quiere, sabe o puede aprovechar por entero su propia experiencia.
Se debaten estas interesantes cuestiones a la sombra de un árbol, a la hora del almuerzo, frugal como conviene a viajeros que aún no han acabado su jornada, y si alguien considera desajustado el debate, bien por el lugar, bien por la circunstancia, le recordaremos que, globalmente, la instrucción y la cultura de los peregrinos admiten, sin escandalosa impropiedad, una conversación cuyo tenor, desde el exclusivo punto de vista de una composición literaria que buscara una también exclusiva verosimilitud, presentaría, de hecho, algunas deficiencias. No obstante, cualquiera, independientemente de los títulos que tenga, al menos alguna vez en su vida habrá dicho o hecho cosas muy por encima de su naturaleza y condición, y si pudiésemos liberar a esas personas de la vulgaridad cotidiana en que van perdiendo sus contornos, o ellas mismas violentamente se retirasen de cadenas y prisiones, cuántas más maravillas serían capaces de obrar, qué aspectos del conocimiento profundo podrían comunicar, porque cada uno de nosotros sabe infinitamente más de lo que cree y cada uno de los otros infinitamente más de lo que en ellos queremos reconocer. Cinco personas están aquí por motivos extraordinarios, de extrañar sería que no consiguieran decir algunas cosas un poco fuera de lo común.
Por estos parajes es raro encontrar un automóvil. De tiempo en tiempo pasa un gran camión, lleva abastecimientos a los pueblos, principalmente munición de boca, con todos estos accidentes es natural que se haya desorganizado el comercio local de víveres, hay carencias, y de repente pasa a haber excesos, pero todo tiene disculpa, recordemos que la humanidad nunca se vio en una situación como ésta, navegar siempre navegó, pero en barcos pequeños. Anda aún mucha gente a pie, otros van en burro, si no fuera tan accidentado el terreno, veríamos más bicicletas. En general, la gente de aquí es de buena índole, pacífica, pero el sentimiento de la envidia es quizá el único que no elige clases sociales y el de más asidua manifestación en el alma humana, por eso no fue ni una ni dos veces que Dos Caballos, paseándose por el paisaje en tiempo de tanta dificultad de transporte, despertó ávidas codicias. Cualquier grupo decidido y violento daría rápida cuenta de los ocupantes, uno de aquellos hombres es viejo, los otros poco tienen de sansón y hércules, y en cuanto a las mujeres, vencidos los compañeros, serían presa fácil, verdad es que María Guavaira es mujer para enfrentarse a un hombre, pero necesita un tizón encendido. Bien podía ocurrir, que no se libraran los viajeros de un ataque supitaño, y que quedaran allí desbaratados, en su perdición última, míseras y violadas las mujeres, heridos y vejados los hombres, pero estaba el perro, que, viendo acercarse gente, salía de debajo de la galera y, adelante o atrás, parado o andando, con el hocico bajo como un lobo, clavaba sus ojos de fuego frío en viandantes casi siempre inocentes, pero tanto pavor sentían éstos como miedo los facinerosos. Este perro, si consideramos cuanto hasta hoy ha hecho, merecería el título de ángel de la guarda, pese a las constantes insinuaciones que se siguen haciendo sobre su pretendido origen infernal. Se objetará, con citas tomadas de la autoridad de la tradición cristiana y no cristiana, que los ángeles siempre fueron representados con alas, pero en aquellos casos, que muchos son, en los que el ángel necesario no precisara volar, qué mal hay en que apareciese, familiarmente, en figura de perro, sin tener la obligación de ladrar, lo que, por otra parte, no quedaría bien en tan espiritual entidad. Admítase, no obstante, y al menos, que los perros que no ladran son ángeles en funciones.
Acamparon al caer la tarde a orillas del Miño, en las afueras de una villa llamada Portomarín. Mientras José Anaiço y Joaquim Sassa desuncían y cuidaban de los caballos, preparaban el fuego, pelaban las patatas y picaban las berzas, las mujeres, acompañadas por Pedro Orce y por su ángel de la guarda, aprovecharán la última luz del atardecer para llamar en algunas puertas del pueblo. Joana Carda no abría la boca, por causa de la lengua, probablemente las dificultades de comunicación fueron el origen de la equivocación de antes, pero está aprendiendo para el futuro, que es el único lugar donde uno puede enmendar sus yerros. No les fue mal el negocio, lo que vendieron fue a justo precio. Cuando volvieron, el campamento parecía un hogar, la hoguera los confortaba entre las piedras, el candil colgado de la galera lanzaba hacia el espacio despejado un semicírculo de luz, y el olor de la pitanza era como la presencia de Dios Nuestro Señor.
Cuando después de la cena conversaban alrededor del fuego, Joaquim Sassa tuvo una súbita inspiración y preguntó, De dónde te vino ese nombre de Guavaira, qué significa, y María Guavaira respondió, Guavaira, por lo que sé, es un nombre que sólo llevo yo, lo soñó mi madre cuando todavía estaba dentro de ella, quería que me llamara Guavaira, sólo así, pero mi padre se empeñó en que también tenía que ser María, y me quedé como no debía, María Guavaira, Entonces, no sabes qué quiere decir, Mi nombre vino de un sueño, Los sueños siempre significan algo, Pero no el nombre que aparece en el sueño, ahora decidme de vuestros nombres. Se lo dijeron, cada cual el suyo, uno tras otro. Entonces María Guavaira, atizando el fuego con un tizón, dijo, Los nombres que tenemos son sueños, con quién estaré yo soñando si sueño con tu nombre.