38585.fb2 La Biblia De Barro - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 18

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17

– ¡Señora! ¡Señora!

Clara salió de su letargo ante los gritos de uno de los hombres que la acompañaban.

– ¿Qué sucede, Ali?

– Señora, ha caído la noche y el jefe de la aldea está enfadado. La esperan las mujeres para cenar.

– Ya voy, no tardo ni un segundo en llegar.

Se incorporó mientras se sacudía el polvo amarillo que se le había adherido a la ropa y a la piel. No tenía ganas de hablar con nadie, y menos con el jefe de la aldea y su familia. Quería disfrutar de la soledad del lugar sabiendo que pronto dejaría de estar como ahora.

Fantaseaba sobre Shamas, lo había dotado de rostro y podía escuchar el sonido de su voz, casi podía intuir sus pasos.

Debía de ser un aprendiz de escriba, de ahí los caracteres poco precisos de su escritura, pero también parecía una persona peculiar. Alguien con un don, y sobre todo alguien muy cercano al patriarca Abraham, tanto como para que éste le hubiera contado la Creación.

Pero ¿qué idea tendría Abraham del Génesis? ¿Sería un remedo de las antiguas leyendas mesopotámicas?

Abraham era un nómada, el jefe de una tribu. Todos los clanes nómadas tenían sus propias tradiciones y leyendas, pero en su ir y venir entraban en contacto con otras tribus, con otras gentes de culturas distintas, de las que asimilaban a su vez costumbres, leyendas y dioses.

Era evidente que el Diluvio recogido por los hebreos en la Biblia guardaba relación con el Poema de Gilgamesh.

Cuando llegó a la casa del jefe de la aldea, éste le aguardaba en la puerta con una sonrisa helada a la que Clara hizo caso omiso. Hizo honor a la comida que le sirvieron y luego se retiró a una estancia en la que habían improvisado un lecho junto al de una de las hijas de la casa.

Estaba cansada y durmió de un tirón, como no lo hacía desde que Ahmed había dejado la Casa Amarilla.

La casa de Alfred Tannenberg en El Cairo estaba situada en Heliópolis, la zona residencial donde vivían los jerarcas del régimen.

Por las ventanas del despacho se veía una hilera de árboles, además de unos cuantos hombres que vigilaban el perímetro de la casa.

La edad le había hecho aún más desconfiado de lo que ya era en su juventud. Además, ahora ni siquiera confiaba en sus amigos, en los hombres por los que antes habría dado su vida, convencido de que ellos la habrían dado por él.

¿Por qué se empecinaban en hacerse con la Biblia de Barro? Les ofrecía cuanto tenía a cambio de esas tablillas, que significaban el futuro de Clara. No se trataba de dinero; su nieta ya tenía el suficiente para vivir desahogadamente el resto de su vida. Lo que él quería para Clara era respetabilidad, porque el mundo en que habían vivido se estaba derrumbando, no se podía engañar por más que se hubiera enfadado con cuantos se lo decían. En realidad, los informes que desde hacía un año le enviaba George no dejaban lugar a dudas. Desde el 11 de septiembre de 2001 el mundo había enloquecido.

Estados Unidos necesitaba definir al adversario para controlar las fuentes energéticas, y los árabes creían que para salir de la miseria y que el mundo les respetara tenían que hacer uso de la fuerza, de manera que los intereses de ambos se complementaban. Querían la guerra y estaban en ella, y a él le pillaban en medio dispuesto a hacer negocios como en tantas otras ocasiones. Sólo que ahora le restaban pocos meses de vida y temía por el futuro de su nieta. Y el futuro no pasaba por Bagdad ni por El Cairo. Ahmed, el marido de Clara, lo sabía, por eso pretendía huir. Pero él no quería que su nieta fuera una refugiada mal vista en todas partes por ser iraquí y ser quien era, porque tarde o temprano se sabría quién era. La única manera de salvarla era dotarla de respetabilidad profesional y eso sólo se lo podía dar la Biblia de Barro. Pero George no quería aceptarlo, y aunque Frankie y Enrique tenían familia, tampoco parecían entenderle.

Estaba solo, solo contra todos y con un inconveniente añadido: el escaso tiempo que le quedaba de vida.

Repasó el informe del médico. Querían operarle de nuevo, extirparle el tumor que invadía su hígado. Debía de tomar una decisión, aunque en realidad la tenía tomada. No volvería a entrar en el quirófano, más aún cuando, según el informe, eso no le garantizaba la vida. Incluso podía morir si su corazón se empeñaba enjugarle una mala pasada. Y últimamente los ataques de taquicardia y la tensión alta eran nuevas agresiones a su salud. Su única preocupación era vivir el tiempo suficiente para que Clara excavara en Safran antes de que los norteamericanos bombardearan.

El sonido de unos nudillos golpeando en la puerta del despacho le hizo levantar la mirada del informe esperando a que entrara quien llamaba.

Un criado le anunció la presencia de Yasir y de otro hombre, Mike Fernández. Les estaba esperando; indicó que les hicieran pasar.

Se levantó y se dirigió a la puerta de la entrada del despacho para saludar a sus visitantes. Yasir le hizo una breve inclinación de cabeza acompañada de una media sonrisa que más parecía una mueca. No le perdonaba la bofetada que le dio en su último encuentro. Alfred no pensaba disculparse, porque después de esa ofensa de nada servirían las disculpas. Yasir le traicionaría en cuanto tuviera la más mínima oportunidad, una vez asegurado el negocio que se traían entre manos. Sólo tenía que estar atento para parar el golpe antes de que levantara la mano.

Mike Fernández evaluó al anciano mientras se saludaban. Le sorprendió la fuerza con que Alfred le apretaba la mano, pero sobre todo tuvo la sensación de estar ante un hombre malo. No sabía por qué, pero así lo sentía en su fuero interno; él precisamente no era un santo; llevaba mucho tiempo metido en negocios sucios a las ordenes de Dukais y había hecho cosas de las que su madre, si viviera, se habría avergonzado; pero a pesar de lo vivido en los últimos años seguía distinguiendo el bien y el mal y aquel anciano exudaba mal por los cuatro costados.

El criado entró en el despacho llevando una bandeja con agua y refrescos, que colocó encima de la mesa baja alrededor de la que se habían sentado. Cuando el criado salió Alfred no perdió el tiempo en cortesías y se dirigió directamente a Fernández.

– ¿Qué plan trae?

– Me gustaría echar un vistazo a la frontera de Kuwait con Irak, también quiero examinar algunos puntos de la frontera jordana y de la turca. Me gustaría saber con qué infraestructura contaremos en los distintos lugares en que decidamos desplegar a los hombres, y sobre todo las vías de escape. Creo que podemos tener una buena cobertura a través de una compañía que exporta algodón, grandes balas de algodón, desde Egipto a Europa.

– ¿Y qué más? -preguntó con sequedad el anciano.

– Lo que usted me quiera decir y enseñar. Usted dirige la operación, yo estaré sobre el terreno; por eso quiero ver por dónde me tendré que mover.

– Yo le diré los puntos por donde los hombres entrarán y saldrán de Irak. Llevamos años entrando y saliendo del país sin que ni los iraquíes, los turcos, los jordanos o los kuwaitíes se enteren. Conocemos el terreno como la palma de nuestras manos. Usted se encargará de sus hombres, pero al mando de la operación sobre el terreno estarán los míos, y serán ellos los que entren y salgan de Irak.

– No es eso lo previsto.

– Lo previsto es entrar y salir en el menor tiempo posible pasando inadvertidos. Me temo que usted difícilmente se puede fundir con el paisaje, y dudo mucho que los hombres que envíe Paul puedan hacerlo. A usted se le ve a la legua que no es de aquí. Si le detuvieran se cargaría la operación. Nosotros podemos entrar y salir porque somos de aquí, nos fundimos con el paisaje, ustedes serían tan visibles como la estatua de la Libertad. Me parece bien que tenga unos cuantos hombres en algunos lugares estratégicos que ya le indicaré. En cuanto a lo de esa compañía de algodón, la conozco, es mía, pero no es la más adecuada para este negocio. Lo que necesitamos es que nuestros amigos de Washington nos permitan viajar en los aviones militares que tienen en las bases de Kuwait y de Turquía y que hacen escala en Europa; una vez allí, ya nos encargaremos de lo demás. Son sus hombres los que deben viajar en esos aviones con usted, ahí es donde no deben entrar los míos. Cada uno se tiene que mover en su terreno.

– Y usted decide cuál es el terreno de cada uno.

– ¿Sabe? Cuando viajas por el desierto, los beduinos siempre te sorprenden. Estás convencido de que estás solo y, de repente, alzas la mirada y ahí están. Cómo han llegado, desde cuándo te están siguiendo, es algo que nunca sabes. Son parte de la arena del desierto.

»A usted se le vería a kilómetros de distancia, pero usted no les vería a ellos aunque estuvieran a cinco metros.

– ¿Sus hombres son beduinos?

– Mis hombres han nacido aquí, en estas arenas, y son invisibles. Saben lo que tienen que hacer, adónde ir y por dónde. Ninguno llamará la atención en Bagdad, ni en Basora, ni en Mosul, Kairah o Tikrit. Entrarán y saldrán con la misma tranquilidad con que usted entra y sale de su casa. Lo hemos hecho siempre así, éste es mi territorio, así que no acepto cambios en la manera de hacer las cosas. ¿O es que en Washington se han vuelto locos?

– No, no se han vuelto locos, simplemente quieren controlar la operación.

– ¿Controlarla? Soy yo quien controla la operación.

– Usted la dirige, es cierto, pero ellos quieren a unos cuantos de sus hombres aquí.

– Me temo que no habrá operación si no se hace como digo. En Washington saben que ustedes no podrían cruzar ni una sola de las fronteras.

– Hablaré con Dukais.

– Ahí tiene el teléfono.

Mike Fernández ni se levantó. Había forzado la situación simplemente porque no quería ser sólo un comparsa en los planes del anciano. Pero sabía que Dukais se enfadaría si le llamaba, puesto que las órdenes habían sido tajantes: tenía que hacer lo que dijera Alfred.

– Hablaré con él más tarde -dijo Mike Fernández, sorprendido por la dureza del anciano.

– Haga lo que quiera, pero sepa que no me gustan los pulsos, y si alguien me echa un pulso lo pierde. Así ha sido hasta ahora y así será hasta el día en que me muera.

Fernández guardó silencio. Habían medido fuerzas y quedaba claro que Alfred no estaba dispuesto ni siquiera a compartir el bastón de mando.

Pensó que lo más inteligente sería aceptar la situación. A fin de cuentas, Tannenberg tenía razón: aquél no era su territorio y estaban en vísperas de una guerra. La operación se iría al traste si les detenían a él o alguno de los suyos. De manera que por él no había ningún inconveniente en que fueran otros los que corrieran con los riesgos.

Durante la siguiente hora Tannenberg le dio una lección de táctica y estrategia militar. Desplegó un mapa en el que indicó dónde deberían situarse las fuerzas de apoyo de Mike y cómo y por dónde deberían desplazarse hasta las bases norteamericanas de Kuwait y Turquía, la ruta para llegar hasta Ammán e incluso una vía alternativa para llegar a Egipto.

– ¿Y por dónde entrarán sus hombres, señor Tannenberg?

– Eso no se lo voy a decir. Contárselo a usted sería tanto como poner un anuncio en internet.

– ¿Desconfía de mí? -preguntó Mike Fernández.

– Yo no me fío de nadie, pero en este caso no se trata de desconfianza. Usted le contará a Paul Dukais el plan, y si yo le digo por dónde entrarán mis hombres lógicamente le dará esa información. Y no tengo la menor intención de que esa información esté al alcance de cualquiera. Éste es mi negocio, amigo mío, entrar y salir por las fronteras de Oriente Próximo sin ser advertido por nadie. De manera que con lo que le he contado tiene la información que precisa, no necesita saber más.

Mike esperaba esa respuesta; sabía que el viejo se mostraría inflexible y que no le sacaría nada, pero decidió insistir.

– Sin embargo, usted me ha dado las coordenadas dónde deben esperar mis hombres…

– Así es, pero si de esas coordenadas intenta sacar conclusiones se equivocará, así que allá usted.

– Bien, señor Tannenberg, ya veo que tratar con usted no será fácil.

– Se equivoca, es muy fácil, yo sólo espero que cada uno sepa lo que tiene que hacer. Usted haga su parte, yo haré la mía y asunto concluido. Esto no es una excursión para hacer amigos, de manera que no hace falta que me cuente cómo van a convencer sus jefes a los chicos del Pentágono para que les presten sus aviones, ni yo tampoco le contaré cuántos hombres míos participarán en esta operación ni por dónde entrarán o saldrán. Pero sí le diré los hombres que usted necesita.

– ¿Me lo dirá usted? -preguntó con ironía el ex coronel Fernández.

– Sí, se lo diré, porque usted no tiene ni idea de cómo llegar desde los puntos que le he dicho hasta las bases norteamericanas. De manera que a sus hombres les escoltarán algunos de mis hombres, sobre todo para asegurarse de que todo llega bien.

– ¿Y cuántos hombres debo traer?

– No más de veinte, y a ser posible que hablen algo más que inglés.

– ¿Se refiere a árabe?

– Me refiero a árabe.

– No estoy seguro de que en eso podamos complacerle… -Inténtenlo.

– Se lo diré al señor Dukais.

– Él ya sabe cómo deben de ser los hombres para esta misión, por eso le ha elegido a usted.

* * *

Mientras bajaban por la escalerilla del avión sintieron el calor seco del desierto. Marta sonrió feliz. Le gustaba Oriente. Fabián sintió que le faltaba el aire y aceleró el paso camino de la terminal del aeropuerto de Ammán.

Esperaban ante la cinta transportadora el equipaje cuando un hombre alto y moreno se dirigió hacia ellos hablándoles en un español más que perfecto.

– ¿El señor Tudela?

– Sí, soy yo…

El hombre le tendió la mano y le dio un apretón firme y resuelto.

– Soy Haydar Annasir. Me envía Ahmed Huseini.

– ¡Ah! -fue todo lo que acertó a decir Fabián.

Marta no dio importancia a que Haydar no la hubiese saludado y le tendió a su vez la mano ante el asombro de éste.

– Yo soy la profesora Gómez, ¿cómo está usted?

– Bienvenida, profesora -respondió Haydar Annasir, haciendo una ligera inclinación mientras estrechaba la mano de Marta.

– ¿La señora Tannenberg no ha venido? -preguntó Marta.

– No, la señora Tannenberg se encuentra en Safran, les espera allí. Pero antes debemos de retirar todo lo que han traído de la aduana. Déme los recibos y me ocuparé de recoger todos los bultos y que los trasladen al camión -precisó Annasir.

– ¿Iremos directamente a Safran? -quiso saber Fabián.

– No. Les hemos reservado habitación en el Marriot para que descansen esta noche, mañana cruzaremos la frontera de Irak e iremos a Bagdad y de allí en helicóptero nos trasladarán a Safran. Espero que dentro de dos días puedan reunirse ustedes con la señora Tannenberg -fue la respuesta de Haydar Annasir.

Tuvieron que cumplimentar todos los trámites de la aduana, aunque sin problema alguno, ya que la presencia de Haydar era suficiente para que los funcionarios no pusieran ninguna traba. Vieron que los contenedores eran instalados directamente en tres camiones que les esperaban en la zona de carga del aeropuerto. Luego ellos se dirigieron hacia el hotel. Haydar les anunció que regresaría a la hora de la cena para acompañarles; mientras tanto, si lo deseaban, podían descansar. Al día siguiente saldrían al amanecer, a eso de las cinco de la mañana.

– ¿Qué te ha parecido el personaje? -preguntó Fabián a Marta mientras tomaban una copa en el bar.

– Amable y eficaz.

– Y habla un español perfecto.

– Sí, seguramente ha estudiado en España; esta noche nos contará en qué universidad y qué.

– A ti al principio no te ha hecho caso.

– Sí, se ha dirigido a ti; tú eres el hombre y por tanto tenía que tratar contigo. Ya se le pasará.

– Pues me ha sorprendido que no le soltaras alguna impertinencia por desdeñarte.

– No lo ha hecho con mala intención. Es producto de la educación que ha recibido. No creas que vosotros sois mejores -respondió riéndose Marta.

– Bueno, nos hemos reciclado y hecho un enorme esfuerzo por estar a la altura de las chicas, que ya sabemos que sois el superhombre.

– Seguramente Nietzsche pensaba en su hermana cuando teorizó sobre el superhombre. Pero hablando en serio, ya estoy acostumbrada a que esto suceda cuando vengo a trabajar a Oriente. Dentro de unos días se rendirá a la evidencia y sabrá que la jefa soy yo.

– Vaya, acabas de hacerte con el poder, gracias por decírmelo.

Bromearon un rato mientras apuraban el whisky con hielo esperando a Haydar Annasir. Éste apareció a las ocho y media en punto, tal y como les había anunciado.

«No está mal», pensó Marta examinándole con ojo crítico mientras cruzaba el bar en dirección a ellos.

Haydar llevaba un traje azul oscuro de buen corte y una corbata de Hermés con un dibujo de elefantes.

«La corbata con los elefantes es un poco antigua, pero es elegante», se dijo a sí misma Marta mientras procuraba no dejar escapar la más leve sonrisa para no desconcertar a aquel hombre envarado que no sabía qué terreno pisaba con estos dos extranjeros.

Les llevó a cenar a un restaurante situado en la zona residencial de Ammán donde sólo había occidentales. Hombres de negocios de paso por la capital hachemí que compartían mesa con hombres de negocios y políticos jordanos.

Fabián y Marta dejaron que fuera Haydar quien encargara la cena al maître, y no hicieron en ningún momento alarde de que hablaban árabe.

– Siento curiosidad por saber dónde aprendió usted español -preguntó Fabián.

Haydar pareció incómodo con la pregunta pero respondió educadamente.

– Soy licenciado en Económicas por la Universidad Complutense de Madrid. El Gobierno español ha tenido siempre una generosa política de becas para que los estudiantes jordanos pudiéramos estudiar en su país. Viví en Madrid seis años.

– ¿En qué años? -quiso saber Marta.

– Del ochenta al ochenta y seis.

– Una etapa muy interesante -insistió Marta esperando que Haydar dijera algo más.

– Sí, coincidí con el final de su Transición y el primer Gobierno socialista.

– ¡Qué jóvenes éramos entonces! -exclamó Fabián.

– Dígame, ¿trabaja usted para la señora Tannenberg? -preguntó Marta directamente.

– No, no exactamente. Trabajo para su abuelo. Dirijo las oficinas del señor Tannenberg en Ammán -respondió Haydar no sin cierta incomodidad.

– ¿El señor Tannenberg es arqueólogo? -siguió preguntando Marta, haciendo caso omiso de la indudable incomodidad de Haydar.

– Es un hombre de negocios.

– ¡Ah! Había creído entender que estuvo hace años en Jaran y allí encontró las tablillas que tanto revuelo han organizado en la comunidad arqueológica -apuntó Fabián.

– Lo siento, pero no lo sé. Trabajo para el señor Tannenberg pero desconozco cualquier otra actividad que no sea la de sus negocios actuales -insistió esquivo Haydar.

– ¿Y es una indiscreción preguntarle cuáles son los intereses del señor Tannenberg?

La pregunta de Marta pilló de improviso a Haydar, que no esperaba que se atrevieran a someterle a ese interrogatorio.

– El señor Tannenberg tiene distintos negocios, es un hombre respetado y considerado, al que sobre todo le gusta la discreción -respondió con cierto enfado Haydar.

– ¿Su nieta es una arqueóloga conocida en Irak? -insistió Marta.

– Conozco muy poco a la señora Tannenberg; sé que es una persona solvente en su trabajo y está casada con un reputado profesor de la Universidad de Bagdad. Pero estoy seguro de que todas estas preguntas se las podrán hacer a ella cuando lleguen a Safran.

Fabián y Marta se miraron llegando al acuerdo tácito de no continuar preguntando más. Habían sido extremadamente descorteses con su anfitrión. Aquello era Oriente, y en Oriente nadie preguntaba directamente sin correr el riesgo de ofender.

– ¿Se quedará usted con nosotros en Safran? -preguntó Fabián.

– Estaré a su disposición durante el tiempo que dure la excavación. No sé si deberé quedarme todo el tiempo en Safran o en Bagdad. Estaré allí donde me consideren necesario.

Cuando les dejó en la puerta del hotel, les recordó que a la mañana siguiente les recogería a las cinco. Los camiones con la carga ya habían salido para Safran.

– Le hemos puesto en un apuro -afirmó Fabián mientras se despedían en la puerta del ascensor.

– Sí, ha pasado un mal rato. Bueno, no me importa. Yo estoy intrigada por saber cómo y cuándo ese Tannenberg excavó en Jaran, ya sabes que yo también he excavado en esa zona. Antes de salir busqué todas las expediciones arqueológicas que se han hecho a Jaran y en ninguna figura ningún Tannenberg.

– Vete tú a saber si ese misterioso abuelo ha excavado alguna vez en otro lugar que no sea en el jardín de su casa. Lo mismo compró esas tablillas a algún ladrón.

– Sí, también lo he pensado. Pero me pasa como a tu amigo Yves: me intriga el abuelo de Clara Tannenberg.

El viaje a Bagdad resultó agotador por el calor. La ciudad evidenciaba las señales del asedio que sufría. Se veía pobreza, como si de la noche a la mañana la próspera clase media iraquí hubiera desaparecido.

Marta se mareó en el helicóptero y no pudo reprimir vomitar, a pesar de los cuidados solícitos de Fabián.

Cuando llegaron a Safran estaba pálida y se sentía agotada, pero sabía que debía hacer un esfuerzo porque aún pasarían muchas horas antes de que pudiera descansar.

Le sorprendió Clara Tannenberg: morena, de estatura media, piel de color canela y ojos azul acero. Era guapa. Sencillamente guapa.

Clara también evaluó a Marta con una mirada. Pensó que debía de haber pasado los cuarenta, más cerca de los cuarenta y cinco; se le notaba esa seguridad de las mujeres occidentales que todo se lo deben a sí mismas y a su esfuerzo y por tanto no están dispuestas a que nadie les diga qué pueden hacer o dejar de hacer. Clara tampoco pasó por alto que Marta era una mujer atractiva. Cabello negro, alta y ojos castaño oscuros; llevaba una media melena lisa y las uñas cuidadas.

Siempre se fijaba en las manos de las mujeres. Su abuela le había enseñado a que lo hiciera; le decía que reconocería con qué clase de mujer trataba por sus manos. No le había fallado el consejo. Las manos reflejaban el alma de las mujeres y su condición social. Las de Marta eran unas manos delgadas y huesudas, con la manicura recién hecha, y las uñas cubiertas por un ligero barniz transparente que sólo les daba brillo.

Después de los saludos de rigor, les informó de que los camiones ya habían llegado a Safran, aunque aún no les había dado tiempo a descargar los contenedores.

– Pueden dormir en alguna de las casas de los campesinos o, si lo prefieren, en las tiendas que hemos instalado. Hemos comenzado a construir unas cuantas casas de adobe, muy simples, como las que se construían hace siglos en Mesopotamia y siguen construyendo los campesinos hoy. Algunas ya están listas, pero falta que lleguen de Bagdad colchones y otros enseres; en un par de días estarán aquí. Servirán para alojar no sé si a todos, pero sí a buena parte de la expedición. No dispondremos de lujos, pero espero que se encuentren cómodos.

– ¿Podemos echar un vistazo por los alrededores? -preguntó Fabián…

– ¿Quiere conocer el lugar donde hemos encontrado el edificio? -le respondió Clara.

– Exactamente, estoy deseando verlo -contestó Fabián con la mejor de sus sonrisas.

– Bien, diré que lleven su equipaje a los alojamientos y nosotros iremos caminando hasta el palacio. No está lejos de aquí, y hoy no hace demasiado calor -fue la respuesta de Clara.

– Si no le importa -terció Marta-, preferiría ir en coche. Me he mareado durante el viaje y no me encuentro demasiado bien.

– ¿Necesita algo? ¿Prefiere quedarse? -le dijo Clara.

– No, sólo querría beber agua y poder refrescarme, y si es posible no ir a pie -pidió Marta.

Clara dio unas cuantas órdenes y en un segundo el ligero equipaje de Marta estaba instalado en casa del jefe de la aldea, mientras que el de Fabián era llevado a la casa de una familia que vivía al lado.

Marta dispuso de los minutos que había pedido para beber agua y recuperar fuerzas. Luego se dirigieron en un jeep hasta el lugar donde pasarían los próximos meses.

Fabián saltó del coche antes de que el soldado que lo conducía terminara de parar. Con paso presuroso empezó a recorrer el lugar, deteniéndose para observar el perímetro que había quedado al descubierto tras la explosión de una bomba que había dejado su cosecha de destrozos.

– Veo que han estado despejando la zona -afirmó Fabián.

– Sí; creemos que estamos sobre el tejado de un edificio y que lo que vemos por ese boquete es una estancia donde seguramente estaban apiladas tablillas; de ahí la cantidad de trozos que hemos encontrado. Por lo que, sin duda, este lugar era un templo-palacio -respondió Clara.

– No hay constancia de que hubiera un templo tan cerca de Ur -dijo Fabián.

– No, no la hay, pero le recuerdo, profesor, que el valor de cualquier descubrimiento es ése: encontrar algo de lo que en muchas ocasiones no hay ningún indicio de que existiera. Si excaváramos a lo largo y ancho de Irak encontraríamos varias decenas de templos-palacios, puesto que eran los centros administrativos de amplias zonas -explicó Clara.

Marta, mientras tanto, se había alejado de ellos buscando un lugar desde el que tener cierta perspectiva del lugar. Fabián y Clara la dejaron, sin interrumpir el ir y venir de Marta.

– ¿Es su esposa? -le preguntó Clara.

– ¿Marta? No, no lo es. Es profesora de Arqueología en mi misma Universidad, la Complutense de Madrid. Y tiene una larga experiencia en trabajos de campo. Por cierto, hace años estuvo cerca dejaran, donde su abuelo encontró esas tablillas misteriosas.

Clara asintió en silencio. Su abuelo le había prohibido con rotundidad que diera información sobre él. No debía decir ni una palabra de más, aunque le insistieran para conocer detalles de cuándo y por qué estuvo en Jaran, de manera que decidió llevar la conversación hacia otros derroteros.

– Han sido muy valientes viniendo a Irak en las actuales circunstancias.

– Esperemos que todo vaya bien. No va a ser fácil trabajar con tanta premura de tiempo.

– Sí, los iraquíes confiamos en que Bush esté echando un pulso a Sadam.

– Pues no se equivoquen. Les ha declarado la guerra y en cuanto tenga sus efectivos dispuestos atacará. No creo que tarden en hacerlo más de seis o siete meses.

– ¿Por qué apoya España a Bush contra Irak?

– No confunda a España con nuestro actual Gobierno. Los españoles mayoritariamente estamos en contra de la guerra, no compartimos las razones de Bush para hacer la guerra.

– Entonces, ¿por qué no se rebelan?

Fabián soltó una carcajada.

– Tiene gracia que usted me pregunte por qué no nos rebelamos cuando ustedes viven bajo la bota de Sadam. Mire, yo no estoy de acuerdo con mi Gobierno en lo que se refiere a apoyar a Estados Unidos contra Irak ni en tantas otras muchas cosas, pero el mío es un Gobierno democrático. Quiero decir que le podemos echar en las urnas.

– Los iraquíes quieren a Sadam -afirmó Clara.

– No, no le quieren, y el día en que caiga, que caerá, sólo unos cuantos favorecidos por su régimen le defenderán. A los dictadores se les sufre, pero nadie les quiere, ni siquiera quienes han vivido bajo su régimen sin decir palabra. De Sadam lo único que quedará será el recuerdo de sus tropelías. Mire, dejemos las cosas claras, el que estemos en contra de la guerra no significa que apoyemos a Sadam. Sadam representa todo lo que abomina cualquier demócrata: es un dictador sanguinario, que tiene las manos manchadas con la sangre de los iraquíes que se han atrevido a oponérsele y con la de los kurdos a los que ha asesinado masivamente.

»No nos importa Sadam ni la suerte que pueda correr. Estamos en contra de la guerra porque no creemos que nadie debe morir para que desaparezca un solo hombre, y sobre todo porque es una guerra por intereses bastardos: quedarse con el petróleo de Irak. ¡Norteamérica quiere el control de las fuentes energéticas porque siente el aliento del coloso chino! Pero insisto: no se equivoque, quienes estamos en contra de la guerra aborrecemos a Sadam.

– No me ha preguntado si soy partidaria de Sadam -le reprochó Clara.

– No me importa que lo sea. ¿Qué hará? ¿Denunciarme a esos soldados para que me detengan? Imagino que si usted vive en Irak sin que le falte de nada, es porque es afecta al régimen de Sadam. No podríamos excavar aquí en estas circunstancias si su abuelo no fuera un hombre poderoso en Irak, de manera que no caben engaños. Pero eso sí, tampoco se engañe usted creyendo que quienes venimos aquí estamos dispuestos a inclinarnos ante Sadam o a cantar las excelencias de su régimen. Es un dictador y nos repugna profundamente.

– Pero, aun así, vienen a excavar.

– Si logramos evitar el encontronazo político excavaremos. Venimos a excavar en una circunstancia difícil para nosotros, y no crea que ha sido fácil tomar la decisión. Venir aquí puede ser manipulado por algunos para presentarnos como gente que avala a Sadam, de manera que esto no es una bicoca. Creemos que estamos ante la oportunidad de desvelar si lo que usted afirmó en el congreso de Roma tiene alguna base. Trabajaremos a destajo y contrarreloj, y si no conseguimos el objetivo, al menos lo habremos intentado. Como arqueólogos no podíamos dejar pasar la ocasión.

– ¿Usted es amigo de Yves Picot?

– Sí, somos amigos desde hace tiempo. Es un hetedoroxo, pero uno de los mejores, y desde luego sólo alguien como él sería capaz de convencernos para venir a jugarnos el pellejo a este lugar -afirmó Fabián dejando vagar la mirada en busca de Marta.

– ¿Cuántos arqueólogos participarán en la misión?

– Desgraciadamente, menos de los que necesitamos. El equipo no es suficiente para el trabajo que debemos abordar. Vendrán dos expertos en prospección magnética, un profesor de arqueozoología, otro de anatolística, siete arqueólogos especialistas en Mesopotamia, además de Marta, Yves y yo mismo, y unos cuantos estudiantes de los últimos cursos de arqueología. En total, seremos unos treinta y cinco.

Clara no pudo ocultar una mueca de decepción. Esperaba que Picot hubiera sido capaz de encontrar a más especialistas para la expedición. Fabián se dio cuenta y sintió un cierto fastidio.

– Dese con un canto en los dientes, como decimos en España ante situaciones como ésta. Que vengan treinta y cinco personas a trabajar aquí es un milagro, y lo hemos hecho por Yves. A su país le van a machacar, y no está para aventuras arqueológicas; aun así Yves nos ha convencido y hemos dejado nuestros trabajos, y no crea que es sencillo decir al decano de tu facultad que te vas en pleno mes de septiembre, con el curso a punto de empezar. De manera que todos los que venimos hemos hecho un sacrificio personal, sabiendo lo difícil que será encontrar algo que de verdad valga la pena y justifique la inversión de nuestro tiempo y prestigio profesional.

– ¡No lo plantee como si me estuvieran haciendo un favor! -respondió Clara exasperada-. ¡Si vienen será porque creen que pueden conseguir algo, de lo contrario no estarían aquí!

Marta se había acercado hasta ellos y escuchó la última parte de la conversación.

– ¿Qué os pasa? -preguntó.

– Intercambio de pareceres -respondió Fabián.

Clara no dijo nada, bajó la mirada al suelo y tomó aire para calmarse. No podía dejar aflorar su genio, y menos en vísperas de comenzar el trabajo. Echaba de menos a Ahmed; él tenía mano izquierda, sabía cómo tratar a todo el mundo y decir lo que pensaba sin ofender, pero manteniéndose firme en sus ideas.

– Bien -continuó Marta-, he echado un vistazo al lugar. Es interesante lo que se ve. ¿Con cuántos obreros podremos contar?

– Alrededor de cien. Aquí en Safran contamos con unos cincuenta hombres, el resto vendrán de aldeas cercanas.

– Necesitamos más. Es imposible despejar toda esa arena si no tenemos suficientes manos. ¿Aquéllas son las casas que se están levantando para el equipo? -preguntó señalando hacia el frente.

– Sí. Están como a trescientos metros, no demasiado lejos. De manera que viviremos al lado, sin necesidad de coches para desplazarnos -respondió Clara.

– Nosotros traemos tiendas bien acondicionadas. En mi opinión, los obreros deberán terminar lo que estén haciendo para no dejarlo a medias, pero la prioridad es que se pongan a trabajar aquí ya.

El tono de Marta no dejaba lugar a dudas.

– ¿Ya? ¿Antes de que llegue el resto de la expedición? -preguntó sorprendido Fabián.

– Sí. No hay tiempo que perder. Sinceramente, no creo que podamos hacer el trabajo en tan poco tiempo, de manera que pongámonos ya. Comenzaremos mañana. Si os parece, ahora cuando regresemos a la aldea nos reunimos con los hombres para explicarles algunos detalles del trabajo que tienen que realizar. Intentaremos que la zona esté lo más despejada posible para cuando lleguen Yves y el resto del equipo. ¿Os parece bien?

– Tú mandas -respondió Fabián.

– Por mí, de acuerdo -afirmó Clara.

– Bien, os explicaré el plan de trabajo que he ido pensando que podemos empezar a hacer…