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19

Se notaba que era él quien mandaba en aquel grupo tan heterogéneo. No hacía falta ser un lince para darse cuenta de que aquel hombre alto, de complexión fuerte y cabello rubio oscuro ejercía el liderazgo entre aquellos hombres y mujeres que no habían dejado de reír y hacer bromas durante la larga espera para recoger las maletas de las cintas transportadoras. Habían llegado en un vuelo anterior al suyo, pero al parecer llevaban todos exceso de equipaje. Se había sobresaltado al escucharles discutir sobre arqueología. Iban a excavar a Irak y Gian Maria pensó una vez más que las casualidades no existen, y que si él se había encontrado a un grupo de arqueólogos que iban a Irak es que la Providencia había querido que así fuera.

Les había oído decir que iban a Bagdad, pero que esa noche dormirían en Ammán antes de cruzar la frontera.

El sacerdote, nervioso, hizo un esfuerzo casi sobrehumano para vencerse a sí mismo y hablar al jefe del grupo antes de que desaparecieran de la terminal del aeropuerto.

– Perdone, ¿puedo hablar con usted?

Yves Picot contempló al hombre que, rojo como la grana por el apuro que le daba abordarle, esperaba temeroso su veredicto.

– Sí, dígame…

– Les he oído decir que van a Bagdad…

– Sí, así es.

– ¿Podría ir con ustedes?

– ¿Con nosotros? Pero ¿quién es usted?

El joven enrojeció aún más. No quería mentir, no podía, pero tampoco le diría toda la verdad.

– Me llamo Gian Maria, y voy a Irak a ver qué puedo hacer.

– ¿Cómo que a ver qué puede hacer? ¿Qué es lo que se propone?

– Entre otras cosas, ayudar. Tengo unos amigos trabajando en una ONG, que prestan ayuda a los niños en los barrios más pobres de Bagdad y surten de algunos medicamentos a los hospitales. Ya sabe que carecen de todo por el bloqueo… la gente se está muriendo porque no tienen antibióticos con los que combatir las infecciones y…

– Ya, ya sé cómo está Irak, pero ¿se ha venido a la ventura?

– Avisé a mis amigos de que venía, pero no me pueden venir a buscar a Ammán, y yo… realmente no estoy acostumbrado a estas cosas y si pudiera ir con ustedes hasta Bagdad… contribuiré con lo que me pidan.

Yves Picot soltó una carcajada. Le caía bien ese hombre tan tímido que el solo hecho de hablarle le había teñido el rostro del color de los tomates.

– ¿En qué hotel está? -le preguntó.

– En ninguno…

– ¿Y cómo pensaba ir a Bagdad?

– No sabía cómo… pensé que aquí me lo dirían.

– A las cinco de la mañana saldremos del Marriot. Si está allí, le llevaremos con nosotros. Pregunte por mí, me llamo Yves Picot.

Se dio la media vuelta y dejó al joven sorprendido sin darle tiempo a manifestarle las gracias.

Gian Maria suspiró con alivio. Cargó con la pequeña maleta negra en que llevaba su exiguo equipaje y salió del aeropuerto para buscar un taxi. Pediría que le llevara al Marriot para ver si con un poco de suerte encontraba también él una habitación allí; prefería estar cerca, a ser posible, del equipo de arqueólogos.

El taxi le dejó en la puerta del hotel y Gian Maria entró con paso decidido en el vestíbulo, donde el aire acondicionado aliviaba de la temperatura exterior. En recepción estaba registrándose el grupo de Picot. No quería parecer pesado, de modo que buscó un lugar discreto para aguardar a que la recepción se despejara. Esperó pacientemente durante más de veinte minutos antes de acercarse al mostrador.

El recepcionista, en un impecable inglés, le explicó que no tenía ni una sola habitación individual; sólo le quedaba una doble, que imaginaba, le dijo, no querría.

Gian Maria dudó unos instantes. No le sobraba el dinero, y si pagaba una habitación doble sus recursos se reducirían considerablemente, pero llegó a la conclusión de que era lo mejor. Así que cinco minutos después estaba instalado en una cómoda habitación de la que decidió no salir hasta el día siguiente. No quería correr riesgos, ni mucho menos perderse en una ciudad desconocida. Además, no le vendría mal descansar. Lo necesitaba después de tantos días de agitación hasta encontrar la manera de dejar Roma sin despertar sospechas.

Llamó a Roma a su superior para decir que había llegado sin novedad y que al día siguiente cruzaría la frontera con Irak.

Después, tumbado en la cama y con un libro en las manos, se quedó dormido. Aún no eran las tres de la mañana cuando se despertó sobresaltado. Faltaban más de dos horas para que el equipo de arqueólogos saliera del hotel. Temiendo quedarse dormido, llamó a recepción para recordarles que debían despertarle a las cuatro. Pero no volvió a conciliar el sueño; no podía, pensaba en si debía preguntar a ese arqueólogo que parecía el jefe, a Picot, si conocía a Clara Tannenberg. Pudiera ser que la conociera, o al menos supiera dónde encontrarla. Si iban a Irak y la mujer vivía en Irak… Pero tan pronto como decidía. que preguntaría decidía lo contrario. No, no podía confiarse a ningún extraño. Si le llegara a preguntar por ella a Picot, éste querría saber quién era y, en caso de conocerla, le pondría en, un apuro. Él no podía decir a nadie ni por qué ni a qué iba a Bagdad. Guardaría silencio, por más que el silencio estuviera resultando la peor de las cargas.

Yves Picot no estaba de buen humor. Se había acostado tarde, le dolía la cabeza y tenía sueño. Lo que menos tenía era ganas de hablar. Cuando se encontró en el vestíbulo al joven del aeropuerto estuvo a punto de decirle que se buscara otra manera de ir a Bagdad, pero la mirada trágica de aquel hombre le hizo actuar con una generosidad que no sentía.

– Súbase a aquel Land Rover y no moleste.

Eso fue todo lo que le dijo. Gian Maria no rechistó y se subió al Land Rover que le había indicado, dónde el chófer aguardaba a que se subiera el grupo que le correspondía llevar.

Un minuto más tarde llegaron tres chicas jóvenes; no debían de tener más de veintidós o veintitrés años.

– ¡Tú eres el del aeropuerto! -exclamó una rubia de ojos verdes, bajita y delgada.

– ¿Yo? -preguntó Gian Maria sorprendido.

– Sí, nos fijamos en ti mientras esperábamos el equipaje, no dejabas de mirarnos, ¿verdad, chicas?

Las otras dos rieron mientras Gian Maria notaba que enrojecía.

– Me llamo Magda-se presentó la rubia de ojos verdes-; y estas dos gamberras son Lola y Marisa.

Le dieron un beso en vez de la mano y se sentaron a su lado, hablando sin parar.

Gian Maria las escuchaba sin intervenir. Sólo de vez en cuando se dirigían a él y les respondía procurando no decir ni una palabra de más. Cruzaron la frontera sin problemas y aún no eran las diez cuando estaban llegando Bagdad.

Yves Picot tenía una cita con Ahmed Huseini en el ministerio. La expedición se acomodó en el hotel Palestina, donde tenían reservada habitación para pasar una noche. Gian Marea se dirigió con ellos al hotel y desde allí localizó a la ONG donde realmente le esperaban.

– ¿A qué se dedica? -le preguntó de repente Magda.

– ¿Yo? -preguntó desconcertado Gian Maria.

– Sí, claro, usted. Nosotras ya sé a qué nos dedicamos.

– Ustedes son arqueólogas, ¿no? preguntó tímidamente.

– No, aún no -respondió Marisa, una chica desgarbada con el cabello castaño.

– Estamos en el último curso -precisó Lola-. Este año terminamos la carrera. Pero hemos venido porque es una oportunidad única y además hacemos currículum… excavar bajo la dirección de Yves Picot, con Fabián Tudela y Marta Gómez es una pasada.

– Espero que luego nos aprueben-dijo riendo Magda-, porque la Gómez es un hueso de cuidado. A mí me suspendió el año pasado.

– Y a mí me dio un aprobado pelado e hice un examen de cine -se quejó Marisa-, pero para esa mujer nunca sabemos bastante.

– A ver si encuentra novio y se relaja -dijo Lola soltando otra carcajada-; aquí los hombres tienen su aquel.

– No creo que a la Gómez le falten tíos a su alrededor, mira cómo la observan los otros profesores… -respondió Marisa.

– Y nuestros compañeros también -continuó incidiendo Magda-. Están todos por ella.

– ¿Usted es italiano? -preguntó Lola.

– Sí.

– Pero habla español -insistió Lola.

– Un poco, no demasiado -dijo Gian Maria, incómodo por las preguntas de las tres chicas.

– Bueno, ¿y a qué se dedica? -volvió a preguntar Magda.

– Me licencié en lenguas muertas -dijo Gian Maria rezando para que no le insistieran.

– ¡Pero a quién se le ocurre estudiar lenguas muertas! ¡Menudo rollazo! Es lo que peor se me da -exclamó Magda.

– O sea, que habla hebreo, arameo… -quiso saber Lola.

– También acadio, hurrita… -añadió Gian Maria.

– Pero ¿cuántos años tiene?

La pregunta de Marisa le desconcertó.

– Treinta y cinco -respondió Gian Maria.

– ¡Anda, si creíamos que era como nosotras! -exclamó Marisa.

– No le echábamos más de veinticinco -apostilló Lola,

– ¿Y no necesita un trabajo? -preguntó Magda.

– ¿Yo?

– Sí, usted -insistió Magda-. Se lo puedo decir a Yves; andamos cortos de gente.

– ¿Y qué podría hacer con ustedes?

– Vamos a excavar a Safran, cerca de Tell Mughayir, la antigua Ur -explicó Magda-, y dada la situación, no hay mucha gente que haya querido participar en esta misión.

– En realidad es una misión muy controvertida, porque muchos arqueólogos y profesores creen que no deberíamos de venir ahora a Irak, casi lo ven como una frivolidad -dijo Lola.

– Y algo de razón tienen, porque dentro de unos meses Bush bombardeará Irak, miles de personas morirán y en los meses previos nosotros habremos estado buscando tablillas como si fuera lo más normal, y no lo es -precisó Marisa.

– Vengo a colaborar con una ONG -se disculpó Gian Maria-. Trabajan en los barrios más míseros distribuyendo alimentos y medicinas…

– Bueno, pero eso no quita para que si quiere venir a echarnos una mano, venga. Yo se lo voy a decir a Picot; además, pagan estupendamente en esta expedición, así que si en algún momento anda corto de dinero… -sugirió de nuevo Magda.

Cuando se bajaron del coche en la puerta del hotel Palestina, el humor de Picot no había mejorado demasiado. Necesitaba un café bien cargado y dejó a Albert Anglade, el encargado del operativo, para que se entendiera con el recepcionista del hotel.

– ¡Profesor! ¡Profesor! -gritó Magda.

Yves pensó que lo que menos le apetecía era escuchar las ocurrencias de la joven, por más que les hubiese ayudado a convencer a unos cuantos alumnos de la Complutense para que les acompañara.

– Dígame…

– ¿Sabe?, Gian Maria es especialista en lenguas muertas… a lo mejor nos puede servir -le dijo Magda.

– ¿Y quién es Gian Maria? -preguntó el malhumorado Picot.

– Pues ese chico que nos metió en el coche y que venía en el mismo avión que nosotros.

– ¡Ah! La verdad es que es usted muy eficiente, no para de recomendarnos gente -respondió malhumorado Picot.

– Bueno, entiendo que no quisiera que trajéramos al maestro bosnio, pero a un especialista en lenguas muertas… domina el acadio -insistió Magda.

– Bien, pregúntele dónde estará en Bagdad y si le necesitamos le llamaremos -concedió Picot.

– ¡Pues claro que le necesitamos! ¿Usted sabe el volumen de tablillas que tendremos que descifrar? -insistió Magda.

– Señorita, le aseguro que no es la primera vez que participo en una misión arqueológica. Le he dicho que pregunte a ese joven por su disponibilidad y… mejor mándemelo al bar. Hablaré yo con él.

– ¡Estupendo!

Magda salió corriendo en dirección al vestíbulo del hotel temiendo que Gian Maria hubiera desaparecido. El chico le caía bien, no sabía por qué, quizá por su aspecto desvalido.

– ¡Gian Maria! -gritó cuando le vio.

– ¿Sí? -respondió éste, enrojeciendo al pensar que todos les miraban.

– El jefe quiere hablar contigo, te espera en el bar. Yo que tú no me lo pensaría. ¡Anda, vente con nosotros!

– Pero, Magda, tengo un compromiso, he venido a ayudar, la gente aquí lo está pasando muy mal -protesto él a modo de excusa.

– Seguro que en Safran lo pasan igual de mal, así que en los ratos libres te puedes dedicar a ayudar a la gente de la aldea. A Gian Maria le sorprendía la vitalidad sin límites que parecía tener Magda. La chica estaba llena de buenas intenciones, pero era como un terremoto que todo lo arrasaba. Encontró a Picot bebiendo una taza de café.

– Muchas gracias por traerme a Bagdad -le dijo a modo de saludo.

– De nada. Magda dice que es usted especialista en muertas.

– Sí.

– ¿Dónde ha estudiado?

– En Roma.

– ¿Y por qué?

– ¿Por qué?

– Sí, ¿por qué?

– Pues porque… porque es lo que me gusta.

– ¿Le interesa la arqueología?

– Desde luego…

– ¿Quiere unirse a nosotros? No contamos con muchos expertos. ¿Conoce bien el acadio?

– Sí.

– Venga.

– No, no puedo. Ya le dije que estoy aquí para ayudar a una ONG.

– Usted decide. Si cambia de opinión, nos encontrará en Safran. Es una aldea perdida entre Tell Mughayir y Basora.

– Ya me lo ha dicho Magda.

– No es fácil moverse por Irak, de manera que le daré un teléfono de contacto. Es del director del departamento de Excavaciones Arqueológicas, Ahmed Huseini; si decide venir con nosotros, él le facilitará la manera de hacerlo.

Gian Maria se quedó en silencio. En sus ojos se reflejó el impacto que le había provocado escuchar el nombre de Ahmed Huseini. Cuando logró entrar en la sede del congreso de arqueología en Roma para pedir información sobre Tannenberg, le explicaron que el único apellido Tannenberg correspondía a una mujer, Clara Tannenberg, que participaba en el congreso junto a su marido, Ahmed Huseini.

– ¿Qué le pasa? ¿Conoce a Ahmed? -preguntó con curiosidad Picot.

– No, no sé quién es. Verá, estoy un poco cansado y confundido con su oferta, yo… yo he venido a ayudar a los iraquíes y…

– Usted decide. Yo le ofrezco trabajo, pagamos bien… Ahora, si me lo permite, voy a ver cómo están las cosas antes de irme a ver precisamente a Huseini.

Le dejó allí en medio del bar, confundido. Unos segundos después entraba Magda buscándole con la mirada.

– ¿Te has decidido?

– Pues aún no lo sé…

– ¿Problemas de conciencia?

– Supongo que sí.

– No creas, yo también los tengo; lo que te dijo Marisa es verdad, a todos nos crea problemas de conciencia esta situación, pero ¡es lo que hay! Las situaciones ideales no existen.

– Ésta es la peor posible -apostilló Gian Maria.

– Sí, lo es. Dentro de unos meses morirán miles de iraquíes… y nosotros, mientras, buscando ciudades enterradas en la arena, sabiendo que cinco minutos antes de que comiencen a bombardear nos podremos ir. Si lo pensamos mucho saldremos corriendo, así que…

– Así que has decidido no pensar.

– No te voy a insistir, Gian Maria. Si quieres, ya sabes, dónde nos puedes encontrar.

Se dirigió hacia la salida del hotel con paso inseguro. Lo que le estaba pasando era poco menos que un milagro. Acababa de encontrar una aguja en un pajar. Picot conocía al marido de Clara Tannenberg y él había hecho el viaje sólo paró encontrarla. Si el marido estaba en Bagdad, no sería difícil encontrar a su mujer.

Necesitaba poner en orden sus pensamientos antes de seguir adelante.

No podía demostrar su ansiedad para que le presentaran a ese Ahmed Huseini. Decidió que esperaría un par de días o tres antes de intentar ponerse en contacto con él. Además, debía pensar qué le iba a decir y cómo. Su objetivo era llegar hasta Clara Tannenberg, la cuestión sería convencer al marido para que le llevara hasta ella.

Ya en la calle encontró un taxi al que enseñó una dirección que llevaba escrita en un papel. El taxista sonrió y le preguntó en inglés que de dónde era.

– Italiano -respondió Gian Maria sin saber si eso sería bueno o malo dado que Silvio Berlusconi, el jefe de Gobierno de Italia, apoyaba a Bush.

Pero al taxista no pareció importarle de dónde fuera y continuó con su charla cargada de preguntas.

– Lo estamos pasando mal, hay mucha hambre, antes no era así.

Gian Maria asentía sin hablar, temeroso de decir algo que pudiera provocar la ira del taxista.

– ¿Usted va a la oficina de Ayuda a la Infancia?

– Sí, vengo a echar una mano.

– Buenas personas, ayudan a nuestros niños. Los niños iraquíes ya no ríen, lloran de hambre. Muchos mueren por falta de medicinas.

Por fin llegaron a la dirección donde estaban las oficinas de la ONG a la que se había apuntado como voluntario.

Pagó al taxista y con la maleta negra en la mano entró en un portal destartalado, donde un cartel en árabe y en inglés indicaba que en el primer piso se encontraba la sede de Ayuda a la Infancia, una ONG que se dedicaba a prestar atención a los niños que vivían en países en conflicto.

Un amigo tenía un familiar en la dirección de esta ONG en Roma, y ante su insistencia le había ayudado para que le dejaran ir a Bagdad. Las ONG normalmente prefieren ayuda en especie más que voluntarios entusiastas, que a veces estorban más que ayudan, pero contar con el tío de su amigo había sido mano de santo.

Había explicado su insistencia en ir a Bagdad como una necesidad de hacer algo por los más necesitados, asegurando que no podía quedarse contemplando la tragedia que se cernía sobre los iraquíes cruzado de brazos.

Le costó convencer a los suyos, pero tan firme le vieron en su decisión y sobre todo tan impresionados por el sufrimiento interno que traslucía su rostro que al final le habían permitido marchar, aunque sin demasiado entusiasmo. El director de Ayuda a la Infancia en Bagdad le había puesto todo tipo de trabas antes de rendirse a lo inevitable: que aquel recomendado se le presentaría en Irak.

La puerta estaba abierta, y varias mujeres con niños pegados a sus faldas parecían aguardar inquietas a que alguien les prestara atención.

Una chica joven les decía que tuvieran paciencia, que el doctor vería a sus hijos, pero que debían esperar. Se acercó a ella y esperó a que respondiera el teléfono. Cuando colgó, se le quedó mirando de arriba abajo.

– ¿Y usted qué quiere? -le preguntó en inglés.

– Verá, yo vengo de Roma y quisiera ver al señor Baretti, me llamo Gian Maria…

– ¡Ah, es usted! Le esperábamos. Ahora avisaré a Luigi.

La joven había cambiado con naturalidad del árabe al italiano. Se levantó y se fue por un pasillo en el que se veían varias puertas. Entró en la tercera y unos segundos después salió haciéndole señas con la mano para que se acercara.

– Pase -le dijo la joven mientras le tendía la mano-, yo soy Alia.

Luigi Baretti debía tener cerca de los cincuenta años. Se estaba quedando calvo, le sobraban unos cuantos kilos, y parecía enérgico y poco amigo de perder el tiempo.

– Ha dado usted mucho la lata para venir, y como en esta vida lo importante es tener padrinos, lo ha conseguido.

Gian Maria se sintió avergonzado. Le parecía humillante el recibimiento y le hubiera gustado ser capaz de decir una frase lapidaria, pero se calló.

– Siéntese -le ordenó más que invitarle Baretti-. Supongo que pensará que no soy muy educado, pero no tengo tiempo para contemplaciones. ¿Sabe cuántos niños se nos han muerto esta semana por falta de medicamentos? Yo se lo diré: a nosotros se nos han muerto tres. No quiero imaginar cuántos habrán fallecido en el resto de Bagdad. Y usted tiene una crisis espiritual y decide que para resolverla se viene a Irak. Necesito medicinas, comida, médicos, enfermeras y dinero, no gente que quiere lavar su conciencia viniendo un ratito a contemplar de cerca la miseria para luego volver a su confortable vida en Roma o de donde quiera que usted sea.

– ¿Ha terminado? -preguntó Gian Maria, ya recuperado del primer sobresalto.

– ¿Cómo dice?

– Que si ya ha terminado de expresarme su desagrado o va a seguir insultándome.

– ¡Yo no le he insultado!

– ¿Ah, no? Estoy conmovido por su recibimiento. Gracias, es usted un ser humano extraordinario.

Luigi Baretti guardó silencio. No esperaba el contraataque de un hombre capaz de sonrojarse.

– Siéntese y dígame qué quiere hacer.

– No soy médico, ni enfermero, no tengo dinero, así que no puedo hacer nada según usted.

– Estoy desbordado -respondió a modo de excusa el delegado de Ayuda a la Infancia.

– Sí, ya lo veo. A lo mejor ha llegado a un punto en el que debería ser sustituido, puesto que no aguanta la presión de la situación.

Los ojos de Luigi Baretti reflejaron una furia inmensa. Aquel larguirucho estaba cuestionando su capacidad para dirigir la oficina, y aquel lugar era su vida. Llevaba siete años en Bagdad, después de haber estado en otros destinos igualmente conflictivos. Decidió ser más cauteloso, ya que aquel joven parecía tener gente importante que le avalaba. La prueba es que estaba allí, y quién sabía si para quitarle el sitio.

Gian Maria estaba sorprendido consigo mismo. Ni él sabía de dónde había sacado la fortaleza para hablarle de aquella manera a Baretti.

– Naturalmente que puede ayudar -dijo el delegado de Ayuda a la Infancia-. ¿Sabe conducir? Necesitamos alguien, que sepa conducir y pueda llevar a los niños que lo necesiten al hospital más cercano, o trasladarles a sus casas, o ir al aeropuerto a recoger los paquetes que nos mandan de Roma y de otros sitios. Claro que necesitamos manos.

– Procuraré ser de utilidad -afirmó Gian Maria.

– ¿Tiene donde alojarse?

– No, pensaba preguntarle si conoce algún lugar que no sea muy caro.

– Lo mejor es que alquile una habitación en casa de alguna familia iraquí. Le costará poco y a ellos les vendrá bien el dinero. Le preguntaremos a Alia. ¿Cuándo quiere empezar a trabajar?:

– ¿Mañana?

– Por mí está bien. Instálese hoy, y que Alia le cuente cómo, nos organizamos aquí.

– ¿Le importaría que llame a Roma para decir que he llegado y que estoy bien?

– No, en absoluto. Utilice mi teléfono mientras voy a hablar con Alia.

Gian Maria volvió a preguntarse que por qué estaba asumiendo compromisos que no iba a poder cumplir. Había ido a Irak para encontrar a aquella mujer, a Clara Tannenberg, en vez de hacerlo se desviaba de su objetivo.

«Pero ¿qué estoy haciendo? ¿Por qué no controlo lo que hago? ¿Quién está guiando o desviando mis pasos?»

En poco más de veinticuatro horas se notaba cambiado. Enfrentarse al mundo exterior le estaba provocando un shock. Pero lo que más le inquietaba es que había perdido el control sobre sí mismo.

Alia le dijo que uno de los médicos iraquíes que colaboraba con Ayuda a la Infancia, tenía una habitación libre en su casa y lo mismo se la podía alquilar. Le acompañaría hasta el hospital y se lo preguntarían, y de paso llevarían una caja con antibióticos y vendas que habían recibido esa misma mañana enviada por su ONG en Holanda.

Gian Maria se acomodó junto a Alia en un viejo Renault. La chica conducía a gran velocidad sorteando los obstáculos del caótico tráfico de Bagdad.

No tardaron más de cinco minutos en llegar porque el hospital estaba cerca. Con paso decidido, Alia le guió por los pasillos donde se mezclaban los llantos con el olor a plasma y las quejas de los enfermos.

Veía pasar a médicos y enfermeras con rostros preocupados quejándose por la falta de medios. Veían morir a sus pacientes porque carecían de medicamentos.

Llegaron a la planta de pediatría, y allí preguntaron por el doctor Faisal al-Bitar. Una enfermera con gesto cansino les señaló la puerta del quirófano. Esperaron un buen rato hasta que el médico salió. Llevaba la ira reflejada en el rostro.

– Otro niño que no he podido salvar-dijo con amargura sin dirigirse a nadie en especial.

– Faisal -le llamó Alia.

– ¡Ah! ¿Estás aquí? ¿Han enviado antibióticos?

– Sí, te traigo esta caja.

– ¿Sólo esto?

– Sólo esto, ya sabes lo que pasa en la aduana…

El médico clavó sus atormentados ojos negros en Gian Maria, esperando que Alia les presentara.

– Éste es Gian Maria, acaba de llegar de Roma, viene a echar una mano.

– ¿Es usted médico?

– No.

– ¿A qué se dedica?

– He venido a ayudar, en algo podré ser útil…

– Necesita una habitación -terció Alia- y como me dijiste que tenías una libre, pensé que a lo mejor se la podías alquilar.

Faisal miró a Gian Maria y esbozando una sonrisa que mal parecía una mueca amarga le tendió la mano.

– Si espera un rato a que termine y me acompaña a mi casa le enseñaré la habitación. No es muy grande, pero a lo mejor le sirve. Vivo con mi esposa y mis tres hijos. Dos niñas y un niño Mi madre vivía con nosotros, pero murió hace unos meses por eso tengo un cuarto libre.

– Seguro que estará bien -afirmó Gian Maria.

– Mi esposa es maestra -explicó Faisal- y una gran cocinera, si es que le gusta nuestra comida.

– Sí, claro que sí -fue la respuesta agradecida de Gian Maria.

– Si va a trabajar con Ayuda a la Infancia, lo mejor será que conozca este hospital. Alia se lo mostrará.

La joven le guió por pasillos y consultas, deteniéndose a saludar a algunos médicos y enfermeras que encontraban a si paso. Todos parecían desesperados por la falta de material medicamentos con que hacer frente al sufrimiento de sus pacientes.

Una hora después se despedía de Alia en la puerta del hospital para ir con Faisal a su casa.

El coche de Faisal, otro modelo obsoleto de Renault, relucía por dentro y por fuera.

– Vivo en al-Ganir; cerca tiene una iglesia si es que quiere ir a rezar. Muchos italianos vienen a esta iglesia.

– ¿Una iglesia católica?

– Una iglesia católica caldea, es más o menos lo mismo, ¿no?

– Sí, sí, claro.

– Mi mujer es católica.

– ¿Su esposa?

– Sí, mi esposa. En Irak hay una importante comunidad cristiana que siempre ha vivido en paz. Ahora no sé qué pasará…

– ¿Usted también es cristiano?

– Sí, oficialmente sí, pero no ejerzo.

– ¿Cómo que no ejerce?

– No voy a la iglesia, ni rezo. Hace mucho tiempo que perdí la pista de Dios; fue seguramente uno de esos días en que no pude salvar la vida de algún pequeño inocente y le vi morir en medio de grandes dolores sin entender por qué debía de ser así. Y no me hable de la voluntad de Dios, ni de que Él nos manda pruebas y debemos aceptar su voluntad. Aquel pequeño tenía leucemia, durante dos años luchó por su vida con una fortaleza de espíritu encomiable. Tenía siete años. No había hecho mal a nadie, Dios no tenía por qué mandarle pasar por ninguna prueba. Si Dios existe, su crueldad es infinita.

Gian Maria no pudo evitar santiguarse y mirar a Faisal con pena, pero su pena no se podía comparar con el dolor y la ira del médico.

– Usted culpa a Dios de lo que les sucede a los hombres.

– Yo culpo a Dios de lo que les sucede a los niños, a seres inocentes e indefensos. Los mayores tenemos una responsabilidad por cómo somos, qué hemos hecho, qué hacemos, pero ¿un recién nacido?, ¿un niño de tres años o de diez, de doce? ¿Qué han hecho esas criaturas para tener que morir en medio de grandes dolores? Y no me hable del pecado original, porque no admito que me vengan con estupideces. ¡Menudo Dios que lastra con una culpa no cometida a millones de inocentes!

– ¿Se ha vuelto ateo? -preguntó Gian Maria temiendo la respuesta.

– Si Dios existe, aquí no está -sentenció Faisal.

Se quedaron en silencio hasta llegar a la casa de Faisal, situada en la última planta de un edificio de tres pisos.

Mientras el médico abría la puerta escucharon los gritos de una pelea infantil.

– ¿Qué pasa? -preguntó Faisal a dos niñas iguales como dos gotas de agua que andaban a la greña en el centro de una espaciosa sala.

– Ha sido ella la que me ha quitado la muñeca -dijo una de las niñas señalando a la otra.

– No es verdad -respondió la aludida-, esta muñeca es la mía, lo que pasa es que no las distingue.

– Se va a acabar eso de que tengáis las muñecas iguales -sentenció Faisal mientras las levantaba del suelo para darles un beso.

Las pequeñas besaron a su padre sin prestar atención a Gian Maria.

– Éstas son las gemelas -dijo Faisal-. Te presento a Rania y a Leila. Tienen cinco años y un carácter endiablado.

Una mujer morena, con el cabello recogido en una coleta y vestida con un traje de chaqueta, entró en el salón con un niño en brazos.

– Nur, te presento a Gian Maria. Gian Maria, Nur es mi esposa y éste es Hadi, el pequeño de la familia. Tiene un año y medio.

Nur dejó al niño en el suelo y estrechó la mano de Gian Maria obsequiándole con una sonrisa.

– Bienvenido a nuestra casa. Faisal me llamó para decirme que vendría usted a instalarse con nosotros si le gusta la habitación.

– ¡Seguro que me gusta! -fue la respuesta espontánea de Gian Maria.

– ¿Va a vivir aquí? -preguntó una de las gemelas.

– Sí, Rania, si él quiere, sí -respondió su madre sonriendo por la cara de pasmo de Gian Maria, que se preguntaba cómo podía distinguirlas de tan iguales que eran.

Faisal y Nur acompañaron a Gian Maria a la habitación. Tenía una ventana a la calle; no era muy grande pero parecía confortable; una cama con cabecero de madera clara, una mesilla, una mesa redonda con un par de sillas en un rincón y un armario componían el mobiliario.

– Me parece muy bien -afirmó Gian Maria-, pero aún no me han dicho cuánto me costará…

– ¿Le parece bien trescientos dólares al mes?

– Claro que sí.

– La comida va incluida… -pareció excusarse Nur.

– De verdad que me parece muy bien, muchas gracias.

– ¿Le gustan los niños?, ¿tiene hijos? -quiso saber Nur. -No, no tengo hijos, pero me encantan los niños. Tengo tres sobrinos.

– Bueno, aún es muy joven, ya los tendrá -afirmó Nur-, Ahora, si quiere instalarse…

Gian Maria asintió. Dos minutos después estaba colgando su exiguo equipaje en el armario, donde encontró una pila de toallas y sábanas.

– Sólo tenemos un cuarto de baño y un pequeño aseo con una ducha. Si usted quiere utilizar el aseo tendrá más independencia; con tres niños es difícil a veces acceder al baño -le explicó Nur.

– Por mí está bien. Se lo agradezco. Me gustaría pagarles ya.

– ¿Ya? ¡Pero si acaba de llegar! Espere a ver si se siente a gusto con nosotros… -protestó Nur.

– No, prefiero pagarles el mes por adelantado.

– Si insiste…

– Sí, de verdad.

Faisal, mientras tanto, se había puesto a trabajar en un pequeño despacho que daba directamente al salón. En realidad era parte de éste, pero, colocando una librería transversalmente, habían creado un ambiente con cierta independencia.

La casa era amplia. Además del salón, contaba con una cocina y dos habitaciones más, además de la que acababa alquilar.

– Le daré unas llaves de la casa para que tenga libertad para entrar y salir, aunque le pediré que tenga en cuenta que ésta o una casa con niños y…

– ¡Por Dios, no hace falta que me diga nada! Procuraré molestar lo menos posible. Sé lo que es vivir en familia.

– ¿Sabrá venir desde la oficina hasta aquí? -quiso saber Faisal.

– Ya me las apañaré. Tendré que aprender.

– Por cierto, ¿sabe usted algo de árabe?

– Un poco, me puedo defender.

– Mejor así. De cualquier modo, si necesita ayuda para cualquier cosa no dude en decírmelo.

– Gracias.

Faisal bajó la mirada sobre los papeles que estaba leyendo y Gian Maria entendió que para integrarse en la vida de la familia no debía entrometerse en su rutina, así que decidió salir a la calle. Quería familiarizarse con el barrio y pensar. Necesitaba pensar y lo haría mejor paseando que encerrado en su cuarto.

– Voy a dar una vuelta, ¿necesita que traiga algo? -preguntó a Nur.

– No, muchas gracias. ¿Cenará con nosotros?

– Si no es molestia…

– No, no lo es, cenamos pronto, a las ocho.

– Aquí estaré.

Deambuló por el barrio. Sorprendió algunas miradas curiosas, pero ninguna animadversión. Las mujeres vestían como en Occidente, y muchas chicas iban con vaqueros y camisetas con el reclamo de grupos de rock.

Se detuvo ante un puesto donde un anciano tenía expuestas unas cuantas verduras y un cesto de naranjas. Decidió comprar algunas cosas para llevar a casa de Nur y Faisal. Se hizo con unos cuantos pimientos, tomates, cebollas, tres calabacines y naranjas, que el hombre le aseguró eran de su pequeño huerto. Le preguntó si sabía dónde estaba la iglesia y él le indicó cómo llegar. Sólo tenía que andar dos manzanas más y doblar a la derecha.

Gian Maria dudó, pero al final decidió acercarse a la iglesia; las dos bolsas que llevaba no pesaban demasiado.

Cuando entró sintió una oleada de paz interior. Un grupo de mujeres estaba rezando y sus murmullos rompían el silencio. Buscó un rincón y se arrodilló. Con los ojos cerrados intentó encontrar dentro de sí las palabras para dirigirse a Dios, pidiéndole que le guiara sus pasos como lo había hecho hasta el momento. En todo cuanto le iba sucediendo veía la ayuda de Dios: el grupo de arqueólogos en el aeropuerto de Ammán, su capacidad de vencer su timidez y dirigirse al jefe, el profesor Picot, y que accediera a llevarle hasta Bagdad, que de casualidad mencionara a Ahmed Huseini, que éste estuviera en Bagdad y, por tanto, ahora supiese cómo llegar hasta Clara Tannenberg.

No, nada de esto era casualidad. Era Dios quien había querido guiar sus pasos protegiéndole y ayudándole a poder cumplir su misión.

Dios estaba siempre ahí, sólo había que estar dispuesto a sentirle, aun en medio de la tragedia. Si pudiera convencer a Faisal… Rezó por el médico, un hombre bueno al que el dolor ajeno había llevado a apartarse de Dios.

Eran más de las siete cuando salió de la iglesia, por lo que aceleró el paso. No quería retrasarse y causar mala impresión en Nur y Faisal.

Cuando llegó, escuchó a través de la puerta las risas de las gemelas y el llanto del pequeño Hadi.

– ¡Hola! -dijo al entrar dirigiéndose a Faisal, que continuaba trabajando haciendo caso omiso del ruido que sus hijos.

– ¡Ah, ya ha llegado! -fue la respuesta del médico.

– Sí, y he traído algunas cosas…

– Gracias, pero no tenía que haberse molestado.

– No es molestia. Me pareció que las naranjas tenían aspecto.

– Nur está en la cocina…

– Bien, le llevaré los paquetes.

Nur intentaba que el pequeño Hadi tomara una espesa papilla, pero el niño se negaba pataleando y cerrando la boca cada vez que su madre le acercaba la cuchara.

– No hay manera, come fatal -se quejó la madre. -¿Qué le da?

– Puré de verduras con huevo.

– ¡Uf, no me extraña! Yo de pequeño también odiaba las verduras.

– Aquí no hay mucho para comer. Nosotros aún somos afortunados, porque tenemos algo de dinero para comprar. Aunque si quiere que le diga la verdad, nos viene muy bien que nos haya alquilado la habitación. Hace meses que no cobro mi sueldo completo y a Faisal le pasa lo mismo. ¿Qué trae en esas bolsas?

– Unos cuantos pimientos, calabacín, tomates, cebollas, naranjas. No había mucho más para comprar.

– ¡Pero no tenía por qué haber traído nada!

– Si voy a vivir aquí, me gustaría contribuir en la medida de mis posibilidades.

– Gracias, los alimentos son siempre bienvenidos, escasean.

– Ya lo he visto. También estuve en la iglesia.

– ¿Es usted creyente?

– Sí, y le aseguro que a lo largo de mi vida no he dejado de encontrar la huella de Dios.

– Pues tiene suerte. Nosotros hace mucho que le hemos perdido la pista.

– ¿Usted también ha perdido la fe?

– Me cuesta mantenerla. Pero siendo sincera sí, creo que me queda poca fe. Y eso que no veo lo que ve mi marido diariamente en el hospital. Pero cuando me cuenta que un niño ha muerto de una infección que podrían haber atajado de tener antibióticos, entonces yo también me pregunto dónde está Dios.

Nur se levantó con gesto de cansancio, tras renunciar a seguir intentando que Hadi terminara la papilla. Con el niño en brazos se dirigió al salón.

– Rania, Leila, venid aquí y vigilad a vuestro hermano mientras yo pongo la mesa para la cena.

– No -respondió una de las gemelas.

– ¿Cómo que no? -respondió Nur irritada.

– Yo estoy jugando -insistió la niña.

Su madre no respondió, colocó al niño sobre la alfombra con sus juguetes y regresó a la cocina.

Gian Maria la siguió. No sabía muy bien que hacer.

– ¿Puedo ayudar?

– Sí, claro. Ponga la mesa. En ese aparador encontrará un mantel y ahí están los vasos y los platos. Los cubiertos están en ese otro cajón.

Después de la cena, Faisal y Gian Maria ayudaron a Nur a recoger la mesa mientras ella metía los platos en el lavavajillas. Luego Faisal acostó a sus hijas, y Nur terminó de dormir a Hadi, que protestaba desde la cuna.

Gian Maria dio las buenas noches, consciente de que después de todo un día de trabajo ése sería el instante en que el matrimonio aprovecharía para charlar con cierta tranquilidad.

Además, aún debía encontrar la manera de acercarse a Ahmed Huseini. Yves Picot le podía abrir esa puerta, pero no estaba seguro de que fuera adecuado llegar a Ahmed a través del arqueólogo.

Estaba agotado. El día había sido intenso, no hacía veinticuatro horas desde que llegó a Bagdad y le parecía que habían transcurrido meses. Se quedó dormido sin darse tiempo para rezar.