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Smith abrió la puerta del despacho acompañado de Ralph Barry y de Robert Brown.
– Señor…
– ¡Ah, ya estáis aquí! Pasad.
Una vez cerrada la puerta y cada uno con un whisky en la mano, Dukais les entregó una fotocopia del informe.
– Quiero el original -pidió Robert Brown.
– Naturalmente, es tuyo: tú pagas. Además, ese tío tiene talento contando lo que pasa. Es el primer informe que me ha entretenido leerlo.
– ¿Y bien? -preguntó Brown.
– ¿Y bien qué?
– Cómo están las cosas, pues al parecer no han encontrado nada. Vamos, que la maldita Biblia de Barro no aparece, aunque han rescatado unos cuantos montones de tablillas cuyo valor vosotros sabréis.
– ¿Nadie sospecha de él?
– Un tal Ayed Sahadi, el capataz. El croata cree que es algo más que un capataz. Será un hombre de Tannenberg encargado de cuidar a su nieta.
– Tannenberg habrá colocado hombres por todas partes -apuntó Ralph Barry.
– Sí, así es -asintió Dukais-, pero éste, por lo que parece, es especial. Yasir nos lo confirmará.
– Ha sido un acierto contar con Yasir -afirmó Robert Brown.
– Alfred le ofendió de tal manera que Yasir se siente liberado de su compromiso con él.
– No te engañes con Alfred; él sabe que Yasir le traicionará y seguro que le está vigilando. Alfred es más listo que Yasir y también que tú -dijo con petulancia Brown.
– No me digas -respondió irritado Dukais.
– No os iréis a pelear… -intervino Ralph Barry.
– Yasir tiene al menos una docena de hombres infiltrados en el equipo arqueológico, además del contacto directo del croata -continuó Dukais como si no hubiese pasado nada-; si ese Ayed Sahadi es más de lo que parece, lo sabrá.
Cuando Robert Brown salió del despacho de Dukais, le pidió a su chófer que le llevara a casa de George Wagner. Debía entregarle personalmente el informe del croata y aguardar instrucciones, si es que se las daba. Con su Mentor nunca sabía a qué atenerse; era frío como el hielo, aunque la ira se le reflejaba en el iris de acero de los ojos. Y cuando eso sucedía, Robert Brown temblaba.
Gian Maria no podía ocultar los síntomas de la depresión. Se sentía un inútil total. El motivo de su viaje a Irak se le escapaba de las manos, en realidad había perdido las riendas de su propia vida y ya no sabía ni por qué estaba allí.
Apenas descansaba. Luigi Baretti había decidido hacerle sudar su intromisión en Bagdad, de manera que su jornada de trabajo comenzaba a las seis y nunca terminaba antes de las nueve o diez de la noche.
Llegaba a casa de Faisal y Nur agotado, sin ganas de prestar atención a las gemelas ni al pequeño Hadi.
Normalmente cenaba solo. Nur le dejaba una bandeja con la cena, que él devoraba sentado en la mesa de la cocina. Luego se iba a la cama, donde caía exhausto.
Esa mañana, su superior, el padre Pio, le había llamado de Roma. ¿Cuándo pensaba regresar? ¿Había superado su crisis espiritual?
No tenía respuestas para esas dos preguntas, pero sí la sensación de estar metido en una huida hacia delante que él sabía no le conducía a ninguna parte.
Había intentado encontrar a Clara Tannenberg sin éxito, y eso que se había presentado en varias ocasiones en el Ministerio de Cultura pidiendo ser recibido por Ahmed Huseini. Los funcionarios le preguntaban si le esperaba el señor Huseini y cuando decía que no, le invitaban a marcharse o a exponer el motivo de su visita para transmitírselo al director del departamento de Excavaciones.
También había probado a llamarle por teléfono, pero una educadísima secretaria insistía en que le explicara qué quería del señor Huseini, que éste estaba muy ocupado y no podía atenderle.
Gian Maria sentía sobre su conciencia a Clara Tannenberg, y todos los días buscaba en los periódicos alguna referencia del apellido. Nunca lo encontró.
El tiempo había pasado deprisa, demasiado deprisa. Estaba cerca la Navidad y ya no podía darse más excusas; sabía que tenía una llave para llegar a Ahmed Huseini, y esa llave era Yves Picot. No había querido utilizar el nombre del arqueólogo para no comprometerle, pero no tenía más remedio que rendirse a la evidencia: Ahmed Huseini no le recibiría si no era por intercesión del alguien, y ese alguien en su caso sólo podía ser Yves Picot.
– Hoy me iré pronto, Alia -le anunció a la secretaria de la delegación de Ayuda a la Infancia.
– ¿Tienes una cita? ¿Con quién? -le preguntó la chica con curiosidad.
Decidió decirle la verdad, al menos una parte de la verdad.
– No tengo ninguna cita. Bueno, en realidad quiero encontrar a unos amigos.
– ¿Tienes amigos en Irak?
– Bueno, tampoco es que sean amigos, es un grupo de arqueólogos que conocí al venir, me trajeron desde Ammán. Sé que están por Ur excavando y me gustaría saber qué tal les va. Voy a intentar localizarles.
– ¿Y cómo lo harás?
– Me dijeron que si quería ponerme en contacto con ellos llamara a un tal Ahmed Huseini, creo que es el director del departamento de Excavaciones.
– ¡Vaya, con qué gente te tratas!
– ¿Yo?
– Sí, Ahmed Huseini es un hombre importantísimo, un mimado del régimen. Su padre fue embajador y él está casado con una mujer muy rica, una iraquí medio egipcia, medio alemana. La familia de la chica es un poco misteriosa, pero tiene mucho dinero.
– Pero yo no conozco a ese Huseini; mis amigos me dijeron que él me diría cómo ponerme en contacto con ellos. Y eso es lo que quiero hacer.
– Ten cuidado, Gian Maria, ese Huseini…
– ¡Vamos, que sólo voy a preguntar cómo llegar a unos arqueólogos!
– Vale, pero ten cuidado, son gentuza -dijo Alia bajando la voz-. A ellos no les falta de nada y viven gracias a pisarnos el cuello a los demás. Si los norteamericanos invaden Irak, ya verás cómo esos sinvergüenzas se salvarán. Lo único que justificaría que los marines vinieran sería para librarnos de tanto horror. Llevas poco tiempo aquí y aún no te has dado cuenta de que Sadam es el mismísimo diablo, y ha convertido Irak en el infierno.
– Sé lo que estáis sufriendo, ¿crees que no lo veo? Pero esto tiene que terminar, estoy seguro. Anda, no nos deprimamos y, si te pregunta, le dices a Luigi que regresaré después de comer.
Alia se mordió el labio y luego le colocó una mano suavemente en el hombro.
– ¿Sabes?, tengo la impresión de que sufres, y mucho; se te nota. No sé por qué ni qué te hace sufrir, pero si necesitas que te ayude…
– ¡Pero qué tontería dices! Lo que estoy es agotado. Luigi no me deja parar, lo mismo que a ti.
– Es verdad, a ti te está explotando. De todas formas, tengo la impresión de que lo pasas mal.
– ¡Que no, de verdad! Ahora déjame llamar a ese Ahmed Huseini que tan mal te cae…
Como en otras ocasiones la secretaria le dijo que el señor Huseini estaba ocupado, y sólo cuando nombró a Yves Picot le notó un cambio en el tono de voz al pedirle que aguardara.
Un minuto más tarde Ahmed Huseini estaba al teléfono.
– ¿Quién es?
– Perdone por molestarle; verá, conozco al señor Picot y él me dijo que para ponerme en contacto con él le llamara a usted y…
Huseini le cortó en seco. Gian Maria se dio cuenta de que hablaba atropelladamente y que estaría causando una pésima impresión en ese poderoso funcionario del régimen.
Respondió a las preguntas que Ahmed Huseini le hizo y cuando éste pareció satisfecho con ellas le citó en su despacho para esa misma tarde.
– Si está dispuesto a unirse a ellos, éste es el momento. Faltan manos, de manera que usted con sus conocimientos les será muy útil.
En realidad Gian Maria no tenía ninguna intención de reunirse con Picot y mucho menos de emprender viaje hacia el sur para llegar a esa desconocida Safran. Lo único que quería es lo que debería haber hecho el mismo día de su llegada a Bagdad: preguntar a ese hombre por su mujer, por Clara Tannenberg, y explicarle que era de vital importancia que hablara con ella. Porque sólo a ella le contaría por qué estaba allí. Había ido a salvarla, pero no podía explicar de qué ni de quién sin traicionar todo aquello en que creía y que se había comprometido a guardar el resto de su vida.
Ahmed Huseini no parecía el temible esbirro del régimen que le había descrito Alia. Además, le llamó la atención que no llevara bigote, tan del gusto de los iraquíes. Parecía un ejecutivo de una multinacional más que un funcionario al servicio de Sadam Husein.
Le ofreció un té y le preguntó qué hacía en Bagdad, qué le parecía el país, y le recomendó visitar algunos museos.
– Así que quiere usted reunirse con el profesor Picot…
– Bueno, no exactamente…
– Entonces, ¿qué desea? -preguntó Ahmed Huseini.
– Me gustaría saber cómo establecer contacto con ellos; sé que iban cerca de Ur…
– Efectivamente, están en Safran.
Gian Maria se mordió el labio. Tenía que preguntarle por Clara Tannenberg y no sabía cómo reaccionaría ese hombre aparentemente apacible si un desconocido le preguntaba por su esposa.
– Usted y su mujer son también arqueólogos, ¿verdad?
– Sí, efectivamente, ¿ha oído hablar de mi esposa? -preguntó con extrañeza Ahmed.
– Sí, así es.
– Supongo que Picot le habrá explicado que la misión de Safran en parte se debe al empeño personal de mi esposa. Dada la situación de mi país no es fácil disponer de recursos para excavar. Pero ella ama la arqueología por encima de todas las cosas y es una estudiosa del pasado de nuestro país, de manera que logró convencer al señor Picot para que viniera a ayudarnos a desenterrar lo que parecen los restos de un templo o un palacio, aún no lo sabemos a ciencia cierta.
La puerta del despacho se abrió y entró Karim, su ayudante, exhibiendo una amplia sonrisa.
– Ahmed, ya está todo listo para el envío a Safran. He llamado a Ayed Sahadi para decirle que salía el camión pero no he podido hablar con él, pero he tenido suerte porque he hablado con Clara…
Ahmed Huseini levantó la mano en un gesto que era una orden para que Karim no siguiera hablando, mientras a Gian Maria se le encendía la mirada. Acababa de encontrar a Clara Tannenberg. En realidad, se lo estaba diciendo Ahmed Huseini, pero lo acababa de confirmar el hombrecillo que había entrado. Ahora que sabía dónde estaba, tendría que ir a Safran. Se sintió un estúpido por no haber considerado la posibilidad de que Clara Tannenberg formara parte de la expedición de Picot. Recordaba que cuando logró entrar en el congreso de arqueología de Roma para buscar a Clara Tannenberg la funcionaria que le atendió le preguntó con sorna si estaba interesado en formar parte de la expedición que quería organizar la iraquí. Además, los periódicos se habían hecho eco de la intervención de Clara Tannenberg asegurando que existían unas tablillas a las que llamaba la Biblia de Barro… De manera que, si Yves Picot estaba allí era para encontrar esas tablillas de la mano de la esposa de Huseini, y él había sido incapaz de relacionarlos.
Karim salió del despacho sin decir palabra. Había irrumpido a su jefe y éste le había mirado con cara de pocos amigos.
– Su esposa está en Safran…1 claro…
– Sí, naturalmente -respondió Ahmed Huseini desconcertado.
– Claro, es lógico -fue la única respuesta que se le ocurrió a Gian Maria.
– En fin, dígame en qué puedo ayudarle -preguntó Ahmed incómodo.
– Pues verá, yo quería hablar con el profesor Yves Picot y ver si le importaría que fuera un par de meses a Safran. No dispongo de más tiempo, estoy en Irak para ayudar, colaboro con la ONG Ayuda a la Infancia…, pero no me puedo quedar mucho tiempo más, de modo que si al profesor Picot no le importa que vaya a echar una mano aunque sea por poco tiempo.
Ahmed Huseini encontraba raro a aquel hombre. No sabía por qué, pero tenía la impresión de que iba improvisando lo que le decía. Le mandaría investigar antes de facilitarle el viaje a Safran.
– Hablaré con el profesor Picot, y si él está de acuerdo, por mí no hay inconveniente en ayudarle a llegar a Safran. Sabe que estamos en estado de alerta y desgraciadamente uno no puede ir a donde quiera sin permiso, por motivos de seguridad.
– Lo entiendo, pero ¿tardará mucho en organizar el viaje?
– No se preocupe, le llamaré… Mi secretaria se quedará con su teléfono y dirección para que podamos localizarle.
– Iré a Safran -alcanzó a decir Gian Maria temiendo la reacción de Ahmed.
– Tendrá que esperar a que yo le avise.
El tono de Ahmed Huseini contenía un destello de amenaza. Le parecía que en aquel hombre había algo patético e inocente, pero a esas alturas de su vida no se fiaba de nadie.
Cuando Gian Maria salió del ministerio estaba empapado de sudor. Sabía que ya no había marcha atrás, que debía estar preparado para lo que pudiera pasar. Ahmed Huseini averiguaría quién era. Había notado que su trato amable era parte de una máscara. Tenía razón Alia: Ahmed Huseini era un hombre del régimen y podía hacerle detener o expulsarle de Irak.
Ahmed Huseini no perdió el tiempo y en cuanto Gian Maria salió de su despacho llamó a Karim.
– Quiero que le pidas al Coronel que investigue a ese hombre. Es amigo del profesor Picot y quiere ir a Safran. Si Picot está de acuerdo irá, pero antes quiero saber algo más de él.
Veinticuatro horas más tarde Karim entregó a su jefe un par de folios con el resultado de la investigación del Coronel, descubriendo en la tercera línea por qué ese Gian Maria era algo más de lo que parecía. Decidió llamar a Picot.
Yves Picot se rió cuando Ahmed Huseini le explicó por teléfono la historia del sacerdote.
– Pero ¿por qué te asombra que sea sacerdote? -le dijo a Huseini-. A mí no me importa que me lo mandes, estamos saturados de trabajo y un especialista en acadio y en el hebreo patriarcal nos vendría de perlas. Si tus sabuesos ya han terminado de investigarle, métele en un helicóptero y envíanoslo.
– Ya veré, aún tengo que hacer unas comprobaciones, no estoy seguro de lo que debo de hacer en este caso.
– Déjale venir. Gian Maria ha venido a Irak a ayudaros. No tiene por qué ir diciendo que es sacerdote, aunque tampoco lo ha ocultado. Ninguno se lo hemos preguntado.
– ¿Crees que el Vaticano está interesado en la Biblia de Barro? -preguntó Ahmed.
– ¿El Vaticano? ¡Por favor, no veas fantasmas! El Vaticano no va a enviar a un sacerdote a espiaros. -Picot no podía dejar de reírse-. No seas paranoico, tú eres un hombre inteligente. ¿De verdad te extraña que haya buenas personas que quieren aliviar el sufrimiento ajeno?
– Pero ¿por qué no dijo que era sacerdote?
– Tampoco lo ocultó. Lo pone en su pasaporte y esto es Irak, donde vosotros espiáis a todo el mundo. ¿Cuántos espías me has metido entre los obreros? -preguntó Picot sin dejar de reír.
– Deberías ser más prudente -le aconsejó Ahmed temiendo las consecuencias que pudiera tener la conversación que con seguridad estaría siendo grabada por la Mujabarat.
– Tú sabrás. Espera, que te paso a Clara.
– Por mí no hay inconveniente en que venga -aseguraba poco después Clara a su marido-. ¿Qué problema hay en que sea sacerdote? Estoy rodeada de cristianos. ¿Qué crees que son los que han venido? Y que yo sepa en nuestro país hay sacerdotes…
– Te vamos a echar de menos…
Nur parecía sincera al lamentar la marcha de Gian Maria. Hacía dos días que
les había anunciado que se iba a Safran, donde pasaría un tiempo junto a unos amigos que estaban allí excavando.
Faisal había torcido el gesto cuando se enteró y no le ocultó que le parecía de una frivolidad insoportable que hubiera extranjeros buscando tesoros en su país mientras la gente moría por falta de alimentos y medicinas. El reproche le dolió a Gian Maria, que no supo encontrar ningún argumento en su defensa para evitar la decepción que se reflejaba en los ojos de Faisal.
Gian Maria terminó de colocar la última camisa, cerró la pequeña maleta negra y se dispuso a despedirse de Nur y Faisal. Las gemelas estaban en el salón esperando a que su madre las llevara a la escuela después de dejar a Hadi en casa de su abuela paterna.
No le resultó fácil la despedida. Había llegado a apreciar sinceramente a esa familia que todos los días hacía frente con enorme dignidad a las dificultades de vivir en un país empobrecido con un régimen dictatorial.
No participaban, al menos que él supiera, en ningún movimiento anti Sadam, pero su desafección al dictador era manifiesta, al menos en las conversaciones que mantenían con los amigos que iban a su casa.
Le habían explicado que conocían gente que había desaparecido de sus hogares, de sus lugares de trabajo. Cuando eso sucedía es que habían recibido la visita de la Mujabarat o algún otro servicio secreto de Sadam.
Había familias que se arruinaban porque al intentar saber de sus hijos, maridos, padres, tíos, alguien les decía conocer a un policía y éste les aseguraba que por una cantidad de dinero lograría darles noticias e incluso hacer más llevadera su estancia en la prisión en la que estuvieran. De manera que vendían cuanto tenían y daban el dinero al policía corrupto, que naturalmente no hacía nada.
Odiaban a Sadam pero muchos tampoco confiaban en los Estados Unidos. Ningún iraquí entendía por qué el ejército Estados Unidos y de sus aliados no entraron en Bagdad durante la guerra del Golfo. Parecían complacerse en la política de bloqueo que sólo sufría el pueblo iraquí, porque en los palacios de Sadam no faltaba de nada.
Con Nur y Faisal había vivido la realidad del país, su hambre, su miedo, su desesperanza.
Los echaría de menos y también echaría de menos a Alia, pero en absoluto a Luigi Baretti. El delegado de Ayuda a la Infancia le parecía un hombre desbordado por las circunstancias e incapaz de, además de alimentos y medicinas, dar un poco de afecto a quienes iban a pedir ayuda.
Ahmed Huseini le esperaba en la puerta de la casa de Faisal para llevarle al aeródromo, desde donde en helicóptero ambos se trasladarían a Safran.
Gian Maria presentó sus amigos a Ahmed y éstos le saludaron con frialdad. No querían saber nada de alguien que parecía estar demasiado cerca de Sadam.
– Me alegro que usted venga también -le dijo Gian Maria a Ahmed cuando ya estaban en el helicóptero.
– Quiero ver cómo van las cosas por allí.
El ruido de las hélices hacía imposible cualquier conversación y los dos hombres se sumergieron en sus pensamientos.
Ahmed se decía que esperaba no haberse equivocado con el sacerdote, a pesar de que había llegado a la conclusión que era inofensivo después de haberle sometido a una exhaustiva investigación.
Clara no pudo evitar correr hacia Ahmed en cuanto éste hubo saltado del helicóptero. Le había echado de menos, más de lo que le hubiera gustado.
Se abrazaron, pero el abrazo apenas duró unos segundos, conscientes los dos de que no había marcha atrás en el camino emprendido hacia el divorcio.
Fátima les observaba a cierta distancia rezando por que Ahmed se desdijera de su decisión de separarse de Clara.
Yves Picot le recibió con afecto. Le caía bien Ahmed; quizá por eso no daba ningún paso para intentar conquistar a Clara. La mujer le gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir ante Fabián, que le tomaba el pelo asegurando que se le notaba.
Pero en el código personal de Picot no cabía la posibilidad de coquetear con la mujer de un amigo, y aunque Ahmed no era un amigo, sí le tenía suficiente simpatía como para no entrometerse en su matrimonio.
Recibió a Gian Maria con una afectuosa palmada en la espalda.
– ¿Cómo quiere que le tratemos? ¿De «padre»? ¿De «hermano»?
– Por favor, llámenme Gian Maria.
– Mejor así. La verdad es que me parecía usted un poco extraño, pero no podía imaginar que era sacerdote. Es usted muy joven.
– No tanto. Dentro de unos días cumpliré los treinta y seis años.
– ¡Pues parece que tiene veinticinco!
– Siempre he aparentado menos años de los que tengo.
Gian Maria miraba a Clara de reojo, esperando el momento en que se la presentaran. Pero antes recibió un rapapolvo de las tres jóvenes estudiantes con las que había viajado desde Ammán. Magda, Marisa y Lola le dijeron que estaban enfadadas con él.
– Pero, bueno, ¿por qué no nos dijiste que eras cura? -le reprochó Magda.
– No me lo preguntasteis -se excusó él.
– Sí, sí te lo preguntamos y nos contestaste que eras licenciado en lenguas muertas -le recordó Marisa.
– No querías decírnoslo -sentenció Lola.
– Pero ¿por qué? -le insistía Magda. Fabián se acercó a él junto con Marta y otros miembros del equipo.
– Se ha hecho usted muy popular -le dijo a modo de saludo-. Soy Fabián Tudela, venga, le presentaré al resto de la tropa, y le diré dónde puede instalarse.
Cuando por fin le presentaron a Clara se puso colorado lo que a ella le provocó una carcajada.
– Ya me habían dicho que se pone usted colorado por nada -le dijo Clara-. ¿Está dispuesto a echar el resto trabajando?
– Desde luego, haré todo lo que me manden, yo… en fin, espero que encuentre la Biblia de Barro.
– La encontraré. Sé que está aquí.
– Ojalá tenga suerte.
– Para usted, como sacerdote, también supondrá una experiencia especial.
– Si fuera verdad que el patriarca Abraham llegó a explicar la Creación… -respondió dudando Gian Maria.
– Lo hizo. Le aseguro que lo hizo, y vamos a encontrar esas tablillas.
– ¿Dará tiempo? -preguntó tímidamente.
– ¿Tiempo?
– Sí, bueno… usted sabe que va a haber guerra, nadie duda de que Estados Unidos y los países aliados les atacarán.
– Por eso trabajamos a destajo, aunque soy optimista y espero que al final no pase nada y todo quede en una amenaza.
– Me temo que no será así -respondió con tristeza Gian Maria.
Fabián le acompañó hasta una casa pequeña alineada junto a otras exactamente iguales.
– Dormirá aquí. Es el único lugar donde aún cabe un catre -le explicó invitándole a entrar en la casa de los ordenadores.
Ante Plaskic le recibió con fastidio. Hubiese preferido seguir disfrutando de la relativa independencia que había tenido hasta el momento. Pero sabía que no podía ni debía protestar porque le instalaran en la casa a aquel sacerdote intruso.
Tampoco Ayed Sahadi parecía cómodo con su llegada, y había pedido explicaciones a Picot por el fichaje de Gian Maria.
– Procuraré molestar lo menos posible -dijo Gian Maria a Ante Plaskic.
– Eso espero -respondió Ante sin ningún atisbo de simpatía hacia el recién llegado.
Gian Maria no sabía por qué despertaba tanta animadversión en el croata y en el capataz, pero decidió no preocuparse. Bastante tenía con procurar que no le sucediera nada a Clara Tannenberg. Porque ésa era su misión, el objeto de su viaje a Irak, evitar que aquella mujer sufriera ningún daño. No podía decirle lo que sabía, que iban a intentar matarla, a ella y quién sabe si a su padre o hermanos si es que los tenía.
Sentía el peso del secreto sobre su conciencia. No había sido consciente de que un día la tragedia se presentaría de improviso.
Había escuchado en confesión el horror que puede albergar en el corazón de los hombres y había llorado sintiéndose impotente por no ser capaz de dar consuelo a almas maltrechas por el dolor y dispuestas a las más crueles venganzas. Almas que habían conocido el infierno en vida y en las que ya no cabía un ápice de compasión.
Ahora debía ganarse la confianza de Clara, saber si tenía familia además de Ahmed, y evitar lo que en su fuero íntimo sabía inevitable si Dios no intervenía. ¿Lo haría?, se preguntó.
Lion Doyle había estudiado minuciosamente toda la información facilitada por Tom Martin y había llegado a una conclusión: para acercarse a Tannenberg tenía que encontrar a su, nieta, Clara, y ésta al parecer estaba cerca de Tell Mughayir excavando con una misión arqueológica integrada por arqueólogos de media Europa.
Ya sabía que Alfred Tannenberg era casi inaccesible, que contaba con protección las veinticuatro horas y que su casa, la Casa Amarilla en Bagdad, además de por sus esbirros estaba protegida por soldados de Sadam.
La casa de Tannenberg en El Cairo también disponía de protección oficial. Sabía que podría entrar y salir, pero el riesgo era demasiado grande, y por lo que le había dicho Tom, el viejo estaba alerta, esperaba que algunos de sus socios y amigos le jugaran una mala pasada, de manera que habría reforzado las medidas de seguridad. La nieta sería el salvoconducto para entrar en casa de Tannenberg por la puerta principal. Además, ella también debía de morir, según rezaba en su contrato.
Llamó a Tom Martin por teléfono anunciándole que pasaría por Global Group. Necesitaba de su influencia para conseguir un carnet, un carnet de prensa auténtico.
– Irak está en vísperas de guerra, hay periodistas de medio mundo contando lo que pasa; por tanto, la mejor manera de pasar inadvertido es hacerme pasar por uno de ellos.
– ¡Estás loco! Los corresponsales de guerra se conocen, van siempre los mismos a todos los conflictos.
– No, no es verdad; pero además yo me haré pasar por fotógrafo. Un fotógrafo independiente, freelance. Pero necesito que alguien, una revista, un periódico, me dé un carnet y asegure, si le preguntan, que están interesados en mis fotos. Ya me he comprado un equipo de segunda mano, un equipo profesional usado.
– Dame un par de horas, veré lo que puedo hacer. Creo que tengo la solución.
– Cuanto antes la tengas, antes me iré.
No habían pasado dos horas cuando Lion Doyle entraba en una casa de dos plantas del extrarradio de Londres, en cuya puerta un cartel anunciaba que allí estaba Photomundi.
El director de la agencia le estaba esperando. Era un hombre delgado y de poca estatura que cuando hablaba mostraba unos dientes pequeños y afilados.
– ¿Ha traído una foto de carnet?
– Sí, aquí la tengo.
– Bien, démela; en un minuto tendrá su acreditación.
– Hábleme de esta agencia -le pidió Lion.
– Hacemos de todo, desde fotos de bodas hasta catálogos comerciales y fotos para la prensa si se tercia. Si una revista necesita un fotógrafo para un trabajo concreto me llama, le envió al fotógrafo, hace las fotos, me pagan y asunto concluido. También ayudo a la patria. Hay amigos de amigos que necesitan una acreditación, como ahora usted, me la piden, me la pagan y no quiero saber nada más.
– ¿Y si el fotógrafo se mete en algún lío?
– Es asunto suyo. Yo no tengo a ninguno en plantilla, todos son colaboradores a los que voy llamando en función de las necesidades. A mí me subcontratan, de manera que yo subcontrato a mi vez. Alguien me ha dicho que usted se va de viaje a Irak, quiere hacer fotos para venderlas a algún periódico o revista cuando regrese. Bien, yo le doy una acreditación que dice que es colaborador de Photomundi y ahí se termina mi responsabilidad. Si regresa con las fotos, llamaré a un par de amigos de la prensa a ver si son suficientemente buenas para que se las compren; si no las quieren, el gasto ha sido suyo, no mío. Si se mete en un lío yo no soy responsable de nada. ¿Lo entiende?
– Perfectamente.
Media hora después Lion Doyle salía de Photomundi con su acreditación como fotógrafo independiente. Ahora sólo tenía que recoger su equipaje y buscar un billete de avión para Ammán.
El equipo estaba agotado pero volvían a estar eufóricos, por que dos días atrás, cuando la cuadrilla que dirigía Marta Gómez terminó de desbrozar una nueva sala, había encontrado casi intactas dos figuras de toros alados de medio metro de alto y unas doscientas tablillas casi intactas.
Gian Maria no daba abasto copiando y traduciendo el contenido de las tablillas. Pero Yves Picot y Clara Tannenberg se mostraban inmisericordes e instaban a trabajar sin descanso a obreros y arqueólogos por igual.
Clara era siempre amable con él, y acudía a menudo a ayudarle en su trabajo de descifrar el complicado lenguaje de los antiguos habitantes de Safran. De manera que pasaban bastantes horas juntos. Él notaba la desesperación de la mujer, como aquella tarde, en que la tensión se reflejaba en cada músculo de su cara.
– ¿Sabes, Gian Maria?, a pesar de que estamos avanzando y el templo está resultando ser un tesoro arqueológico, a veces dudo de que las tablillas de Shamas estén aquí.
– Clara -se atrevió a decirle-, ¿y si no existiera ese relato? ¿Y si el patriarca Abraham nunca le hubiera contado su idea de la Creación?
– ¡Pero está en las tablillas de mi abuelo! ¡Shamas lo dice bien claro!
– Pero el patriarca pudo cambiar de opinión o pudo pasar algo -sugirió Gian Maria.
– Existir existen, lo que no sé es dónde están. Creí que las encontraríamos aquí. Cuando la bomba hizo el cráter dejando al descubierto el techo del templo y encontramos restos de tablillas, y en algunas el nombre de Shamas, me pareció que era un milagro, que eso no había pasado por casualidad… -se la-mentaba Clara.
Gian Maria pensó que efectivamente parecía un milagro que tantos años después los Tannenberg volvieran a encontrar tablillas de ese escriba llamado Shamas. Él creía que todo sucedía por designio de Dios, pero en este caso no sabía qué quería decir Dios, con todo lo que estaba pasando.
– ¿Y si no estuvieran en el templo? -preguntó Gian Maria.
– ¿Cómo que si no estuvieran en el templo? ¿A qué te refieres?
A Clara se le había encendido la mirada y en sus enormes ojos de acero parecía haberse instalado la esperanza.
– Vamos a ver, los escribas tenían unas funciones determinadas en el templo: se encargaban de llevar las cuentas, de administrar el lugar, de los contratos de compraventa… hemos encontrado un catálogo sobre la flora de este lugar, una lista de minerales, en fin, todo normal. De manera que a lo mejor ese Shamas no guardó en el templo esas tablillas con la historia que le contó Abraham. Puede que las guardara en su casa, o en algún otro lugar.
Clara se quedó en silencio pensando en lo que le acababa de decir Gian Maria. Podía tener razón, aunque no podía dejar de lado que en la antigua Mesopotamia los escribas trasladaban a las tablillas los poemas épicos, y la Creación, aunque fuera en la versión de Abraham, no dejaría de ser un poema épico.
Aun así valoró esa posibilidad que supondría comenzar ampliar el perímetro de la excavación aún más de lo que habían proyectado; pero sabía que no disponían de tiempo. Su abuelo la había llamado desde El Cairo y por primera ve le había notado pesimista. Sus amigos no le habían dejado lugar a dudas: Irak sería atacada y esta vez los norteamericanos no se conformarían sólo con bombardearles; entrarían en el país.
Además, convencer a Picot le resultaría casi imposible. Él estaba igual de desesperado que ella porque no encontraba la Biblia de Barro, pero se negaría a empezar a hacer catas más allá de las que habían proyectado, porque eso significaría el dividir el trabajo de los obreros e iría en detrimento de la excavación del templo. Aun así hablaría con Yves. A lo mejor Gian Maria tenía razón.
Clara sintió la mirada de Ante Plaskic sobre su nuca. No podía ser otra, porque no era la primera vez que le sorprendía mirándola a hurtadillas cuando entraba en la casa de los ordenadores o se instalaba junto a Gian Maria y otros miembros del equipo a limpiar las tablillas que colocaban en unas largas tablas delante de las casas de adobe que le servían de refugio
Ayed Sahadi tampoco la perdía de vista, pero en el caso de Ayed no sentía ninguna inquietud. Su abuelo le había dicho que ese hombre la protegería si alguien intentaba hacerle algún daño. En realidad ella no temía a nadie, se sentía protegida. Conocía el terror de los iraquíes a levantar la mano contra alguien que gozara del favor de Sadam y ella y su familia contaban con la amistad del círculo más próximo al presidente. No tenía por qué preocuparse.
Era domingo e Yves, consciente del agotamiento del equipo, había propuesto que esa tarde descansaran. Pero Clara y Gian Maria habían hecho caso omiso y por eso se encontraban juntos limpiando tablillas a la luz del atardecer. Ante estaba mano sobre mano, mirándoles, consciente de la incomodidad que provocaba en la mujer.
Sería fácil matarla. La estrangularía, no necesitaba más armas que sus manos. Por eso miraba con curiosidad el cuello de Clara, pensando en el momento en que se lo apretaría hasta quitarle el último aliento.
No sentía ningún aprecio por la mujer, ni por ella ni por nadie. Se sentía rechazado por todos y sólo ese sacerdote hacía esfuerzos por ser amable con él. Incluso a Picot le costaba elogiar su trabajo, que él sabía que estaba haciendo con acierto y pulcritud.
Pero, además de Clara, tendría que matar a su cancerbero, Fátima, la shií que la seguía como un perro fiel por todo el campamento; le sacaba de quicio verla rezar tres veces al día inclinada en dirección a La Meca. También mataría a Ayed Sahadi, pues sabía que si no éste intentaría matarle a él. Ya no tenía dudas de que el capataz era algo más de lo que aparentaba. Los militares de la guarnición cercana a veces se cuadraban cuando le veían, aunque Ayed les hacía un gesto rápido para que no lo hicieran. El temor que inspiraba a los hombres era un síntoma de que éstos sabían que era algo más que un capataz. También había descubierto que al menos media docena de hombres hablaban más de lo habitual con Ayed, como si le informaran de asuntos que iban más allá que la excavación.
Pero Ante también sabía que a su vez era vigilado por el capataz, que le demostraba de diferentes maneras su desconfianza, como avisándole de que no intentara nada. Ambos eran asesinos y se reconocían como tales.
Alfred Tannenberg salió con paso decidido del hospital. Había estado ingresado una semana y se sentía débil, pero no quería que nadie lo notara. Los hombres, como el resto de los animales, huelen la debilidad en los otros y aprovechan para atacar.
La conversación que acababa de mantener con su médico no le había dejado lugar a dudas: como mucho llegaría hasta la primavera.
El médico se resistía a poner fecha al día de su muerte, pero él le había presionado hasta hacerle decir que si llegaba a marzo sería con tiempo regalado. De manera que debía disponer adecuadamente del tiempo que le quedaba para asegurar el futuro de Clara.
Se quedaría unos días en El Cairo arreglando sus cosas y luego viajaría a Irak. Iba a dar una sorpresa a su nieta porque pensaba instalarse en Safran, junto a ella, hasta que le avisaran, de que tenían que abandonar el lugar. En realidad, tendrían que dejar Irak y lo harían juntos si es que él vivía para ese momento. Por eso necesitaba a Ahmed. Sabía que, una vez que él muriera, Clara quedaría desprotegida y necesitaría de alguien que sintiera por ella afecto para salvarla. Sus hombres cobraban por protegerla, pero dejarían de hacerlo si él desaparecía salvo que otro hombre tomara las riendas. No le importaba que Ahmed y Clara se divorciaran, pero tendrían que hacerlo después de que ambos salieran de Irak, si es que se cumplían todas las predicciones y los norteamericanos entraban en el país.
Alfred nunca había dudado de que Ahmed aceptaría el trato, primero porque no querría perjudicar a Clara y sabía q dejarla en Irak significaría su muerte, después porque oponerse a sus deseos era firmar su sentencia de muerte, y en tercer lugar, o acaso el primero, porque iba a disponer de una suma sustanciosa por ese último trabajo para la organización de manera que cumpliría con lo que se esperaba de él. Por eso le había ordenado que se preparara para quedarse en Safran a partir de febrero. Robert Brown, a través de aquel tal Mike Fernández, ex coronel de los boinas verdes, le había mandado una información contundente: el ataque se produciría en marzo.
Precisamente Mike Fernández le estaría esperando. Le había citado a media mañana en su casa, a la que ahora se dirigía en el Mercedes negro que esquivaba los semáforos.
El ex coronel de los boinas verdes ya sabía qué clase de hombre era y no perdió el tiempo intentando engañarle. Alfred Tannenberg siempre iba unas cuantas millas por delante de él y de Paul Dukais; parecía saber no sólo lo que hacían, sino también lo que pensaban.
Aquel mediodía aguardaba pacientemente en la quietud de la sala de visitas en aquella casa de Tannenberg que cada día parecía más vigilada.
Se había dado cuenta de que habían colocado cámaras de seguridad incluso en los árboles de la calle próximos a la casa. El viejo parecía estar seguro de que alguien le intentaría matar si daba la más mínima oportunidad y no estaba dispuesto a concedérsela.
– Y bien, coronel, ¿qué novedades hay? -le preguntó Tannenberg a modo de saludo.
– ¿Cómo está, señor? -fue la respuesta de Mike Fernández.
– Tal y como ve.
– Los hombres ya están aquí. He estudiado los mapas con ellos, y me gustaría saber si podríamos desplazarnos para que reconozcan el terreno donde tendremos que esperar a sus hombres.
– No, ahora no pueden hacerlo. Tendrán que conformarse con estudiar los mapas.
– Pero sus hombres se mueven sin dificultades por toda la zona.
– Así es, y no quiero llamar la atención, ahora no. Cuando empiece la traca será otra cosa. El éxito de la operación estriba en la disciplina, en que usted y sus hombres sigan las indicaciones de los míos. Si lo hacen, saldrán de aquí con vida.
– El señor Dukais ya ha organizado el dispositivo para que mis hombres y la carga puedan salir en aviones militares hasta las bases en Europa.
– Espero que haya tenido en cuenta mis recomendaciones y haya dispuesto que parte de la carga haga escala en España, y otra parte en Portugal. Son dos países aliados y amigos de Estados Unidos y están entregados a la causa.
– ¿A qué causa, señor? -quiso saber el ex boina verde,
– Naturalmente, a la de Bush y sus amigos, que son los nuestros. Éste es un gran negocio, amigo.
– Otra parte de la carga irá a Washington directamente;
– Sí, así será.
– Y usted, señor, ¿dónde estará cuándo empiece la guerra?
– Eso a usted no le concierne. Yo estaré donde tenga que estar. Yasir le transmitirá mis órdenes, no dejaremos de estar comunicados en ningún momento, ni siquiera cuando nuestros amigos empiecen a bombardear.
Mike Fernández sentía una enorme curiosidad por saber si Tannenberg sentía lealtad por algo o alguien y no resistió la tentación de preguntárselo.
– Supongo, señor, que se sentirá preocupado sabiendo en esta ocasión, además de bombardear, vamos a entrar en Irak
– ¿Y por qué había de estar preocupado?
– Bueno, usted tiene familia allí, y muchos amigos importantes cerca de Sadam…
– Yo no tengo amigos, coronel, sólo tengo intereses. Me da lo mismo quién gane o pierda la guerra. Yo seguiré haciendo negocios, el dinero es un camaleón que adquiere el color del vencedor
– Pero usted vive aquí… sé que tiene una hermosa casa en Bagdad…
– Mi casa está donde yo esté. Y ahora, si me lo permite, me gustaría trabajar en vez de saciar su curiosidad. Sadam es mi amigo y Bush también; gracias a ambos voy a hacer un gran negocio y usted lo mismo. Y como nosotros, unos cuantos cientos de personas más.
– También morirá gente, perderemos amigos…
– Yo no voy a perder a ningún amigo, y no se ponga sentimental; todos los días muere gente, sólo que en la guerra mueren masivamente, eso es todo.