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Roma estaba igual de hermosa que siempre. Gian Maria pensaba en cómo había podido vivir tan lejos de su ciudad en los últimos meses. Ahora se daba cuenta de lo que había echado de menos su apacible cotidianidad. Los rezos al amanecer, la lectura tranquila…

Gian Maria entró en la clínica y se dirigió al despacho de su padre. Maria, la secretaria del doctor Carlo Cipriani, le saludó con afecto.

– ¡Gian Maria, qué alegría!

– Gracias, Maria.

– Pase, pase. Su padre está solo aunque no me ha dicho que iba a venir usted…

– Le voy a dar una sorpresa; no le avise, por favor.

Tocó suavemente en la puerta con los nudillos para anunciarse y a continuación entró.

Carlo Cipriani se quedó petrificado cuando vio a su hijo. Se levantó como si le costará moverse, sin saber qué hacer ni decir. Gian Maria le miraba sin pestañear, plantado en mitad del despacho. Su padre observó que había adelgazado y tenía la piel curtida por el aire y el sol. Ya no parecía el joven enclenque con aspecto enfermizo que había sido siempre; ahora era un hombre, un hombre distinto que le estaba midiendo con la mirada.

– ¡Hijo mío! -exclamó temeroso; acto seguido se acercó a él y se fundió en un abrazo emocionado.

El sacerdote respondió al abrazo de su padre y éste se sintió aliviado.

– Siéntate, siéntate, llamaré a tus hermanos. Antonino y Lara han estado muy preocupados por ti. Tu superior apenas nos daba noticias tuyas, todo lo más que te encontrabas bien, pero no quiso decirnos dónde estabas. ¿Por qué te fuiste, hijo mío?

– Para evitar que cometieras un crimen, padre.

Carlo Cipriani sintió en ese instante el peso de su existencia sobre la espalda y, encorvándose, fue a sentarse en un sillón.

– Tú conoces mi historia, nunca os la he ocultado ni a ti ni a tus hermanos. ¿Cómo puedes juzgarme? Fui a implorar tu perdón y el perdón de Dios.

– Alfred Tannenberg está muerto, asesinado. Supongo que ya lo sabes.

– Lo sé, lo sé, y no me pidas que…

– ¿Que pidas perdón? ¿No acabas de decirme que fuiste al confesionario buscando el perdón por ese crimen?

– ¡Hijo mío!

– He hecho lo que no imaginas por intentar evitarte ese peso en la conciencia, pero he fracasado. Te aseguro que habría dado mi vida con tal de que no condenaras la tuya.

– Lo siento, siento el daño que te haya podido causar, pero no creo que Dios me condene por haber… por haber querido la muerte del monstruo.

– Hasta la vida del monstruo era de Dios, y sólo Él podía quitársela.

– Veo que no me has perdonado.

– ¿Te arrepientes, padre?

– No.

La voz de Carlo Cipriani sonó fuerte y rotunda, sin un deje de duda, mientras clavaba la mirada en los ojos de su hijo.

– ¿Qué has conseguido, padre?

– Hacer justicia, la justicia que se nos negó cuando éramos niños indefensos y ese monstruo nos pedía que azotáramos a nuestras madres porque decía que eran mulas de carga. La vi morir sin poder hacer nada, lo mismo que a mi hermana. No eres quién para juzgarme.

– Sólo soy un sacerdote y tu hijo, y te quiero, padre. Gian Maria se acercó al anciano y volvió a abrazarle mientras ambos rompían a llorar.

– ¿Dónde has estado, hijo?

– En Irak, en un pequeño pueblo llamado Safran, intentando evitar que mataras a Alfred Tannenberg. Temiendo también por la vida de Clara.

– Él no dudó en asesinar a mi hermana. Era sorda y no entendía las órdenes del monstruo. La destrozó.

– ¿Clara ha de pagar por la muerte de tu hermana? -preguntó Gian Maria muy serio alejándose de su padre.

El médico no respondió. Se levantó del sillón y le dio la espalda, comenzando a pasear por el despacho sin mirar a su hijo.

– Ella es inocente, no os ha hecho ningún mal -le suplicó.

– Gian Maria, no lo entiendes, eres sacerdote, pero yo sólo soy un hombre, puede que a tus ojos el peor de los hombres, pero no me juzgues, hijo, sólo perdóname.

– ¿A quién estás pidiendo perdón, a tu hijo o al sacerdote?

– A los dos, hijo, a los dos.

Carlo Cipriani se quedó en silencio deseando que su hijo volviera a abrazarle, pero Gian Maria se levantó del asiento y abandonó el despacho sin despedirse de su padre, reprochándose la ira que le atravesaba el alma.

* * *

– ¿Dónde está Clara?

La voz de Enrique llegaba con interferencias a través de la línea telefónica, aunque estaban utilizando la de máxima seguridad, de manera que George Wagner respondió irritado.

– En París con el profesor Picot. Pero no te preocupes, acabo de hablar con Paul Dukais y me asegura que sigue teniendo un hombre infiltrado en el entorno de Picot, y que dicho hombre se hará con las tablillas.

– Debería haberse hecho con ellas antes -protestó Enrique Gómez desde la quietud de su casa sevillana.

– Sí, debería de haberlo hecho, y ya le he dicho a Dukais que no le pague si no nos entrega la Biblia de Barro. Al parecer este hombre acaba de regresar de Irak y de nuevo ha logrado acercarse a Picot, de manera que sabrá en todo momento dónde están las tablillas.

– Organiza un grupo… -le propuso Enrique.

– Es lo mismo que me ha dicho Frankie. Lo haremos a su debido tiempo. Por lo que sé, el profesor Picot quiere montar una exposición con todo lo que han encontrado, y presentar a la comunidad científica y al público en general la Biblia de Barro. Pero hasta entonces la tienen oculta en la caja fuerte de un banco. Allí estarán las tablillas hasta que inauguren la exposición, de manera que tenemos que esperar ese momento. Hasta entonces nos será útil el hombre de Dukais, ya que forma parte del grupo que estuvo con el profesor en Irak, de modo que puede ir informándonos de los pasos que dan Clara y Picot.

– ¿Y el marido?

– ¿Ahmed? Le hemos pedido que no pierda de vista a Clara, pero al parecer están prácticamente separados y la chica no se fía de él, sabe que trabaja para nosotros; así que no sé si nos será útil.

– Vamos, George; Ahmed nos ha sido extraordinariamente útil. Si no hubiese sido por él, la operación de vaciar los museos no habría resultado un éxito.

– Lo planificó Alfred -respondió George casi en un susurro.

– Pero lo ha ejecutado él, con la ayuda del Coronel, de manera que reconozcámosles lo que han hecho.

– Van a recibir mucho dinero, pero ahora, amigo mío, la prioridad es hacernos con la Biblia de Barro. Tengo un comprador muy especial, alguien que está dispuesto a pagar muchos millones de dólares por poseer la prueba de que Abraham existió y a través de él se difundió el Génesis.

– Seamos prudentes, George; sería una locura poner en el mercado los objetos que nos han traído.

– Esperaremos, te lo prometo, pero te aseguro que quien quiere la Biblia de Barro no tiene ninguna intención de exhibirla ni exponerla en ningún museo.

– ¿Tu gente de la fundación Mundo Antiguo ha inventariado el material? -quiso saber Enrique.

– Está en ello con la ayuda de Ahmed.

– Yo también necesito que me echen una mano con lo que me has enviado.

– Lo mismo que Frankie; no te preocupes, ya se lo he ordenado a Robert Brown y a Ralph Barry, ellos se encargarán.

De todas maneras si quieres ir adelantando, Ahmed puede viajar a Sevilla.

– ¿Qué haremos con Clara?

– Nos está dando muchos problemas, además de desafiarnos… Es un mal ejemplo…

– Tienes razón, viejo amigo.

* * *

Yves Picot escuchaba en silencio a su interlocutor que, al otro lado del teléfono, parecía no tener prisa por dejar de hablar. Hacía más de diez minutos que el profesor no había dicho ni una palabra, atento como estaba a lo que le decían. Cuando por fin colgó, suspiró aliviado. Clara presionaba para que la exposición con los objetos del templo de Safran se hiciera cuanto antes, sin atender a razones sobre las dificultades de una empresa como la que querían poner en marcha. Pero Clara Tannenberg insistía en que no ponían suficiente empeño para lograrlo. Los objetos estaban embalados, las fotografías de Lion Doyle listas, cada uno de los arqueólogos participantes en la misión arqueológica habían escrito un texto sobre aspectos concretos de la excavación y los objetos encontrados, y además, por si fuera poco, tenían la Biblia de Barro. Clara necesitaba presentar al mundo aquellas tablillas que le quemaban en las manos, ya que sabía que con cada día que pasaba aumentaba el peligro de que se las arrebataran, aunque estuvieran en la caja fuerte de un banco suizo.

De manera que Clara no le había permitido disfrutar de un merecido descanso, y desde que ella se presentara en París, le presionaba a diario.

Menos mal, pensó, que Marta Gómez era la quintaesencia de la eficacia y además compartía el mismo empeño de Clara por poner en marcha la organización de la exposición. En pocas semanas había movilizado a fundaciones y universidades buscando apoyo y dinero. En realidad él también había puesto su grano de arena llamando a amigos influyentes del mundo académico y de las finanzas, a los que había tentado con el anuncio de que en la exposición se daría a conocer un gran descubrimiento.

Por lo que le acababa de decir Fabián, Marta había conseguido que el primer destino de la exposición fuera Madrid. Él hubiese preferido que la inauguración se hiciese en París, en el Louvre, pero para ello debían de esperar unos meses. El Louvre programaba con mucha antelación todas sus exposiciones y actos extraordinarios.

Fabián le había anunciado que una entidad bancaria española y dos grandes empresas habían aceptado financiar la puesta en marcha de la exposición. Eso sin contar con que las autoridades académicas de la Universidad Complutense, así como los responsables del Ministerio de Educación y Cultura, también se habían mostrado entusiasmados. Era una gran oportunidad para Madrid, sería la primera capital que albergara la exposición nada menos que en el Museo Arqueológico Nacional; después iría a París, Berlín, Amsterdam, Londres y Nueva York.

Llamaría a Clara para darle las buenas nuevas, aunque estaba casi seguro de que Marta ya la habría llamado. Las dos mujeres parecían haber estrechado su relación a cuenta del empeño que tenían en inaugurar cuanto antes la exposición.

* * *

Los cuatro amigos se habían reunido en Berlín. Hans Hausser les había pedido que se desplazaran hasta su ciudad porque en los últimos días no se sentía bien. A Mercedes le preocupó que Hans hubiera adelgazado tanto y la palidez enfermiza de su rostro.

– Fui a Londres, como quedamos, a ver a Tom Martin, el presidente de Global Group. Le dije que no le pagaríamos lo que faltaba hasta que el encargo no estuviera acabado. Ya se lo había adelantado por teléfono, pero así ya no le caben dudas de que hablamos en serio.

– ¿Y qué te dijo? -preguntó Mercedes.

– Que el precio había subido porque su hombre llevaba más tiempo de lo previsto dedicado a cumplir la misión, dadas las enormes dificultades de ésta. Pero le dije que no, que no le daríamos ni un euro más si no cumplían con su parte del contrato, al que pusimos un precio cerrado. Discutimos, pero llegamos a un acuerdo. Si su hombre resuelve el problema en los próximos días, le daremos una prima; de lo contrario, cobrara lo que estaba estipulado.

– ¿Dónde está Clara Tannenberg? -quiso saber Bruno Müller.

– Hasta hace unos días en París, pero ahora está en Madrid organizando una exposición con los objetos de un templo en el que al parecer llevaba meses excavando con un grupo de arqueólogos de media Europa. No sé cómo lo harían, habida cuenta de la situación en Irak -respondió Hans Hausser.

Carlo Cipriani parecía triste y ausente, apenas hablaba y dejaba vagar la mirada sin detenerla en sus amigos.

– ¿Qué te preocupa, Carlo? -le preguntó Hans.

– Nada… En realidad, pienso que quizá deberíamos dejarlo ya. Alfred Tannenberg está muerto, hemos cumplido nuestro juramento.

– ¡No! -gritó Mercedes-. ¡No vamos a echarnos atrás! Juramos que le mataríamos a él y a sus descendientes. Clara Tannenberg es su única nieta, la última Tannenberg, y tiene que morir.

Bruno Müller y Hans Hausser bajaron la cabeza, sabiendo que nada ni nadie convencería a Mercedes de lo contrario.

– Lo haremos, lo haremos, pero yo entiendo lo que dice Carlo, esa chica es inocente…

– ¿Inocente? Inocente era mi madre, y la vuestra, y nuestros hermanos. Inocentes éramos todos los que estábamos en Mauthausen. No, ella no es inocente, ella es parte de la semilla del monstruo. Si os vais a echar atrás… decídmelo… yo continúo adelante, no me importa que me dejéis sola -respondió Mercedes con ira.

– ¡Por favor, Mercedes, no discutamos! Haremos lo que hemos dicho que haríamos, pero la reflexión de Carlo merece tenerse en cuenta -la cortó Bruno.

– Clara Tannenberg morirá, queráis o no, os lo aseguro -afirmó Mercedes.

Ellos comprendieron que nada ni nadie evitaría la muerte de la joven.

* * *

Ante Plaskic sacaba de las cajas los libros y los colocaba con cuidado en los estantes vacíos, bajo la atenta mirada de uno de los guardias de seguridad del Museo Arqueológico.

Pensó que Yves Picot era en realidad un sentimental, puesto que pese a las reticencias de Clara en aceptarle para colaborar en la organización de la exposición, el profesor había argumentado que no sería justo excluirle ni a él ni a ninguno de los que habían trabajado en Safran. La profesora Gómez había apoyado la decisión de Picot.

De manera que llevaba dos semanas en Madrid haciendo de todo; realmente Picot le había puesto a las órdenes de Marta Gómez, y ésta había aceptado lo mismo que el profesor su versión de que se sentía orgulloso de poder participar en la puesta en marcha del acontecimiento fruto de los meses pasados en Irak.

Fabián y Marta habían logrado en un tiempo igualmente récord la edición de un catálogo: un libro de doscientas páginas sobre el templo de Safran. Picot estaba seguro de que las ventas del catálogo serían importantes.

Observó de reojo a Lion Doyle. No le había sorprendido encontrarle participando en la puesta en marcha de la exposición. Lion, a diferencia de él, concitaba simpatía en todos los que creían ver en él a un fotógrafo de fortuna. Pero Ante se decía que Lion no era lo que parecía, lo mismo que Ayed Sahadi tampoco era un simple capataz.

Por retazos de conversaciones escuchadas al azar, se había enterado de que Sahadi había logrado sacar a Clara sana y salva de Irak junto a su marido, Ahmed Huseini, y los había trasladado hasta El Cairo, donde al parecer había decidido quedarse hasta que la situación se aclarara en Bagdad. El Cairo parecía haber sido también la ciudad donde Clara había roto con su marido, puesto que Ahmed Huseini no estaba en Madrid, aunque había oído decir que acudiría a la inauguración de la exposición.

Mientras alineaba los libros se dijo que no podía volver a fracasar.

El hombre de Planet Security, la compañía que le había contratado para hacerse con la Biblia de Barro, se lo había dejado bien claro: debía hacerse con las tablillas de inmediato; para ello contaría con la ayuda de un grupo de expertos en robos que esperarían su señal para intervenir cuando estimara llegado el momento oportuno.

En las dos últimas semanas apenas había salido del Museo Arqueológico, de manera que lo había llegado a conocer bien, y lo más importante, los trabajadores y guardianes del museo se habían acostumbrado a su ir y venir por el edificio.

Había puesto especial empeño en trabar conversación con los guardias que se encargaban de la sala donde estaba el sistema de alarma y los monitores desde los que controlaban todos los rincones del museo.

Había pedido a los hombres que formarían el comando que se familiarizaran con el edificio, pero sin llamar la atención, de modo que casi todos ellos habían ido a visitarlo como simples turistas. No dispondrían de mucho tiempo para hacerse con las tablillas y huir sería lo más complicado. Su plan consistía en robar las tablillas antes de que abrieran la sala donde iban a ser exhibidas; llevárselas después sería casi imposible, porque no sabía si las dejarían mucho tiempo. Picot había mandado hacer unas réplicas exactas, y eso podía significar que después de la inauguración de la exposición, pensaban dejar en el museo las réplicas y volver a guardar las originales, de manera que no podía correr ese riesgo.

Le preocupaba no haber logrado que le dijeran cuándo iban a trasladar al Museo Arqueológico la Biblia de Barro, ahora en la caja fuerte de un banco madrileño. Marta le contó que guardaban como un gran secreto la existencia de las tablillas y que hasta el día de la inauguración no harían público el descubrimiento ante la prensa de todo el mundo.

Clara ni siquiera había permitido que las tablillas fueran a Roma para ser analizadas por los científicos del Vaticano. Gian Maria había insistido en que el mejor aval de las tablillas sería que la Santa Sede las reconociera como auténticas, pero al parecer Clara Tannenberg había respondido que el Vaticano no tendría más remedio que rendirse ante la evidencia.

Faltaban dos días para la inauguración, y los responsables del museo habían habilitado una sala dotándola con medidas de seguridad extraordinarias que impedirían que las tablillas corrieran ningún peligro.

Clara y Picot, junto a Fabián y Marta, se habían encargado personalmente de organizar la sala, desde las luces a los paneles, pasando por la vitrina donde expondrían las tablillas, aunque éstas no serían depositadas en el lugar hasta una hora antes de que se abrieran las puertas del museo para la inauguración de la exposición.

– ¿Nerviosa? -preguntó Yves Picot a Clara.

– Sí, un poco, nos ha costado tanto llegar hasta aquí… ¿Sabes?, echo de menos a mi abuelo; no merecía morir así ni que le arrebataran este momento.

– ¿Aún no sabes nada sobre quién pudo asesinarle? Clara negó con la cabeza mientras procuraba contener las lágrimas.

– ¡Vamos! Hablemos de otra cosa -la consoló Picot pasándole la mano por el hombro.

– ¿Interrumpo algo?

Yves Picot soltó a Clara y se quedó mirando a Miranda sin saber qué hacer. La periodista se las había ingeniado para que la dejaran entrar en el museo aun cuando faltaban unas cuantas horas para la inauguración.

Clara se acercó a Miranda y le dio un beso en la mejilla, al tiempo que le aseguraba que se alegraba de verla. Luego salió de la sala, dejándola sola con Picot.

– Parece que no te alegras de verme… -le dijo la periodista al atónito profesor.

– Te he buscado sin éxito, supongo que te lo habrán dicho en tu empresa -respondió éste a modo de protesta.

– Lo sé, pero tuve que quedarme más tiempo del previsto en Irak, ya sabes cómo está la situación allí.

– ¿Cómo te has enterado de esto?

– ¡Vamos, profesor, que soy periodista y leo los periódicos! En Londres aseguran que vais a mostrar un descubrimiento extraordinario.

– Sí, la Biblia de Barro

– Lo sé, Clara y yo tuvimos serias diferencias a cuenta de esas tablillas.

– ¿Por qué?

– Porque a mi juicio las ha robado, quiero decir que son de Irak y que no debió sacarlas sin permiso.

– Dime quién podía haberle dado ese permiso; te recuerdo que había comenzado la guerra.

– Su propio marido, Ahmed Huseini se llama, ¿no? Al fin y al cabo, era el jefe del departamento de Antigüedades.

– ¡Por favor, Miranda, no seas ingenua! En todo caso no nos vamos a quedar con las tablillas. Cuando la situación en Irak se aclare esas tablillas volverán allí. Mientras tanto se quedarán en depósito en el Louvre, que es el museo más importante de arte mesopotámico.

Fabián les interrumpió nervioso.

– Yves, acaban de llamar del banco; ha salido el camión blindado hacia aquí.

– Vamos a la puerta; acompáñanos, Miranda.

Una vez depositadas las tablillas Clara cerró con llave la vitrina y apretó emocionada el brazo de Gian Maria; luego se volvió hacia donde estaban Picot, Fabián y Marta, y les sonrió.

El jefe de seguridad del museo les volvió a explicar las medidas extraordinarias que habían adoptado para con aquella sala y Clara pareció satisfecha de lo que oía.

– Estás muy guapa -le piropeó Fabián.

Ella, agradecida, le dio un beso en la frente. El traje de chaqueta de color rojo fuego iluminaba su rostro bronceado, en el que destacaba su mirada azul acero.

Diez minutos más tarde se abrían las puertas del museo ante la llegada de los miembros del Gobierno español, la Vicepresidenta y dos ministros, además de autoridades académicas llegadas de todas partes del mundo para asistir a la inauguración de una exposición que prometía ser extraordinaria.

Arqueólogos y profesores europeos y norteamericanos alababan los objetos encontrados distribuidos por las vitrinas en distintas salas del museo. Mientras tanto, la profesora Gómez y Fabián Tudela explicaban a las autoridades españolas los pormenores de los objetos hallados.

Los camareros, cargados con bandejas repletas de bebidas y canapés, se paseaban entre los invitados a los que la visión de tanta belleza parecía haberles abierto el apetito.

Picot y Clara habían decidido que hasta una hora más tarde no mostrarían solemnemente a invitados y prensa la sala donde guardaban la Biblia de Barro.

Los invitados comentaban entre sí en qué consistiría la sorpresa que les habían prometido para esa tarde de sábado.

Ante Plaskic divisó al equipo de hombres de Planet Security dispersos por el museo: unos camuflados como camareros, otros como guardias de seguridad, incluso como invitados. Tampoco se le escapó que Lion Doyle, a pesar de llevar la sonrisa dibujada permanentemente en el rostro, tenía un rictus que delataba tensión.

Tal y como había organizado el robo, no tenían más remedio que intentar hacerse con las tablillas antes de que se abrieran las puertas de la sala donde estaban expuestas. Correrían un gran riesgo, pero no tendrían otra oportunidad de hacerse con la Biblia de Barro. Repasó mentalmente las estrictas medidas de seguridad a las que deberían enfrentarse, y se dirigió hacia la sala donde estaba la alarma. Tenía diez minutos para hacerse con las tablillas y salir del museo.

– Señoras y señores, un minuto de silencio, por favor-pidió Yves Picot-. Les ruego que terminen su visita por estas salas, porque en quince minutos les pediré que nos acompañen a una sala muy especial donde hemos depositado un tesoro arqueológico de valor incalculable, cuyo descubrimiento tendrá una repercusión trascendental, no sólo en la comunidad académica, sino también en la sociedad y en la Iglesia. Acompáñennos, por favor.

El profesor Yves Picot, Marta Gómez y Fabián Tudela explicaban a la Vicepresidenta del Gobierno español la importancia del descubrimiento de la Biblia de Barro; más atrás les seguía Clara, junto a un ministro y el rector de la Universidad de Madrid.

Una mujer elegantemente vestida, con un traje de chaqueta de Chanel, y con un rostro tan bello como sereno a pesar de la edad se acercaba despreocupadamente hacia Clara. La mujer le sonrió y Clara respondió a la sonrisa amable de la desconocida. Alguien debió de empujar a la mujer porque ésta pareció tropezar, lo que la llevó a chocar con Clara. Al separarse de aquella mujer, una mueca de dolor cruzó por el rostro de Clara mientras la mujer se disculpaba y seguía andando con una sonrisa dibujada en los labios.

Clara estaba explicando al rector que lo que iba a ver eran unas tablillas con un contenido extraordinario cuando, de repente, se llevó la mano al pecho y cayó al suelo ante el estupor de cuantos la rodeaban.

Yves Picot y Fabián se arrodillaron de inmediato intentando hacer reaccionar el cuerpo desmadejado de Clara, que abría y cerraba los ojos como si estuviera conjurando una pesadilla.

Fabián gritó pidiendo un médico y una ambulancia, mientras Miranda intuía que algo extraordinario acababa de suceder. Ante Plaskic hizo una seña a los hombres de la compañía, y éstos entendieron que debían aprovechar la oportunidad que se les brindaba.

Uno de los invitados dijo ser médico y se acercó a examinar a Clara, descubriendo un minúsculo pinchazo en la zona del corazón.

– ¡Rápido, una ambulancia! ¡Se está muriendo!

Dos guardias de seguridad, seguidos por un elegante invitado, se escabulleron del lugar dirigiéndose a la sala donde estaba custodiada la Biblia de Barro.

Ante fue con paso veloz a la pequeña sala donde los monitores enseñaban hasta el último rincón del museo. Entró sin llamar a la puerta y disparó dos veces al guardia que vigilaba los paneles. Apartó el cuerpo del hombre ocultándolo en un rincón y cerró la puerta dispuesto a no dejar pasar a nadie. Desconectó todas las alarmas del museo. Pudo ver con nitidez cómo sus compañeros entraron en la sala y cómo antes de que el guardia de seguridad pudiera reaccionar le dispararon con una pistola con silenciador. En menos de dos minutos habían guardado las tablillas en una bolsa y salieron de la estancia.

El croata sonrió para sus adentros. Estaba a punto de culminar la misión. Sin él como topo, la operación no habría podido hacerse en aquellas circunstancias.

Luego clavó los ojos en otro monitor, donde se veía a Clara en brazos de Picot al que Fabián y los guardias de seguridad auténticos abrían paso hacia la salida.

No supo por qué, acaso por su indiferencia, le llamó la atención la figura de una mujer entrada en años que aparecía en otro de los monitores. La mujer no parecía prestar atención a lo que estaba pasando, en realidad era la única que no mostraba ninguna preocupación mientras caminaba lentamente abriéndose paso hacia la salida.

Se preguntó qué llevaría la mujer en la mano, puesto que parecía guardar algo, pero no alcanzaba a verlo.

Mercedes Barreda salió del museo y respiró con agrado el aire cálido de la primavera de Madrid. Siempre le había gustado la armonía del barrio de Salamanca, donde estaba situado el Museo Arqueológico. Comenzó a caminar sin rumbo, tranquila e íntimamente satisfecha por el momento vivido. No se fijó en dos hombres elegantemente vestidos, que se metían en un coche que les estaba esperando. Lo único que le preocupaba era cómo deshacerse del punzón que había clavado en el corazón de Clara. No había dejado huellas porque llevaba unos finísimos guantes de piel, de manera que lo tiraría a cualquier alcantarilla, Pero no lo haría en aquel barrio, sino en cualquier otro lugar, lejos de allí.

Paseó sin rumbo durante una hora y después paró un taxi, al que pidió que la llevara al hotel Ritz, donde estaba alojada.

Pensó en regresar a Barcelona, pero cambió de idea; no tenía por qué huir, nadie la buscaba, nadie la relacionaba con la muerte de Clara Tannenberg. No obstante, se cambió de ropa y volvió a salir a la calle en dirección a la estación. Encontró una alcantarilla cerca del Museo del Prado y arrojó el punzón. Ya de regreso al hotel pensaba satisfecha en lo fácil que le había resultado acabar con la vida de Clara.

No había dudado en la manera en que debía matarla. Cuando era una adolescente y vivía en Barcelona su abuela le había relatado el asesinato de Isabel de Austria.

Un hombre se había acercado a la emperatriz y le había clavado un punzón; ésta había caído muerta al poco tiempo, con apenas unas gotas de sangre manchándole el vestido.

Cuando comenzó a soñar en matar a Clara había visualizado el momento en que le clavaría el punzón en el corazón. No había sido fácil encontrar el arma. Había buscado el objeto en las tiendas de los chamarileros, e incluso había rebuscado entre el material utilizado por los obreros de su empresa. Fue entre el material de desecho donde encontró el objeto deseado, que limpió y pulió como si de una obra de arte se tratara.

Ya en la habitación del hotel abrió la nevera, sacó una botella de champán y se obsequió con una copa. Por primera vez en sus muchos años se sentía pletórica y satisfecha.

* * *

Lion Doyle estaba furioso. Clara Tannenberg estaba muerta, pero no la había matado él y eso podía significar no cobrar lo que restaba de sus honorarios. Pensó que el asesino había sido un profesional; de lo contrario no imaginaba quién podía haber tenido el valor y la sangre fría de asesinar a Clara delante de cientos de personas. Le habían clavado algo en el corazón, un objeto fino y alargado que le había atravesado el órgano vital. Pero ¿quién había sido?

Él pensaba haberla matado aquella noche. Sabía que se alojaba en casa de Marta Gómez y que nadie sospecharía nada extraño si se presentaba allí. Le dejarían pasar y una vez dentro acabaría con la vida de la Tannenberg que le faltaba. Había pensado en que también tendría que matar a la profesora Gómez, pero ése habría sido sólo un inconveniente más. El problema es que ahora no podía decir a Tom Martin que había rematado el encargo. A Lion le irritaba ver llorar a Gian Maria, quien, desolado, salía del museo acompañado de Miranda camino del hospital, donde habían llevado el cadáver de Clara para que certificaran la muerte y le hicieran la autopsia.

George Wagner acababa de terminar una reunión cuando su secretaria le pasó la llamada urgente de Paul Dukais.

– Ya está, misión cumplida -le dijo.

– ¿Todo?

– Sí, tenemos lo que querías. Por cierto que… que la nieta de tu amigo ha sufrido un accidente. Alguien la ha asesinado.

– ¿Cuándo llegará el paquete?

– Está viajando, llegará mañana.

Wagner no hizo ningún comentario. Tampoco Enrique Gómez ni Frankie Dos Santos pusieron ninguna objeción por el asesinato de Clara. No les importaba y además no tenían nada que ver con ello.

Su única preocupación era comenzar a sacar al mercado los objetos de la rapiña perpetrada en los museos iraquíes. George había propuesto que excepcionalmente se reunieran para brindar por el éxito de la empresa y haberse hecho con la Biblia de Barro. Ansiaba tenerla en sus manos antes de entregársela al comprador.

Lion Doyle telefoneó a Tom Martin desde una cabina.

– Han matado a Clara Tannenberg -le dijo.

– ¿Y…?

– No sé quién ha sido -respondió compungido.

– Vente para aquí, tenemos que hablar.

– Llegaré mañana.

En el hospital, Yves paseaba de un lado a otro de la sala de espera, incapaz de decir palabra. Tampoco Miranda, Fabián y Marta tenían ganas de hablar y Gian Maria sólo era capaz de llorar.

Dos inspectores de policía aguardaban, como ellos, el resultado de la autopsia. El inspector García les había pedido que, una vez les hubieran informado, le gustaría que le acompañaran a la comisaría para tratar de esclarecer los hechos.

El forense salió de la sala donde acababa de practicar la autopsia a Clara.

– ¿Hay algún familiar de la señora Tannenberg?

Picot y Fabián se miraron, sin saber qué responder. Marta se hizo cargo de la situación.

– Nosotros somos sus amigos, no tiene a nadie más aquí. Hemos intentado ponernos en contacto con su marido, pero hasta el momento no le hemos localizado.

– Bien; a la señora Tannenberg la han asesinado con un objeto punzante, un estilete, un punzón… algo afilado y alargado que le ha llegado hasta el mismísimo corazón. Lo siento.

El médico les dio algunos detalles más sobre el resultado de la autopsia, y luego entregó el informe al inspector García.

– Inspector, estaré aquí un rato más; si necesita alguna aclaración, llámeme.

El inspector García, un hombre de mediana edad, asintió. Aquel caso parecía ser más complicado de lo que a simple vista parecía, y necesitaba resultados rápidos. La prensa estaba llamando al ministerio para recabar información. El suceso no podía ser más llamativo: una arqueóloga iraquí, asesinada en el Museo Arqueológico de Madrid cuando inauguraba una exposición a la que asistían autoridades políticas y académicas, y en la que se proponía desvelar un tesoro, que a su vez había sido robado ante los ojos de doscientos invitados, incluidos la vicepresidenta y dos miembros del Gobierno.

Imaginaba los titulares de los periódicos del día siguiente, no sólo de la prensa española; también los medios de comunicación de todo el mundo se harían eco del suceso. Ya había recibido dos llamadas de sus superiores instándole a que explicara si había encontrado alguna pista del asesino y sobre todo del móvil del crimen, que imaginaban estaba relacionado con el robo del misterioso tesoro. La Vicepresidenta se había mostrado tajante: quería resultados de inmediato.

Precisamente eso era lo que se disponía a hacer interrogando a los amigos de la arqueóloga.

En la comisaría hacía calor, de manera que abrió la ventana para dejar entrar un poco de aire fresco, al tiempo que invitaba a Picot y a sus acompañantes a sentarse. El joven sacerdote estaba hundido y no había parado de llorar; se agarraba a Marta como un niño perdido.

La noche sería larga, puesto que todos ellos iban a ser interrogados por el policía para intentar despejar dos preguntas: ¿quién y por qué habían matado a Clara Tannenberg?

El ayudante del inspector tenía el televisor del despacho encendido y en ese momento comenzaban a dar las noticias de las nueve. Se quedaron todos en silencio, viendo desfilar ante sus ojos las imágenes de aquella tarde que no olvidarían el resto de su vida.

El locutor anunció que, además del asesinato de la arqueóloga iraquí, se había producido un importante robo en el Museo Arqueológico: unas tablillas de valor incalculable a las que denominaban la Biblia de Barro. Se trataba de la pieza secreta que esa noche iba a ser mostrada a la prensa y a la sociedad.

Yves Picot dio un puñetazo sobre la mesa y Fabián soltó un taco. Habían matado a Clara para llevarse la Biblia de Barro, dijo Picot, y ni Fabián ni Marta ni Miranda tuvieron la menor duda de que ésa había sido la causa.

El grito de Gian Maria les desconcertó. El sacerdote miraba la pantalla y una mueca de horror había aflorado en su rostro aniñado.

En la pantalla Clara caminaba junto al ministro rodeados de gente; de repente ella parecía tropezar, pero luego continuaba andando, hasta que segundos después caía fulminada.

Lo que veían los ojos de Gian Maria no eran capaces de verlo los del inspector García, ni los de Picot, o Marta. En medio del tumulto y durante una ráfaga de segundo, Gian Maria había divisado el perfil de una mujer a la que conocía bien.

Mercedes Barreda, la niña de Mauthausen, la niña que había sufrido junto a su padre la crueldad sin límites de la locura de Hitler.

Gian Maria comprendió en ese momento que Mercedes era la asesina de Clara y sintió un dolor agudo en el pecho, que en realidad era un reflejo del dolor del alma. No podía denunciarla, se dijo, porque eso sería tanto como denunciar a su padre, pero no hacerlo le hacía sentirse cómplice del asesinato de Clara.

El inspector García le pidió que le dijera qué había visto en la pantalla y el sacerdote, con un hilo de voz, aseguró que no había visto nada, que simplemente se sentía incapaz de revivir el asesinato de Clara.

Le creyeron. Yves Picot, Marta Gómez y Fabián Tudela le creyeron, pero la actitud de Gian Maria había sembrado la duda en el ánimo del inspector García y también en Miranda.

El policía estaba seguro de que Gian Maria había visto algo o a alguien que le había arrancado ese grito de angustia, y Miranda se decía mentalmente que debía hacerse con el vídeo de la noticia para desmenuzarlo hasta encontrar un indicio que explicara la actitud del sacerdote.

Yves Picot le explicó al policía con todo lujo de detalles cómo eran las ocho tablillas que llamaban la Biblia de Barro, además de alertarle no sólo sobre el valor arqueológico de las piezas, sino también sobre el religioso.

El inspector García se encontró con una historia extraordinaria: la vivida por los tres arqueólogos y la periodista los últimos meses en Irak. De Gian Maria apenas logró unas cuantas palabras más.

Sus superiores seguían presionándole: tenían que decirles algo a los medios de comunicación. El suceso era un escándalo; un robo y un asesinato al mismo tiempo parecían algo irreal.

Una y otra vez el inspector les pidió a Picot y a sus colegas que le volvieran a relatar lo sucedido en las últimas horas: a quién habían visto, quién sabía de la existencia de las tablillas, de quién sospechaban. Además, les pidió una relación de todas las personas que habían tenido un contacto directo con las tablillas. Salieron de la comisaría exhaustos, convencidos de que en algún lugar que no alcanzaban a ver se enredaba el hilo de Ariadna.

«¿Qué va a ser de mí después de esto?», pensó el sacerdote desesperado cuando, entrada la noche, regresaba al hotel acompañado por Miranda y Picot.

* * *

Carlo Cipriani entró en el taxi. Se sentía agotado, a pesar de que el vuelo desde Barcelona apenas duraba dos horas.

Le había costado despedirse de Mercedes, de Hans y de Bruno. Ellos habían protestado intentando convencerle de que lo que les unía era más fuerte que la vida y la muerte. Tenían razón: salvo a sus hijos, a nadie quería como a sus amigos, por los que sacrificaría cuanto tenía, pero creía que había llegado el momento de buscar la paz, y sólo podría lograrlo distanciándose de ellos.

No le había hecho ningún reproche a Mercedes. Tampoco se lo hicieron ni Bruno ni Hans. Ella no les contó lo que había hecho, porque no hacía falta que lo hiciera; ellos lo habían sabido tan sólo con mirarla.

Mercedes les confesó que en los últimos días dormía tranquila, en paz consigo misma. Bruno no supo decirle cómo se sentía y Hans rompió a llorar.

Ahora, de regreso a Roma, Carlo Cipriani se decía a sí mismo que tenía que afrontar de manera distinta lo que le quedara de vida. Se dirigió hacia la plaza de San Pedro del Vaticano.

Cuando entró en la basílica sintió el alivio de la penumbra.

En ese mismo instante también el inspector García, acompañado de un sacerdote, se dirigía al interior del templo en busca de Gian Maria. Había convencido a sus jefes de que le permitieran seguir una corazonada y obtuvo permiso para ir a Roma y tratar de volver a hablar con Gian Maria.

El inspector García no prestó atención al hombre que con paso cansino se dirigía al confesionario, donde el sacerdote que le acompañaba le había señalado que estaba Gian Maria. Carlo Cipriani llegó antes que el inspector al confesionario y mientras se arrodillaba pudo ver cómo el joven había envejecido y un rictus amargo se había apoderado de su rostro.

– Ave María Purísima.

– Sin pecado concebida.

– Padre, soy culpable de la muerte de dos personas. ¡Ojalá Dios pueda perdonarme y ojalá mi hijo también lo haga!

– ¿Te arrepientes?

– Sí, padre.

– Entonces, que Dios te perdone y que me perdone a mí por no ser capaz de perdonarte.

El inspector García vio levantarse al anciano con los ojos llenos de lágrimas. Parecía que al hombre le faltaba el aire y estaba a punto de desmayarse.

– ¿Se siente mal?

– No, no, no se preocupe -dijo Cipriani mientras continuaba andando sin volver la vista atrás.

Gian Maria salió del confesionario y estrechó la mano del policía.

– Perdone que haya venido hasta aquí para molestarle, he pedido permiso a sus superiores para verle. Me gustaría volver a hablar con usted. No está obligado si no quiere… -le dijo el inspector.

Gian Maria le miró sin responder y echó a andar a su lado mientras veía a su padre caer de rodillas ante la Piedad de Miguel Ángel y esconder el rostro entre las manos. Sintió una oleada de piedad por él y por sí mismo. También aquel día estaba lloviendo sobre Roma.