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Al cabo de unas horas abandonó el tren sin mayores incidencias y comenzó a caminar. Un hombre le invitó a subirse a su carro y juntos alcanzaron la costa. Josep se despidió entonces de él y echó a andar por una carretera de curvas que lo llevó hasta un lugar donde el Mediterráneo brillaba, deslumbrante, bajo la cálida luz del sol. Pasó junto a una docena de barcos de pesca atracados y pronto llegó a la plaza central de un pueblo, donde descubrió que los viernes había mercado. Sintió un gruñido en el estómago al caminar entre braseros en los que chisporroteaban trozos de pollo, pescado y cerdo, llenando el aire de los más deliciosos aromas.
Al fin compró un buen cuenco de un guiso especiado de guisantes y se lo comió despacio y con gran placer, sentado con la espalda apoyada en una pared.
Cerca de él había una mujer mayor que vendía mantas, apiladas en un montón, y tras terminarse el guiso y devolver el cuenco de madera, se acercó a su puesto. Tocó una de las mantas, la sopesó y palpó su suave grosor casi con reverencia. La abrió de una sacudida y comprobó que era bastante grande, lo suficiente para cubrir a dos personas. Era consciente de que una manta como aquélla podía cambiar mucho la vida de alguien obligado a dormir a la intemperie.
La mujer lo estudiaba con los ojos expertos de un comerciante.
– La lana más fina, sacada de los telares de la mejor tejedora, mi hija. Una auténtica ganga. Para usted…, una peseta.
Josep suspiró y meneó la cabeza.
– ¿Cincuenta céntimos? -propuso. Ella rechazó la oferta con gesto desdeñoso y alzó una mano para frenar cualquier negociación. Josep se dio la vuelta, pero luego se detuvo-. ¿Tal vez sesenta? -Los sabios ojos le reprocharon el intento con una nueva negativa-. Bueno, ¿conoce a alguien que necesite a un buen trabajador?
– Aquí no se encuentra trabajo.
Así que Josep se alejó. En cuanto estuvo fuera de la vista de la anciana sacó las monedas que llevaba en el bolsillo y contó 75 céntimos. Regresó enseguida a su lado y le mostró el dinero.
– Es todo lo que puedo gastar. Ni uno más.
Ella se dio cuenta de que era su oferta definitiva y su mano se lanzó sobre el dinero como una garra. Lo contó y suspiró, pero terminó por asentir y, cuando Josep le pidió un trozo de cuerda que había visto detrás de las mantas, se lo regaló. Enrolló la manta y le ató la cuerda por los dos extremos para convertirla en un hatillo que pudiera echarse al hombro.
– Abuela, ¿dónde queda la estación de la frontera?
– Siga la carretera que cruza el pueblo y llegará a la estación. No está lejos.
La miró y se atrevió a dar el salto:
– No quiero cruzar la frontera por la estación.
Ella sonrió.
– Claro que no, mi joven bello. Como cualquier persona sensata. Mi nieto le enseñará el camino. Veinte céntimos.
Josep caminaba por detrás del muchachito huesudo, que se llamaba Feliu. Formaba parte del trato que le pagara el servicio por adelantado y que no caminaran juntos. Cruzaron el pueblo y se metieron en el campo, siempre con el mar a la vista, a su derecha. Al poco, Josep vio la garita de la frontera, una puerta de madera en medio de la carretera, controlada por guardias uniformados que interrogaban a los viajeros. Se preguntó si alguien les habría dado su nombre y una descripción. Incluso en caso contrario, no podía cruzar por ahí, pues le exigirían papeles y alguna identificación.
Feliu continuó andando hacia la garita y Josep lo seguía con creciente alarma. Tal vez la anciana y su nieto pensaban entregarlo directamente, ganando así, además de lo que él había pagado, cualquier recompensa que la policía estuviera dispuesta a pagar siempre que entregaban a contrabandistas.
Sin embargo, en el último instante Feliu tomó un caminito de tierra que se dirigía hacia el interior desde la carretera y Josep siguió su ejemplo al llegar a él.
Caminaron apenas unos minutos por aquel sendero hasta que Feliu se detuvo, recogió una piedra y la tiró a su derecha. Era la señal que habían acordado. El muchacho se alejó a paso acelerado y sin mirar atrás. Cuando Josep alcanzó el lugar en que Feliu había tirado la piedra, vio una pista aún más estrecha que bordeaba un campo de cebollas, mantenido en barbecho durante el invierno. Josep se adentró por él. Asomaban en la tierra los largos dedos verdes de unas pocas cebollas que habían quedado sin cosechar, y Josep se lanzó a por ellas. Se las comió sin dejar de andar y le pareció que eran fuertes y amargas.
El campo de cebollas fue el último cultivo que vio, pues el pequeño valle enseguida dio paso a unas colinas de bosque espeso. Caminó al menos durante una hora antes de llegar a un lugar en el que el camino se bifurcaba.
No había ninguna señalización ni ningún Feliu o cualquier otra persona a quien pedir consejo. Tomó el camino de la derecha y al principio no encontró diferencia alguna con el que le había llevado a través de las colinas. Luego se volvió gradualmente obvio que el sendero se estrechaba. Por momentos parecía incluso a punto de desaparecer, pero siempre terminaba por ver más adelante marcas que algún viajero anterior había dejado al pasar entre los árboles y se apresuraba a retomar el camino.
Y entonces el sendero desapareció de verdad.
Josep se adentró en el bosque, convencido de que descubriría de nuevo la pista unos pasos más allá, tal como había ocurrido ya anteriormente. Cuando al fin aceptó que no quedaba ni la menor señal del sendero entre los árboles, intentó desandar sus pasos para regresar a la bifurcación, pero por mucho esfuerzo que pusiera en la búsqueda tampoco fue capaz de encontrar de nuevo el camino que lo había llevado hasta allí.
– Mierda -protestó en voz alta.
Durante un rato anduvo sin rumbo entre los árboles sin ver ningún camino. Aún peor, estaba totalmente desorientado. Al fin llegó al hilillo de agua de un arroyo y decidió seguirlo. Pensó que a menudo las casas se construían donde hubiera agua disponible; tal vez acabara topando con una.
Fue duro viajar entre los arbustos y la maleza. Tuvo que arrastrarse para pasar por debajo y por encima de troncos caídos, y rodear algún que otro risco. En más de una ocasión superó precipicios profundos y rocosos, todo tierra retorcida y piedras recortadas. Las zarzas le arañaban los brazos y al cabo de un rato iba jadeando para respirar, alternativamente malhumorado y asustado.
Sin embargo, por fin el arroyo se metió por una tubería de madera, hecha con un gran tronco hueco.
Y el tronco se metió bajo la carretera.
Era una buena carretera, desierta en aquel momento… ¡y llevaba a algún lugar! Sintiendo un gran alivio, Josep se plantó en medio de la calzada y se fijó en las señales de vida, los surcos que dejaban las ruedas de los carros, marcas de cascos de caballo en la arena. Después de pelear con tanta maleza y árboles, caminar sin impedimentos era todo un lujo. Apenas tuvo que andar un rato, tal vez diez minutos, antes de llegar a un cartel clavado en un árbol, prueba de que ya se encontraba en Francia:
Ville d'Elne
2 leguas
En la parte inferior, con letras pequeñas:
Province du Roussillon