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Dos días después, todo el pueblo sabía ya que Nivaldo Machado había dejado a Ángel Casals como albacea de su testamento, y al tercer día supieron todos que la tienda de comestibles quedaba en manos de Donat Álvarez y de Rosa, su mujer.
La gente aceptó la noticia sin sorprenderse y no hubo ningún revuelo en el pueblo hasta tres semanas más tarde, cuando Donat trasladó el banco de su lugar de siempre, junto a la puerta de la tienda. Ahora quedaba en la plaza, justo antes de los últimos metros del territorio de la tienda, tan cerca de la iglesia como era posible sin llegar a invadir la propiedad de ésta. Justo enfrente de la tienda, Donat instaló una mesa redonda y pequeña de Nivaldo, y otra, igualmente redonda pero más grande, con unas sillas. Rosa dijo a la gente que las mesas de la calle quedarían descubiertas, salvo en los días festivos, en los que las pensaba cubrir con manteles.
Josep se contaba entre los que refunfuñaron.
– Nivaldo apenas se ha enfriado todavía. ¿No podrían tener la decencia de esperar un poco antes de hacer cambios?
– Se dedican a llevar un negocio, no un monumento -contestó Maria del Mar-. Me gustan los cambios que han hecho. La tienda nunca había estado tan impecable. Incluso huele mejor, ahora que han limpiado el almacén.
– No durará mucho. Mi hermano es un holgazán.
– Ya, pero su esposa no. Es una mujer enérgica y los dos trabajan mucho cada día.
– ¿Te das cuenta de que tanto el banco como las mesas están en la plaza, que es terreno público? No tienen derecho…
– El banco siempre ha estado en la plaza -señaló María del Mar-. Y creo que es agradable que haya unas mesas ahí. Alegran la plaza y le dan una apariencia más festiva.
Era evidente que mucha gente del pueblo estaba de acuerdo con ella. Al poco tiempo, cuando pasaba por la plaza, Josep empezó a encontrar normal que una de las dos mesas, si no ambas, estuvieran ocupadas por gente que tomaba café o un plato de queso y chorizo.
Al cabo de dos semanas, Donat había añadido ya una tercera mesa y nadie del pueblo se acercó al alcalde con ninguna objeción.
En el ensayo de los castellers de Santa Eulalia, Eduardo dijo a Francesc que estaba progresando bien. A partir de primeros de año, añadió, le permitirían escalar hasta el sexto nivel en los ensayos y luego ya se convertiría en la cumbre.
Francesc estaba visiblemente exultante. Cuando le llegó la hora de ensayar, ascendió a toda prisa y Josep notó sus brazos en torno al cuello. Esperó lo que ya había empezado a convertirse en un ritual, el momento en que el niño le diría su nombre al oído, pero esta vez oyó algo distinto.
Una palabra apenas pronunciada, un aliento, un suspiro, una mínima bocanada sonora, como el fantasma de un mundo sostenido por la brisa:
– Padre.
Aquella noche, cuando los tres se sentaron a la mesa de la cocina para cenar, Josep miró a Francesc.
– Me gustaría pedirte una cosa, Francesc. Un favor.
La mujer y el niño lo miraron con atención.
– Me gustaría mucho que en vez de llamarme Josep empezaras a llamarme padre. ¿Crees que será posible?
Francesc no miró a ninguno de los dos. Al contrario, miraba hacia delante y se le había subido el color a la cara. Tenía la boca llena de pan y, mientras asentía, se echó aún otro bocado.
Maria del Mar miró a su marido y sonrió.