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La Guardia Civil

A media mañana del tercer miércoles de agosto, Josep estaba sentado en una de las mesas exteriores de la tienda de comestibles leyendo el periódico, mientras su hermano limpiaba las otras mesas. Los dos alzaron la vista al oír el chacoloteo de tres jinetes que cruzaban el puente en dirección a la plaza. Los tres parecían haber viajado mucho bajo el sol cobrizo. Los dos primeros, que cabalgaban a la par, eran oficiales de la Guardia Civil. Josep había visto otros guardias en Barcelona, siempre de dos en dos y cargados con escopetas, con el aspecto aterrador que les daba el tricornio, las túnicas negras de cuello alto, los pantalones de un blanco níveo y las botas relucientes. Aquellos dos llevaban tricornio, pero iban vestidos con ropa de trabajo verde y polvorienta, llena de corros húmedos y oscuros en las axilas y en la mitad de la espalda, donde cada uno llevaba su arma sujeta por una correa de cuero.

Los seguía un hombre montado en una mula. Josep se dio cuenta de que lo conocía.

– ¡Hola, Tonio! -saludó Donat.

El hijo mayor de Ángel Casals dirigió una rápida mirada a Josep, y saludó con un vaivén de cabeza a Donat, pero no contestó. Cabalgaba tieso y con la espalda recta, como si imitara a los dos hombres que lo precedían.

Josep los miró por encima del periódico. Donat se quedó plantado con la bayeta en la mano y los siguió con la mirada hasta que se detuvieron cerca de la prensa de vino y ataron sus animales al raíl. Fueron directos a la bomba del pozo. Los oficiales se turnaron para beber mientras el otro sostenía las dos armas y luego esperaron a que Tonio también bebiera y se echara agua a la cara y al pelo.

– Ya que estamos aquí, empecemos por aquí -dijo Tonio-. Es esa casa, la primera después de la iglesia -añadió, señalando-. A estas horas, puede estar en casa o en la viña. Si prefieren, podemos mirar primero en la viña.

Uno de los oficiales asintió, se descargó la escopeta de la espalda y agitó los hombros.

Mientras Donat limpiaba la mesa por cuarta vez, Josep vio que los tres cruzaban la plaza y desaparecían por detrás de la casa de Eduardo Montroig.

Dos horas después, Josep y Eduardo se encontraron con Maria del Mar y Francesc entre las hileras de vid y le contaron lo de los visitantes.

– Dos oficiales de la Guardia Civil, y traían de guía a Tonio Casals -explicó Eduardo-. Me han hecho las preguntas más extrañas. Han revisado toda la casa, aunque no sé qué buscaban. El maldito Tonio, mi camarada de infancia, ha cavado dos agujeros en mis tierras. En mi viña hay dos hoyos naturales y le han dicho que cavara ahí.

»Desde mis tierras, se han ido a la viña de Ángel, hará una media hora. Cuando hemos pasado Josep y yo, ahora mismo, estaban todos sentados mirando a Tonio, que rellenaba un hoyo que había cavado cerca del gallinero. ¿Te lo imaginas? ¿Cavar en las tierras de su propio padre? ¿Qué andarán buscando?

Maria del Mar estaba mirando hacia el camino y, de repente, desvió la mirada más allá de ellos.

– Oh. Ahí están. Vienen hacia aquí -dijo.

– ¿Qué buscan? -volvió a preguntar Eduardo.

Josep se obligó a no darse la vuelta para mirarlos.

– No lo sé -contestó.

Uno de los guardias era más fornido que el otro, y un palmo más bajo. Aunque era visiblemente mayor, tenía una buena melena, mientras que el más joven lucía ya algo de calvicie en la coronilla. Ninguno de los dos uniformados sonreía, pero en ningún momento fueron rudos, cosa que los volvía más amenazadores si cabe.

– ¿Señor Álvarez? ¿Señora? Soy el cabo Bagés y éste es el agente Manso. Creo que ya conocen al señor Casals.

Josep asintió y Tonio lo miró sin dirigirle la palabra.

– Hola, Maria del Mar.

– Hola, Tonio -respondió ella en voz baja.

– Nos gustaría echarle un vistazo a sus propiedades, señor. ¿Tiene alguna objeción?

Josep sabía que no era en verdad una pregunta. No podía negarles el permiso y, aunque hubiera podido, lo habrían tomado como señal de culpabilidad. Con la Guardia Civil no se jugaba. Tenían todo el poder legal y se contaban muchas historias sobre los daños, tanto físicos como económicos, que algunos de aquellos agentes habían provocado en su celo por mantener la paz.

– Por supuesto que no -contestó Josep.

Empezaron por las casas. El cabo envió al agente más joven a revisar la de los Valls con Maria del Mar, mientras él mismo inspeccionaba la de la familia Álvarez, acompañado por Josep.

En aquella casa pequeña no había demasiados lugares que se antojaran como posibles escondrijos. El cabo Bagés metió la cabeza en la chimenea para mirar por la campana, revisó debajo de la cama y movió de sitio la estera en que dormía Francesc. Hacía más frío dentro de la casa de piedra que fuera, pero en el desván hacía más calor y el guardia y Josep se pusieron a sudar mientras trasladaban sacos de grano para que el agente pudiera inspeccionar los rincones que quedaban debajo del alero.

– ¿Cuánto hace que conoce al coronel Julián Carmora?

Josep lamentó oír el nombre, pues había mantenido la esperanza de no conocer nunca la verdadera identidad de Peña. No quería pensar en él.

Pero miró al cabo con perplejidad.

– ¿Cuál era la naturaleza de su relación con el coronel Carmora? -preguntó el cabo Bagés.

– Lo siento. No conozco a nadie que se llame así.

El guardia le sostuvo la mirada.

– ¿Está seguro, señor?

– Lo estoy. Nunca he conocido a ningún coronel.

– Ja. Entonces, puede considerarse afortunado -respondió el cabo.

Cuando regresaron a la viña, Maria del Mar y Francesc estaban sentados en el banco con Eduardo.

– ¿Dónde está el agente Manso? -preguntó el cabo.

– Hemos revisado juntos la casa -explicó Maria del Mar-. La otra, la del medio, está llena de aperos, dos arados, viejos arneses de cuero…, toda clase de aperos. Lo he dejado allí, repasándolo todo cuidadosamente. Esa casa, la de allí -dijo, al tiempo que señalaba.

El guardia asintió y echó a andar.

Lo vieron alejarse.

– ¿Te has enterado de algo? -preguntó Eduardo.

Josep movió la cabeza para responder que no.

Poco después apareció Tonio Casals entre las hileras de parras y se acercó a ellos. Se arrodilló delante del muchacho.

– Hola, Francesc. Soy Tonio Casals. ¿Te acuerdas de mí? ¿De Tonio?

Francesc estudió su rostro y luego negó con la cabeza.

– Bueno, ha pasado mucho tiempo, pero yo te conocí cuando eras muy pequeño.

– ¿Y qué tal te va ahora, Tonio? -preguntó Maria del Mar con amabilidad.

– Me va… bien, Maria del Mar. Soy ayudante del alguacil de la cárcel regional que hay en las afueras de Las Granyas y me gusta ese trabajo.

– Tu padre dice que también trabajas en el negocio de la aceituna -dijo Eduardo.

– Sí, bueno, pero cultivar olivos no es más que otra forma de ser campesino. A mí no me gusta la agricultura y mi jefe es un hombre desagradable… En parte, la vida siempre es difícil, ¿no?

Eduardo se mostró de acuerdo en un susurro.

– ¿Y trabajas a menudo con los guardias civiles? -preguntó a su viejo amigo.

– No, no. Pero los conozco a todos y ellos me conocen a mí, porque en algún momento han de traer algún prisionero a mi cárcel, o vienen a llevárselo para un interrogatorio. De hecho, me estoy planteando convertirme en guardia yo mismo. Es difícil porque hay muchas solicitudes y hay que tomar clases y pasar exámenes. Pero, como te iba diciendo, ahora conozco a muchos guardias, y su trabajo se parece a mi experiencia en la cárcel.

»Estos dos sabían que soy de Santa Eulalia. Cuando los enviaron aquí, me invitaron como guía y ayudante, así que puedo asegurar a todo el pueblo que no traen mala intención.

– Pero…, Tonio -dijo Marimar con ansiedad-, ¿por qué revisan nuestras tierras?

Tonio vaciló.

– No te preocupes -contestó.

Marimar abrió mucho los ojos.

– ¿Por qué me han preguntado si conocía a no sé qué coronel? -susurró.

El rostro de Tonio reveló el orgullo que sentía al ejercer la autoridad. Echó un vistazo para asegurarse de que los dos guardias estaban fuera de la vista.

– Ha desaparecido un coronel con despacho en el Ministerio de Guerra. El cabo Bagés dice que es un oficial prometedor con rango temporal de brigadista y que algún día será general.

– Pero… ¿por qué lo buscan aquí? -preguntó Eduardo. Tonio hizo una mueca.

– Por razones poco sólidas. Entre los papeles que se encontraron en su escritorio había una lista del distrito de Cataluña con nombres de los concejales de pueblos y aldeas de la región. El nombre de Santa Eulalia, además del de los tres miembros del Ayuntamiento, estaba rodeado por un círculo.

«Concejal del Ayuntamiento. Así me encontró», pensó Josep.

– ¿Sólo por eso? ¿Un círculo dibujado en una lista de pueblos? -preguntó Eduardo, incrédulo.

Tonio asintió.

– Cuando me lo dijeron, me eché a reír. Dije que a lo mejor el coronel estaba planificando la jubilación al final de su carrera y que había pensado en instalarse en este pueblo para cultivar uva. O que tal vez planeara enviar tropas por aquí de maniobras, o quizá, quizá, quizá. Pero insistieron en enviar agentes, así que… ¡He tenido que cavar un hoyo en la tierra de mi propio padre! Es que no se les pasa nada por alto, ni el más nimio detalle. Por eso tienen tanto éxito, por eso son los mejores. -Sonrió a Marimar-. Pero ten paciencia, pronto se habrán ido.

Al poco regresó el cabo Bagés.

– Señor -dijo a Josep-. ¿Puede acompañarme?

Guió a Josep hasta la puerta encajada en el monte.

– ¿Qué es esto?

– Mi bodega de vino.

– Si no le importa… -dijo.

Josep abrió la puerta y entraron en la oscuridad.

En un instante Josep encendió una cerilla, prendió con ella la lámpara y permanecieron bajo su luz temblorosa.

– Ah -dijo el guardia, con voz suave. Era un sonido de placer-. Qué fresco hace aquí. ¿Por qué no viven aquí dentro?

Josep le dirigió una sonrisa forzada.

– Porque no queremos calentar el vino -contestó.

El cabo alargó una mano y cogió la lámpara. La sostuvo en lo alto y examinó lo que tenía delante: la pared y el techo rocosos, la mampostería que empezaba detrás de la hilera de botellas llenas.

Acercó la lámpara a la mampostería y la miró intensamente, estudiándola, y Josep se percató de algo con un desánimo repentino. Se iba a notar la distinta coloración de la argamasa que sujetaba las piedras en función del tiempo que llevaba secándose. La arcilla se volvía de un gris claro al secarse, casi del mismo tono que muchas de las piedras, mientras que en estado húmedo era mucho más oscura y tenía vetas marrones.

Se podían detectar las dos últimas secciones.

El corazón le daba martillazos. Sabía exactamente qué iba a ocurrir a continuación. El cabo observaría la arcilla y empezaría a quitar las piedras de colocación más reciente.

El hombre acercó la lámpara a la pared, dio un paso adelante y en ese momento se abrió la puerta de la bodega y entró el otro oficial.

– Creo que hemos encontrado algo -dijo el agente Manso.

El cabo dio la lámpara a Josep y se fue con su colega. Josep oyó las palabras susurradas:

– Una tumba excavada.

La puerta se había quedado abierta de par en par y estaba entrando calor.

– Señores, por favor… La puerta -consiguió decir.

Pero los guardias no lo oyeron, se marcharon a toda prisa, de modo que Josep apagó la lámpara y los siguió, tras cerrar firmemente la puerta.

No era un día extremadamente caluroso para el clima catalán, pero el contraste con la frescura de la bodega resultaba mareante.

Vio que todos se habían reunido en el límite trasero del este de la parcela de los Álvarez, incluso Ángel Casals, que debía de haberse acercado cojeando lentamente desde sus tierras. El alcalde parecía acabado y se apoyaba en Marimar.

Se oía el ruido de una pala y los leves gruñidos de quien la usaba.

Al acercarse, Josep vio que estaban todos mirando a Tonio Casals, que permanecía dentro del gran hoyo que acababa de excavar.

Josep se unió a los demás, con un histérico regocijo interno, pues la situación era exactamente la misma que había imaginado con terror, con su mujer y su hijo y los vecinos presentes como testigos del desastre y la desgracia en el momento en que se cernían sobre él.

– Aquí hay algo -dijo Tonio.

Soltó la pala y se agachó para coger algo y dar algunos tirones hasta que emergieron del suelo dos huesos unidos con trozos de tierra y de materia todavía pegados.

– Creo que es una pierna -dijo Tonio. A Josep le pareció que se daba demasiada importancia. Sin embargo, enseguida soltó un gritito-: ¡Madre de Dios! -Tiró al suelo aquel objeto espeluznante-. ¡Una pezuña hendida! ¡Es una pierna del demonio!

– No, señor -sonó la voz juvenil, emocionada y aguda de Francesc-. No es un demonio, es un cerdo.

En el breve silencio que siguió, Josep vio que Eduardo se echaba a temblar. Se le agitaban los hombros y su cara seria se retorcía.

Eduardo gruñó, con un sonido que parecía venir de una bomba de agua, y luego Eduardo vio y oyó por primera vez en su vida la verdadera risa de Eduardo Montroig. La carcajada era suave y aspirada, como el ladrido de un perro asmático después de correr mucho.

Casi al instante se sumaron los demás, incluso los guardias, seducidos a la vez por la irrefrenable alegría de Eduardo y por la situación. A Josep le resultó fácil rendirse a la histeria y a las risas que estallaron de nuevo mientras Tonio volvía a enterrar el jabalí.

Preocupado por el aspecto que lucía el alcalde, Josep lo acompañó al banco y le llevó agua fresca.

Tonio siguió ignorando a Josep, pero se dirigió a Marimar:

– Me gustaría probar vuestro vino -dijo.

Ella vaciló mientras buscaba el modo de evitar tener que servirle, pero Ángel Casals se dirigió a su hijo con brusquedad:

– Y a mí me gustaría que me llevaras a casa ahora mismo. He contratado a Beatriu Corberó para que nos cocine su paella de verano, con butifarra y verduras, una cena de pueblo para ti y tus amigos, y tengo que ir a ver cómo va.

Así que Eduardo ayudó al alcalde a montar en la mula de su hijo y Tonio se lo llevó.

Aturdido, Josep llenó una jarra del barril de vino común, ya casi vacío, y usó las copas de Quim para servírselo a los dos guardias, a Marimar y a Eduardo.

Los guardias civiles no tenían prisa por irse. Bebieron despacio, felicitaron a Josep por el vino y se dejaron convencer de que no pasaba nada porque se tomaran otra ronda, a la que él mismo se sumó.

Luego le estrecharon la mano, le desearon una cosecha abundante, montaron en sus caballos y se fueron.