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La discrepancia

Tres semanas más adelante, Josep y Maria del Mar tuvieron la primera discusión seria de su vida de casados.

Ambos habían trabajado mucho y llevaban horas hablando de los problemas de la bodega y de sus planes para el futuro.

Habían decidido empezar a replantar la viña después de la cosecha del año siguiente. Iban a sustituir cada año, durante los cuatro siguientes, el 25 por ciento de las vides por cepas injertadas, tal como había hecho Mendes en Languedoc. A Josep le gustaba la idea de que, de esa manera, dispondrían de toda la cosecha de uva para la vendimia de aquel año y el siguiente. Luego, como las cepas injertadas tardarían cuatro años en ofrecer uva para la vendimia, la cosecha se reduciría en un 25 por ciento cada año. Al llegar el cuarto no habría nada que vendimiar, pero con aquellos precios tan altos habrían acumulado mucho capital para invertir. Se habían puesto de acuerdo en que dedicarían aquel cuarto año a hacer ciertas mejoras en el viñedo. Sería entonces cuando cavaran la nueva bodega en algún lugar del terreno de los Álvarez. Con tanto fregar y enjuagar, por no hablar del regadío cuando se volvía necesario, cargar agua del río representaba un malgasto constante de tiempo y esfuerzos. Una viña necesitaba tener un pozo.

Qué nuevo y extraño placer suponía tener dinero para hacer las cosas necesarias.

Una tarde, Marimar regresó de un paseo por el pueblo con un cotilleo.

– Rosa y Donat están buscando casa.

– Ah, ¿sí? -dijo Josep. Apenas la escuchaba a medias, pues estaba pensando cuándo le entregarían unas botellas que había encargado-. ¿Y para qué necesitan una casa?

– Rosa quiere poner mesas en las habitaciones del altillo de la tienda de comestibles e instalar un auténtico café en el que puedan servir comida de verdad. Es una maravillosa cocinera y pastelera. Ya viste cómo le encantaron sus pastas a monsieur Mendes.

Ausente, Josep asintió. Al fin y al cabo, iba pensando, durante muchas semanas no necesitaría aquellas botellas. Era más urgente decidir qué sección de la viña iba a cosechar antes. Para pisar tanta uva había que seguir un claro plan de vendimia. Tendría que discutirlo con Marimar.

Ella interrumpió sus meditaciones.

– Me gustaría darles la casa de los Valls.

– ¿A quién?

– A Rosa y a Donat. Me gustaría darles la casa de los Valls.

– De ninguna manera -resopló Josep.

Ella lo miró fijamente.

– Donat es tu hermano.

– Y su mujer quería quedarse mis tierras. Y mi casa. Y mis vides. Y mi pastilla de jabón y mi taza. No lo olvidaré nunca.

– Rosa estaba desesperada. No tenía nada y pretendía proteger la herencia de su marido. Ahora nuestra situación es muy distinta. Creo -afirmó- que, si te tomas el esfuerzo de conocerla, te caerá bien. Es interesante. Una mujer muy trabajadora, con genio y muchas habilidades diferentes.

– Que se vaya al Infierno.

– También está embarazada -añadió Marimar. Esperó y se lo quedó mirando-. Escúchame, Josep. No tenemos más parientes. Quiero que mis hijos crezcan con una familia. La bodega tiene tres casas. Nosotros vivimos en ésta y necesitamos la de Quim para almacenar cosas. Pero mi vieja casa está vacía y se la quiero dar a ellos.

– Ya no es tu casa -dijo él con brusquedad-. La mitad me pertenece, igual que a ti te pertenece la mitad de ésta y de la de Quim. Y escúchame bien: no puedes regalar algo que me pertenece a mí.

Vio que la expresión de su mujer cambiaba. Su cara parecía amarga, reservada y hasta algo mayor, con el mismo aspecto que había tenido cuando Josep regresó a Santa Eulalia. Él ya había olvidado aquella expresión.

Al poco le oyó subir la escalera de piedra hacia su habitación.

Josep se quedó sentado, recapacitando.

Ella le importaba profundamente. Recordó que había hecho un voto, una promesa de no tratarla jamás con crueldad, ni con sus actos ni con sus palabras, como habían hecho otros antes que él. Se dio cuenta de que tenía poder para hacerle daño, tal vez más incluso que aquellos otros cabrones.

Mientras permanecía allí sentado, sintiéndose podrido, acusándose, repasó mentalmente las palabras de su esposa y estiró la espalda.

¿De verdad había dicho que Rosa estaba embarazada «también»?

Y, si así era, ¿se había equivocado? ¿O quería decir que, además, estaba embarazada?

Abandonó la silla y subió a saltos la escalera para reunirse con su esposa.

Unos días después, un jueves por la mañana, llegó un carro de carga tirado por dos pares de caballos. Josep guió al arriero hacia la casa de Quim y le ayudó a descargar 42 cajas de listones de madera llenas de botellas y a subirlas por la escalera. Apiladas en dos filas, ocupaban casi la mitad de lo que en otro tiempo fuera el pequeño dormitorio de Quim. Cuando se fue el conductor, Josep abrió una de las cajas y sacó una botella brillante y virginal, idéntica a las demás, todas a la espera de que él las llenara de vino.

Al abandonar la casa convertida en almacén, oyó voces. Atraído por su sonido, caminó hasta la casa de los Valls y se encontró a su hermano con Maria del Mar.

– Cuando te acuestes y cuando te despiertes -decía Maria del Mar- en esta masía, oirás el río.

– Hola -saludó Josep.

Incómodo, Donat devolvió el saludo.

– Esta mañana le estaba contando a Rosa -explicó Marimar- que quedaría precioso si plantáramos más rosales salvajes cerca de la casa. También estaría bien hacer lo mismo en la nuestra, Josep. ¿Te parece que ya has trasplantado demasiados rosales de la orilla del río?

– El río es largo -contestó Josep-. Tal vez tenga que andar un poco, pero hay muchos rosales.

– Iré contigo a arrancarlos -propuso enseguida Donat.

– A Rosa le encantan esas flores sencillas -explicó Maria del Mar-. Que se las quede todas. Yo prefiero las pequeñas, blancas, para nuestra casa.

Donat se rió.

– Tendremos que esperar a que florezcan en abril para saber cuál es cuál -dijo, pero Josep meneó la cabeza.

– Yo las distingo. La planta de las rosas es más grande. Las podemos coger en invierno, cuando tendremos más tiempo libre.

Donat asintió.

– Bueno, será mejor que vuelva a la tienda con Rosa. Sólo quería echar un vistazo a una hilera de piedras que hay que reparar en la parte trasera de la casa.

– ¿Qué hilera de piedras? -preguntó Josep.

Fueron a la parte trasera y Josep vio y contó ocho piedras de buen tamaño esparcidas por el suelo.

– Yo sabía que había una piedra suelta en esa pared -dijo Maria del Mar-. Te lo pensaba contar, pero… ¿cómo ha pasado esto?

– Creo que fueron los guardias -dijo Josep-. Debieron de notar que había una piedra suelta y la sacaron, y luego arrancaron las otras para asegurarse de que no hubiera nada escondido. La verdad es que no pasan nada por alto.

– Ya lo repararé -se ofreció Donat.

Pero Josep meneó la cabeza.

– Lo haré yo esta tarde -dijo-. Me encanta la mampostería.

Donat asintió y se dio la vuelta para irse.

– Gracias, Josep -dijo.

Por primera vez, Josep le dedicó una buena mirada.

Vio a una persona corpulenta y afable. Donat tenía la mirada clara, el rostro tranquilo y, mientras se disponía a regresar a un trabajo que le gustaba, parecía lleno de determinación.

Su hermano.

Algo en el interior de Josep -algo pequeño, frío y pesado, un gélido pecado que había cargado en su corazón sin saberlo- se derritió y desapareció.

– De nada, Donat -contestó.

El frío llegó al pueblo desde muy lejos, de las montañas, del mar. ¿Traería el viento aullidos y destrozos? ¿Acarrearía granizo, o pequeñas motas aladas? Llovió tres veces en otoño, pero siempre era una lluvia gentil y piadosa. El sol lució la mayor parte de los días para alejar con su calor el frescor de la noche, y las uvas siguieron madurando.

Se dio cuenta de que la replantación sería una buena oportunidad para colocar las cepas en grandes grupos de la misma variedad, pues hasta entonces tenía que sufrir por el descuido de sus antepasados e ir de aquí para allá entre las hileras mezcladas para vendimiar según la variedad de cada parra.

Josep quería que toda la cosecha alcanzara la mayor madurez posible, pero no deseaba que se pasaran las uvas en la parra, de manera que planificó el orden de vendimia como si fuera un general a punto de entrar en la batalla.

Las plantas más antiguas, con las uvas más pequeñas, parecían madurar más tarde, acaso por el terreno en que estaban plantadas. Eran las mismas cepas de las que había hecho su vino mezclado y sentía un cariño especial por aquellas vides arrugadas y muy viejas, que no pensaba replantar mientras no dieran muestras de estar condenadas. De momento, les concedió unos días más de maduración.

Así fue que una mañana, a primera hora, empezó a cosechar recogiendo la fruta de las vides normales, las mismas que, hasta aquel año, habían ofrecido su uva cada año sólo para que se convirtiera en vinagre.

Tenía mucha ayuda. Donat había hecho saber a todo el pueblo que durante la semana de la vendimia la tienda de comestibles sólo estaría abierta desde el mediodía hasta las cuatro, y él y Rosa se habían sumado a los vendimiadores y pensaban pasar las noches pisando uva. Briel Taulé estaba allí, como siempre, y Marimar también había contratado a Ignasi Febrer y a Adrià Taulé, primo de Briel, para vendimiar y pisar.

A última hora de la tarde, Josep llegó al abrevadero lleno de uvas y se lavó los pies y las piernas.

Pronto se le sumarían otros y establecerían turnos de trabajos, unos para cosechar y seleccionar la uva, mientras los otros la pisaban. Pero de momento estaba solo y se regocijó en la escena. El depósito estaba abarrotado de uvas de un negro amoratado, brillantes. Cerca había una mesa llena de tortillas y pastas de Rosa, cubiertas con trapos, y vasos y cántaros de agua. Había leña en una ordinaria chimenea de piedra, esperando que alguien la encendiera, y lámparas y antorchas colocadas en torno a la cisterna de piedra para aportar su calor y su luz contra el oscuro frescor cuando llegara la noche.

Apareció Francesc, con su correr disparejo, y contempló cómo Josep metía un pie primero, y luego el otro, entre las uvas.

– Yo también quiero -le dijo.

Josep sabía que el montón de uvas era tan alto que Francesc no podría ni moverse entre ellas.

– El año que viene ya habrás crecido lo suficiente -le contestó.

Lo invadió un lamento repentino por el hecho de que su padre no hubiera vivido lo suficiente para conocer a aquel muchacho y a su madre. Que su padre no hubiera sido testigo de todo lo que había pasado en la viña de los Álvarez.

Que Marcel Álvarez no fuera a probar su vino jamás.

Sabía que se sostenía sobre los hombros de su padre, así como sobre los de quienes le habían precedido. Durante tal vez mil generaciones, su gente había trabajado la tierra de España, como peones en los campos de Galicia, y antes de eso como siervos.

Tuvo una visión repentina y mareante de todos sus antepasados en un castillo humano en el que cada generación lo alzaba a él más y más arriba sobre sus hombros hasta un punto en que ya no le alcanzaba el sonido de las grallas y de los tambores. Un castillo de mil pisos.

– Y Francesc es nuestro enxaneta, la cumbre -dijo.

Agarró al chiquillo y se lo subió a los hombros. Francesc se quedó sentado, con los pies colgados a ambos lados de la cabeza de Josep. Le agarró el pelo con las dos manos y gritó:

– ¿Y ahora qué hacemos, padre?

– ¿Ahora?

Josep dio los primeros pasos. Pensó en las esperanzas, en los sueños y en el duro trabajo dedicados a la uva, el esfuerzo constante para convertirla en vino. Aspiró su aroma y notó cómo se quebraban los granos bajo su peso, sintió que el jugo vital corría en libertad y lo llamaba, que apenas una capa de piel separaba la sangre de la uva de su propia sangre.

– Ahora, caminar y cantar, Francesc. ¡Caminar y cantar!